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MARÍA,
MUJER EUCARÍSTICA
Homilía
pronunciada por monseñor Domingo Salvador Castagna, arzobispo de Corrientes,
durante la Celebración Mariana realizada en horas de la mañana del sábado
4 de setiembre en el Campus Universitario
En la tierra de María de Itatí, y ante la visita de su venerable
Imagen, deseamos aprender de ella el mensaje eucarístico. Nuestro pueblo
bendecido por su misteriosa conducción materna recorre caminos
insospechados hacia la meta de todo peregrinaje. María, siempre y con
seguridad, exige que su pueblo devoto logre un encuentro eficaz y
transformador con Jesucristo. Su intervención oportuna, en las bodas de
Caná, señala la presencia silenciosa de Jesús. Su súplica, casi un
susurro, descubre a su Hijo la intención de socorrer a aquellos inocentes
atribulados. Da órdenes, dispone el adelanto de la Hora de Cristo e indica
el método para llegar a su corazón: “Hagan todo lo que él les diga”
(1). María aprende a obedecer al Padre cuando, por intermedio del
Ángel, le es ofrecida la misión de ser la Madre de Dios. Todo se cumple en
ella por la obediencia. Dios hace grandes prodigios cuando encuentra la
disposición generosa de aceptar su voluntad. Hoy se repite la experiencia
de Caná: María interviene en la vida atribulada del pueblo proponiendo a
Jesús, presente en la Eucaristía, como respuesta divina a la indigencia y
a la desesperación.
El Santo Padre Juan Pablo II la llama “Mujer Eucarística”.
Me he preguntado la
razón de esa denominación que la identifica con el Misterio de Cristo y de
la Iglesia. Ella anticipa la Eucaristía de su Hijo y de la Iglesia. Existe
una identidad eucarística compuesta de obediencia al Padre, de cruz y de
incondicional donación de amor. La Acción de Gracias, que en la Eucaristía
Cristo realiza, no se reduce a un sentimiento de gratitud. Es una actitud
esencial de obediencia al Padre que incluye la Redención por el exclusivo
y misterioso camino de la muerte en cruz. María, desde la Encarnación
devela silenciosamente el Misterio que, como profetiza Simeón, será dolor
indecible causado por “una espada que le atravesará el corazón” (2).
El contenido de la obediencia de Jesús al Padre, representando a la
humanidad, comprende el reconocimiento humilde del Don de Dios por parte
del agraciado. La obediencia de María ente la sorpresiva elección
transmitida por el Arcángel Gabriel proyecta una anticipación profética
del Siervo Fiel y Sufriente. La Eucaristía, como el “buen comportamiento
del agraciado”, halla en María su fiel anticipo y la constituye, desde
entonces, en “Mujer Eucarística”.
Ella es el modelo perfecto de nuestra participación en la Eucaristía.
Su docilidad
al Don de Dios, mediante un corazón puro y pobre, es la condición
indispensable para hacer fructífera nuestra comunión con el Cuerpo y
Sangre de Jesucristo. San Pablo lo expresa con términos casi aterradores:
“Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta
copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe
su propia condenación” (3). María resiste cualquier examen, su
docilidad y pobreza son perfectas, únicamente inferiores a las de su Hijo
divino. En la historia, como tiempo de su universal intercesión, se empeña
en atraer a los hombres a Jesucristo, presente en la Iglesia y en la
Eucaristía. Los peregrinos a sus Santuarios intentan llegar a la
reconciliación y a la Comunión. Sufren cuando se hallan distanciados de
esos sacramentos por dificultades momentáneamente insalvables. María sigue
atrayéndolos, mantiene y acrecienta el deseo de Jesús; realiza una intensa
tarea de transformación hasta el logro del ideal propuesto.
El X Congreso Eucarístico Nacional se está celebrando en los pagos de
Nuestra Señora de Itatí.
Como expresión de la
íntima vinculación de María con la Eucaristía hemos decidido dedicar esta
solemne jornada a la Virgen Madre de Dios con la presencia excepcional de
su Venerable y multisecular Imagen, transportada solícitamente por su
pueblo de Itatí. Una vez más, ensanchando su influjo materno a toda la
Nación, la Virgen garantiza nuestro devoto encuentro con Jesucristo
Sacramentado. En ella depositamos el esfuerzo de nuestra peregrinación y
de su maternidad virginal recibimos a su hijo y Salvador, reconciliador y
autor exclusivo de nuestra auténtica fraternidad. Ciertamente no podemos
pensar a Cristo y a su Iglesia sin María. Escapa a todo proyecto humano el
modo elegido por Dios para librarnos del pecado y hacernos sus hijos. Así
lo ha creído la Iglesia durante su extensa y trabajosa historia de
fidelidad. No podríamos concluir este Congreso sino de la mano de María.
Ella cuida la pureza de nuestros corazones, recuperada por la penitencia,
y orienta nuestro compromiso histórico para hacer de la Argentina un
pueblo fraterno y justo, solidario y respetable, austero y definitivamente
fiel a sus nobles y cristianas tradiciones.
Sin Jesucristo nuestro empeño sería inútil. Este pueblo extrae de
Él la riqueza reconocida de su temple y su capacidad de solidarizarse con
los más pobres y sufrientes. El dolor y la confusión no le han permitido
curar sus propias heridas y proveer su propia mesa devastada. Más la
confusión que el dolor. María sabe tocar su interior porque halla, en su
mayoría de bautizados, sentimientos afines a su corazón, en labios de San
Agustín: “de miembro más insigne de la Iglesia”. En su regazo, como Jesús
descendido de la Cruz, está nuestro pueblo sumido en el dolor indecible de
la pobreza, pero, recibiendo de ella su firme esperanza en la
Resurrección. Lo importante, para este pueblo, es pasar de la crisis a la
recuperación. Asumir la cruz, y su consecuente muerte a la muerte, y
despejar decisivamente la senda a la Resurrección. Para ello María
despliega su enseñanza materna con un estilo silencioso y eficaz. Atrae a
sus hijos para que se encuentren e identifiquen con su Hijo. Se constituye
en meta de peregrinación para que quienes se agreguen a ella sepan
descubrir su verdadero término: Jesucristo. Desde muy pequeños hemos
aprendido una fórmula piadosa de especial ternura: “A Jesús por María”. Es
el secreto de nuestro encuentro con Cristo. Es el camino práctico, el
atajo abierto por Dios para llegar rápidamente al Artífice de nuestro
verdadero cambio interior, de nuestra necesaria regeneración.
Notas:
(1) Juan 2, 5.
(2) Lucas 2, 35.
(3) 1 Corintios 11, 28-29.
Mons. Domingo Salvador Castagna, arzobispo de Corrientes
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2491 del 15 de setiembre de 2004 |