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No es justo que la fama quede
lesionada
Homilía de
monseñor Mario Antonio Cargnello, Arzobispo de
Salta
(Catedral basílica, 5 de
febrero de 2006)
Queridos hermanos, “Cristo tomó nuestras debilidades y cargó sobre
sí las enfermedades”, así proclamaba el versículo del Evangelio.
La
escena del Evangelio nos invita a ver a Jesús, como aquél que viene
acercándose hacia lo más profundo de la condición humana, hasta el
misterio de la enfermedad, del dolor. La curación de la suegra de
Pedro y una multitud de gente que se le arrimaba, pidiéndole la salud
nos muestra al Señor, justamente como el Dios que se acerca a
nosotros.
La fe
cristiana nos hace compartir con toda la Iglesia esta mirada sobre
Dios y esta mirada de Dios sobre nosotros. Dios, nuestro Dios, es un
Dios que siendo el principio de todas las cosas no está lejos, sino
que está cerca; no se particulariza en un lugar, sino que esta para
compartir con las personas, es un Dios nuestro. Nos reúne en este
lugar, donde domingo a domingo compartimos la Eucaristía, es el Dios
cercano hasta hacerse comida para ser el principio y el motor de
nuestra vida. Este Dios quiere estar cerca de ti Israel, de ti,
Iglesia.
La
vida cristiana tiene ese ritmo semanal, no nos convoca en un lugar
distante de la vida, sino en la vida común, en la parroquia, en la
Iglesia de nuestro pueblo.
Jesús
aparece así en el Evangelio, arrimándose al hombre en su necesidad, en
su precariedad. ¿Cómo se arrima el Señor? Podemos prestar atención a
los verbos que usa Marcos, para mostrar como actúa el Señor o como
trata el Señor a la suegra de Pedro: “Él se acercó, la tomo de la mano
y la hizo levantar, entonces ella no tuvo mas fiebre y se puso a
servirlos”.
A
partir de Jesús, nosotros contemplamos en su rostro, los rasgos
humanos del Dios y Señor de todas las cosas. Podemos acercarnos a Dios
y aprender de las aptitudes, de los sentimientos, del modo de ver de
Jesús, cómo es Dios. Así nos lo enseña, por ejemplo cuando habla en la
Parábola de la oveja perdida, y muestra la búsqueda del pastor que
llega a la única oveja, aun dejando las noventa y nueve: ése es Dios,
ése es Jesús.
Después el Evangelio dice: “La tomó de la mano”: llega hasta la
necesidad misma del hombre, se hace uno con nosotros, Jesús se arrima
a cada uno de nosotros. El tocar, el compartir, el hacerse uno con
nosotros es propio de Cristo; no necesitamos ir a buscarlo, Él viene a
nosotros. Lo buscamos porque Él nos busco. “Y la hizo levantar”, la
cercanía de Dios dignifica, sana, Jesús nos sana.
Cada
domingo venimos al templo y celebramos la Eucaristía trayendo nuestra
propia historia. ¿Cómo es? Con sus luces y con sus sombras, traemos
nuestras heridas y enfermedades, esas que están en el corazón, y el
Señor al arrimarse, y al acercarse nos va poniendo de pie, que es la
posición propia del hombre. No se trata de aptitudes mágicas,
simplemente es la compañía de un Dios que a veces se hace bastón, a
veces es el que nos levanta, a veces nos acompaña… pero así es Dios,
por su Palabra, por sus Sacramentos nos va comprometiendo desde lo mas
profundo de nuestra dignidad.
Dice
el Evangelio que la suegra de Pedro se puso a servirlos. El signo de
la salud, de la persona que se sabe digna y amada, es la capacidad de
servir. Dios nos da la posibilidad de conocer a mucha gente buena,
gente servidora, chicos o grandes, señoras u hombres, ricos o pobres,
gente que tiene capacidad de servicio y está atenta hacia el otro.
Justamente un signo de cansancio es cuando uno pierde la capacidad de
servir. El hombre sano es capaz de servir, de mirar más allá de su
preocupación y mirar el rostro del otro. ¡Que bien nos viene cuando
alguien simplemente se da cuenta y dice: “Algo te pasa” ¿Qué te pasa?!
Porque te atiende, te vio, te descubrió y tiene capacidad de servir;
en el fondo es una persona digna.
La
celebración de la Eucaristía es una ocasión para experimentar al Dios
que nos acompaña, para advertir que Dios es así, siempre cercano,
siempre dispuesto a levantarnos, y que nos de esa fuerza para servir a
los otros. Que seamos signos de este Dios servidor, como Jesús que
sirve acercándose, que nos va levantando y que impulsa al servicio.
Dios se arrima a nuestra existencia, que a veces es difícil, como lo
decía Job en la primera lectura.
No
puedo callar, queridos hermanos, mi unidad con Monseñor Uriona. Uds.
conocen la noticia; gracias a Dios los diarios han publicado, también
el mensaje que Él ha dado, donde testifica su inocencia. Nos duele
porque en el tratamiento de la noticia se percibe la inclinación de
denunciar a Monseñor Uriona, porque es Obispo, aunque sea falsa la
denuncia. Es injusto cuando se trata, así, sin dar la posibilidad
desde un primer momento a una defensa o a una noticia justa y lo mas
veraz posible. La sola defensa que a veces hacen algunos de que ponen
el verbo en potencial “habría pasado tal cosa…”, no es justa, porque
la fama queda lesionada, y no nos olvidemos que la difamación es un
pecado mortal y grave. Si es calumnia, es peor. Tenemos que ser
justos. Pedimos al Señor por nuestra Iglesia, porque uno siente que el
momento que vivimos es difícil, por la incomprensión, por las lecturas
que se hacen de los acontecimientos eclesiales. Y a veces uno le
pregunta al Señor ¿Qué le pides a la Iglesia en la Argentina en este
momento? Nos tenemos que identificar contigo en la humildad, por
supuesto. Ayúdanos para no perder la audacia de seguir entregándonos a
pesar de nuestros limites, y de nuestras fragilidades, a pesar de los
ataques y de las incomprensiones, y sobre todo que no perdamos nunca
la capacidad de amar y de servir, signo de una Iglesia sana. Que el
Señor nos dé esa audacia sana del amor, y también nos enseñe a
perdonar.
A los
cristianos: No duden de la Iglesia, aunque aparezcan las debilidades
nuestras, porque la garantía de la Iglesia es Jesucristo. Nosotros
sólo queremos decir esto: “Nosotros queremos ser fieles y luchamos por
ello”, con Ustedes porque con Ustedes somos cristianos, como decía San
Agustín; y si Dios nos ha puedo para servirlos a Ustedes, y esto es
nuestra carga, antes tenemos que luchar con ustedes recorriendo el
camino de la santidad, en un empeño serio a lo largo de nuestra vida,
como estoy seguro que sucede en la vida de ustedes. Amemos a la
Iglesia, confiemos en la protección del Señor, no perdamos la audacia
del servicio y el fuego del amor.
Mons. Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta |