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JESUCRISTO, SEÑOR DEL MILAGRO, PAN DE TU PUEBLO, ENVÍANOS
Renovación del pacto de fidelidad del pueblo salteño con sus patronos
Solemnidad del Señor del Milagro - 15 de setiembre de 2004
Jesucristo
Te damos gracias porque este año de 2004 nos has reunido en este día
15 de septiembre y en este lugar que marcan la vida de este pueblo
para renovar la Alianza, el pacto de fidelidad contigo.
Queremos confesar nuestra fe en Ti, Hijo amado del Padre y dador del
Espíritu Santo.
Tú eres la clave, el centro y el fin de toda la historia.
Tú eres el gozo de corazón humano y la plenitud total de sus
aspiraciones.
Tú eres nuestro y nosotros somos tuyos.
Eres el Señor del Milagro.
Eres el Señor de la historia.
I
Venimos a encontrarnos contigo y con nuestros hermanos en esta
expresión privilegiada de fe y de comunión que renueva nuestras vidas,
nuestras familias, nuestros pueblos.
Traemos
el corazón cargado de vida, de temores y de esperanzas. Todo lo
ponemos ante Ti y te decimos: ¡Salve, Señor del tiempo y de la
historia!
Eres el
Señor de la historia por tu nacimiento. Señor de la Vida, has puesto
tu carpa en medio de nuestras vidas y las hiciste grandes y luminosas.
¡En Ti el tiempo humano ha sido visitado por la eternidad!.
Necesitamos descubrir nuestra condición de discípulos tuyos
comprometidos en la defensa y la promoción de la vida humana desde la
concepción hasta la muerte. Que el miedo no alimente una mezquindad
egoísta que cierra el camino de la vida del otro, del inocente, de la
criatura que quiere nacer. Que cuidemos la inocencia y calidad de vida
de nuestros niños sosteniendo y promoviendo la vida familiar. Que
vuelvan a existir las mesas familiares en las que el fruto del trabajo
honesto se convierta en pan que convoca. Que los comedores
comunitarios, señal de una sociedad que aún no encuentra caminos de
equidad real y sostenida, sean sustituidos por la mesa familiar de
cada uno de los hogares argentinos.
Eres el
Señor de la historia por tu pasión y tu muerte. No te alejaste de las
historias de los seres humanos reales ni esquivaste la conflictividad
que atraviesa el tiempo de los hombres. Viviste expuesto al rechazo y
al dolor hasta llegar a tu “hora” en la que padeciste la violencia, la
tortura y la muerte en cruz.
Hoy
traemos ante Ti nuestro tiempo con sus conflictos, con su sed de
sentido, con su dolor. El dolor de los niños huérfanos de padres
vivos, de los jóvenes sin futuros posibles, de las familias sin rumbo,
de una sociedad que parece embriagarse en el vacío del sin sentido.
Como
cristianos, discípulos tuyos, estamos llamados a vivir esta hora, la
hora de cada día, con responsabilidad. Sabiendo que debemos ser sal de
la tierra y luz del mundo. Que no apaguemos la luz. Que la fortaleza
acompañe nuestro testimonio.
Eres el
Señor de la historia por tu resurrección. Tu vida resucitada atrae
nuestras vidas caminantes para que lleguen también a la luz que no
tiene ocaso. Haznos sembradores del bien. En una sociedad que mide la
vida por el aparecer y el éxito danos audacia para construir la
historia convencidos que el hombre vale mas por lo que es que por lo
que tiene y que podemos sembrar confiados semillas de esperanza
comprometiendo nuestro esfuerzo en una caridad creativa y eficaz con
el pobre, con el que sufre, con el excluido.
Eres el
Señor de la historia por tu nueva presencia a partir de Pentecostés.
Gracias a la acción de tu Espíritu, toda historia humana puede tenerte
como compañero de camino. Tu presencia es mas profunda que cualquier
soledad.
Así lo
entendieron nuestros mayores. Por ello experimentaron tu atracción
desde la soledad de aquellos terremotos y te descubrieron, en la
fragua inexorable de los años, Señor de este Pueblo. Por eso, hoy
también te diremos nosotros: ¡Eres nuestro!.
Queremos
decirte que eres nuestro aceptando el ofrecimiento de tu misericordia.
Te agradecemos tu amor que llegó hasta la locura aceptando ser clavado
en la cruz y entregarte por nosotros hasta experimentar el más amargo
y profundo dolor. Tu sangre derramada nos purifica de nuestros
pecados. Tu presencia de Resucitado nos anima en la lucha diaria por
la santidad personal, familiar y comunitaria. Tú nos acompañas con tu
Palabra y tus sacramentos. Tú eres el Pan de vida.
II
Jesucristo, Señor del Milagro, Pan de tu pueblo.
Te
hiciste pan.
¡Qué
carga de mensaje nos traes en el pan de la Eucaristía!. Atraviesas el
tiempo y la historia gritando desde el silencio del pan: “¡Yo estoy
con ustedes siempre!” (Mt 28,20) Y desde la convocatoria de
tus altares y de tus sagrarios en los que prolongas tu Presencia
desafías nuestra responsabilidad y nos preguntas como a Adán: “¿Dónde
estás?” (Gn 3,9) y, como a Caín: “¿Dónde está tu hermano?” (Gn
4,9). Tú eres la pregunta y la respuesta.
Eres Pan
ofrecido y entregado para invitarnos a la comunión contigo. Comer tu
carne, beber tu sangre es entrar en comunión con todo tu ser, con tu
actitud de ofrenda al Padre por la salvación del mundo, con tu entrega
en la cruz, con el don de tu vida. Al renovar, dentro de unos
instantes,
el pacto de fidelidad, queremos comprometernos a la conversión de
nuestras vidas, a la renovación de nuestras mentes y de nuestros
corazones según tu Evangelio, a sanar y educar nuestras inclinaciones
desordenadas, a orientar nuestras vidas según la voluntad del Padre.
Porque el hambre de Dios es el hambre de las hambres y el que
realmente encuentra a Dios puede responder a tus preguntas porque se
hace capaz de mirar a Dios y responderle como Tú y contigo: “Aquí
estoy, yo vengo para cumplir tu voluntad” (Heb 10,9).
¡Aquí
estoy!, ¡Aquí está mi hermano!. Se trata de ser responsables ante Ti y
solidarios con nuestros hermanos.
Responsables de este tiempo nuestro, de esta patria nuestra, de esta
historia nuestra, porque “creemos que nuestra patria es un don tuyo
confiado a nuestra libertad, un regalo de amor que debemos cuidar y
mejorar"
(1).
Asumiendo con conciencia esta hora que hemos de enfrentar con una
memoria cristiana, capaz de vencer toda tentación de evasiones
estériles como de resentimientos que alimentan venganzas y obnubilan
el presente hipotecando el futuro. Enfrentando los desafíos con
grandeza de alma, dispuestos al trabajo que ennoblece y fundamenta
nuestro derecho al pan, a la vivienda, a una vida digna y saludable,
comprometidos con la educación de nuestros niños y de nuestros jóvenes
procurando construir un futuro en el que el progreso sea considerado
como camino de humanización y no ocasión para poseer y dominar.
Responsables de esta historia nuestra buscando una sociedad mas justa
no desde la declamación sino desde corazones nuevos que cultivan la
virtud y la viven cada día.
“¡Aquí
está nuestro hermano!”. Tu presencia en la Eucaristía es escuela de
amor a Dios y al prójimo. Tú estás presente en el Santísimo Sacramento
y al comer tu Cuerpo y beber tu Sangre nuestros ojos se han de abrir
para saber vivir como verdaderos hijos del Padre Dios y para descubrir
las otras formas de tu presencia, particularmente en el hermano
injustamente postergado y necesitado donde prolongas tu pasión. Por
eso tu presencia eucarística es fuente y cumbre de solidaridad.
Con toda
la Iglesia te pedimos “danos entrañas de misericordia ante toda
miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al
hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante
quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un
recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para
que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”
(2).
Somos miembros vivos de tu Iglesia, ayúdanos a descubrir que nuestro
corazón sólo se abre verdaderamente a tu acción cuando brota en
nosotros el impulso al servicio, el deseo de hacer feliz al otro, la
identificación con los pobres, el amor compasivo, solidario y
universal
(3).
III
Jesucristo, Señor del Milagro, Pan de tu Pueblo, envíanos.
Envíanos
a la gente, envíanos mas allá de nuestras fronteras. Envíanos a la
vida, envíanos a los pobres.
La
Iglesia en Salta se ha empeñado en este año por meditar y rezar el
mandato misionero que brota del seno del Padre de Dios y se hizo
mandato en tu voz de Resucitado: “¡Vayan por todo el mundo, anuncien
la Buena Noticia a toda la creación!” (Mc 16,15). Esta Iglesia
particular acunada en tu regazo desde la fundación misma de esta
ciudad de Salta y sostenida por la suplicante presencia de María del
Milagro, quiere anunciarte a todos con entusiasmo y fervor siendo
testimonio de tu fidelidad que nos asombra y desafía. Ser tuyos no es
una posesión que aburguesa. Ser tuyos es un impulso que nos proyecta
siempre mas allá, mas allá de nuestra pobreza, más allá de nuestras
fronteras. El Valle de Lerma parece abrir las puertas de su bucólica
serenidad e impulsarnos en esta tarde para construir un mañana nuevo
anunciándote cada día desde la alegría profunda de este encuentro y de
este pacto.
Envíanos
a todos. Que podamos ser testigos de la esperanza en medio de un mundo
triste. Que el Evangelio resplandezca en nuestras actitudes, en el
calor de nuestros hogares , en la vida familiar cristiana alimentada
en la Eucaristía de cada domingo en nuestras parroquias. Que toda la
Iglesia de Salta sea profundamente misionera.
Envíanos
mas allá de nuestras fronteras. Gracias por nuestros sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos misioneros. Gracias por las parroquias
y comunidades que alimentan el fervor de dar desde su pobreza para que
seas anunciado. El don de tu fidelidad multisecular desde el Milagro
nos compromete a dar… hasta que duela!.
Envíanos
a la vida. Que seamos testigos del Evangelio de la vida. Que nunca
seamos una amenaza para el niño concebido en el seno de su madre.
Seríamos terriblemente hipócritas si habláramos de solidaridad cuando
negamos el derecho a vivir al mas inocente e indefenso de todos los
hombres: el niño que tiene que nacer.
Envíanos
a los pobres. Como Iglesia que nace de la Eucaristía queremos ser
fieles al mandato del Papa: “Tenemos que actuar de tal manera que los
pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como en su casa” ya
que este estilo sería la más grande y eficaz presentación de la buena
nueva del Reino
(4).
Como Iglesia que vive en Salta queremos comprometernos frente al
escándalo de la pobreza y de la exclusión social.
IV
Dispuestos a renovar el pacto miramos a María, tu Madre y casi en
puntas de pie nos acercamos a su trono para decirle a Ella, la
Inmaculada: ¡renueva nuestra esperanza! En Ti, María, el futuro es
siempre una oportunidad nueva. Contigo el buen vino aún tiene que
llegar. De tu mano y con tu fortaleza podemos renovar el pacto. Madre!
¡Madre nuestra!
Notas:
(1)
CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA, Jesucristo, Señor de
la Historia, 2000, n 6
(2)
Plegaria Eucarística V.c.
(3)
CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA, Denles ustedes de
comer, 2003 n. 63
(4)
Cfr. JUAN PABLO II, Novo Millennio Ineunte, 50.
Mons. Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta |