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Cuaresma: tiempo de buscar la Voluntad de Dios para nuestra vida personal 
y comunitaria


Carta Pastoral del obispo de San Isidro, monseñor Jorge Casaretto, 
para la Cuaresma 2001


Queridos Amigos:

El año 2000 ha sido un año muy importante en nuestras vidas. Hemos recibido de una manera muy abundante las gracias y los dones que nos ha traído el Año Santo. Fue un año de perdón y misericordia: muchos de nosotros hemos redescubierto la misericordia de Dios y nos hemos acercado de una manera nueva al sacramento de la reconciliación. En muchas oportunidades durante el año jubilar hemos recibido el don de la indulgencia. El Papa nos invitó también a ejercitamos en lo personal y en lo eclesial en la purificación de la memoria, de manera de empezar el nuevo milenio reconciliados con Dios, con los demás y con nosotros mismos, con nuestra propia historia.

Las celebraciones jubilares en Roma y en cada lugar del mundo, han sido también acontecimientos de gracia, en los que pudimos reflexionar y experimentar el amor de Dios y su misericordiosa presencia en nuestras vidas, en cada comunidad y en toda la Iglesia.

Todo esto nos permite decir que, realmente, el 2000, con todas sus dificultades, dolores y desafíos, ha sido un «año de gracia». Cada vez que en nuestra vida vivimos un tiempo fuerte, especial, nos sucede lo mismo: por un lado, como María, tenemos necesidad de «meditar todas estas cosas y conservarlas en el corazón» (Le 2,19). Por otro lado, nos planteamos: después de todo lo vivido ¿cómo seguir? ¿Qué quiso decimos Dios y qué es lo que quiere de cada uno de nosotros de aquí en más?

El Papa ha recogido estas impresiones del Año Santo y sus inquietudes sobre el porvenir de la vida de la Iglesia y de su tarea pastoral en el nuevo milenio, en un documento que nos escribió, llamado «Novo milenio ineunte», (Traducido sería: «Al comienzo del nuevo milenio»). Lo llamativo de las reflexiones que hace allí Juan Pablo II, es que nos vuelve a lanzar a la misión evangelizadora con un nuevo entusiasmo, pero nos dice que en esta acción, lo fundamental no es «hacer», sino «ser». Nos invita a contemplar a Jesús, a aprender a orar, nos vuelve a indicar el camino cristiano como vocación a la santidad, a vivir la comunión entre nosotros y con todos: de allí debe partir toda acción pastoral en la Iglesia. ¡Qué gran desafío! Los invito a todos a leer y meditar este documento.

Así es: el Año Santo y el comienzo del nuevo milenio, nos plantean fuertes interrogantes. Estas preguntas nos las hacemos (y es bueno que nos las hagamos) de manera personal, pero también es muy valioso que nos planteemos todo esto de manera comunitaria, eclesial. Pensando todas estas cosas, me animo a proponerles un itinerario de reflexión, oración y diálogo de aquí al 2002. En ese año tendremos nuestra Asamblea Diocesana. En nuestra diócesis, cada cinco años tenemos ese encuentro de todas las comunidades parroquiales, educativas, movimientos, etc. En dicho encuentro tratamos de marcar el camino pastoral para el período siguiente. En nuestra próxima Asamblea, trataremos de recoger y aprovechar tantas gracias y dones recibidos para hacerlos crecer y fructificar como los «talentos» de la parábola (ver Mt 25, 14-30).

Tenemos por delante una gran tarea de discernimiento. Muchas veces hablamos del tema del discernimiento, o de «discernir» determinada situación, pero puede suceder que no sepamos, a ciencia cierta, de qué estamos hablando. La palabra «discernir» significa separar una cosa de la otra, distinguir, examinar, diferenciar, evaluar. Podemos compararlo al trabajo que hacemos cuando separamos dos o más cosas que están mezcladas, por ejemplo cuando ordenamos la mesa de casa y separamos lo que es de uno, lo que es de otro, lo que debe quedar allí, etc.

Llevar adelante un discernimiento, discernir evangélicamente hablando, significa mirar la realidad de nuestra vida que muchas veces es compleja, y está matizada con muchas cosas para descubrir allí la Voluntad de Dios, el camino por donde Dios me llama. Si es un discernimiento familiar o comunitario, buscaremos el camino por donde Dios nos llama, lo que el Señor quiere de mí o de nosotros.

¿Cómo se realiza este discernimiento? Hay distintas maneras de llevarlo adelante, pero lo que no puede faltar es el ejercicio del silencio y de la oración, de meternos en nuestro interior, para descubrir allí al Señor que nos llama. Tampoco pueden faltar la reflexión y el diálogo fraternos, especialmente si lo que queremos encontrar es la voluntad de Dios para la familia o la comunidad.

Creo que la Cuaresma es un momento especial para mirar nuestro corazón, para vivir un tiempo más intenso de oración y para crecer en el discernimiento. Por este motivo, he decidido compartir con ustedes estas preguntas y lanzarnos juntos a la preparación de este camino comunitario que nos conduce a la Asamblea del 2002 y que al mismo tiempo sea nuestro motivo de reflexión cuaresmal.

Concretamente, les propongo un trabajo personal y comunitario, que nos permita descubrir lo que ya somos y tenemos: nuestras virtudes y defectos, nuestros dones y carencias. Mirar más detenidamente nuestro corazón y la vida de nuestras comunidades, descubrir allí la voluntad de Dios, expresada en lo que Él ha sembrado en nuestras personas y en cada grupo.

Soy conciente de la gran variedad de realidades que conviven en la diócesis, cada una con sus dones y sus dolores, con sus defectos y sus virtudes. Creo que esta gran diversidad es una riqueza que nos puede ayudar a crecer en la comunión por medio del don que hagamos de nosotros mismos y de nuestra realidad a los demás.

Me parece que el camino que tenemos por delante tiene cuatro etapas, que constituyen cuatro grandes temas que es oportuno plantearse:

1. Dar gracias a Dios.

2. Descubrir los grandes deseos y aspiraciones.

3. Descubrir los «signos de los tiempos»

4. Ofrecernos y comprometernos en la comunión, la evangelización y la misión.

Les propongo que cada una de las etapas antes enumeradas sea vivida en un tiempo personal, por todos los fieles de la diócesis, y en un momento comunitario, por cada una de las parroquias, colegios, movimientos e instituciones. Les entrego ahora algunas ideas que tienen por objetivo alimentar, especialmente en esta cuaresma, la reflexión personal y comunitaria.


1. Dar gracias a Dios

La gratitud es una actitud que brota en nuestros corazones cuando nos hacemos concientes de algo bueno que nos ha sido dado. Nuestra época no se caracteriza por la gratitud. Creo que los motivos son varios, entre ellos, algunas situaciones que son tan preocupantes, que nos pueden ocultar las cosas buenas que tenemos. También el hecho de que nuestro tiempo es un tiempo de apuros y de rapidez, y el que está apurado no se detiene a mirar su vida, ni repara en las cosas que tiene o que ha recibido.

Cuando meditamos acerca del agradecimiento, viene a nuestra memoria la curación de los diez leprosos, de la que nos habla el Evangelio.

¿Qué habrá pasado con los otros nueve? ¿No nos estará pasando a nosotros lo mismo?

Todos tenemos mucho para agradecer, incluso, a veces observamos que las personas que menos tienen, son las más agradecidas. Sin duda, la pobreza de corazón, está estrechamente vinculada al agradecimiento: solamente quien se da cuenta que la vida, la salud y todas las cosas no son algo que nos «deben», sino que son un regalo, algo dado que podríamos no tener, solamente esa persona puede ser agradecida.

Por el contrario, quien se siente seguro (con la falsa seguridad que da afirmarse en las cosas materiales o en la fuerza física), difícilmente agradecerá, porque siente que lo que es y tiene se lo deben, se lo merece o lo consiguió y conserva con sus propias fuerzas.

El camino que les propongo nos lleva de las «gratitudes» a los «talentos», es decir, en base a todas las cosas que descubro como don y de las que estoy agradecido/a, me voy haciendo más conciente de mis talentos y de mis capacidades y los hago fructificar, como nos invita la parábola, antes mencionada (Mt 25, 14-30).

Respecto del agradecimiento, les propongo entonces, lo siguiente:

* De manera personal, descubrir cuáles son mis grandes gratitudes a Dios. Reconocer las gracias y dones con lo que Dios me ha favorecido a lo largo de mi vida, hacer una lista y agradecer uno por uno. Cuanto más descubro esas gracias y esos dones, seré más agradecido, y a la vez seré más conciente de los «talentos» que Dios me ha regalado.

* Otro tanto podríamos hacer a nivel co-munitario. Cada comunidad podría hacer una lista de sus dones, y, por lo tanto, de aquellas cosas por las que le quiere agradecer a Dios. No sólo tenemos dones, capacidades y virtudes a nivel personal, también los tenemos como comunidad. Tenemos que buscar el modo de seguir creciendo juntos, a partir de esos regalos que Dios nos ha dado y sobre todo preguntarnos de qué manera podemos ponerlos a disposición de los demás.


2. Descubrir los grandes deseos y aspiraciones

Todos sabemos que en la vida los deseos, los ideales, son muy importantes. Ellos nos indican el camino a seguir y son un componente muy valioso a la hora de definir nuestra vocación. Así, por ejemplo, el que siempre quiso ayudar a que los enfermos se curen y que la gente viva mejor, puede encontrar el camino en la vida por medio de la medicina, siendo médico, enfermero, etc.

No siempre atendemos nuestros deseos, debido a diversas circunstancias de la vida, al ritmo apurado en que vivimos (y del que antes hablábamos), que no nos permite detenernos y hacernos una pregunta tan elemental como ésta: además de lo inmediato, de lo que tengo que hacer, ¿qué quiero? ¿cuáles son mis grandes deseos? ¿cómo quiero que sea mi vida?

Por supuesto que no estamos hablando de las «ganas» superficiales, esas que van y vienen, sino de los deseos profundos del corazón, esos que son capaces de hacernos cambiar o de hacernos avanzar aún en medio de grandes dificultades...

Es propio del Espíritu Santo sembrar deseos, aspiraciones, motivaciones que nos ayudan desde dentro a hacer muchas cosas buenas, y que al mismo tiempo nos traen una enorme alegría. Es una «estrategia» que tiene Dios para con nosotros: nos propone ayudarlo a construir el Reino y aceptando su propuesta, nos hace profundamente felices.

Pero en nuestro corazón hay una cantidad de deseos, de impulsos, de ideales, y allí también se mezclan «el trigo y la cizaña» (ver Mt 13, 24-30) de los que nos habla la parábola: no todo es bueno ni todo viene de Dios.

La cuaresma es un tiempo oportuno para revisar nuestra vida. Queremos convertirnos, volvernos hacia Dios, dejar de lado lo que nos aparta de Él y tomar los caminos que conducen hacia Él. ¿Qué mejor que comenzar por el propio corazón? Poceder así, es ir a la raíz de todo lo que sucede en nuestra vida, el Evangelio nos lo decía: «Lo que sale del hombre, es lo que contamina al hombre» (Mc 7,15).

Respecto de los deseos y aspiraciones, les propongo entonces, lo siguiente:

* Preguntarme personalmente, en un momento de oración: ¿cuáles son los deseos más profundos de mi corazón? (en lo posible, tomar papel y lápiz y hacer una lista). ¿Cuáles de esos deseos me parece que están de acuerdo con la Voluntad de Dios? ¿Cuáles me parece que no están de acuerdo con la Voluntad de Dios? ¿Tengo reales deseos de encontrarme con Dios en la vida eterna? ¿Existe en mí el deseo de que otras personas conozcan a Jesús? ¿Atiendo este deseo? ¿Cómo me gustaría concretarlo?

¿Cómo deseo que sea mi Iglesia? ¿Cómo deseo que sea mi país?

* En lo comunitario podríamos preguntarnos:

¿Cómo deseamos que sea nuestra comunidad? ¿Qué tipo de testimonio nos gustaría dar? ¿Cómo nos gustaría que fuera nuestra Iglesia? ¿Existe en nosotros el deseo de que otras personas conozcan a Jesús? ¿Estamos atendiendo este deseo? ¿Cómo nos gustaría concretarlo? ¿Tengo verdaderos deseos de que los difuntos se encuentren con Dios en la eternidad? ¿Qué valores desearíamos que se cultivaran en nuestro país? ¿Qué valor nos gustaría dejar como herencia a nuestros hijos?


3. Descubrir los «signos de los tiempos»

En cada momento de nuestra vida en particular y de la historia en general, hemos de descubrir cuáles son los «signos de los tiempos» que caracterizan esa etapa. El Concilio Vaticano II, llama «signos de los tiempos» a los valores, los defectos y virtudes, los interrogantes y las expectativas que caracterizan a cada momento de la historia. Así se expresa la Constitución Pastoral «Gaudium et Spes», en el nº 4: «... es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo lo signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza».

Respecto de los «signos de los tiempos», les propongo entonces, lo siguiente:

- A nivel personal: ¿Cuáles son las características más importantes de nuestro tiempo? ¿Cuáles son los grandes problemas y preocupaciones de las personas en nuestro país? ¿Y sus deseos? ¿Cuáles son su grandes dudas o interrogantes? ¿Estoy aportando, con mi testimonio de vida, alguna luz a estas realidades?

- Nos preguntamos a nivel comunitario: ¿Cuáles son las características más importantes de nuestro tiempo? ¿Cuáles son los grandes problemas y preocupaciones de las personas de nuestro barrio? ¿Y sus deseos? ¿Cuáles son su grandes dudas o interrogantes? ¿Qué puede aportar nuestra comunidad a esta situación?


4.Ofrecernos y comprometernos en la comunión, la evangelización y la misión

Una vez recorrido el camino de la purificación de la memoria, de la gratitud y del deseo, viene el momento de los proyectos. Hemos pedido perdón, hemos agradecido, nos hemos preguntado qué queríamos hacer: ahora estamos en condiciones de preguntarle al Señor qué quiere de nosotros, en lo personal, en lo familiar, en lo comunitario: Señor, ¿Qué querés de mí? ¿Qué querés de nosotros? ¿Qué más puedo/podemos ofrecerte?

Es el momento de hacernos disponibles, de decirle a Dios, como el profeta: «¡Aquí estoy, envíame!» (ls 6,8)

Respecto de la evangelización y de la Misión, les propongo entonces, lo siguiente:

- Reconociendo en mi vida tantos signos del amor de Dios, me pregunto: ¿A qué estoy dispuesto? ¿A qué me ofrezco? ¿Qué estoy dispuesto a dar o a hacer para seguir creciendo en el servicio a los hermanos?

- Nos hacemos preguntas similares a nivel comunitario: reconociendo en la vida de nuestra comunidad tantos signos del amor de Dios, nos preguntamos: ¿a qué estamos dispuestos? ¿a qué nos ofrecemos? ¿Cuál es el siguiente paso de crecimiento en nuestra vocación misionera?

Queridos amigos, voy concluyendo. Como ven, es una propuesta para todo el año, pero la Cuaresma es un buen momento para ponemos en camino. Creo que en esta Pascua el Señor nos invita a dar un paso hacia una mayor plenitud de vida, ampliando las dimensiones de nuestra misión en lo personal y en lo comunitario. Ojalá podamos darlo para Gloria de Dios, Salvación y alegría de muchos hermanos y felicidad de nuestro corazón.

María Santísima que supo encontrar y ser fiel a la Voluntad de Dios, nos enseñe y acompañe en este camino.

¡Muy feliz Pascua de Resurrección!

Que el Señor los bendiga.

Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2311, del 4 de abril de 2001


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