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9
DE JULIO DE 2002
Homilía de
Mons. Luis Armando Collazuol, obispo auxiliar de Rosario,
en el tedéum celebrado en la catedral de Rosario
Lectura: He 10,34-43
Pedro, el apóstol, describe con pocas palabras la obra de Jesús en su
peregrinar entre los hombres: “Él pasó haciendo el bien”. Respecto a
lo que debe ser nuestro obrar, dice: “Dios no hace acepción de
personas, y en cualquier nación todo el que lo teme y practica la
justicia es agradable a Él”.
Este testimonio resuena entre nosotros como una exigencia apremiante:
cada discípulo de Jesús debe pasar por el mundo haciendo el bien. Pero
ésta es también la responsabilidad de todo ciudadano hacia la
comunidad nacional.
¿Cuál es el bien que debemos a nuestra Argentina, fértil y fecunda
pero desgarrada y enferma?
Sin
dudas, queremos para cada uno y para todos el paso de las actuales
condiciones de vida tan poco humanas de tantos, a condiciones más
humanas. Queremos una Argentina con justicia y armonía interior,
integrada con dignidad y reciprocidad a la región y al mundo. Pero
sabemos que no bastan los buenos deseos. La gravedad de la situación
actual requiere soluciones urgentes y profundas, basadas en una
política integral y coherente desde un proyecto de Nación, y no sólo
paliativos para el presente.
Para superar la crisis es necesario que las estrategias políticas del
Estado democrático estén al servicio de los ciudadanos, y las
económicas al servicio del hombre y de la justicia social. Se
requieren dirigentes idóneos para diseñar esas políticas, con sustento
popular para ejecutarlas. Es necesario que los actos electorales no
sean barajar de nuevo con el mismo mazo, muchas de cuyas cartas están
marcadas; que se convoque a quienes están imaginando un proyecto serio
de país y no a quienes se pierden en caciquismos e internismos
partidarios.
Para alcanzar la paz social es necesario el diálogo entre los
argentinos, pero también que sus consensos sean traducidos en actos de
gobierno. Es necesario que haya seguridad jurídica, previsibilidad y
estabilidad de las reglas de juego, y también lo más difícil, el
restablecimiento de la confianza. No podemos aspirar a ser grandes si
no hacemos bien los deberes y si no respetamos los semáforos, los
derechos y los ahorros.
Para superar la situación de pobreza que va alcanzando a la mayoría
del pueblo argentino es necesaria una atención prioritaria de la
emergencia social; pero, para que la emergencia no se convierta en
permanente y endémica, se requiere un decidido apoyo, y no
expoliación, a los sectores de la producción y del trabajo, y el
acceso de todos a una educación de calidad, formadora de personas y
capacitadora para la inserción laboral. En el mundo que viene sólo
habrá inversiones donde se priorice la educación. Es cierto que al que
tiene hambre hay que darle pan, pero, al mismo tiempo, por su dignidad
personal, se le debe abrir un horizonte de formación, recuperación del
trabajo e inclusión social.
Pero, para que renazca la Nación se necesita, ante todo, la decisión,
el compromiso y la acción de argentinos que, en todos los campos,
“pasen haciendo el bien”, es decir, la honestidad de todos los actores
de la vida social.
Nuestro fracaso como comunidad nacional es resultado del
comportamiento colectivo insolidario de grupos sociales más o menos
amplios, de las conductas corruptas, de la imprevisión y de la mala
administración de los bienes de la Nación. Egoísmos y ambiciones,
dentro y fuera de nuestras fronteras, descuidando el bien común, miran
con avaricia al interés particular de personas, grupos y sectores, o
hasta de naciones, bloques de naciones y organismos internacionales,
que imponen condiciones de sumisión que están humillando a la
Argentina.
Para ser capaces de crear las condiciones que refunden la Nación, es
necesario recrear en los argentinos la conciencia ciudadana, la
preocupación por el bien común y el ideal de identidad nacional.
Las
bases espirituales de la Nación se han deteriorado pero no destruido.
Sólo se puede construir un proyecto nacional con un fundamento capaz
de soportar los periódicos embates de las crisis sobre aquello que
puede identificarnos y sostenernos: la consideración ética de la
persona y de la de la sociedad; la solidez de la familia, primera
formadora en las virtudes sociales; la universalidad de la educación
de acuerdo a un eje de valores cívicos; el espíritu de laboriosidad de
la gente y la dignidad del trabajo para todos, como antídoto al
imperialismo internacional del dinero; la buena vecindad, la
solidaridad y la “gauchada”; el respeto a la palabra dada y a la ley.
Estas realidades son constitutivas de la condición humana y hondamente
valoradas en nuestro imaginario cultural, aunque por oscuros intereses
se las vaya agrediendo y socavando.
La
fe en Dios es el alma de nuestra identidad comunitaria nacional. La fe
nos muestra los caminos que Él, como Padre, quiere para nuestro bien,
para que vivamos como hermanos: “Honra a tu padre y a tu madre..., no
matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no mentirás ni darás
falso testimonio contra tu prójimo, no codiciarás...” (Ex
20,12-17). Esta Ley fundamenta la cultura de la vida y del trabajo, y
arraiga los vínculos humanos en la veracidad, la honestidad y la
confianza. Jesús nos dice: “haz esto y vivirás” (Lc 10,28).
Estos mandatos son tan universales que aún los que no reconocen a Dios
los perciben grabados en su conciencia y en su corazón. Sin embargo,
la vida de la sociedad argentina parece decir que los hemos
olvidado... ¡y así nos va!
Nuestra Argentina está vacía no sólo porque han huido los capitales
sino porque están ausentes los ideales movilizadores de las
voluntades.
Sin
embargo, podemos percibir signos de esperanza. Hace pocos días, el 20
de junio, la ciudad de Rosario vivió un evento cargado de simbolismo:
miles de manos -todos estábamos representados en ellas- se unieron
para llevar nuestra bandera, cosida con el aporte de otras miles. Fue
un gesto esperanzador en medio de las angustias, la amargura y las
broncas que se respiran; un signo cargado de afectividad y dinamismo:
los argentinos podemos coser y llevar, no un emblema, sino la Nación
misma, apoyados en las mejores tradiciones de sobriedad, solidaridad y
generosidad que anidan en el corazón del pueblo.
No
era un signo sentimental y romántico. Allí estaban las manos de
jubilados que trabajaron mucho y ahora están vacías por las malas
políticas, las de los niños que se tienden para pedir una monedita en
lugar de poder tomar un lápiz y un juguete, las de trabajadores
desanimados y las de quienes no encuentran trabajo. No estaban, en
cambio, porque no se animan a tomar la bandera, las manos que siguen
dentro de la lata, enriqueciéndose en un país que se hunde en la
pobreza. Tampoco estaban las manos que se levantan con violencia,
cualquiera sea su signo, desoyendo el clamor de construir una patria
fraterna, ni las que cuentan en el exterior los billetes que sacaron
de aquí.
Las
manos de los dirigentes entremezclándose con las de todos los sectores
de la comunidad nos hablan de un compromiso irrecusable: unidad en la
tarea común de refundar la Nación desde la austeridad compartida, la
acción solidaria y un horizonte ético insoslayable.
La
exigencia del cambio es de todos, pero particularmente de los
responsables de la vida política, parlamentaria, administrativa y
judicial, de la seguridad y defensa, de las expresiones educativas y
religiosas. El cambio requiere, como punto de partida, que de verdad
nos duela ver qué hemos hecho con nuestra Patria, y abrir las puertas
al horizonte inmenso del bien común. Quien engendra, favorece o
explota la corrupción; quien, pudiendo hacer algo por evitar,
eliminar, o, al menos, limitar determinados males sociales, omite el
hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o
por indiferencia, por intereses egoístas o favoritismos políticos;
quien busca refugio en la presunta imposibilidad de cambiar el mundo;
y también quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio, es
responsable de que siga o se agrave el presente estado de cosas.
En
el Evangelio el cambio se llama “conversión”.
La
celebración de este 9 de julio tan particular, sin festejos, debe
alentarnos a no sucumbir ante los desafíos de la hora presente; a ser,
como argentinos, los principales protagonistas y artífices de la
reconstrucción del País, comprometiéndonos con esfuerzo y tesón a
superar la difícil situación. El momento presente nos pide recrear un
estilo de vida que muestre interés por los demás, pasando entre ellos,
como Jesús, “haciendo el bien”.
Hoy
intensificamos la Oración por la Patria. Jesucristo, Señor de
la Historia, puede otorgarnos las gracias que necesitamos para que
cada uno de los habitantes asuma con fortaleza y grandeza de espíritu
las responsabilidades que le competen en esta hora de la Patria.
Rogamos a la Santísima Virgen María nos acompañe con su materna
protección.
Mons. Luis Armando Collazuol, obispo auxiliar de Rosario |