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TOMA DE POSESIÓN DE LA
DIÓCESIS DE CONCORDIA DE MONS. COLLAZUOL
Homilía de monseñor Luis Armando Collazuol, en la toma de posesión
canónica del oficio de obispo diocesano -
11 de octubre de 2004
¡Alabado sea
Jesucristo!
Queridos hermanos de la
Diócesis de Concordia:
Por los inescrutables
designios de Dios llego hoy a ustedes como obispo.
La Iglesia diocesana de
Concordia tiene su historia y sus tradiciones, su fe madurada a lo
largo de generaciones, sus afectos y proyectos, una fisonomía y un
estilo eclesial particular. Su vida late en parroquias, comunidades,
escuelas, congregaciones, asociaciones de vida apostólica,
movimientos, familias, ambientes. Esta vida cotidiana es el lugar
donde Dios va realizando históricamente su obra salvadora y donde pide
la colaboración del ministerio episcopal que Él mismo,
inmerecidamente, me ha otorgado.
Reconociendo la primacía de
la gracia en la vida cristiana y en el ministerio pastoral, ofrezco al
Señor y a la Diócesis mis pobres fuerzas y pido a la infinita
misericordia divina todos los dones para la obra a la que he sido
llamado.
Recuerdo agradecido a los
obispos anteriores. Pido al Señor recompense con el gozo de su Reino a
sus servidores Mons. Ricardo Rösch y Mons. Adolfo Gerstner, y a los
incontables sacerdotes, religiosos y laicos que con ellos trabajaron
asiduamente en la propagación del Evangelio. Agradezco a Mons. Héctor
Cardelli su presencia y ruego al Señor lo siga sosteniendo con su
gracia en el ministerio episcopal en la Diócesis de San Nicolás de los
Arroyos.
Bendigo al Señor por la
participación en esta celebración eucarística de las autoridades
locales y de poblaciones vecinas y de las comunidades de la Diócesis
de Concordia con sus pastores.
Pido hoy a Dios muy
especialmente por todos los llamados a trabajar en la Viña del Señor
en esta hora de la vida diocesana, ante todo por los presbíteros,
próvidos y necesarios colaboradores del orden episcopal, para que la
vida apostólica sea nuestro modelo de presbiterio.
Ruego por los laicos, cuya
vocación y misión es hoy particularmente necesaria para la edificación
de la comunidad cristiana y para contribuir desde dentro a la
santificación del mundo, para que sean fermento evangélico mediante la
fidelidad y la ternura en la familia, la competencia, el esfuerzo y la
honestidad en el trabajo, la tenacidad a la hora de servir al bien
común, la solidaridad en las relaciones sociales, la creatividad para
emprender obras útiles para la evangelización y para la promoción
humana.
Invoco al Señor sostenga con
su gracia el testimonio de los consagrados, cuya vida personal y
comunitaria debe siempre ser signo de los bienes celestiales presentes
ya en este tiempo, para que sigan enriqueciendo a la Iglesia
particular con la fecundidad de sus carismas.
Elevo también mi oración por
la perseverancia y santidad de los seminaristas y pido al Señor una
gracia particular: que muchas familias de esta Diócesis vivan el gozo
de ser bendecidas por el llamado de Dios a alguno de sus hijos e hijas
a la vida consagrada o al sacerdocio.
Hoy nos acompaña el Sr.
Nuncio Apostólico, Mons. Adriano Bernardini, en cuya persona nos
sentimos en comunión con el Romano Pontífice, Su Santidad Juan Pablo
II, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal.
También están presentes
algunos hermanos Obispos, expresando el carácter y afecto colegial del
ministerio episcopal que une al sucesor de Pedro y los sucesores de
los Apóstoles. Con gratitud saludamos la presencia de todos ellos y
comprometemos nuestra plegaria por los frutos de su ministerio.
Expreso mi reconocimiento particular a Mons. Eduardo Mirás, por quien
recibí el don sacramental del episcopado y con quien fui llamado a
colaborar en la Arquidiócesis de Rosario durante los últimos años.
A mis familiares que con
mucho cariño han venido para acompañarme en este nuevo comienzo, a los
hermanos sacerdotes, a los miembros de las comunidades y movimientos y
a los muchos amigos que desde Rosario y otros lugares han llegado hoy
hasta aquí, pido al Señor los bendiga con la abundancia de sus dones.
Comienzo a caminar entre
ustedes contemplando a Jesús, el Buen Pastor que da la vida por las
ovejas, el enviado del Padre a “llevar la Buena Noticia a los
pobres... y proclamar un año de gracia del Señor”, el que ha sido
consagrado para la misión por la unción del Espíritu Santo (cf. Lc
4,18-19).
El ministerio pastoral no
puede tener otro fin que el del Padre Dios en su plan de salvación; ni
otro modelo que Jesús en el camino de la Encarnación y el don de sí
mismo hasta el sacrificio pascual; ni otro vigor que la caridad que
viene del Espíritu Santo, que vivifica la Iglesia y sustenta la
debilidad humana.
El Padre envió a su Hijo al
mundo “para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por
el amor”, para “ser sus hijos adoptivos”, para “reunir todas las
cosas, las del cielo y las de la tierra, bajo un solo jefe, que es
Cristo”, “para alabanza de su gloria” (cf. Ef 1,3-14).
Para realizar el fin querido
por el Padre desde la eternidad, Jesús fue enviado como Profeta para
anunciar el Reinado de la misericordia de Dios, como Buen Pastor para
congregar y conducir el rebaño disperso por el pecado, como Sumo y
Eterno Sacerdote para santificar a los hombres. “En Él hemos sido
redimidos por su sangre y hemos recibido el perdón de los pecados,
según la riqueza de su gracia”, “en Él hemos sido constituidos
herederos” de Dios, “en Él... hemos sido marcados con un sello por el
Espíritu Santo prometido” (id.).
La caridad es el don del
Espíritu Santo para la imitación de Jesús Buen Pastor. La tarea del
obispo, su “oficio”, el alma de su apostolado, es la caridad
pastoral, es colaborar con
el don de Dios siguiendo, reviviendo y comunicando el amor pastoral de
Cristo.
Al llegar a ustedes como
obispo mi deseo profundo es poder ser fiel a este don, y pido al
Padre, con espíritu contrito y confiado en su misericordia, las
gracias necesarias para realizar según la mente y el corazón de su
Hijo el ministerio que me fue confiado.
La Diócesis ha ido
recorriendo un proceso de planificación diocesana con espíritu
misionero, tendiendo al desarrollo de las comunidades eclesiales,
procurando en su seno progresar en un itinerario catequístico
permanente que priorice a los adultos, acentuando la pastoral familiar
y viviendo la opción preferencial por los pobres.
Todo proyecto y programación
pastoral para realizar el fin salvífico querido por Dios tiene un
triple sustento: la santidad, la comunión y el ardor misionero. Hacia
ello debemos tender juntos.
La santidad
Nos decía el Papa Juan Pablo
II al finalizar el jubileo del año 2000 que “la perspectiva en la que
debe situarse el camino pastoral es la de la santidad” (NMI 30).
La santidad del hombre es el
deseo eterno del Padre Creador, es el fruto de la obra de Cristo
Redentor, es el don del Espíritu Santo Vivificador.
El don de Dios Trinidad se
debe plasmar a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vida
de todos los cristianos, de cualquier clase o condición.
Nada debe preocuparnos tanto
como la santidad, aspirando con fe viva, esperanza activa y espíritu
eclesial a la plenitud de la vida cristiana.
La santidad, que debe ser
vivida en lo cotidiano, nos hace tender a la perfección de la caridad
de Dios en nosotros, al amor generoso y desinteresado del prójimo, a
la semejanza de Jesús obediente al Padre y donándose totalmente por
los hombres.
Para ser fecunda en su
ejecución toda programación pastoral debe partir de la acogida del don
de la santidad y debe orientarse a ella como fin.
La contemplación constante
del rostro de Cristo por parte de todos los que estamos involucrados
en la pastoral cotidiana, la mirada fija en Jesús, único Maestro y
Salvador, nos permitirá caminar con empeño y perseverancia en el
esfuerzo común de santificación y en el testimonio evangelizador.
Dirijamos la mirada también
a la Santísima Madre de Jesús y Madre nuestra, María, en quien
resplandece de un modo inefable la santidad de Dios. Que su
contemplación despierte en nosotros el deseo humilde de la imitación.
La comunión
La comunión es también
perspectiva, sustento y alma de la pastoral diocesana. Ella nos
permite ser testigos del amor de Dios: el mandato de Jesús es que
seamos uno para que el mundo crea (cf. Jn 17,21).
Por ello la Pastoral, que es
el ejercicio de la misión evangelizadora de toda la Iglesia diocesana
y de todos en la Iglesia, debe ser acción orgánica y en comunión
jerárquica. La “diversidad de servicios en la unidad de la misión
constituye la riqueza y la belleza de la evangelización” (EN 66).
Nos dice el Papa Juan Pablo
II (cf. NMI 42-43) que si verdaderamente hemos contemplado el rostro
de Cristo, nuestra programación pastoral se inspirará en el
mandamiento nuevo del amor que él nos dio..Nos enseña que si en el
camino pastoral de la Iglesia para enfrentar los desafíos del nuevo
milenio faltara la caridad, todo sería inútil. Y nos propone el Papa
promover la espiritualidad de la comunión antes de programar
iniciativas pastorales concretas.
La unidad pastoral no es
accidental, ni es buscada primero en razón de la eficacia, sino que
deriva de la naturaleza misma de la Iglesia. La Iglesia es y actúa
como “Cuerpo”, y este Cuerpo es orgánico, no simplemente organizado y
articulado. La comunión exige la coordinación, pero desborda sus
horizontes, tiene su fuente y su modelo en la Santísima Trinidad.
Sintiendo que la Iglesia es
asunto de todos, busquemos siempre promover la espiritualidad de la
unidad: con el Papa y los pastores de la Iglesia, en particular los de
nuestras comunidades parroquiales, con los consagrados y entre las
diversas asociaciones eclesiales, y con todos los hermanos en la fe.
Procuremos ser fermento de diálogo con todos los hombres de buena
voluntad. Que nuestra Iglesia diocesana de Concordia siga manifestando
y realizando lo que su mismo nombre expresa: corazones que laten al
unísono.
La fuente y cumbre de la
comunión es la Eucaristía. Por ella nosotros permanecemos en Cristo y
Él en nosotros (cf. Jn 6,56).
Por una providencial
coincidencia comenzamos esta etapa de la vida diocesana en un tiempo
fuertemente eucarístico, en el marco de la celebraciones de dos
Congresos Eucarísticos, el Nacional, en Corrientes hace apenas un mes,
y el Internacional, que se está desarrollando en estos días en
Guadalajara, Méjico. Precisamente con este Congreso comienza el “Año
Eucarístico” proclamado para toda la Iglesia por el Papa Juan Pablo II,
y que culminará con la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos
sobre la Eucaristía, que se celebrará en el Vaticano en octubre del
año próximo.
Coincidiendo con el deseo
del Santo Padre anhelamos que la pastoral diocesana tenga una impronta
fuertemente eucarística; que el domingo, día del Señor, sea el centro
de nuestra vida eclesial; que la Eucaristía sea fuente y culmen de la
vida y misión de toda nuestra Iglesia.
El ardor misionero
Dios nos quiere, nos
necesita y nos hace santos para evangelizar. Cada comunidad eclesial
es misionera por naturaleza. “Evangelizar constituye la dicha y
vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (EN 14).
La dimensión misionera
propia de la comunidad cristiana proviene de la misma fe en Cristo,
cuya novedad y riqueza no se puede guardar para sí.
Reconocemos los desafíos de
nuestro tiempo a la acción evangelizadora: la crisis de la
civilización derivada de la ruptura entre el Evangelio y la cultura;
la búsqueda de Dios en una sociedad secularizada que concibe la vida
humana, personal y social, al margen de Dios; el escándalo de la
pobreza y la exclusión, que reclama una nueva imaginación de la
justicia y la caridad; la crisis del matrimonio y la familia y el
avance de modelos ideológicos que relativizan su concepto y su valor;
y la necesidad de mayor comunión en una sociedad dispersa y
fragmentada (cf. CEA, Navega mar adentro, cap. 2).
Recibimos los desafíos como
un llamado a ser valientes y fervorosos testigos de Jesucristo.
Nuestra vocación cristiana
nos pide que, iluminados por la doctrina social de la Iglesia, nos
comprometamos en la defensa del don sagrado de la vida, en la
salvaguardia de la dignidad de la persona humana, en la realización de
la libertad educativa, en la promoción del verdadero significado del
matrimonio y de la familia, en el ejercicio creativo de la caridad
para el desarrollo humano de los más necesitados, en la expansión de
la solidaridad en una población empobrecida, en la búsqueda de la paz
y de la justicia, en la evangelización de todos los ámbitos de la
vida.
Somos herederos de una
tradición de fe y, ante los desafíos de la hora presente, estamos
llamados a ser sus testigos para la esperanza de todos.
Cantando la alegría propia
de los santos, subimos hoy a la misma barca para remar juntos
respondiendo al envío de Jesús: “¡Navega mar adentro!”, y para echar
en su nombre las redes (cf. Lc 5,4-5).
A los 150 años de la
proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima
Virgen pidamos a María Inmaculada de la Concordia, a quien con
devoción honra la Diócesis, nos proteja con su manto de Madre. Que un
tierno y hondo amor a ella anide en el corazón de todos.
San Antonio de Padua,
Patrono de la Diócesis, interceda por nosotros.
Dios los bendiga.
Mons. Luis Armando Collazuol, obispo de Concordia |