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SAN CAYETANO


Homilía de Mons. Luis Armando Collazuol, obispo auxiliar de Rosario,
en la celebración de San Cayetano - 7 de agosto de 2002


¿Por qué el pueblo cristiano sigue recordando tanto a San Cayetano, si vivió hace ya cinco siglos, en la lejana Italia?

Cayetano tuvo en su juventud mucho de lo que el mundo tiene por glorias: nació en el seno de una ilustre familia de la nobleza; obtuvo el Doctorado en Derecho Canónico y Civil; fue nombrado Senador en Vicenza, su ciudad; trabajó en el Vaticano como secretario privado y estrecho colaborador del Papa Julio II; fue escritor de las cartas pontificias. Sin embargo, no es por nada de esto por lo que la memoria popular lo recuerda.

Cuando el joven Cayetano estaba en Roma colaborando con el Papa, asumió infatigablemente las obras de caridad en un barrio pobre, con otros laicos, principalmente dedicándose al servicio de los enfermos incurables. Tomaba fuerzas para ello en la oración intensa y la comunión frecuente, fuentes de santidad.

Ordenado sacerdote y de regreso en su tierra ejerció personalmente la caridad con los enfermos contagiosos. Su ejemplo cundió por la ciudad y muchos, nobles y vecinos de fortuna, lo imitaron como voluntarios en el hospital.

Más tarde, en Venecia, gastó gran parte de su fortuna en obras de misericordia y en la restauración de un hospital. Acostumbraba decir que “en la Iglesia rendimos a Dios el homenaje de la adoración, y en el hospital lo encontramos personalmente”.

Cierta vez Cayetano escribió en una carta familiar:

Dios “me hace ver más claro cada día que no se puede servir a dos señores, al mundo y a Cristo. Veo a Cristo pobre y a mí rico; a Él escarnecido y a mí agasajado; a Él sufriendo y a mí gozando. Me muero de ganas de caminar algunos pasos a su encuentro”.

Junto a tres compañeros fundó una congregación sacerdotal, los Teatinos, para vivir en común sirviendo a la Iglesia en cualquier necesidad. Entonces Cayetano renunció definitivamente a todos sus bienes en favor de los pobres. El grupo abrazó la pobreza entregándose sin reserva en manos de la divina Providencia. Su lema fueron las palabras de Jesús: “Busquen ante todo el Reino de Dios y su justicia; lo demás se les dará por añadidura”.

La última etapa de su vida Cayetano la vivió en Nápoles. Se dedicó a la instrucción religiosa, a la defensa de la fe, y al servicio de “Cristo, que sufre en los pobres”. Para liberar de la miseria a muchos marginados instituyó el “monte de piedad”, que era el banquito de los pobres de entonces. También abrió hospicios para ancianos y fundó hospitales.

Es por todo esto que el pueblo cristiano recuerda con tanta devoción a San Cayetano. Es su testimonio de caridad el que nos congrega hoy. Él es el Santo de la Providencia porque manifestó en su vida el amor de Dios en permanentes gestos de amor al prójimo. En la sociedad que le tocó vivir realizó cambios “de abajo hacia arriba”, y nos muestra que éste es el camino a seguir en nuestra época de crisis económica y política, pero sobre todo de decadencia moral.

Hoy son muchos los que buscan trabajo y no lo encuentran; los índices de desocupación, subocupación y precarización laboral conocidos recientemente son alarmantes; sobreabundan los enfermos que no tienen una atención adecuada, los ancianos desamparados, los que tienen hambre y no tienen qué comer.

Pero hay también otra realidad que no se muestra tanto y que es signo de esperanza y de vida. Son muchos los voluntarios que, con pocos recursos y con grande generosidad, comparten su tiempo y donan sus energías con amor para aliviar alguna situación de dolor. Crecen las redes solidarias y las organizaciones de servicio. También vemos la realidad de pobres que se organizan para su subsistencia mediante huertas familiares y comunitarias, micro-emprendimientos, trueque, proyectos cooperativos. Un anhelo profundo nos anima: ¡Que los esfuerzos solidarios y compartidos sean más, cada día más!

Argentina no va a resurgir por un “salvataje” foráneo, que difícilmente llegará, y si viene será imponiendo condiciones muy duras para digerir. Nada cambiará si seguimos obsesionados sólo por los aspectos financieros de la crisis descuidando la producción y el trabajo. Tampoco tendremos un Nación más justa y solidaria sólo por el cambio de sistemas, gobiernos o leyes. Ante todo son necesarios corazones nuevos, apasionados por el amor al prójimo, como el de Cayetano de Thiene. El amor solidario debe ser el alma de todas las reformas necesarias para hacer un país fraterno.

Cuando vemos que los cambios desde arriba no llegan, siempre podemos comenzar desde abajo. San Cayetano nos muestra la fuerza de transformación de la sociedad de una mentalidad nueva centrada en el amor. El testimonio de su vida nos dice:

* Cuando veas la injusticia, no te quedes con los brazos cruzados, no adoptes una pasividad inoperante. Responde a la brutalidad con una bondad avasalladora. El amor es el criterio de la “nueva justicia” cristiana.

* Cuando veas a tu hermano débil o enfermo, mira en él a Jesús que te llama. No temas contagiarte de la enfermedad de su cuerpo; teme más bien contagiarte del egoísmo que mata tu alma.

* Cuando seas rico en bienes que se corrompen, úsalos para adquirir los bienes eternos dándoles un destino solidario. Debes estar agradecido a Dios de no ser quien tiene que importunar la puerta de los demás, sino quien puede abrirla para ofrecer pan y trabajo.

* Cuando carezcas de bienes no digas: “No tengo nada para dar, soy pobre”, porque entonces sí te verías privado de todo bien, serías pobre en amor, pobre en humanidad, pobre en confianza en Dios, pobre en esperanza eterna. Tienes la riqueza de unas manos para ayudar y de un corazón para amar.

El mundo del poder y de las finanzas sigue ignorando al mundo real de los trabajadores y de los pobres. Los que piensan que el dinero produce dinero seguirán creando enormes poderes y prepotencia económica despótica, aún a nivel internacional. La acumulación de poder y de recursos sólo deja supervivientes a los más poderosos, que a menudo es lo mismo que decir los que menos cuidan su conciencia. Su resultado es el imperio del dinero sobre la dignidad de la persona; la economía se hace extremadamente dura, cruel, implacable; el Estado pierde prestigio y poder en la consecución del bien común y la justicia.

¿Hemos de decir que contra tanto poder nada podemos hacer?

Precisamente aquí es donde la lógica cristiana, la que testimonian los santos, la que contemplamos en San Cayetano, nos muestra un camino opuesto a la lógica de los poderes del mundo. Es el camino que pasa por el servicio, la primacía de la persona humana, el sentido de comunidad, la justicia social, la idoneidad, austeridad y honestidad de la autoridad pública. Este camino debe verificarse en la entera sociedad civil, que se organiza acomodándose a las exigencias del bien común, que reclama y construye. Es el camino de la caridad cristiana realizándose en lo cotidiano de la vida, edificando un nuevo estilo de convivencia, reconstruyendo los lazos sociales, generando esperanza.

Se trata, como nos pide el Papa Juan Pablo II, de “apostar por la caridad” en un amor concreto y activo hacia cada ser humano:

“El siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres” (NMI, 49).

“Es la hora de un nueva «imaginación de la caridad», que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno” (NMI, 50).

San Cayetano nos ha mostrado un estilo de vida que es posible y es necesario en nuestro tiempo: ser instrumentos de la Providencia de Dios. Su ejemplo nos invita a vivir la opción preferencial por los débiles, los pobres, los enfermos, con obras que siembren en el mundo la misericordia y la justicia. Este estilo de vida parte de la contemplación de Cristo, para imitarlo como discípulos y para saberlo descubrir en el rostro de aquéllos con los que él mismo ha querido identificarse.

La solidaridad es nuestro compromiso y nuestra colaboración para obtener de Dios lo que pedimos por intercesión de San Cayetano: que no falte el pan en la mesa de los pobres, ni el trabajo para conseguirlo, ni el amor para compartirlo.

San Cayetano alcance a todos los hogares la bendición del Padre Providente del Cielo.


Mons. Luis Armando Collazuol,
obispo auxiliar de Rosario



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