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EL
SEÑOR SE NOS ENTREGA COMO UN NIÑO
Homilía de monseñor
Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta, en la
solemnidad de Navidad (25 de diciembre
de 2005)
Acabamos de
escuchar la Palabra del Señor, y nuestra mirada se dirige al Niño
Dios, al niño nacido, a quien hemos celebrado en la Misa de
Nochebuena. Durante el día la Liturgia nos va mostrando al Niño Dios,
como la luz.
Frente al Niño,
queremos pensar en tres actitudes, que debemos cultivar en el corazón
para dejarnos renovar por el espíritu de la Navidad. Primero, un
aprecio por el silencio; segundo, un gran aprecio por la verdad y
tercero, renovar la confianza.
I
EL SILENCIO
Las cosas grandes
de Dios no suponen mucho hablar. Su Palabra definitiva tiene el rostro
de Jesús. Juan de la Cruz, contemplando el misterio nos dice
“Cuando nos entregó a Jesús, el Padre se quedo mudo, así que no
busquemos nuevas revelaciones, porque la revelación definitiva es Él y
nadie mas Él Jesús”.
Si el Padre guarda
silencio, como todo padre o toda madre cuando nace un hijo, aprendamos
también nosotros a dejarnos fascinar por el misterio de la Navidad; y
es imprescindible para ello, aprender a guardar silencio.
Nuestra época no es
muy amiga del silencio, es mas bien amiga de las muchas palabras. Y
cuando uno se acostumbra a recibir muchas palabras, pierde la palabra
su sentido, pierde la posibilidad de recibir los grandes mensajes.
Repetimos tantas cosas, escuchamos tan distintos maestros, se abunda
en palabras y nos quedamos vacíos. Es importante saber guardar
silencio para encontrarnos con los demás en la casa, para hablar en el
corazón del matrimonio y de la familia, de nuestros amigos, para
bucear en las profundidades, para superar frivolidades o
superficialidades… Es importante guardar silencio.
En la Liturgia, el
silencio ocupa un lugar importante, para contemplar. De hecho con la
Reforma del Concilio fueron introducidos muchos momentos de silencio,
como el de la introducción al acto penitencial, o en la oración de la
Asamblea. Se sugiere también el silencio después de la homilía, y
Plegaria Eucarística se acompaña con el silencio. Durante la elevación
se debe guardar silencio la Jaculatoria: “Señor mío y Dios mío” no
corresponde, que sea dicha en voz alta porque debe dominar el
silencio, como domina el silencio las grandes cosas de Dios. También
después de la comunión, estamos invitados al silencio.
El silencio permite
que el corazón se vacíe, da espacio para el eco. Una habitación llena
de muebles y de gentes, no posibilita el eco. El silencio permite ver
y escuchar.
Navidad es una
invitación al silencio. Puede parecer esto, como un mensaje
anacrónico, porque mas bien queremos escuchar, qué opinan todos. ¿Por
qué tenemos que opinar de todo? Terminamos siendo frívolos y
superficiales. Tenemos que callar para que hablen las cosas.
Qué bueno es
arrimarnos al misterio en el silencio de la Virgen. ella es la mujer
que calla. En el Evangelio solo tiene una palabra para dirigirse a
Dios, que es el Magnificat, que es su Evangelio y una palabra para
dirigirse a nosotros: “Hagan lo que Jesús les diga”. El Evangelio de
Lucas nos dice que ella meditaba lo que vivía en su corazón. Pienso en
tanta de nuestra gente, que es capaz de guardar silencio y madurar el
dolor de una familia. Por ejemplo, las madres: a veces los hijos somos
rebeldes, nos quejamos, les queremos enseñar incluso… y ellas guardan
silencio y nos esperan; esperan que crezcamos y después nos damos
cuenta de que son muy sabias. Tenemos que recuperar el valor
sapiencial del silencio.
II
UN GRAN APRECIO
POR LA VERDAD
La fiesta de la
Navidad, es la fiesta de la Luz (como lo es la Pascua), es la luz uno
de los grandes temas que aparece en la liturgia. Decía Leonardo que
“El hombre busca la verdad, como la libélula busca la luz”.
Navidad nos
enfrenta en el silencio con la verdad que busca el hombre. Decía al
comienzo que podríamos imaginarnos la fascinación del Padre,
contemplando a su Hijo hecho Niño. El Padre empieza a mirarlo desde la
Navidad hecho un Niño; y en el Niño que ha de crecer y consumar su
disponibilidad al Padre en la Cruz, está la verdad del hombre.
Cristo es el hombre
con mayúscula, el hombre que fue capaz de no tener miedo a Dios ni a
las consecuencias de lo que Dios le pedía. Nosotros vivimos en un
tiempo, en el cual medimos las cosas por la utilidad que producen;
callamos o hablamos si es útil, si nos hace quedar bien o mal, no de
acuerdo al criterio de prudencia, sino que pensamos ¿Qué va pasar si
hablo o si callo?... No ha de ser . La gran meta del hombre es la
buscar y encontrar la verdad.
Hoy, podríamos
decir que todo es propaganda, todo se mide por lo productivo ¿Quién
puede discutir con el que está de moda, aunque diga la aberración mas
grande? El hombre, si claudica en su búsqueda de la verdad, ha
claudicado también en su dignidad. Tenemos que recuperar el amor por
la verdad. El joven que estudia en el secundario, tiene que aprender
que el estudio es un camino de realización personal, no por el titulo
o por el dinero que gane, sino porque le permite acceder a la verdad,
o a una parte del todo, pero siempre en el camino liberador de la
búsqueda de la verdad.
En este camino de
búsqueda, se juega nuestra dignidad. La medida de lo que buscamos, de
lo que decimos, de lo que somos, no puede estar en lo que es
políticamente correcto o en lo que económicamente es redituable, sino
en lo que es humanamente dignificante, que es buscar la verdad.
En Cristo
encontramos la verdad, y Él es aquel que nos da la medida, porque él
es el Hombre que se entregó a la verdad de Dios, hasta dar la vida por
ello. La mentira en cambio, usada al servicio del dinero, del poder
político o de cualquier otro tipo de poder, siempre degrada y divide a
los hombres.
El Papa Benedicto
ya ha entregado a la comunidad el mensaje para el próximo primero de
enero. Quisiera rescatar una idea. Cuando nos habla del comienzo de la
historia, nos dice el Génesis: ¿Quién pone la división en el hombre?
La imagen es la de la serpiente, la de la lengua bífida, imagen de lo
que no busca la unidad de la verdad sino que divide, que provoca busca
dudas, medias tintas, es decir, de la mentira.
Y la mentira ha
sembrado muchas divisiones y guerras. La guerra se sostiene en la
mentira, y hay muchos intentos de sostenerla. Nosotros, estamos ya
celebrando los doscientos años de la diócesis de Salta. El día de la
creación de la diócesis fue el 28 de marzo, pero ya estamos en la
preparación, y quisiéramos en este año buscar la verdad de lo que
somos como Iglesia y como cristianos, como familia, como persona y
como pueblo. Que el Señor en esta Navidad nos traiga ese amor
entrañable por la verdad
III
CONFIANZA
El Señor se nos
entrega como un Niño. Nadie confía más que un niño, que cree todo. Así
es Dios con el hombre, nadie confía más en nosotros que nuestro mismo
Dios. La navidad es la reiteración anual, de ese mensaje de Dios.
“Confío en Ustedes”. Confía en esta humanidad, en esta comunidad aquí
reunida, en esta Iglesia de Salta, en Ustedes en la Iglesia doméstica
que vive en cada una de sus familias, en las comunidades religiosas.
Ese es Dios, nuestro amigo.
Por eso podemos
empezar de nuevo. ¡Qué desafío de parte de Dios para cada uno de
nosotros! ¡Cuando valemos! Si, Él vuelve a confiar, porque vuelve a
nacer en cada uno de nosotros! No miremos para otro lado. Jóvenes
también sus padres están confiando en Ustedes y la sociedad entera,
porque esperamos un mundo mejor. Nos es difícil a los mayores cambiar,
dirigir el timón para otro lado. El cansancio de la vida, sus fuerzas,
los años pasan, pero, los miramos a Uds. con confianza, y vemos que la
Navidad es propia de os jóvenes porque el acto de confianza de Dios,
tiene el rostro del Niño Dios.
¡Que cada familia
renueve su confianza, que todos busquemos la verdad y guardemos
silencio! Vivamos así la Navidad. Que el Señor los bendiga a todos.
Mons. Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta
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