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en
esta cuaresma singular, vencer
las tentaciones del facilismo y el poder
Carta Pastoral del
arzobispo de Corrientes,
monseñor Domingo S. Castagna, para la Cuaresma 2001
Lucas 4, 1-13.
1.
Singular Cuaresma
Es una Cuaresma singular la que
iniciamos este año. Comienzo de siglo y de milenio. El privilegio
histórico nos toca de lleno, particularmente a quienes ejercemos
responsabilidades en el servicio de orientación y conducción del pueblo.
La inspiración que proviene del Espíritu encuentra cauces apropiados en
las mentes y en los corazones dóciles. Los mismos existen, como
adormecidos, en espera de un amanecer que a veces demora su llegada. La
palabra de Dios se constituye en el verdadero despertador de las
conciencias. No es altisonante ni abruma con una insistencia machacona, al
modo de los vendedores ambulantes en la vía pública. San Pablo afirma
que, «espada de doble filo», penetra la intimidad, se hace inteligible a
los «limpios de corazón» y convence de la Verdad que expresa y alimenta
un nuevo o recompuesto sentido de la vida. La necesitamos como el ciego
requiere del lazarillo, como el niño del amparo de su madre o el enfermo
del cuidado del médico. La Cuaresma es tiempo de oración austera y de
reflexión. Debemos proponerla a todos, sin demasiados distingos y
exigencias, aunque algunos no compartan la práctica litúrgica de la
Iglesia. Como consecuencia de su obvia gravitación temporal, se la
requerirá más allá del templo, tomando parte del trajín de la calle y
del lenguaje común de sus transeúntes.
2.
La tentación del facilismo
Jesús, en Quien Dios asume al
hombre como lo encuentra, también quiere pasar por la tentación y el
sentimiento de debilidad inherentes a su condición humana. La
inexistencia del pecado personal no le impide hacerse solidario del
sufrimiento que padecen los hombres proveniente de la herencia de Adán y
de sus históricas consecuencias. En la lista de tentaciones, que consigna
el evangelista Lucas, se encuentran las más vigentes y seductoras de la
actualidad. Me refiero particularmente a dos de ellas: la del facilismo
y la del poder. Ambas provocan, en la existencia del hombre, un
desplazamiento del Dios verdadero. Por lo mismo, causan un estado de
desequilibrio que invade, como atmósfera tóxica, las relaciones
interpersonales y los proyectos más lúcidos. Lo comprobamos a diario,
sufrimos su acción paralizante y desalentadora. El demonio, desconocedor
aún de la identidad divina de Jesús, pretende aprovechar el cansancio y
el agotamiento provocados por la prolongada vigilia y el hambre. ¡Qué
fácil resulta el camino del menor esfuerzo cuando nos ha precedido, y
aún nos acompaña, la carencia injusta de los medios elementales para el
sustento del cuerpo y del espíritu! Sucumbimos, casi sin luchar, a la
prebenda inmediata e interesada, canjeando nuestra dignidad y derechos por
un alivio circunstancial y generador de algo más inhumano que el hambre y
el cansancio: el despojo de la libertad.
3.
Valores superiores
Jesús mantiene su serena e
irrebatible respuesta: «El hombre no vive solamente de pan».1
Habrá pan para todos si se priorizan otros valores y actividades: el
trabajo digno y bien remunerado; la eliminación progresiva de la lacra
social de la miseria y de la desocupación; la atención eficiente de la
salud y de la educación; el respeto a la libertad de aportar la
originalidad del propio pensamiento y de adorar a Dios conforme a los
términos religiosos legítimamente reconocidos; la extirpación de toda
discriminación e injusticia, como también, el respeto a las personas en
su fama y consideración pública. Sería interminable la enumeración de
los valores cuyo respeto solucionaría los graves conflictos que paralizan
a la sociedad contemporánea. Los legítimos reclamos de los sectores
marginados, cuyos graves problemas están sin resolver, bajarían los
decibeles de irritación si quienes deben atenderlos lo hicieran; o
mostraran, con absoluta transparencia, las razones que los asisten para
declararse incapaces de atenderlos. Nuestro pueblo no está animado por la
violencia sino por la justicia. Es preciso escucharlo respetuosamente. No
es irracional, exige que quienes deben gobernarlo, educarlo, curarlo y
organizarlo, se pongan de acuerdo y logren un proyecto que sirva
verdaderamente a su bien integral. ¿Es mucho pedir? Si el bien de las
personas, como lo viene enseñando la Iglesia desde siempre, es la meta
exclusiva de toda acción política, ¿por qué sacrificar ese bien a
intereses mezquinos, aunque poderosos? ¡Cuántos interro-gantes ha
suscitado la dolorosa e inclemente manipulación a que fueron sometidos
los hombres y mujeres de nuestro pueblo!
4.
La tentación del poder
He aquí la segunda tentación
diabólica: el poder: «Te daré todo ese poder y el esplendor
de estos reinos...».2 El demonio de las
tentaciones juega con valores revelados y los tuerce desnaturalizándolos.
El poder es uno de ellos. Destinado al servicio humilde del pueblo,
optando por quienes son los más débiles y postergados, se lo bastardea
impunemente. No estarían tan mal las cosas hoy si el poder hubiera sido
un verdadero servicio ayer. Los bienes de todos fueron acaparados por
algunos o, simplemente, arrojados a la nada de variadas y frágiles
mezquindades. El poder ofrecido por el tentador es un ídolo que intenta
desplazar a Dios. Es ídolo cuando se lo busca para dominar y no para
servir. La idolatría del poder constituye, lamentablemente, el trasfondo
práctico de muchas luchas por lograrlo. Cuando Dios recupera su
centralidad, el poder readquiere su capacidad servicial y se constituye en
un auténtico acto de amor. Cristo recupera el valor del poder como
servicio y Él mismo lo inaugura entre los hombres, desde su ejemplar
comportamiento: «No he venido a ser servido sino a servir».
5.
Cuaresma y tiempos nuevos
Cuaresma, tiempo de perspectivas
nuevas, las del Evangelio. Es preciso que lo aprovechemos, si nos
profesamos creyentes, procurando una real correspondencia entre sus
exigencias y la evaluación honesta de nuestro comportamiento personal y
social. La coherencia que reclama el mundo, entre el discurso y la
actividad específica que le corresponda, constituirá, ciertamente, el
mejor de los argumentos para que la fe sea tomada en serio. Tiempo fuerte
de reflexión de la Palabra, de oración y de eficaz penitencia. Puede y
debe ser un tiempo de renovación para la sociedad que integramos. Es
preciso no dilatar más su auténtica celebración en la vida.
Notas
(1) Lucas 4, 4.
(2) Lucas 4, 6.
Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2311, del
4 de abril de 2001
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