I
Yo
obro por el honor de mi santo Nombre... Yo santificaré mi gran Nombre
profanado por ustedes... Yo los tomaré de entre las naciones...
los llevaré a su propio suelo... Les daré un corazón nuevo...
Aquí estamos, Señor. Una vez más.
Como todos los años, tu Pueblo, Señor, se ha reunido convocado por la
fascinación de tu Rostro y por el poder irresistible de tu Corazón
que nos ama hasta hacernos tuyos. ¡Somos tu pueblo, Señor!.
Tú eres nuestro. Nosotros somos tuyos.
Por eso la Palabra del Profeta resuena con fuerza creadora entre
nosotros.
¡También nosotros hemos profanado tu gran Nombre!
¡También nosotros nos sentimos en el exilio de una patria que perdimos
por nuestro orgullo y ambiciones, por nuestras irresponsabilidades y
agachadas, por nuestras mentiras y robos! Pero en la prueba hemos
aprendido a perder falsas seguridades, frutos de promesas vacías e
incumplidas y de credulidades cómplices y mezquinas.
¡Manifiesta tu Santidad entre nosotros, Señor!
Manifiesta tu
Santidad que es amor. ¡Infunde tu Espíritu para que podamos habitar
con confianza en familia y escuchar cada día tu palabra de amor:
“¡Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios!”.
¡Aquí estamos todos, Señor!.
Nuestros rostros
son los de los peregrinos cansados, silentes y respetuosos, de las
altas planicies y de las encantadoras hondonadas andinas, de los
valles tórridos del norte oranense, del recio y sufrido Chaco, del
bucólico y amable Lerma; los rostros de esta ciudad de Salta,
respetuosa y leal. Son nuestros rostros.
Son los rostros
de quienes vienen desde mas allá de Salta. Del Norte y del Sur; de
parroquias y diócesis. Son los rostros de los que han llegado desde
mas allá de la Argentina porque han conocido que Tú eres fiel! Son los
rostros de tus hermanos ganados por tu Sangre en la Cruz. Son los
rostros que en el reflejo de una lágrima furtiva quieren lavar sus
ojos para mirarte y en el silencio respetuoso y amante que nos
envuelve, quieren afinar sus oídos para escucharte.
“Yo santificaré mi gran Nombre, profanado entre las naciones,
profanado por ustedes... Yo los reuniré...”
¡Señor, reúnenos, devuélvenos la alegría de ser hijos de esta tierra
argentina!.
II
“El Señor, el Dios de los hebreos, me envió a decirte:
Deja que mi
pueblo vaya a rendirme culto en el desierto” (Ex 7,6).
Así nace el Pueblo de Dios. Cuatro veces más repetirán Moisés y Aarón
al Faraón esta orden:
“Deja que mi pueblo vaya a rendirme culto
en el desierto”. ( Ex 7,26; 9,1; 9,13; 10,13)
Cuando leemos los textos de la Santa Escritura descubrimos cómo en el
nacer mismo del Pueblo que por ser de Dios sólo a Él pertenece, el
culto no puede plantearse desde el compromiso político. Israel debe
salir de Egipto para dar culto a Dios.
La identidad misma del pueblo de Dios se concreta cuando el pueblo es
el espacio de la obediencia en el que se realiza la voluntad de Dios y
desde allí surge una existencia humana verdadera, noble y
dignificante.
La alianza, el pacto que constituye a Israel como Pueblo de Dios, es
un acto de reconocimiento de que sólo Dios es el Señor y, al mismo
tiempo, de que, nada es divino y adorable fuera del Señor. Todo de
Dios y por ello mismo totalmente libres. La obediencia a Dios es la
clave de la libertad.
Salta se descubrió así desde el principio. La trama misma de su
historia la ligó al Señor desde su origen y maduró en reconocimiento
hasta que en 1.844 celebró su pacto que sellará su identidad como
pueblo y comprometerá la vida de cada uno de nosotros como tarea y
empeño.
Así como el Pueblo de Israel proclamó al nacer:
“Estamos decididos a poner en práctica todas las palabras
que ha dicho el Señor” (Ex 24,3-7),
del mismo modo el pueblo
de Salta afirmó y afirma mirándote a Ti, Señor del Milagro:
“Dulce
Jesús, Tú serás siempre nuestro y nosotros seremos siempre tuyos”
Porque somos tuyos somos pueblo; somos comunidad.
Porque somos tuyos somos familia, somos fraternidad.
¡Cuánta necesidad tiene nuestra patria de mirar tu Rostro y
descubrirse en Ti y descubrir tu rostro en el de todos los salteños,
en el de todos los argentinos! Y esto porque “expresamos nuestra
máxima dignidad de hombres cuando, aleccionados por las enseñanzas de
Jesús, nos atrevemos a considerarnos hijos de Dios y a llamarlo “Padre
nuestro” profesando así que Él es la defensa y la garantía última de
sus hijos, los hombres"
(1)
Necesitamos descubrirnos como pueblo y recrearnos cada día como tal,
fundando nuestra existencia en la justicia y en la amistad social
porque no bastan actos aislados socialmente buenos. Son necesarias las
actitudes permanentes, las virtudes sociales, sobre todo la justicia,
que vivida cada día y coronada en la amistad social nos lleve a
compartir con los demás los valores más hondos de cada uno y a servir
con honor y desinterés a la nobilísima causa del bien común.
¡Danos, Señor, la gracia de cultivar cada día la amistad social que
nos lleve a asumir con entusiasmo el ser hermano de todos los
argentinos, abiertos a todos los hombres de buena voluntad! Concédenos
vivir esta alegría inmensa de tu presencia y de este pacto del
Centenario bajo la fuerza cautivante de tu mirada que nos permita
decirte como Zaqueo:
“Señor, ahora mismo voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y
si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más” (Lc 19,8).
Sólo si Te descubrimos en la fiesta de tu Iglesia que nos hace pueblo
seremos generosos para darnos a nosotros mismos y justos para no robar
y, si es necesario, para restituir lo que hayamos robado.
Concédenos la amistad social que haga de éste un pueblo capaz de
vencer el individualismo narcisista en aras de una solidaridad real
que reconoce al otro como don y la vida propia como tarea y compromiso
al servicio del hermano.
¡Gracias, Señor, por reconocernos también hoy como pueblo tuyo!.
III
Del pacto nace un pueblo libre y responsable.
‘Y ese día darás a tu hijo la siguiente explicación: “Esto es así, a
causa de lo que el Señor hizo por mí cuando salí de Egipto”. Este rito
será como un signo en tu mano y como un memorial ante tus ojos, para
que la ley del Señor esté siempre en tus labios; porque el Señor te
sacó de Egipto con mano poderosa” (Ex 13,9).
El Señor te sacó de Egipto. El Señor te liberó. No otro. Él es tu Dios
y tu liberador.
Israel vivió su historia como un continuo llamado y desafío a la
libertad. En los acontecimientos mas dolorosos de su historia, Israel
fue abriendo su corazón a Dios, quien le fue
revelando progresivamente su rostro de Padre hasta resplandecer
radiante como tal en el rostro entregado de Jesucristo.
Mirarte a ti, Señor, crucificado y resucitado, es descubrir
el inconmesurable amor del Padre por nosotros.
Así lo entendió Salta y por ello te eligió como Su único
Señor y en Ti fundó su libertad.
En Ti descubrimos que la libertad nos ha sido dada no para
destruirnos sino para realizar nuestra propia perfección en la que
encontramos nuestra felicidad. Por eso, al celebrar el pacto secular
contigo te diremos:
“Confesamos que eres el
camino, la verdad y la vida, así de los individuos como de las
familias, pueblos y naciones; y que lejos de Ti y de los esplendores
de tu Cruz sólo se encuentran engaños y amarguras”.
En la primera Alianza Moisés entró en la oscuridad luminosa del Monte
Sinaí y recibió la “ley escrita por el dedo de Dios” (Ex 31,18); ley
de vida y de libertad. Si el pueblo obedece a la ley de Dios conocerá
la libertad para siempre.
En Tí Jesús, la Nueva Alianza que se
sella con Tu sangre se anticipa en la Eucaristía, fuente y cumbre de
la vida de la Iglesia y marcará la ley del amor para siempre “hasta el
día en que bebas con nosotros el vino nuevo en el Reino de tu Padre”.
Cuando hace 100 años, te coronaron reconociéndote como Rey y a María
como Reina , la Iglesia de Salta ratificaba el compromiso de empeñar
su historia en los valores culturales del evangelio, valores de
verdad, de justicia y de fraternidad solidaria.
Allí se alimenta la conciencia que la vida en sociedad es un llamado
de Dios y se debe realizar como una tarea ética. ¡Qué bueno es cantar
con las estrofas de nuestro himno nacional: “¡Libertad! ¡Libertad!
¡Libertad!”. Pero, al mismo tiempo, ¡qué compromiso!.
La libertad camina por sus derroteros cuando nos mueve a ser más
íntegros moralmente.
“La libertad es valorizada en pleno solamente con la aceptación de la
verdad. En un mundo sin verdad, la libertad pierde su consistencia y
el hombre queda expuesto a la violencia de las pasiones y a
condicionamientos patentes y encubiertos”
(2).
Por ello, nuestro primer aporte a la Patria es que cada uno ,
asumiendo su condición de hombre libre procure ser mejor cada día.
Por su parte, el Estado tiene el deber de garantizar la vigencia de la
ley, de las leyes justas que sostienen la libertad y la dignidad de
los ciudadanos.
La vigencia de la ley es la garantía de justicia para todos, sobre
todo para los más indefensos. Aquí radica la fuerza de una sociedad.
Por eso sentimos necesidad de pedirte Señor, el milagro de crear
actitudes que gesten una cultura de amor y de respeto a la ley frente
a un clima de anomia y anarquía que nos destruye en la base misma de
la convivencia social. Que haya respeto en promulgar la ley, respeto
en defender la ley, respeto en obedecerla.
Nuestra patria sufre, Señor, una hora de desorientación. Permítenos
comprometernos como ciudadanos de esta tierra dispuestos a ser una
generación sana que reconstituya la Nación.
Sentimos el deber, al escuchar lo que nos enseñas en la parábola de
los talentos, de vencer cualquier tentación de desilusión o de
desesperanza. Sentimos el deber de comprometernos en la creación
continua de la cultura de la solidaridad que nos empeña como pueblo y
como miembros de tu Iglesia porque la cooperación al desarrollo de
todo el hombre y de cada hombre es un deber de todos para con todos,
puesto que si sólo nos preocupamos de algunos lo hacemos a expensas de
otros y entonces dicha cooperación se pervierte porque excluye a los
demás
(3).
Al renovar el pacto contigo, en este año centenario de los comienzos
de un nuevo milenio, nos comprometemos en la obra de la solidaridad,
obra cuyo fruto es la paz.
IV
“Tomen y coman, esto es mi Cuerpo... Beban todos de ella porque ésta
es mi Sangre”
En tu Eucaristía, Señor, nace tu Iglesia.
Hoy nos sentimos renovados en nuestra condición de cristianos y
agradecidos porque somos tuyos por el bautismo, tuyos por la
confirmación, tus comensales porque nos convocas en tu Eucaristía.
Eres nuestro Rey, eres nuestro camino.
Renovar el pacto en este año centenario nos anima profundamente porque
al experimentarnos envueltos en los dones de tu vida nos descubrimos
como un don para los demás. Cada uno de nosotros es un don para esta
patria en esta hora. ¡Qué tremenda y desafiante responsabilidad!. Un
don en cuanto cristianos. Un don para testimoniar que nuestra más
profunda identidad es la de ser hijos, y por ello hermanos entre
nosotros.
Señor, que nuestros laicos sientan la exigencia entusiasmante de
transformar el mundo según los criterios del Evangelio para que
nuestra patria crezca como un pueblo libre, solidario y responsable,
digno y equitativo, y que nosotros, sacerdotes, sepamos ser para todos
signos vivos de tu guía de pastor. Que los religiosos y religiosas
testimonien en gozo de la fidelidad a tu Persona. Que los niños
reciban la tranquilidad de nuestra respetuosa sonrisa. Que los jóvenes
cuenten con nuestro apoyo y que los ancianos sean reconocidos y
valorados como reserva de la memoria de nuestro pueblo. Que las
familias sean promovidas y sostenidas.
Bendice, Señor, a esta Iglesia de Salta, a la Iglesia de Orán, de
Cafayate, de Jujuy y de Humahuaca, de Catamarca, de Mercedes-Luján, de
toda la patria.
Que María, la Señora del Sí fiel y generoso, nos siga acompañando,
siempre de pie, siempre como la estrella que miramos gozosos porque
nos trae la noticia de que Tú serás siempre nuestro y nosotros seremos
siempre tuyos.
El sol se está poniendo, Señor, y mañana volverá a salir.¡Quédate
siempre con nosotros!. Puedes contar con nosotros, con todos nosotros.
Nosotros contamos contigo.
Mons. M
ario
Antonio Cargnello,
arzobispo
de Salta
Salta, 15 de setiembre de 2002