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MENSAJE PASCUAL


Mensaje de Mons. Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta, 
con motivo de la Pascua 2002


"Que en nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas

distintas y un solo Dios verdadero e de la gloriosísima Virgen su vendita Madre... mandó poner el dicho palo por Picota... donde... señaló que fuese la Plaza Pública de esta dicha ciudad, y el medio de la cuadra de dicha Plaza; y que de hoy en adelante, para siempre jamás, se nombre e llame esta dicha Ciudad, la Ciudad de Lerma en el Valle de Salta...

... E mandó sea el nombre de la Iglesia mayor de esta Ciudad... la Resurrección, por cuanto hoy dicho día, segundo de Pascua de Resurrección, se ha fundado y establecido esta dicha ciudad... Siendo testigos que se hallaron presentes el R.S. Obispo D. Fr. Francisco Victoria e D. Francisco de Salcedo, Dean de la Catedral de Santiago del Estero... Firmó... el Licenciado Hernando de Lerma. Por ante mí, Rodrigo Pereira".


(Del Acta de Fundación de la Ciudad de Salta
el 16 de abril de 1582)


Así nacimos como pueblo, queridos hermanos, en nombre de la Santísima Trinidad y de María Santísima, y con la fuerza de la Resurrección del Señor que celebramos en el gozo de esta Pascua del año dos mil dos.

Permítanme reflexionar sobre tres de los textos de la Liturgia de esta Vigilia Pascual, Madre de todas las Vigilias.



I


"Hijo de hombre, cuando el pueblo de Israel habitaba en su propio suelo,

lo contaminó con sus conductas y sus acciones.

Entonces derramé mi furor sobre ellos...

Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países...

Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo...

Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos,

Y que observen y practiquen mis leyes".


(Ezequiel 36,17.18.24.26.27)


Entre el siglo VIII antes de Cristo cuando Israel, el reino del Norte, fue deportado a Asiria y el siglo VI –siempre antes de Cristo- cuando Judá –el reino del Sur- fue deportado a Babilonia, el pueblo de Dios en su totalidad conoció la más terrible de las pruebas, la matanza parcial de sus miembros y la deportación del resto lejos de su tierra. Pero entonces, mas fuerte que nunca, se afirma la certeza de la salvación. Muerto y sepultado en tierras lejanas, Israel será salvado por resurrección: Ezequiel afirma unos versículos después de los leídos en la séptima lectura de esta noche: "Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío" (37,12).

La redención de Israel no es sólo un perdón, sino un acto de creación. La obra se consumará en el Espíritu, que es a la vez poder vivificante y santidad. Es soplo que resucita a los muertos, santidad creadora de un pueblo de alianza eterna: "Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observe y practiquen mis leyes".

¡Cómo no percibir la fuerza de la Palabra de Dios en esta hora dramática de nuestra patria!. La decadencia moral nos ha llevado lejos de nuestros orígenes y nos ha sumido en la deportación de la desconfianza mutua.

Pedimos al Señor que su Espíritu cree en nosotros un corazón nuevo capaz de vivir lo que nos enseñaban los obispos argentinos el pasado 21 de marzo: "Para exigir tanto sacrificio al pueblo es preciso decidirse firmemente a erradicar la corrupción de la vida política y social, a disminuir drásticamente el gasto político, a encarar la postergada reforma del estado y a revertir la enorme evasión impositiva de grandes sectores corporativos. Quienes gozan de privilegios injustos deben saber que, aunque sean legales, no dejan de ser inmorales" (CEA, Para que renazca el país).



II


"Porque si nos hemos identificado con Cristo por una muerte semejante a la suya,

también nos identificaremos con El en la resurrección.

Comprendámoslo: nuestro hombre viejo ha sido crucificado con El,

Para que fuera destruido este cuerpo de pecado,

Y así dejáramos de ser esclavos del pecado...

Considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús".


(Rm 6,5-6.11)


El encuentro con el Resucitado fue para san Pablo la experiencia deslumbrante de Dios y la salvación. El ve que Cristo glorioso es el "lugar" donde la redención alcanza al cristiano. Toda gracia, la muerte al pecado, la vida en Dios, es otorgada por el Padre en la acción que glorifica a Cristo resucitándolo. La resurrección es la irrupción, en Cristo y en el mundo, de la justicia vivificante de Dios. Es el Padre quien resucita a Cristo y justifica a los hombres. La resurrección es la salvación del mundo que Dios lleva a cabo en su Hijo "entregado por nuestros pecados".

El misterio de la resurrección es una realidad tan grande, tan absolutamente nueva en la historia de la humanidad, que San Pablo hablará de una nueva creación.

Nuestra patria necesita ser recreada por el amor del Padre que resucita a Cristo. Nosotros, los cristianos, hemos de abrirnos a esa acción de Dios que hoy celebramos en la liturgia.

Y desde esta obra del Padre que recrea a la humanidad resucitando a Cristo, hemos de valorar el sentido profundo del trabajo. El Papa Juan Pablo II enseña que, "mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza, sino que se realiza a sí mismo como hombre, en cierto sentido, se hace más hombre" (cfr. Enc. Laborem Excercens, 9).

En ese contexto recordemos lo que nos decían los Obispos Argentinos en su carta "Para que renazca el país", a la que aludíamos antes.

"Hemos de saber imitar a los pueblos que han sufrido catástrofes iguales o peores, pero que se han puesto a reconstruir su patria con tesón. No negamos el derecho a reclamar lo propio. Pero alentamos a todos a trabajar con esfuerzo y sacrificio. El que tiene trabajo ha de sentir la vocación a realizarlo con espíritu de servicio y esmero. El que no lo tiene ha de procurarlo en la medida de lo posible, ofreciendo a cambio su habilidad y capacitándose permanentemente para ello. No hay nada más triste para el trabajador que dejarse despojar de su natural honradez y laboriosidad, y crearse la imagen de ser un perpetuo dependiente de la dádiva ajena. La comunidad entera, por su parte, debe ser solidaria con los que no tienen trabajo. Acompañamos de todo corazón a todos los que sufren" (CEA, id., 6).



III


Jesús salió a su encuentro y las saludó diciéndoles: "Alégrense...

No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea

Que allí me verán"

(Mt 28,9.10)


Cristo resucitado viene a nuestro encuentro anticipándose a nuestras búsquedas. Cristo resucitado es la mas elocuente señal del amor radicalmente gratuito del Padre Dios. Viene anticipando el perdón y es su perdón el que nos hace dignos y capaces de vivir como sus amigos.

¡Cuánta necesidad tiene nuestra patria de dejarse encontrar por el Señor!. Nos corresponde a nosotros, cristianos, permitirle al Señor este encuentro y ser testigos y vehículos del mismo para nuestros hermanos!. Hagámoslo con los gestos simples que el mismo Jesús resucitado usó para encontrarse con las mujeres, al amanecer del primer día de la semana. Seamos portadores de esperanza, de confianza en el bien, de laboriosidad y honradez.

Vivir cristianamente nuestro compromiso social y cívico debe ser el fruto de esta Pascua. Comenzamos esta reflexión recordando un párrafo del acta de fundación de nuestra ciudad. En nuestro origen como pueblo está la Santísima Trinidad, el amor del Padre que se ha manifestado resucitando a Cristo celebrado en aquella jornada en la que hace unos cuatrocientos veinte años nacía Salta. Tomemos conciencia de ello y advirtamos que en el origen histórico y cultural de nuestra nación está la fe cristiana. Advirtámoslo y actuemos en consecuencia. Hagamos de nuestra fe una fuerza que transforme y renueve la patria con actitudes permanentes de justicia, de solidaridad y de paz.

La gloria del Señor, del Señor del Milagro, ha de extenderse desde su costado abierto como los rayos de luz en los gestos y palabras de cada uno de nosotros que, asumiendo nuestro bautismo, ha de vivir cada día en su casa, en su barrio, en su pueblo.

María del Milagro, la mujer creyente, nos conceda a todos sentirnos hijos de esta patria argentina, que con cariño la contempla y la llama: ¡Madre!, y le pedimos que nos ayude a vivir como hermanos.

¡Felices Pascuas!.


Mons. Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta

30 de marzo de 2002



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