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PACTO DE FIDELIDAD


Renovación del pacto de fidelidad del pueblo salteño con sus patronos
Solemnidad del Señor del  Milagro - 15 de setiembre de 2002

 
I


Yo obro por el honor de mi santo Nombre... Yo santificaré mi gran Nombre
profanado por ustedes... Yo los tomaré de entre las naciones...
los llevaré a su propio suelo... Les daré un corazón nuevo...


Aquí estamos, Señor. Una vez más.

Como todos los años, tu Pueblo, Señor, se ha reunido convocado por la fascinación de tu Rostro y  por el poder irresistible de tu Corazón  que nos ama hasta hacernos tuyos. ¡Somos tu pueblo, Señor!.

Tú eres nuestro. Nosotros somos tuyos.


Por eso la Palabra del Profeta resuena con fuerza creadora entre nosotros.

¡También nosotros hemos profanado tu gran Nombre! ¡También nosotros nos sentimos en el exilio de una patria que perdimos por nuestro orgullo y ambiciones, por nuestras irresponsabilidades y agachadas, por nuestras mentiras y robos! Pero en la prueba hemos aprendido a perder falsas seguridades, frutos de promesas vacías e incumplidas y de credulidades cómplices y mezquinas.


¡Manifiesta tu Santidad entre nosotros, Señor!

Manifiesta tu Santidad que es amor. ¡Infunde tu Espíritu para que podamos habitar con confianza en familia y escuchar cada día tu palabra de amor: “¡Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios!”.


¡Aquí estamos todos, Señor!.

Nuestros rostros son los de los peregrinos cansados, silentes y respetuosos, de las altas planicies y de las encantadoras hondonadas andinas, de los valles tórridos del norte oranense, del recio y sufrido Chaco, del bucólico y amable Lerma; los rostros de esta ciudad de Salta, respetuosa y leal. Son nuestros rostros.

Son los rostros de quienes vienen desde mas allá de Salta. Del Norte y del Sur; de parroquias y diócesis. Son los rostros de los que han llegado desde mas allá de la Argentina porque han conocido que Tú eres fiel! Son los rostros de tus hermanos ganados por tu Sangre en la Cruz. Son los rostros que en el reflejo de una lágrima furtiva quieren lavar sus ojos para mirarte y  en el silencio respetuoso y amante que nos envuelve, quieren afinar sus oídos para escucharte.


“Yo santificaré mi gran Nombre, profanado entre las naciones, profanado por ustedes... Yo los reuniré...”


¡Señor, reúnenos, devuélvenos la alegría de ser hijos de esta tierra argentina!.



II


“El Señor, el Dios de los hebreos, me envió a decirte:
Deja que mi pueblo vaya a rendirme culto en el desierto” (Ex 7,6).


Así nace el Pueblo de Dios. Cuatro veces más  repetirán Moisés y Aarón al Faraón esta orden: 
“Deja que mi pueblo vaya a rendirme culto en el desierto”. ( Ex 7,26; 9,1; 9,13; 10,13)

Cuando leemos los textos de la Santa Escritura descubrimos cómo en el nacer mismo del Pueblo que por ser de Dios sólo a Él pertenece, el culto no  puede plantearse desde el compromiso político. Israel debe salir de Egipto para dar culto a Dios.


La identidad misma del pueblo de Dios se concreta cuando el pueblo es el espacio de la obediencia en el que se realiza la voluntad de Dios y desde allí surge una existencia humana verdadera, noble y dignificante.

La alianza, el pacto que constituye a Israel como Pueblo de Dios, es un acto de reconocimiento de que sólo Dios es el Señor y, al mismo tiempo, de que, nada es divino y adorable fuera del Señor. Todo de Dios y por ello mismo totalmente libres. La obediencia a Dios es la clave de la libertad.


Salta se descubrió así desde el principio. La trama misma de su historia la ligó al Señor desde su origen y maduró en reconocimiento hasta que en 1.844 celebró su pacto que sellará su identidad como pueblo y comprometerá la vida de cada uno de nosotros como tarea y empeño.

Así como el Pueblo  de Israel proclamó al nacer: “Estamos decididos a poner en práctica todas las palabras que ha dicho el Señor” (Ex 24,3-7), del mismo modo el pueblo de Salta afirmó y afirma mirándote a Ti, Señor del Milagro:

“Dulce Jesús, Tú serás siempre nuestro y nosotros seremos siempre tuyos”

Porque somos tuyos somos pueblo; somos comunidad.

Porque somos tuyos somos familia, somos fraternidad.


¡Cuánta necesidad tiene nuestra patria de mirar tu Rostro y descubrirse en Ti y descubrir tu rostro en el de todos los salteños, en el de todos los argentinos! Y esto porque “expresamos nuestra máxima dignidad de hombres cuando, aleccionados por las enseñanzas de Jesús, nos atrevemos a considerarnos hijos de Dios y a llamarlo “Padre nuestro” profesando así que Él es la defensa y la garantía última de sus hijos, los hombres
" (1)


Necesitamos descubrirnos como pueblo y recrearnos cada día como tal, fundando nuestra existencia en la justicia y en la amistad social porque no bastan actos aislados socialmente buenos. Son necesarias las actitudes permanentes, las virtudes sociales, sobre todo la justicia, que vivida cada día y coronada en la amistad social nos lleve a compartir con los demás los valores más hondos de cada uno y a servir con honor y desinterés a la nobilísima causa del bien común.


¡Danos, Señor,  la gracia de cultivar cada día la amistad social que nos lleve a asumir con entusiasmo el ser hermano de todos los argentinos, abiertos a todos los hombres de buena voluntad! Concédenos vivir esta alegría inmensa de tu presencia y de este pacto del Centenario bajo la fuerza cautivante de tu mirada que nos permita decirte como Zaqueo:
“Señor, ahora mismo voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más” (Lc 19,8). Sólo si Te descubrimos en la fiesta de tu Iglesia que nos hace pueblo seremos generosos para darnos a nosotros mismos y justos para no robar y, si es necesario, para restituir lo que hayamos robado.


Concédenos la amistad social que haga de éste un pueblo capaz de vencer el individualismo narcisista en aras de una solidaridad real que reconoce al otro como don y la vida propia como tarea y compromiso al servicio del hermano.

¡Gracias, Señor, por reconocernos también hoy como pueblo tuyo!.



III


Del pacto nace un pueblo libre y responsable.

‘Y ese día darás a tu hijo la siguiente explicación: “Esto es así, a causa de lo que el Señor hizo por mí cuando salí de Egipto”. Este rito será como un signo en tu mano y como un memorial ante tus ojos, para que la ley del Señor esté siempre en tus labios; porque el Señor te sacó de Egipto con mano poderosa” (Ex 13,9).


El Señor te sacó de Egipto. El Señor te liberó. No otro. Él es tu Dios y tu liberador.

Israel vivió su historia  como un continuo llamado y desafío a la libertad. En los acontecimientos mas dolorosos de su historia, Israel fue abriendo su corazón a Dios, quien le fue revelando progresivamente su rostro de Padre hasta resplandecer radiante como tal en el rostro entregado de Jesucristo.

Mirarte a ti, Señor, crucificado y resucitado, es descubrir el inconmesurable amor del Padre por nosotros.

Así lo entendió Salta y por ello te eligió como Su único Señor y en Ti fundó su libertad.

En Ti descubrimos que la libertad nos ha sido dada no para destruirnos sino para realizar nuestra propia  perfección en la que encontramos nuestra felicidad. Por eso, al celebrar el pacto secular contigo te diremos: “Confesamos que eres el camino, la verdad y la vida, así de los individuos como de las familias, pueblos y naciones; y que lejos de Ti y de los esplendores de tu Cruz sólo se encuentran engaños y amarguras”.


En la primera Alianza Moisés entró en la oscuridad luminosa del Monte Sinaí y recibió la “ley escrita por el dedo de Dios” (Ex 31,18); ley de vida y de libertad. Si el pueblo obedece a la ley de Dios conocerá la libertad para siempre.

En Tí Jesús, la Nueva Alianza que se sella con Tu sangre se anticipa en la Eucaristía, fuente y cumbre de la vida de la Iglesia y marcará la ley del amor para siempre “hasta el día en que bebas con nosotros el vino nuevo en el Reino de tu Padre”.


Cuando hace 100 años, te coronaron reconociéndote como Rey y a María como Reina , la Iglesia de Salta ratificaba el compromiso de empeñar su historia en los valores culturales del evangelio, valores de verdad, de justicia y de fraternidad solidaria.

 Allí se alimenta la conciencia que la vida en sociedad es un llamado de Dios y se debe realizar como una tarea ética. ¡Qué bueno es cantar con las estrofas de nuestro himno nacional: “¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!”. Pero, al mismo tiempo, ¡qué compromiso!.

La libertad camina por sus derroteros cuando nos mueve a ser más íntegros moralmente.

“La libertad es valorizada en pleno solamente con la aceptación de la verdad. En un mundo sin verdad, la libertad pierde su consistencia y el hombre queda expuesto a la violencia de las pasiones y a condicionamientos patentes y encubiertos” (2). Por ello, nuestro primer aporte a la Patria es que cada uno , asumiendo su condición de hombre libre procure ser mejor cada día.

Por su parte, el Estado tiene el deber de garantizar la vigencia de la ley, de las leyes justas que sostienen la libertad y la dignidad de los ciudadanos.

La vigencia de la ley es la garantía de justicia para todos, sobre todo para los más indefensos. Aquí radica la fuerza de una sociedad. Por eso sentimos necesidad de pedirte Señor, el milagro de crear actitudes que gesten una cultura de amor y de respeto a la ley frente a un clima de anomia y anarquía que nos destruye  en la base misma de la convivencia social. Que haya respeto en promulgar la ley, respeto en defender la ley, respeto en obedecerla.

Nuestra patria sufre, Señor, una hora de desorientación. Permítenos comprometernos como ciudadanos de esta tierra dispuestos a ser una generación sana que reconstituya la Nación.

Sentimos el deber, al escuchar lo que nos enseñas en la parábola de los talentos, de vencer cualquier tentación de desilusión o de desesperanza. Sentimos el deber de comprometernos en la creación continua de la cultura de la solidaridad que nos empeña como pueblo y como miembros de tu Iglesia porque la cooperación al desarrollo de todo el hombre y de cada hombre es un deber de todos para con todos, puesto que si sólo nos preocupamos de algunos lo hacemos a expensas de otros y entonces  dicha cooperación se pervierte porque excluye a los demás (3).

Al renovar el pacto contigo, en este año centenario de los comienzos de un nuevo milenio, nos comprometemos en la obra de la solidaridad, obra cuyo fruto es la paz.



IV


“Tomen y coman, esto es mi Cuerpo... Beban todos de ella porque ésta es mi Sangre”


En tu Eucaristía, Señor, nace tu Iglesia.

Hoy nos sentimos renovados en nuestra condición de cristianos y agradecidos porque somos tuyos por el bautismo, tuyos por la confirmación, tus comensales porque nos convocas en tu Eucaristía.

Eres nuestro Rey, eres nuestro camino.

Renovar el pacto en este año centenario nos anima profundamente porque al experimentarnos envueltos en los dones de tu vida nos descubrimos como un don para los demás. Cada uno de nosotros es un don para esta patria en esta hora. ¡Qué tremenda y desafiante responsabilidad!. Un don en cuanto cristianos. Un don para testimoniar que nuestra más profunda identidad es la de ser hijos, y por ello hermanos entre nosotros.

Señor, que nuestros laicos sientan la exigencia entusiasmante de transformar el mundo según los criterios del Evangelio para que nuestra patria crezca como un pueblo libre, solidario y responsable, digno y equitativo, y que nosotros, sacerdotes, sepamos ser para todos signos vivos de tu guía de pastor. Que los religiosos y religiosas testimonien en gozo de la fidelidad a tu Persona. Que los niños reciban la tranquilidad de nuestra respetuosa sonrisa. Que los jóvenes cuenten con nuestro apoyo y que los ancianos sean reconocidos y valorados como reserva de la memoria de nuestro pueblo. Que las familias sean promovidas y sostenidas.

Bendice, Señor, a esta Iglesia de Salta, a la Iglesia de Orán, de Cafayate, de Jujuy y de Humahuaca, de Catamarca, de Mercedes-Luján, de toda la patria.

Que María, la Señora del Sí fiel y generoso, nos siga acompañando, siempre de pie, siempre como la estrella que miramos gozosos porque nos trae la noticia de que Tú serás siempre nuestro y nosotros seremos siempre tuyos.

El sol se está poniendo, Señor, y mañana volverá a salir.¡Quédate siempre con nosotros!. Puedes contar con nosotros, con todos nosotros. Nosotros contamos contigo.


Mons. M
ario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta

Salta, 15 de setiembre de 2002, Solemnidad del Señor del Milagro


Notas

(1) C.E.A., Iglesia y Comunidad Nacional, 54.

(2) Cfr JUAN PABLO II, Enc. Centessimus Annus, 46.

(3) Cfr JUAN PABLO II, Enc. Sollicitudo Rei Socialis.



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