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Barrios privados: un nuevo desafío pastoral


Carta pastoral del obispo de San Isidro, monseñor Jorge Casaretto, 
fechada el 8 de setiembre de 1999.


En estos últimos tiempos en nuestra diócesis y en torno a las ciudades se van multiplicando los «barrios privados». Es un fenómeno cultural nuevo que me interesa analizar sobretodo por sus ímplicancias religioso-pastorales. Sin duda que este abordaje no puede prescindir de las consecuencias sociales que se producen cuando aparece una nueva situación que afecta a la convivencia.

Las reflexiones siguientes son un primer resultado de la experiencia acumulada en las visitas pastorales y en conversaciones con sacerdotes y fieles de las distintas comunidades, Por supuesto que estos pensamientos son insuficientes y muchos de ustedes podrán enriquecerlos desde la propia experiencia.


1.
Creo que este fenómeno aparece como un signo de los tiempos que debe ser debidamente sopesado y que nos debe llevar a hacemos preguntas, en primer lugar desde la fe. ¿Qué nos está diciendo Dios con ésto? ¿Cuáles son los aspectos positivos y negativos de nuestra realidad social que quedan más en evidencia? ¿Cuáles son los desafíos pastorales que nos plantea?

Estamos sin duda ante una nueva conformación social y urbana de numerosos grupos poblacionales. Como toda realidad nueva que llega para quedarse, habrá que esforzarse para que nuestro análisis y reflexión nos ayuden a encauzarla evangélicamente. Debemos apelar a una actitud de discernimiento alejándonos tanto de la canonización como de la condena de esta nueva realidad.


2.
La construcción de barrios privados obedece muy directamente a la problemática de la inseguridad. La amenaza a la vida y a los bienes, ha llevado a algunas familias a optar por vivir en estos barrios.

Se trata de una opción legítima dado que es lógico cuidar en primer lugar la propia vida y la de nuestros familiares. Se debe sin embargo considerar que toda opción por un bien suele implicar la exclusión de otros bienes. Quienes instalan sus viviendas en barrios cerrados optan también por un aislamiento y un modo de vida un tanto ficticio, que puede llegar a tener implicancias negativas, sobretodo en la educación de los hijos.Todos los contextos de vida cerrados corren el peligro de ser un tanto irreales.


3.
Podemos describir este fenómeno como el de una yuxtaposición de dos culturas diferentes. Por un lado, los antiguos vecinos del lugar en general tienen una convivencia caracterizada por una relación abierta hacia el vecino, sencillez y austeridad que en muchos casos llega a ser pobreza, La integración social se suele expresar en la misma parroquia, en el club de barrio, en la escuela o en la sociedad de fomento.

Es común que estas familias se hayan instalado en la década del 50-60 provenientes del interior del país, Con gran esfuerzo y a través de por lo menos una generación han podido construir su propia vivienda.

Los nuevos barrios se construyen rápidamente y las familias pertenecen a la clase media con buenos trabajos y un mayor poder adquisitivo, que les permite construir su vivienda y acceder a todos los servicios en pocos meses y cuya vida social se desarrollará más bien en el interior de los barrios o en clubes u otros centros alejados del lugar. Estas familias provienen en general de la Capital o de las zonas lindantes a la costa del Río de la Plata.


4.
La multiplicación de estos barrios, aunque no todos ellos sean excesivamente lujosos, es uno de los signos más tangibles de la fuerte polarización social que vivimos, que nos habla de una nueva conformación de nuestra sociedad, que lógicamente puede generar problemas de convivencia, sobretodo con esos antiguos habitantes de los lugares donde se instalan. Estas familias se convierten en espectadores no consultados de una nueva demarcación urbana que tendrá sobre ellos distintos tipos de influencias, Muchos se verán beneficiados por nuevas posibilidades de trabajo, a veces sus propios terrenos se valorizan más, o por algunas mejoras en los propios barrios. Asimismo aparecen nuevas dificultades como son entre otras, los nuevos límites fijados por altos paredones o zanjas, los desniveles en las cotas de construcción que hacen vulnerables las viviendas frente a posibles inundaciones o la imposibilidad de atravesar accesos naturales que obligan a muchos a dar largos rodeos para acceder al transporte.


5.
Pero por sobre estas cuestiones se plantea un problema animico-espiritual que debe ser tenido en cuenta. Es el del enfrentamiento claro y visible de la riqueza de unos contrastando con la pobreza de otros. Se podrá decir que este fenómeno no hace sino sincerar lo que pasa desde siempre en la realidad social. Y esto es verdad.
Sin embargo será bueno intentar entender el estado de ánimo de familias que en muchos años de esfuerzo no han podido terminar la construcción de una vivienda, y de golpe ven que en poquísimos meses otras familias construyen cientos de viviendas en su vecindad.


6.
Podríamos seguir enumerando muchos matices de este fenómeno. Como les decía al principio los mismos vecinos, los que viven en los nuevos barrios y los antiguos habitantes del lugar, son los más indicados para hacer un análisis más preciso del mismo.

En base a la experiencia ya vivida creo necesario llamar la atención de los vecinos para que organizadamente planteen con toda seriedad sus problemas ante las Autoridades Municipales. Ellas son responsables del bien común y por lo tanto defensores naturales en primer lugar de los más carenciados. Urge una legislación que facilite una sana convivencia, asegurando entre otras cuestiones la demarcación de calles y vías de acceso que posibiliten un cómodo desplazamiento, la preservación y multiplicación de lugares públicos, facilitando los servicios necesarios y la ciuddad para todos.


7.
Como cristianos estamos llamados a transformar esta yuxtaposición en integración. El criterio de acción pastoral fundamental debe ser el de trabajar por generar una corriente de auténtica comunión evangélica.

A los antiguos habitantes los invito a recibir en sus comunidades cristianas a los nuevos vecinos de barrios privados y a éstos a integrarse en las comunidades ya existentes evitando aislamientos y generando entre todos una mayor solidaridadad.

A fin de trabajar por ese objetivo, en nuestra diócesis no autorizamos la construcción de capilla en el interior de barrios privados. No debemos alentar la privatización de lo religioso. Por el contrario, sería muy bueno que los habitantes de estos barrios ayuden a las comunidades ya existentes a ampliar sus instalaciones a fin de poder, entre todos y como comunidad cristiana, lograr las mejoras edilicias que permitan prestar y recibir de la mejor manera posible los servicios religiosos.

Sería también un signo de buena voluntad que los barrios privados en acuerdo con las comunidades ya existentes, donen terrenos en los que se puedan ampliar los servicios comunitarios sociales y religiosos para todos los habitantes del lugar.


8.
Dentro de este fenómeno urbanístico se anuncia que en la Diócesis, como asi también en otros lugares del Gran Buenos Aires, se construirán no ya nuevos bardos, sino ciudades enteras que superarán los cien mil habitantes.

En estos casos, como Iglesia debemos tomar oportunas iniciativas previendo desde ya los posibles lugares de instalación de la infraestructura necesaria para que los nuevos habitantes puedan integrarse a la vida eclesial. Todos los documentos de la Iglesia nos hablan de la necesidad de estar presentes, si es posible desde el principio, cuando se preveen cambios poblacionales o culturales.

Por ahora nada más. Termino reiterando mi invitación a todos a generar una mayor corriente evangélica de comunión y solidaridad.

Con mi afectuosa bendición y poniendo estos pensamientos en manos del Señor y de María Santísima.


8 de septiembre de 1999

Jorge Casaretto, obispo de San Isidro


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2238, del 10 de  noviembre de 1999


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