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¡TÚ
ERES NUESTRO, SEÑOR DEL MILAGRO, Y NOSOTROS TUYOS!
Palabras de monseñor Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta
en la Renovación del pacto de fidelidad del pueblo salteño con sus patronos
Solemnidad del Señor y la Virgen del Milagro - 15 de setiembre
de 2005
El Señor dijo a Moisés: ‘Ordena a los israelitas que reanuden la
marcha.
Y tu
con el bastón en alto, extiende tu mano sobre el mar
y divídelo en dos para que puedan cruzar a pie’. (Ex. 14,5)
Tu
pueblo, Señor, escucho la orden del Padre Dios. Te escucho a Ti,
nuevo Moisés, que, llevando el cayado de la Cruz, le ordenaste
después de los terremotos de 1692 que reanudase la marcha de su
historia para cruzar a pie al mar y llegar al monte de la Alianza. Su
historia se fue escribiendo en el corazón de todos sus habitantes y la
experiencia viva de tu presencia cercana y fiel quedo grabada en la
formula del Pacto: ‘¡Tu eres nuestro, Señor del Milagro, y nosotros
somos tuyos!’.
Nuestra identidad y nuestra seguridad, nuestro proyecto y nuestro
compromiso, nuestra herencia y nuestra gratitud es ésta: ‘¡Tu eres
nuestro y nosotros somos tuyos!’. Jesucristo, Señor del Milagro tú nos
eres necesario.
En el
clima solemne de la renovación del Pacto queremos acercarnos a Ti,
rodear tu imagen y la imagen bendita de tu Madre, Maria del Milagro
para reanudar la marcha de nuestra historia personal, de la historia
de nuestra familia, de nuestra ciudad y provincia, de nuestras
instituciones y de nuestra patria. Cercanos a ti queremos mirarte.
Danos tu espíritu para que podamos ver en tu interior y conocer el
secreto de tu Corazón que fragua la historia, porque Tú eres “el
Principio, el Primero que resucito entre los muertos, el que tiene la
primacía en todo” (Col. 1,18)
Danos
la gracia de percibir tu voz en la Palabra que hemos escuchado y
experimentar la fuerza de tu mensaje que parece impulsarnos con
audacia hacia un futuro esperanzador.
-
‘Sabrán que Soy el Señor cuando yo me cubra de gloria… El Señor es mi
fuerza y mi protección. Él me salvo’ (Ex. 14, 18.15,2)
-
‘Sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que Él
había venido de Dios y volvía a Dios, se levanto y empezó a lavar los
pies de los discípulos y a secárselos con la toalla’ (Jn. 13, 4.5)
- ‘Si
yo que soy el Señor y el Maestro, les lavo los pies, Ustedestambién
deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que
háganlo mismo que Yo hice con Uds.” (Jn. 13, 15)
I
‘Sabrán que soy el Señor cuando yo me cubra de gloria...
El Señor es mi fuerza y mi protección, Él me salvo’ (Ex. 14, 18.15,2).
Señor
Jesucristo. Eres don del Padre. Tu pueblo recibió agradecido tu
imagen, descubriendo el vinculo profundo de la misma en tu presencia
en la Eucaristía. Por ello la procesión eucarística fue la primera
respuesta ante la experiencia de los temblores desde lo que hablabas.
Así sigue siendo hoy, así debe ser. Por ello, para conocerte hemos de
intentar penetrar en el misterio de tu entrega.
Queridos hermanos: Cada vez que celebramos la Eucaristía, en la
Plegaria de Acción de Gracias, después del relato de la Institución
quien preside la Asamblea proclama asombrado: ‘Este es el misterio de
la Fe’. En efecto, la Eucaristía es el Misterio de la Fe. Es Dios que
se ofrece a nosotros, que se entrega a nosotros en Cristo. Es Cristo
que cumple su Palabra: ‘Yo estaré con Ustedessiempre hasta el fin de
los siglos’. Cristo en la Eucaristía, es el Viviente, el que ha
muerto y ha resucitado y que se hace Pan de vida eterna porque
contiene en sí la fuerza para vencer la muerte. En la Eucaristía,
pues, encontramos la fuente perenne de sentido ofrecida a la
humanidad, ya que ella nos garantiza que la última palabra la tiene la
Vida. Es la Vida de Dios ofrecida a cada uno de nosotros para
afirmarnos en Él y para convertirnos en servidores de la vida. Es la
Vida ofrecida en alianza para empeñarnos en una madurez responsable
frente a Dios y al servicio de los demás. Es la vida acunada y
defendida en la familia, santuario del amor.
La
protección de la vida humana desde el primer momento de la concepción
y de la familia como institución que custodia al ser humano, la
promoción de la mujer, la atención de las necesidades de los niños,
especialmente de los mas carenciados, pertenecen a la dignidad humana
y son objetivos permanentes del cristiano que toma en serio a Cristo
dándosenos en la Eucaristía. Nos alegramos porque la Cámara de
Senadores de la Provincia, se ha expresado solicitando a los Senadores
Nacionales por la provincia de Salta se opongan a la ratificación del
Protocolo Facultativo de la Convención sobre la eliminación de las
formas de discriminación contra la mujer. La defensa de los argentinos
no depende de las directrices de Comités Internacionales,
incompatibles con la vida.
En
este horizonte del Misterio de Cristo Resucitado, Pan de Vida, quiero
pedirles a todos, a mí en primer lugar, que nos empeñemos por trabajar
para mejorar la calidad de vida de nuestros hermanos. Que la cultura
de la honradez y del trabajo, de la austeridad y de la solidaridad, de
la probidad y de la responsabilidad devuelvan a tantos niños a la mesa
familiar, al estudio en sus escuelas, a la salud cuidada por la patria
que los ve nacer. Que la justicia sea un objetivo real de nuestras
vidas ciudadanas y no una utopía inalcanzable que al ser inalcanzable
termina adormeciendo nuestras conciencias.
‘Este
es el Misterio de la Fe’. Anunciar la muerte de Cristo es mostrar en
la vida que somos capaces de hacer morir a lo injusto, a lo egoísta,
cruel y ruin para resucitar dando vida a los otros desde la entrega,
el servicio y el coraje. ¡Que profundo desafío se nos presenta a
todos, y en particular a nuestros hermanos laicos de cara al próximo
Congreso que celebraremos en octubre a nivel nacional, y en noviembre
a nivel Arquidiocesano!. El madurar en el compromiso ciudadano nacido
de nuestra condición de bautizados, es una tarea impostergable.
‘Sabrán que yo soy el Señor cuando me cubra de gloria’. La Gloria del
Señor es que el hombre viva, nos enseño San Ireneo. Seamos coherentes
con nuestra Fe y con nuestro compromiso eucarístico, sirviendo a la
vida y a la calidad de vida de nuestros hermanos.
II
“Sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos,
y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levanto…
y empezó a lavar los pies de sus discípulos y a secárselos con la
toalla”(Jn 13, 4.5)
Había
venido de Dios y volvía a Dios. El Misterio Pascual de la Muerte y
Resurrección de Cristo se
renueva
en cada Eucaristía. Él es Cristo, su persona y su vida para nosotros.
“Se puso a lavar los pies de sus discípulos’.
Los
Apóstoles se presentaron como testigos de la resurrección y San Pablo
exhorta a su discípulo Timoteo: ‘Acuérdate de Jesucristo, resucitado
de entre los muertos’ (2 Tm 2,8).
Los
hombres somos limitados. Podemos desear todo pero solo podemos hacer
lo que podemos hacer. El dolor y el fracaso, la enfermedad y la
muerte nos ofrecen la experiencia de nuestro límite. Cristo, con su
resurrección nos da el germen de la esperanza definitiva: la victoria
sobre la muerte. El signo de esa esperanza es su Iglesia, comunidad de
los que han muerto y resucitado con Él (cfr. Rm 6, 1-11). La
Eucaristía, fuente y cumbre de la vida de la Iglesia, es la prenda de
la vida y de la esperanza. Al celebrarla los cristianos participamos
del Sacrificio de Cristo y renovamos nuestra condición de miembros del
pueblo de la paz. Ser miembros de este pueblo es un desafío permanente
a ser testigo de Cristo Resucitado, del Cristo que lava los pies y
consuela.
Queridos hermanos, ya estamos a la puerta del bicentenario de nuestra
existencia como Iglesia local. Esta culminación de las Fiestas del
Milagro abren un año jubilar que agradece al Señor su fidelidad a
esta Iglesia particular de Salta. Hemos de vivir un año, en el que ha
de resonar vibrante la llamada del Señor a renovar nuestra conciencia
eclesial. Somos su pueblo. Somos suyos.
Tenemos que renovar el compromiso de ser una Iglesia, que siguiendo a
Jesús, se ciñe la toalla y lava los pies. Lavar los pies es abrir el
corazón a un compromiso de conversión personal y comunitaria. Lavar
los pies es escuchar la llamada misionera de una inmensa multitud,
que dice como aquel macedonio a Pablo en la visión de Tróade: ‘Ven y
ayúdanos’ (Hch. 16,). Lavar los pies es empeñar la vida de nuestras
parroquias, instituciones y movimientos en la tarea de ser comunidades
fraternas, eucarísticas, servidoras y misioneras.
Pero
no podemos lavar los pies de los otros si no aceptamos que nuestros
pies sean lavados por el Señor. Esto significa tomar en serio el
ofrecimiento de su amistad, y crecer como una Iglesia orante y
contemplativa, con comunidades que centran su existencia en la
Eucaristía dominical, comunidades que meditan la Palabra de Dios, que
maduran desde la iniciación cristiana y desde la Reconciliación
celebrada, una vida de servicio a los hermanos, que optan por los
pobres, por los enfermos, por los excluidos sin excluir a nadie; que
viven la comunión y la sirven generosamente.
Todos
estamos jugados en este empeño: laicos, religiosos, sacerdotes, el
obispo. Mirar al Dios fiel en el rostro amado del Señor del Milagro no
puede dejarnos indiferentes. Hemos recibido mucho del Señor y
continuamos recibiendo mucho. No podemos menospreciar tanto amor.
Permítanme, queridos hermanos, urgir a cada una de las parroquias de
esta amada Iglesia de Salta, a buscarse a si mismas, encontrándose
fuera de ellas mismas, en el servicio y en la misión. ¡Iglesia de
Salta, sé fiel a tanta fidelidad de parte de tu Dios que tanto te
da!.
III
‘Si yo que soy el Maestro, les he lavado los pies,
Ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.
Les he dado el ejemplo,
para que hagan lo mismo que Yo hice con Uds’ (Jn. 13, 15)
Hemos
hablado, queridos hermanos, de la Eucaristía, Presencia de Cristo
Resucitado, como fuente de vida y como fuente de renovación eclesial.
Permítanme avanzar en la reflexión, recordando que el Papa Juan Pablo
II ha realizado un llamado a toda la Iglesia para que el Año de la
Eucaristía sea también ocasión de empeño, serio y profundo contra el
hambre, la enfermedad, la soledad, las desventuras de los desocupados,
las travesías de los inmigrantes. El ‘Podemos ir en paz’ con que
nuestras celebraciones se abren a la vida son un compromiso para
construir la cultura de la Eucaristía. Los frutos del empelo por
construirla día a día serán la prueba de la autenticidad de las
celebraciones eucarísticas.
En
este empeño quisiera decir una palabra de confianza a cada una de las
familias, a cada uno de los jóvenes y a los peregrinos.
Familias: En el hogar se aprende a vivir, en el hogar se aprende a
servir. En el hogar nacida de la decisión personal de ti, hermano y de
ti, hermana, decisión de unirte para toda la vida y que Dios eleva a
la dignidad de sacramento, se aprende amar y a ser amados. Una cultura
de la vida, de la gratitud, de la responsabilidad no son posibles sin
familias. Y las familias no son posibles si nosotros, no aprendemos a
recibirlas como lo que son, don de Dios para cada uno de los hombres,
y compromiso también de cara a la humanidad que necesita del
testimonio de familias fieles.
Jóvenes; Verlos a Ustedesrenueva en nuestro corazón la esperanza.
Quien penetró en el Secreto del Corazón de Cristo en la Ultima Cena
fue el discípulo joven, Juan el Evangelista. Descubran en su juventud
una oportunidad, un desafío para ser amigos de Jesucristo sin
concesiones, como nos enseño el Querido Papa Benedicto XVI: ‘¡No
tengan miedo de Cristo!. Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a
Él, recibe el ciento por uno. Abran, abran de par en par las puertas a
Cristo, y encontraran la verdadera vida’.
Peregrinos: Para ustedes nuestra gratitud, por el testimonio de fe
fuerte, heroica, que nos regalan. La ofrenda del sacrificio de cada
uno de ustedes es prenda de paz. Al regresar a sus hogares, junto con
la bendición del Señor y la caricia de la Virgen del Milagro, nuestra
admiración más sincera.
Ha
comenzado a caer la tarde. Vamos a renovar el Pacto. Jesús, el Señor
del Milagro, esta aquí. Hemos querido estar cerca suyo. Acércanos más
Madre querida del Milagro. Tú creas el espacio para escucharnos. Tú
creas el espacio para la confianza, para el compromiso, para la
audacia.
Madre,
parece que se apuró la luna. Quiso asomarse al Valle de Lerma para
vernos junto a Tí, y contigo junto al Señor, en una tarde que la
grabaremos a fuego en el corazón, porque el Papa está cerca nuestro,
en la figura de su Nuncio. Hoy la Iglesia de Salta se siente más
Iglesia. Contigo proclamaremos el Pacto con Jesús. ¡Que linda estas
Madre querida del Milagro! ¡Que fiel eres con nosotros! ¡Gracias
Madre!. Ahora si, contigo Madre vamos a reanudar la marcha.
PACTO DE FIDELIDAD
Divino
Jesús Crucificado y Señor Nuestro del Milagro, el pueblo de Salta hoy
postrado en vuestra presencia, viene a renovar los votos de sus
mayores, cuando acudiera a Vos, encontrando remedio a su aflicción.
Sí, ante esa cruz que nos enviasteis a través de los mares para ser
nuestro escudo y defensa, juramos lo que juraron nuestros padres,
teneros siempre por Padre, Abogado y Patrono, y reconocer vuestra real
soberanía sobre todo los pueblos, y especialmente sobre el nuestro.
Confesamos que sois el camino, la verdad y la vida, así de los
individuos como las de las familias, pueblos y naciones; y que lejos
de Vos y de los esplendores de Vuestra Cruz solo se encuentran engaños
y amarguras. Hacemos nuestro el pacto de fidelidad celebrado por
nuestros antepasados, prometiendo que Vos, dulce Jesús, serás siempre
nuestro y que nosotros seremos siempre tuyos. Extiéndase vuestros
brazos sobre este pueblo y la Nación Argentina, para protegernos y
defendernos; y haced que las verdades de nuestra fe y enseñanzas de la
iglesia, sean siempre el norte de nuestras acciones y el fundamento
inconmovible de nuestras instituciones. ¡Señor del Milagro, salvad y
bendecid nuestro pueblo! Amén.
Virgen
Inmaculada, Madre y Señora Nuestra del Milagro, el pueblo de Salta
postrado a vuestros pies, quiere reconocer y renovar los votos de sus
padres, al jurar vuestro patronato y ponerse bajo vuestra protección.
Si, en presencia del cielo y de la tierra, hacemos nuestro el voto que
en Septiembre de 1692 hiciera este pueblo, de celebrar los días en que
os manifestasteis su especial Protectora, y juramos teneros siempre
por Madre y Abogada nuestra. Y vos Señora, dignaos bendecir y proteger
este pueblo mirándolo como heredad vuestra, para que sea siempre fiel
a la fe, a las enseñanzas de la iglesia y a los compromisos
contraídos. Nuestra Señora del Milagro, rogad por nosotros. Amen.
Mons. Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta
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