|
SEGURIDAD
¿PARA TODOS?
Carta pastoral de Mons. Jorge
Casaretto, obispo de San Isidro, dirigida a los fieles de su
diócesis en la solemnidad de Pentecostés.
I.
Introducción
Queridos
Amigos:
Este
es el título de uno de los capítulos de «Contenidos básicos
de la doctrina social de la Iglesia» que ha publicado nuestra
Vicaría de Pastoral Social. Expresa el deseo de la Iglesia de que
algo tan básico como la seguridad sea patrimonio de todos los
habitantes de nuestra sociedad, sin excluir a nadie. Todos
necesitamos seguridad y, una vez más, quienes viven más inseguros
son los más pobres.
Las
reflexiones siguientes las hemos elaborado con los miembros de esta
Vicaría de Pastoral Social y con el Consejo Presbiteral y son un
aporte más a este angustioso problema. Estoy seguro que en la
Diócesis podrán ser enriquecidos por todos ustedes.
Este
es un tema que en los últimos tiempos ha cobrado mucha actualidad
porque se han multiplicado hechos de violencia que atentan contra la
vida de los ciudadanos.
Frente
a esta problemática aparecen distintas posturas. La más simplista
es pretender responder a esta cuestión, nada más que desde la
dimensión represiva. El problema es tan grave que en muchos casos
se está configurando un nuevo modo de inserción geográfica de los
habitantes de la sociedad: barrios cerrados con fuerte custodia, que
se encuentran muchas veces al lado de villas de emergencia o barrios
muy pobres, lo cual hace aun más visible la fuerte polarización
social que vivimos.
Hay
quienes justifican que las familias se armen y hay quienes ante esta
problemática tan seria están decididos a hacer justicia por mano
propia.
Cabe
que como cristianos nos planteemos el tema, se trata de un caso de
discernimiento evangélico: ¿Qué es lo que debemos hacer? ¿Cómo
debemos actuar desde el evangelio en esta situación? ¿Qué es lo
que el Señor nos está pidiendo personalmente y como comunidad?
El
problema de la inseguridad y de la violencia en la que vivimos (como
tantos otros dilemas que nos presenta la vida), es un desafío que
nos da la posibilidad de convertirnos, de crecer en la caridad y de
encontrar en comunidad caminos que mejoren la situación, y que cada
uno por su lado jamás podría encontrar ni recorrer.
II.
Descripción del problema
Vale
la pena que como cristianos intentemos bucear en esta problemática
desde todos los ángulos posibles. Tomemos por ejemplo el perfil de
quien comete actos de violencia. Generalmente se trata de menores o
muchachos muy jóvenes que cometen robos cada vez más violentos y
que a veces matan aunque hayan conseguido lo que pretendían, muchas
veces están entrenados para saber cómo actuar si son descubiertos.
Estos jóvenes están bien armados y a menudo actúan bajo los
efectos de la droga. Si no están drogados en el momento de actuar,
muchas veces lo harán después para festejar.
Este
perfil ya nos está mostrando que al menos hay tres dimensiones
sociales que influyen en estos jóvenes:
- La
primera es que están armados. Esto sería imposible si no
hubiera tráfico de armas.
- La
segunda es que están drogados. Esto sería imposible si no
hubiera tráfico de drogas.
-
a
tercera es que son jóvenes desocupados, que han abandonado
la educación elemental y no han encontrado modos de emplear bien su
tiempo. Esto sería imposible sin una fuerte crisis en los aspectos
educacional y laboral.
Este
panorama está delineado por un compuesto de altas dosis de
corrupción y del fenómeno social llamado exclusión.
Pretender
solucionar un problema donde intervienen tantas variables nada más
que desde la dimensión represiva es actuar solamente sobre las
consecuencias y no sobre las causas. No podemos negar que la
sociedad produce formas de marginación y discriminación que
encierran, acorralan y frenan los esfuerzos de integración que
muchas personas y comunidades con sensibilidad y preocupación
social pueden estar intentando.
La
brecha creciente entre ricos y pobres, la ostentación escandalosa
de los frívolos, y la facilidad con que los corruptos acceden a
grandes masas de riqueza, crean un clima violento que últimamente
muestra quizás su cara más cruel, en los robos y asesinatos que la
sociedad padece.
Los
sacerdotes que trabajan con estos jóvenes me dicen que el mensaje
que permanentemente recibe un excluido es: "no servís, no
valés, sobrás, sos una carga para la sociedad, no rendís, no
sabés, tu vida no vale, sos ineficaz". En una palabra: tu
vida no tiene ningún valor.
La
falta de oportunidades, la desocupación, la marginación, generan
condiciones de vida que no estimulan la virtud de la laboriosidad.
Un joven en estas condiciones se va convenciendo que si su vida
tiene poco valor, puede arriesgarla. Y si su vida vale poco,
también considera que vale poco la vida de los demás.
El
gran negocio del juego, de la venta de alcohol, drogas y armas que
son fuentes de enormes ganancias para muchos, está en la base de
esta problemática que lleva a estos jóvenes a arriesgarse porque,
como veíamos recién, la vida de ellos no tiene ni futuro ni
esperanza.
Es
más: muchas veces se tiende a identificar a toda la gente que vive
en una villa de emergencia con la violencia, desconociendo que la
raíz de esa violencia no es la pobreza sino la exclusión social.
En todos los barrios, sean ricos o pobres hay personas que viven en
el vicio y hay personas que luchan por la virtud.
I II.
Posibles respuestas
El
año pasado escribí una carta sobre la exclusión social en la que
invitaba a todos a encontrar un camino serio para enfrentar la
problemática de la injusticia que es la base de la violencia en la
que nos encontramos inmersos.
Cuando
en una sociedad los males se agravan y se van convirtiendo en una
especie de epidemia, hay que convencerse que no se encontrarán
soluciones fáciles y rápidas. Cuando las situaciones se van
estructurando en el mal, las respuestas posibles son aquellas que
requieren grandes sacrificios, alta cuota de heroísmo y de
paciencia que las hagan perdurables en el tiempo. Sólo las
soluciones que van a la raíz son las que vencen eficazmente al mal.
Es
verdad que la situación en la que vivimos nos sumerge en el miedo:
tenemos miedo de andar por la calle, tenemos miedo al entrar y salir
de nuestras casas, tememos que al ir a trabajar o a estudiar sea
robado o agredido algún integrante de la familia.
El
miedo es lógico, porque el peligro es real. Pero debemos tener
cuidado de que este miedo no nos lleve a mirarnos los unos a los
otros en un clima de desconfianza recíproca que nos hace mal a
todos.
Tenemos
que defendernos de los peligros, pero el evangelio nos invita a no
mirarnos unos a otros como potenciales agresores, sino como hermanos.
Aquí es donde frente a esta situación, debemos dejarnos iluminar
por nuestra fe y nuestras convicciones cristianas: todo hombre es
digno, todo hombre es mi hermano, todos somos hijos de Dios nuestro
Padre.
Frente
a las noticias que escuchamos a diario, nos compadecemos con real
solidaridad de las víctimas de los robos y asesinatos. Es
importante y muy bueno que lo hagamos, para tratar de ayudar, si
está a nuestro alcance.
Pienso
que el evangelio nos invita a ampliar la mirada y a ponernos
también en el lugar de todos esos jóvenes (a veces casi niños) y
adultos, sin posibilidades. ¿Qué hubiera sido de mí si hubiera
nacido en la indigencia, sin una familia estable, sin posibilidades
de recibir cariño ni educación, viviendo en la calle o en la
promiscuidad y con la posibilidad de "escapar" mediante la
droga, el alcohol, o el poder que da un arma? Sin duda que no quedan
muchas posibilidades de descubrir la propia dignidad, ni de respetar
la vida de los demás.
Jesús
se identificó plenamente con los excluidos de su tiempo. Resuenan
en nuestro corazón y nos llaman aquellas palabras del Señor "A
mí me lo hicieron". ¿En quiénes está Jesús padeciendo
hoy y pidiéndome que haga algo por Él? Hay también otras
actitudes de Jesús en el evangelio que nos invitan a revisar las
nuestras:
* La
misericordia que demostró frente a toda miseria humana, sin dejar
de señalar la necesidad de cambiar de vida frente al pecado.
* La
confianza en la capacidad de cambio que tenemos las personas,
expresada en la parábola del Padre misericordioso.
* La
misericordia y la benevolencia que nos enseñó para no juzgar.
* La
necesidad de preocuparnos por los pobres en esta vida.
* Lo
más difícil de todo: el amor a los enemigos, en el espíritu de
las bienaventuranzas.
Como
ven, la cuestión es muy amplia y compleja. Me atrevo, sin embargo,
a la hora de plantear temas concretos, a enumerar algunas posibles
acciones que sin duda ustedes podrán enriquecer:
1.
Así como muchos vecinos se reúnen para estudiar los
métodos de defensa de sus familias, (lo cual es totalmente
lógico), será también importante utilizar esas u otras reuniones
para estudiar los modos de multiplicar acciones solidarias a fin de
atacar al mal de la exclusión en su raíz.
2.
Debemos priorizar el tema educativo, todo lo que hagamos en
este sentido será poco. Es una de las soluciones que apunta a la
raíz de estos males. Como iglesia debemos disponernos cada vez más
a seguir trabajando en la educación de los pobres y a encontrar
caminos comunes, con personas y sectores que manifiesten una sincera
preocupación por lo social.
3.
Es necesario insistir no sólo en la perseverancia de los
niños en la educación elemental, sino también en la capacitación
laboral de los jóvenes.
4.
Luchar contra cualquier tipo de discriminación generando
desde nuestras comunidades una actitud de acogida y de valoración
de todos, aún de aquellos a los que la sociedad juzga por sus
delitos.
5.
Sin duda se hace cada vez más necesario la existencia de un
sistema policial eficiente con leyes aptas. Pero la persecución
más fuerte se debe dirigir hacia el comercio de la droga, de las
armas, del alcohol y del juego.
6.
Me impresiona mucho que a veces se identifique el mal y el
delito solamente con las villas de emergencia, y se quiera actuar
directamente en ellas de una manera represiva y no nos
escandalicemos primero por el hecho mismo de la existencia de estas
villas. En realidad deberíamos todos estar preocupados por
desarrollar planes de vivienda popular o al menos humanizar las
villas y los barrios. Se trata de abrir (calles y espacios) y no de
cerrar (encerrar, acorralar posibilidades de encuentro).
7.
Creo que hay que avanzar fuertemente en la reforma policial,
reforma en la administración de justicia, reforma del sistema
carcelario, donde el criterio fundamental no sea dar más
tranquilidad a algunos a costa de la humillación de otros, sino el
empeño firme por respetar y hacer crecer la dignidad de todos.
Luchar para que las cárceles sean verdaderos lugares de reforma de
vida que apunten a la reinserción social.
8.
Luchar contra la corrupción significa también no
favorecerla en lo cotidiano: no ofrecer ni recibir coimas (tampoco
las que vienen en forma de regalos o "estímulos"),
cumplir con las obligaciones civiles, llegar a horario a nuestras
obligaciones, etc. Si nuestros chicos nos ven vivir de esta manera,
estaremos educando generaciones menos dispuestas a la corrupción y
que exigirán mayor transparencia de sus gobernantes.
9.
Esta invitación a mirar la realidad desde el punto de vista
de los excluidos, no significa caer en un relativismo que nos lleve
a justificar toda actitud violenta o delictiva. La sociedad para
conservar la paz, debe funcionar con un sistema de premios y
castigos. Los inocentes deben ser defendidos y estimulados en sus
buenas acciones y los culpables deben ser castigados, en el marco de
la ley.
Todo
esto será imposible si no generamos una corriente de generosidad y
solidaridad que nos ayude a encontrarnos, a unirnos, a querernos y
no a polarizarnos y a separarnos.
Que
el Espíritu Santo que nos hace llamar juntos a Dios
"Padre", ilumine nuestras mentes y corazones, y nos
enseñe a recorrer los caminos para vivir la fraternidad y el
encuentro con todos los hermanos, especialmente con aquellos que
más nos necesitan.
Que
María de Luján, Madre de los argentinos, interceda por nosotros
para que desde nuestro lugar, podamos como Ella, traer la paz y la
reconciliación a nuestro país,
Con
mi saludo y bendición para cada familia y comunidad,
En Pentecostés, 23 de mayo de 1999.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2116, del 9 de junio de 1999 |