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SOLEMNIDAD DE NUESTRO SEÑOR DEL MILAGRO


Homilía de Mons. Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta
15 de setiembre de 2003


Hermanos:

La Divina Providencia nos regala hoy el poder celebrar en este Año del Señor de 2003 la Solemnidad del Señor del Milagro.

La Sagrada Eucaristía que celebramos está en el meollo mismo de esta fiesta que marca la andadura misma de la historia de Salta. En efecto, los habitantes de esta ciudad en aquel año de 1.692, atemorizados por los terremotos, experimentan el impulso de llegarse al templo y allí respondieron a las invitaciones de los sacerdotes a la penitencia y recibieron la Santa Comunión, según nos lo advierten los Recuerdos.

En estos primeros años del Milenio, esta Iglesia Particular de Salta quiere asumir el desafíode orientar su tarea pastoral renovando una lectio espiritual del Concilio Vaticano II porque en él “se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza" (1)

Por ello, después de haber celebrado la Palabra de Dios en el año 2001 y la Liturgia en el 2002, nos hemos comprometido a celebrar el misterio de la Iglesia que es comunión en este año de 2003 para profundizar la conciencia y el compromiso misionero a lo largo del próximo y revisar, a lo largo del 2005 nuestra actitud de diálogo con el mundo y la cultura.

La historia misma de la Iglesia en Salta va impulsándonos a agradecer a Dios su amor y su fidelidad. El pasado año celebramos gozosos el Centenario de la Coronación de las Imágenes del Señor y de la Virgen del Milagro, 2004 nos recordará el 70º aniversario de la elevación de esta Iglesia particular a Sede Metropolitana, es decir, a arquidiócesis y el año 2006 se convierte en una fuerte llamada a recordar el bicentenario de la erección de la diócesis de Salta en 1806. Salta es la tercera diócesis del país y la última erigida en tiempos de la Colonia. ¡Cómo no celebrar al Dios fiel y misericordioso!.


¡Oh Sagrado Banquete

en el que Cristo es comido,

y se celebra la Memoria de su Pasión,

el alma se llena de gracia

y se nos da la prenda de la gloria futura!.


En el Banquete de la Eucaristía el Señor nos invita a celebrar. Aquí la Pascua del Señor nos es contemporánea, en este Banquete que es Memoria, Presencia y Profecía: “¡Anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu Resurrección hasta que vuelvas!”.



I


Así habla el Señor, Dios de Israel:

“Yo pondré mis ojos sobre ellos para su bien...

los edificaré y nos los demoleré, los plantaré y no los arrancaré” (Jer 24,4).


El Sacrificio Eucaristíco fue instituído por el Señor Jesús “la noche en que fue entregado” (1 Cor 11,23). Nace, pues, en el corazón del drama de la historia y, a partir de allí, la Pasión y la Muerte del Señor marcarán indeleblemente a la Eucaristía.

¡Anunciamos tu muerte, Señor!.

La Sagrada Eucaristía no sólo evoca la Pascua sino que la hace sacramentalmente presente. Se trata del sacrificio decisivo para la salvación del género humano y el Señor lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presente.

¡Anunciamos tu muerte, Señor!.

Por eso decimos que la Sagrada Eucaristía es Memoria de la Pascua, es Sacrificio, es el único don que Jesús hace de Sí mismo al Padre. ¡Qué vigor profundo, qué dimensiones radicalmente humanas surgen de la Memoria de la Eucaristía!.

En ella la traición (traditio) humana es superada absolutamente por la entrega (traditio) del Padre que nos da a su Hijo; del Hijo que se nos entrega (tradidit semetipsum pro me) para hacernos hermanos; del Espíritu que nos es entregado desde los labios agonizantes de Jesús para entregarnos como Padre a Dios y a nosotros como hijos al Padre. ¡Cuánto tenemos que aprender de la Eucaristía!.

Cuando en nombre de una memoria encerrada en sí misma queremos abroquelarnos en la venganza que destruye, recordemos que desde la Eucaristía el perdón vence al odio.

Cuando en nombre de una memoria incapaz de asumir responsabilidades pretendemos justificar lo no justificable, advirtamos que la Eucaristía es entrega total, conciente, incondicional.

Cuando la memoria nos cargue de sospechas y temores inhabilitándonos para descubrir al otro como persona, recordemos que la Muerte en Cristo es vencida por la Vida y este Misterio nos es dado en la Eucaristía.

La memoria se hace humana cuando nos ayuda a ir más allá de nuestros límites, cuando nos permite superar los frenos paralizantes de las frustraciones personales y sociales, cuando nos enseña lo que somos y nos impulsa a ser más hombres, más justos, más hermanos.

Cristo es nuestra memoria. En El podemos asumir la memoria como identidad que nos da fuerzas para trabajar en un presente humano y solidario.



II


“Porque la locura de Dios es más fuerte que la sabiduría de
los hombres, y la debilidad de Dios
es más fuerte que la fortaleza de los hombres” (1 Cor 1,25)


La Pascua de Cristo se consuma en la Resurrección. Jesucristo es el viviente, el “Pan de Vida”, el “Pan vivo”.

Jesucristo se hace Pan y nos da su Espíritu. Es el Espíritu de la vida y de la comunión. ¡Proclamamos tu Resurrección!. La Eucaristía es una Presencia que crea la comunión.

Participar en la Eucaristía supone la comunión e impulsa a la comunión. No podemos celebrar al Señor sino desde la comunión de la Iglesia. La unidad entre el cristiano y el Señor Resucitado en la Eucaristía es de tal magnitud y profundidad que si no existe comunión en la fe, en la gracia y en la visibilidad eclesial, el acto de comulgar sería mentiroso. El acto de comulgar tiene la fuerza dramática de la amistad fiel de Dios que no admite disimulos ni traiciones. Es comunión real. Por eso supone la comunión y por eso también crea la comunión, educando a la comunión.

Ruego a todos mis queridos sacerdotes, a los religiosos y a los laicos a renovar el compromiso de vivificar nuestras parroquias desde la Eucaristía dominical fiel y gozosamente celebrado. Esto debe dar contenido a nuestro pacto de fidelidad que hemos de renovar en esta tarde. Domingo-Eucaristía-Parroquia han de constituir un trinomio que alimente y renueve la vida pastoral de nuestra arquidiócesis.



III


“Si el grano de trigo que cae en tierra no muere,

queda solo; pero si muere da mucho fruto” (Jn 12,23)


¡Ven, Señor Jesús!.

La Eucaristía es Profecía, es tensión hacia la meta, anticipación del Paraíso y prenda de la gloria futura. Esta tensión, enseña Juan Pablo II, “da impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno de nosotros a sus propias tareas" (2).

La Eucaristía estimula nuestro sentido de responsabilidad frente al mundo. En una sociedad como la que estamos viviendo “la Eucaristía nos invita a ofrecernos como instrumentos de fraternidad, nos convoca a construir el bien común, a crear puentes de reconciliación y diálogo, a recrear la amistad social, a ser más misericordiosos y solidarios" (3).

“Nuestra fe en la Eucaristía nos interpela a renovar con urgencia las estructuras políticas, económicas y sociales para lograr una mayor comunión que haga posible repartir y compartir de un modo más justo y solidario los bienes que Dios nos ha dado a todos los argentinos. La Eucaristía alimenta la caridad para que seamos “buenos ciudadanos, que obren con inteligencia, amor y responsabilidad”en orden a edificar una sociedad y un Estado más justos y solidarios" (4).

Ya estamos caminando hacia el 10º Congreso Eucarístico que el próximo año celebraremos en Corrientes. “Nuestra adoración a Jesús en la Eucaristía se hará plena cuando actuemos de tal manera que la gracia que mana del Sacramento pueda manifestarse gloriosamente en una Patria más creyente, unida, justa y solidaria, cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común. Mientras en nuestra sociedad se padecen muchas formas de hambre, recordemos que el Señor nos ordena, desde la Eucaristía: "Denles Ustedes de Comer!”.



IV


En las manos entreabiertas de María ponemos nuestro corazón y con él una promesa y una súplica: Que podamos renovar en Cristo nuestra memoria de pueblo arrepentido de sus faltas, agradecido por los dones recibidos, comprometidos en forjar la comunión de todos y realmente tendido hacia un ejercicio diario de la solidaridad que nos permita ser constructores de la civilización del amor. Amén.


Mons. Mario Antonio Cargnello,
arzobispo de Salta


Notas:

(1) JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 57

(2) JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucaristia, 20

(3) CEA,  Denles Ustedes de comer, 74.

(4) Id. 78



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