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MISA DE NOCHEBUENA
Homilía de monseñor
Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta en la Catedral Basílica
en la misa de Nochebuena (24 de diciembre de 2005)
1°
Lect.: Is. 9, 1-6
S.R.: 95, 1-3. 11-13
2° Lect.: Tit. 2, 11-14
Ev.: Lc. 2, 1-14
I
“El pueblo que
caminaba en las tinieblas
Ha visto una gran luz;
Sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una
luz…
Porque un niño nos ha nacido,
Un hijo se nos ha dado” (Is. 9, 1.5)
Los hombres,
llamados a buscar la verdad, nos encontramos con la luz. Cristo, el
que conoce el corazón del hombre, ha nacido. En él el hombre encuentra
la respuesta última y definitiva a los grandes interrogantes de su
corazón. Él es la respuesta a la pregunta sobre el sentido de nuestra
existencia y de la historia. A su luz la vida adquiere color y
perspectiva porque él nos entrega una nueva identidad de la que brota
una nueva conciencia: la identidad y la conciencia de ser hijos de
Dios.
¡Que importante es
recordar esta verdad maravillosa en las puertas del año jubilar del
bicentenario de nuestra Iglesia de Salta! Dios ha sido fiel con
nosotros. En el curso de nuestra historia que remonta sus orígenes más
atrás, allá por 1582, dios no nos ha abandonado. Su ternura de Niño
que nace, su fuerza de Hombre que camina y pasa haciendo el bien, su
entrega de Víctima inmolada en la Cruz por nuestra Redención, su poder
de Resucitado que renueva todas las cosas, han estado siempre con
nosotros desde el Rostro amado del Señor del Milagro, alimentando en
cada generación de salteños el compromiso de ser cristianos y
ciudadanos, caminantes hacia la Casa del Padre y comprometidos por
mejorar la casa de los hombres.
Recordar en esta
Navidad al Señor que nace es buscar en Él la raíz de nuestra identidad
como cristianos y como pueblo. Su luz, la luz de la Navidad proyecta
su brillo que nos permite descubrir quiénes somos para gestar en
nuestra generación una sociedad a la medida del hombre. Una sociedad
en la que la familia sea respetada y sostenida en el marco liberador
del proyecto de Dios, porque cualquier proyecto que ignore el designio
de Dios sobre la familia, que la fundó sobre el amor de un hombre y
una mujer, amor exclusivo, fiel, capaz de permanecer en el tiempo y
abierto a la vida, termina oprimiendo a los mismos esposos e
hipotecando o destruyendo el futuro de los hijos.
A la luz de la
Navidad queremos renovar nuestra convicción y compromiso de trabajar
por una sociedad en la que los valores de la verdad, la libertad, la
justicia y el amor, valores que brotan de la dignidad humana y la
favorecen, sean sostenidos y promovidos en todos los niveles.
Practicar estos valores constituye un camino seguro y necesario para
alcanzar la perfección personal y una convivencia social más humana.
Amar la verdad, procurar vivir en la verdad, ser transparentes,
constituye una exigencia de vida o muerte en una sociedad en la que
las relaciones se hacen cada vez más complejas y la brecha entre los
pocos que tienen mucho y los muchos que terminan siendo excluidos se
convierte en un abismo. Se juega aquí un capitulo en el que los
cristianos debemos testimoniar claramente nuestra fe. La llamada a la
santidad que adquiere sonidos fuertemente convocantes en la Navidad
nos exige no mirar hacia otro lado en este tema, “porque la gracia de
Dios, que es fuerte de salvación para todos los hombres, se ha
manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos
mundanos para vivir presente con sobriedad, justicia y piedad! (Tit 2,
11s)
II
“No teman, porque
les traigo una buena noticia,
Una gran alegría para todo el pueblo:
Hoy, en la ciudad de David,
Les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.
Y esto les servirá de señal:
Encontrarán a un niño nacido envuelto en pañales
Y acostado en un pesebre (Lc. 2, 10-12)
La vida es un don
de Dios. Navidad nos recuerda el valor de cada niño desde el instante
mismo en que es gestado en el seno de su madre. El encuentro de María
e Isabel testimonia la fuerza evangelizadora de un niño concebido: “El
niño se estremeció en mi vientre” (Lc. 1, 44), dice Isabel. Un niño
que va nacer es una oportunidad para la humanidad no una amenaza. Por
eso supone la madurez de quiénes deciden ser padres y por
consiguiente, una actitud respetuosa ante la sexualidad que no es mero
vehículo de placer desenfrenado sino camino de comunión interpersonal
total que adquiere su sentido sólo en el matrimonio.
Es necesario que
como sociedad asumamos el costo de una mentalidad pansexualista y
erotizada que alimenta violencias, frustraciones, búsquedas de caminos
equivocados, niños condenados a no conocer a sus padre, pobrezas
estructurales cada vez más difíciles de superar. Se pone el sexo al
servicio del dinero hasta prostituir a las reaccione escandalizadas
frente a hechos aberrantes. Es necesario que la sociedad reconozca el
proyecto de Dios sobre la sexualidad, el amor, la famita y la vida y
que no tema a ese proyecto. Nadie mas que Dios quiere el bien del
hombre y de su felicidad, también en estos temas. Los cristianos
debemos asumir frente a ellos un serio compromiso de educar en la
madurez que propone la castidad como estilo de vida que nos enseña a
poseernos para darnos y que respeta el pudor como custodio de la
dignidad humana. No nos engañemos, cuando los sistemas quieren ser
totalitarios saben que desnudar al hombre ante los otros es una forma
de degradarlo en su dignidad; sea que lo hagan en un campo de
concentración, sea que lo hagan en una propaganda o programa de
“entretenimiento” al servicio del dinero.
III
“Canten al Señor un
canto nuevo,
Cante al Señor toda la tierra:
Canten al Señor, bendigan su Nombre (Sal 95,1)
Podemos mirar los
grandes desafíos que están en la raíz de nuestra cultura salteña y
argentina como pueblo marcado por el Evangelio de frente y sin miedo.
La familia y la vida son para nosotros, los cristianos, bienes
preciados que nos ha confiado Dios como un desafío para servir a
nuestros hermanos en el tiempo que nos toca vivir. El canto nuevo de
la Navidad nos invita a caminar sirviendo a las familias para
renovarlas desde el amor de Cristo que vive en nuestros corazones y a
la vida que palpita en el ser humano desde su concepción hasta la
muerte. Como familia de Dios nos reunimos alrededor de su Mesa en la
Eucaristía. Aquí nos es dada la Vida ¡Feliz Navidad!
Mons. Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta |