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LA
VIOLENCIA
DESACREDITA
LA
CAUSA
DE
LOS
DERECHOS
HUMANOS
Alocución de monseñor Domingo Salvador Castagna, arzobispo de Corrientes
Cuarto domingo durante el
año (29 de
enero de 2006)
Marcos
1, 21-28
1.
Jesús es
la Verdad.
Jesús enseña con autoridad. Encarna toda la Verdad. Es la
Verdad. El esfuerzo que hacen los hombres más prestigiosos por
formular la verdad encuentra escollos insalvables. La propia
incapacidad, pocas veces reconocida, y la enorme confusión que se
produce en los intentos actuales por imponer la hegemonía de la razón
individual, traban el esfuerzo mencionado. Será preciso –sin caer en
la disminución inválida de la propia estima– reconocer que la Verdad
está objetivada por Dios y personalizada en su Verbo encarnado.
¡Cuánto molesta al contemporáneo agnosticismo que la Iglesia considere
esencia de su prédica la Verdad objetivada en la persona de Cristo!
Cuando el Papa habla –como lo hace Benedicto XVI– se percibe el
malestar, a veces irracionalmente sostenido en un combate inclemente.
Sin intentar imponer, como ha ocurrido inexplicablemente en otros
momentos de la historia, la Iglesia sostiene su Verdad con todo el
vigor de la jornada inicial de Pentecostés. Su coherencia insobornable
molesta a las nuevas versiones de la dictadura ideológica que parecen
imperar en las sociedades contemporáneas. Las trampas, las intrigas
calumniosas que manejan algunos movimientos presuntamente
reivindicativos, se confabulan en una lucha mediática desigual.
2. Los Derechos
Humanos.
El Evangelio, Verdad de Dios personalizada en Cristo, es el verdadero
fundamento filosófico de los derechos humanos. Cuando la defensa de
los derechos humanos recurre a la violencia –física o verbal–
desacredita la legítima causa que la promueve. El recordado y
venerable Papa Pablo VI exclamó hace algunos años: “La violencia no
es cristiana ni evangélica”. El impulso, a veces avasallador, que
imprime el odio a muchas manifestaciones sociales, no perdura; tarde o
temprano se muestra débil y termina agotándose. “El amor es más fuerte
que la muerte” y repara lo destruido por el odio y la venganza. En el
amor se logra la auténtica justicia y se construye una nueva y humana
convivencia. Así lo entiende Jesús al no permitir que Pedro utilice la
espada. ¿Así lo entiende el mundo, incluso los autocalificados
“cristianos”? Se escuchan afirmaciones inspiradas en principios
abiertamente antievangélicos. La ignorancia, y el deseo de justificar
verdaderas aberraciones morales, juegan un rol macabro en algunas
manifestaciones de innegable popularidad mediática. La paz no se
deriva de un falso irenismo, o de una actitud indiferente –“pro bono
pacis” – ante las contrarias expresiones del bien y del mal, del error
y de la verdad. No es lo mismo una y otra cosa. No todas las
religiones son iguales. Ello no quita que se produzca –como lo afirma
el magisterio del Concilio Vaticano II– un acercamiento gradual y
progresivo a la perfección de la Revelación divina, manifestada en
Cristo , y, por ello, absolutamente respetable.
3. Que Cristo
sea escuchado.
Espero
que los hombres y mujeres inteligentes de nuestro tiempo
adviertan, como la multitud que escuchaba a Jesús, que de sus labios
brota la verdad “con peculiar autoridad”. Nadie da pruebas de mayor
autoridad –a lo largo de toda la historia– que Jesucristo. Es el
Maestro por excelencia, porque el Padre lo ha acreditado en el monte
de la Transfiguración:
“Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección:
escúchenlo”.
(1)
La misión de los cristianos de verdad es que Cristo sea escuchado.
Algunos, entreverados en disputas internas de difícil digestión
–para
quienes no son cristianos–
ensombrecen la imagen del Maestro y acallan su enseñanza. Olvidan
cuál es la norma principal de su auténtica manifestación: la comunión
afectiva y efectiva con
la Iglesia. Y no me
refiero a una “Iglesia” imaginada ideológicamente sino a la de Cristo:
con su Magisterio y su Autoridad, con sus sacramentos y carismas. No
se escucha su palabra sino a través de ella; no se difunde su gracia
sino por su mediación sacramental. Se entiende que quienes no son
cristianos no lleguen a comprenderlo, pero, no se entiende en quienes
se consideran hasta “ejemplares” cristianos. La ejemplaridad
mencionada posee una nota de autenticidad sellada por la humildad y la
obediencia. Habrá que caminar aún. Será preciso llamarse a silencio y
escuchar dócilmente a quienes, conformen o no los diversos gustos,
hacen presente el Magisterio de Jesús: el Papa Benedicto XVI y los
actuales Obispos de las diversas Iglesias diocesanas.
4. La fe y la
razón.
Nuestra fidelidad a Cristo es indispensable para hacer efectivo el
aporte de nuestra fe en la búsqueda, a veces angustiosa, de respuestas
y acertadas soluciones. La fe cristiana no se opone a la razón, como
afirma irreflexivamente un filósofo francés contemporáneo. Al
contrario: la encauza y ordena, la ilumina y fortalece. La
contribución de la fe detiene el movimiento a la deriva que
caracteriza al mundo actual. Ordenar la mente supone restablecer la
jerarquía de los valores humanos, respetándola y haciéndola respetar.
La enseñanza de la Iglesia presenta –de manera constante– un elenco
ordenado de derechos humanos, para ella indeformable. La razón de su
“indeformalidad” radica en que todos los derechos son acordados por
Dios a cada hombre, más allá de sus merecimientos o culpas personales.
Ese elenco está encabezado por los derechos básicos (a la vida, a la
enseñanza, a la salud, al trabajo etc.), pero, se extiende a
exigencias ineludibles que abarcan el desarrollo de la vida personal,
familiar y social. Hace pocos meses, el Pontificio Consejo Justicia y
Paz nos ha ofrecido un “compendio” exhaustivo de la Doctrina Social de
la Iglesia. Es conveniente estudiarlo con detención en el seno de las
familias cristianas, de las Instituciones Católicas y de los grupos de
reflexión y oración.
5.- Inevitable
confrontación.
En él se ofrece la
Verdad que Cristo propone “con autoridad”. No todos compartirán
nuestra convicción. En una sociedad –como la actual– que exhibe un
pluralismo tan abarcativo de la totalidad del pensamiento y de la
actividad humana se producirá una inevitable confrontación. El respeto
y el humilde intercambio favorecerán la libertad de expresión y la
sabia consideración de las diversas opiniones como auténticos aportes.
Necesitamos un ejercicio ascético constante de escucha respetuosa y de
propuestas inspiradas en honestas convicciones. ¡Rara virtud en una
sociedad calificada como enjambres de abejas que se devoran
mutuamente! Desde una visión cristiana es ella una virtud posible. Los
cristianos deben mostrar, en sus propias actitudes y comportamientos,
su factibilidad.
Nota:
(1) Mateo 17, 5.
Mons. Domingo Salvador Castagna, arzobispo de Corrientes
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