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DESPEDIDA Y ENVÍO DE LOS PARTICIPANTES EN EL
X CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL


De monseñor Domingo S. Castagna, arzobispo de Corrientes
(5 de setiembre de 2004)



Estamos cerrando el Xº Congreso Eucarístico Nacional. Es el final de un principio, es la cumbre anticipada de una enorme tarea a cumplir. Hoy, 5 de septiembre de 2004, estalla el amanecer de un nuevo desafío evangelizador en el que Jesucristo será el referente principal del pueblo argentino. Es éste el momento del envío no una despedida. El Don de la Eucaristía constituye,  a quienes lo han recibido, en testigos creíbles de su presencia y de su ofrecimiento a todos. Volvemos a nuestras casas, a nuestros pueblos y ciudades, con la experiencia de haberlo recibido con gozo. Su solemne celebración es el AMEN fuerte que establece una relación de fe con el Señor Sacramentado. En el “después”, vislumbrado por la Convocatoria de nuestros Obispos, está el futuro de la evangelización de un mundo que la reclama entre angustias y esperanzas. “Denles ustedes de comer” sin dilaciones, haciendo que el “Pan bajado del cielo” descienda para todos y estimule el hambre espiritual de quienes la han perdido, hartos de manjares que no nutren. La tarea evangelizadora que proyectamos incluye la preparación de una tierra empobrecida por múltiples obstáculos a su fertilidad. No será fácil removerla y purificarla. Es preciso ponerse a la obra.

Nos vamos con el AMEN pronunciado en la voz poderosa de toda la Iglesia, aquí multitudinariamente representada. Pero también con la responsabilidad que incluye ese AMEN creyente y jubiloso. Hemos comprendido que la salvación de una sociedad fragmentada como la nuestra necesita transitar auténticos caminos de reconciliación y solidaridad. Para lograrlo nos es imperioso acudir al verdadero auxilio que viene de lo Alto: Jesucristo. No existen recetas mágicas ni alcanzan las buenas intenciones. Librados a nosotros mismos volveremos a cometer los mismos errores, ahondando el abismo que nos amenaza. Se debe producir el nacimiento del nuevo ser en el interior de cada uno. Nadie nace por su cuenta, necesita un padre y una madre. De la misma manera nadie renace por su propio empeño. Necesita ser reengendrado por Quien le dio inicialmente la vida: Dios Creador y “Padre de nuestra Vida (1). Ese renacimiento está misericordiosamente ofrecido en el Misterio de Cristo presente en la Eucaristía. Es preciso anunciarlo y celebrarlo ante la mirada expectante de todos. La Iglesia lo hace por el ministerio de los sacerdotes y por el testimonio de los santos.

El contacto personal que hemos intentado, en este encuentro singular con Jesucristo, requiere ser testimoniado mediante una acción misionera eficaz y continua. Es imposible experimentar ese contacto renovador sin comunicarlo con fervor y ofrecerlo a todos como “Buena Noticia”. Si no se produce ese movimiento testimonial nada ha pasado aquí, ha sido vano nuestro esfuerzo de acortar distancias geográficas y de empeñar nuestros magros recursos económicos. Nos corresponde aprovechar esta experiencia y volverla beneficiosa para la Patria. El llamado que nos ha reunido tiene una intención misionera que se extiende a toda la realidad ambigua y desconcertante. Jesús, de ese modo, se constituye en artífice de la unidad entre los hombres y, concretamente, de nuestra sociedad “herida por la división y el desencuentro (2). La incapacidad de comunión que aparece en las relaciones personales tiene su origen en una incomunicación más profunda y esencial: la que nos separa de Dios y nos constituye en extraños para nosotros mismos. La Eucaristía nos muestra a Cristo vivo, “que perdona los pecados” y cura el origen de toda división al reconstruir el universo recuperándolo del caos. ¡Lo necesitamos urgentemente! El X Congreso Eucarístico Nacional, que hoy culminamos, es la respuesta misericordiosa de Dios a nuestro pueblo. Nos corresponde recibirlo con gozo y esperanza.

Antes de concluir deseo expresarles que este Congreso ha sido diseñado y preparado, por más de diez mil colaboradores, en actitud orante. Conscientes de nuestros límites nos hemos vuelto a Jesús Sacramentado durante muchas horas de adoración y reflexión. He sido testigo asombrado de esa piadosa actitud. Desde la Comisión Central, coordinadores de las diversas áreas, responsables técnicos, Comunidades Religiosas, consagradas y consagrados, Párrocos y delegados parroquiales, cuatro mil ochocientas familias que han ofrecido generosamente trece mil lugares de alojamiento para los congresistas y más de tres mil servidores, en su mayoría jóvenes y adolescentes. Quiero destacar la invalorable y desinteresada colaboración del Gobierno Provincial y de la Municipalidad de la Ciudad de Corrientes en una infraestructura que ha requerido la compleja y prolija coordinación de esfuerzos y profesionalismo. Extiendo mi gratitud a las autoridades de la Universidad del Nordeste, en cuyo magnífico Campus hemos celebrado los actos masivos centrales, y a los aportes generosos de las sociedades intermedias de Corrientes. No tengo palabras para expresarles, en nombre de la Iglesia, mi profunda y conmovida gratitud. El Señor, que no se deja ganar en generosidad, les hará sentir una lluvia copiosa de bendiciones. En este agradecimiento quiero abrazar a todos, también a quienes han orado desde el silencio y el sufrimiento, desde el anonimato y la ternura de un amor sin reclamos.

Es el momento del envío. No nos es lícito volver a nuestras Diócesis y parroquias con simples recuerdos y la memoria de un acontecimiento multitudinario y espectacular. Al regresar debemos iniciar el “después” solicitado por nuestros Pastores el 31 de mayo de 2003. Jesucristo debe ocupar el centro de la vida de nuestro pueblo, en su mayoría identificado con el pueblo cristiano: “Que su Eucaristía ocupe el corazón del pueblo argentino e inspire sus proyectos y esperanzas(3). Este envío está emparentado con el que procedió de los labios de Jesús el día de la Ascensión: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos...(4). Vayan y muestren, en un comportamiento cristiano valiente, lo que el Señor Sacramentado hace de los hombres y sus comunidades cuando halla generosa disponibilidad. ¡La Iglesia de Cristo, desde esta humildísima Iglesia Particular de Corrientes, les ofrece el ósculo casto de la Paz! Que María de Itatí cuide y proteja sus viajes de regreso.


Notas:

(1) S.S. Pablo VI

(2) Oración Oficial del CEN-2004.

(3) Oración Oficial del CEN-2004

(4) Mateo 28, 19.


Mons. Domingo Salvador Castagna, arzobispo de Corrientes

 

Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2491 del 15 de setiembre de 2004



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