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JUAN PABLO II - SU LEGADO MAGISTERIAL


Homilía de monseñor Luis Armando Collazuol, obispo de Concordia,
en la misa en sufragio de
l alma de Juan Pablo II
(Iglesia catedral
, 7 abril 2005)


Junto a la Iglesia Católica, al mundo cristiano y a la humanidad toda, recordamos hoy a Su Santidad el Papa Juan Pablo II, que ha partido de entre nosotros hacia la casa del Padre Celestial. Oramos y ofrecemos el Sacrificio Eucarístico en sufragio de su alma, pidiendo al Señor le conceda la recompensa prometida al “Servidor bueno y fiel”.

Recordamos a Juan Pablo II como el Papa de las puertas abiertas a Cristo, de la dignidad de la persona humana, de la paz, de los viajes para evangelizar hasta los confines del Mundo. Nos deja su testamento espiritual como el Pastor contemplativo, el Papa que es todo de la Virgen María, y mira el rostro de Cristo con los ojos y el corazón de su Madre. Es el Papa de los innumerables Santos, propuestos para mostrarnos el ideal de la santidad como posible para todos, y el Papa de los mártires, cuyo testimonio vivió en carne propia. Es el Papa de la juventud y de la familia, del valor de la niñez y de la ancianidad. Es el Papa del diálogo ecuménico e interreligioso, de la nueva evangelización y de la civilización del amor. Y, sobre todo, encontrando siempre su fuerza en Jesús, es el Papa de la Eucaristía.

Hoy queremos evocar de un modo particular su legado magisterial a través de los grandes momentos del mismo. Es una herencia no agotada, que debemos seguir recibiendo, viviendo y transmitiendo, y que permanecerá como horizonte de luz para la Iglesia y la humanidad.

Karol Wojtyla fue el maestro, el obrero, el filósofo, el sacerdote, el viajero, el deportista y el poeta: una personalidad que se forjó entre el teatro, la fábrica y el seminario clandestino.

Como Obispo, durante el Concilio Vaticano II su aporte fue amplio. Formó parte de tres comisiones: Sacramentos y Culto Divino, Clero, y Educación Católica, y participó en la redacción de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes.

Wojtyla es elegido Papa el 16 de octubre de 1978 y toma el nombre de su predecesor inmediato, Juan Pablo.

Desde el principio es el Papa que pide abrir las puertas a Cristo. En su primera Encíclica, Redemptor hominis, como en un programa de su pontificado, ya se manifiesta como el Papa que mira al Redentor y desde allí proclama la dignidad de la persona humana. Él, que vivió el drama de los atropellos al hombre por la guerra y la ausencia de libertades, a partir del comienzo de su ministerio como Pastor universal señala al hombre como el camino de la Iglesia.

A esta primera carta, que mira a Jesucristo como Redentor del hombre, agrega el Santo Padre otras dos, en los albores de su largo pontificado, anunciando a las Personas Divinas como fuente de la Vida del hombre y de la humanidad redimida, Dives in Misericordia, sobre el amor del Padre, recordando la enseñanza bíblica de que “Dios es rico en Misericordia”, y Dominum et Vivificantem, sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y del mundo. Las enseñanzas y los gestos del Santo Padre son siempre expresión de una intensa espiritualidad, de un alma orante unida a su fuente y meta trinitaria.

Elige como lema el mariano "Totus Tuus" y coloca una M de María en su escudo. Lo explica así: “durante la Segunda Guerra Mundial, trabajaba de obrero en una fábrica. En un primer momento me había parecido que debía alejarme un poco de la devoción mariana de la infancia, en beneficio de un cristianismo cristocéntrico. Gracias a san Luis Grignon de Montfort comprendí que la verdadera devoción a la Madre de Dios es, sin embargo, cristocéntrica, más aún, que está profundamente radicada en el Misterio trinitario de Dios, y en los misterios de la Encarnación y la Redención. Así pues, redescubrí con conocimiento de causa la nueva piedad mariana, y esta forma madura de devoción a la Madre de Dios me ha seguido a través de los años: sus frutos son la Redemptoris Mater [sobre la Madre del Redentor] y la Mulieris dignitatem [sobre la dignidad de la mujer]»”. La reciente Carta Apostólica sobre el Rosario de la Virgen María, Rosarium Virginis Maríae, es expresión de este delicado y tierno amor a la Virgen que siempre nos conduce a Cristo.

Junto a María los cristianos debemos ver a su esposo, José, el “varón justo”. En su Exhortación Redemptoris Custos, “Custodio del Redentor”, el Papa presenta a José como depositario del misterio de Dios, ejemplo de familia, de trabajo y del primado de la vida interior, y patrono de la Iglesia de nuestro tiempo.

El Papa, que comenzó su pontificado con las palabras “no tengan miedo”, procura ser plenamente fiel a tal exhortación, y está siempre dispuesto a servir al hombre, a las naciones, y a la humanidad entera en el espíritu de la verdad evangélica. Una y otra vez, el “¡no tengan miedo!” y el “¡abran las puertas a Cristo!”, serán su exhortación durante décadas. Desde su experiencia personal su voz se levantará una y otra vez por los derechos fundamentales, la vida, el diálogo, el respeto de las minorías, la libertad religiosa, el valor del trabajo.

Enriquecido por su experiencia como obrero habla al mundo con la Encíclica Laborem exercens sobre el trabajo humano, y con la Encíclica Sollicitudo rei socialis sobre el desarrollo. En la encíclica Centessimus annus desea “... ante todo satisfacer la deuda de gratitud que la Iglesia entera ha contraído con el gran Papa [León XIII] y con su inmortal documento [Rerum Novarum]”. “Es también mi deseo mostrar cómo la rica savia, que sube desde aquella raíz [la Doctrina Social de la Iglesia], no se ha agotado con el paso de los años, sino que, por el contrario, se ha hecho más fecunda”.

Frente a “un mundo en pedazos” el Papa invita a volver a las fuentes de la reconciliación, a Cristo, y llama a la Iglesia a ser en él el gran signo e instrumento de la unidad. En su Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia llama, además, a una pastoral eclesial de la penitencia y la reconciliación, y a los cristianos a la frecuente y digna celebración del sacramento del perdón.

Por su experiencia entre los jóvenes universitarios en la Polonia comunista, el Papa sabe de la importancia del apostolado de los laicos y por los laicos, de la evangelización en ambiente hostil, de la necesidad de grupos y movimientos fraternos en el mundo laico. Así se nota en su exhortación Christifideles laici y en el impulso que dará a los nuevos movimientos eclesiales, básicamente laicos. A la Acción Católica dijo recientemente: “ten el coraje del futuro”. Así hace de los laicos la punta de lanza de la Nueva Evangelización: “nueva en el ardor, en la expresión, en los métodos”, y de la misión, hacia afuera (los no cristianos) y hacia dentro (los cristianos alejados).

En 1985 se dirigió de un modo especial a los jóvenes del mundo en una carta apostólica con ocasión del año internacional de la juventud, llamándolos a seguir a Cristo en el proyecto de vida y la vocación cristiana. La familias cristianas encuentran la “carta magna” de su misión en el mundo actual según el designio de Dios en la invalorable Exhortación Apostólica Familiaris Consortio.

Los diversos estados de vida de especial consagración a Dios y a la misión también encuentran en su Magisterio claras orientaciones: la formación y el ministerio sacerdotal (Pastores dabo vobis), el ministerio episcopal (Pastores gregis), la vida consagrada (Vita consecrata).

En Catechesi Tradendae expone el papel de la catequesis para formar en la fe. Pero su preocupación pastoral no se dirige sólo al rebaño de fieles católicos. Otra de sus grandes sensibilidades es el diálogo interreligioso y el ecumenismo entre las iglesias cristianas, bajo la oración de Jesús: “¡Que todos sean uno para que el mundo crea!”. Con estas palabras de Jesús, Ut unum sint, inicia su Carta Encíclica sobre el compromiso ecuménico de la Iglesia Católica.

A la catequesis y el diálogo une su honda vocación por el anuncio del Evangelio a todos los pueblos y en todas las situaciones. Maestro y peregrino, escribía en la encíclica Redemptoris Missio “En nombre de toda la Iglesia, siento imperioso el deber de repetir este grito de san Pablo ("Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe: Y ¡ay de mi si no predicara el Evangelio!"). Desde el comienzo de mi pontificado he tomado la decisión de viajar hasta los últimos confines de la tierra para poner de manifiesto la solicitud misionera; y precisamente el contacto directo con los pueblos que desconocen a Cristo me ha convencido aún más de la urgencia de tal actividad”.

Como padre y maestro, Juan Pablo II ha denunciado muchas veces que el hombre ha “cambiado la verdad por la mentira”. En la Encíclica Veritatis splendor, el antiguo profesor de ética planta cara al relativismo proponiendo a Cristo como la respuesta a las dudas morales y a la totalidad del misterio humano, como ya había enseñado el Concilio: “Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado…” (GS 22). En otra Encíclica, Fides et Ratio, frente a la relativización y oscurecimiento del valor de la verdad, nos enseña que la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hasta la contemplación de la verdad. El Papa sigue siendo un gran referente moral para un mundo donde todo es opinable, abundan los intereses mezquinos y escasean las grandes figuras.

Su clamor en defensa de la vida y su afirmación del valor y el carácter inviolable de la vida humana han sido constantes, y alcanzan su cima en la Encíclica Evangelium vitae.

Juan Pablo II ha guiado a la Iglesia hacia el tercer milenio, del siglo XX al XXI, y en Tertio Millennio Adveniente nos invitó a preparar este paso con el gran Jubileo de los 2000 años de la Encarnación del Hijo de Dios. Es el paso de los años de la Guerra Mundial, el nazismo y el comunismo, a la post-postmodernidad y el consumismo, con los desafíos de un mundo secularizado, de la biotecnología, los cambios en la familia, las migraciones, la globalización, el capitalismo salvaje, la atroz expansión de la pobreza y la exclusión, el terrorismo y las guerras. El Tercer Milenio plantea innumerables retos a la evangelización.

En Novo Millennio Ineunte nos invita a enfrentar los desafíos a la evangelización del nuevo milenio con la mirada contemplativa en el rostro de Cristo, y a caminar desde él los senderos de la santidad, la oración, la Eucaristía dominical, la Reconciliación, la espiritualidad de comunión, apostando a la caridad en el vasto mundo de la pobreza, con nueva imaginación del servicio de la justicia, la solidaridad, la caridad.

En los últimos años su imagen característica ha sido la de profeta del sufrimiento, dando testimonio del poder evangelizador del dolor físico y moral. Ya en los comienzos de su pontificado había anunciado el sentido cristiano y el valor salvífico del sufrimiento humano: Salvifici doloris.

La Eucaristía, su gran amor y la fuente de su fuerza, ocupó intensamente los últimos tiempos de su pontificado. Es urgente su llamado a todos los cristianos a hacer de ella la fuente y cumbre de sus vidas: Dies Domini, sobre el Domingo, día del Señor, de la Iglesia y del hombre, el día de los días; su última Encíclica (¡su testamento espiritual, como Jesús en la Cena!): Ecclesia de Eucharistía, enseñándonos que la Iglesia vive de la Eucaristía, y Mane nobiscum Domine, invitando a la Iglesia a celebrar el “Año de la Eucaristía”, que sería el año de su partida al encuentro definitivo con Cristo.

El Magisterio de Juan Pablo II, apenas evocado aquí a través de algunos de sus hitos principales, ha dado sus frutos a lo largo de más de 26 años. Sólo Pío IX (31 años) y San Pedro (entre 34 y 37 años) trabajaron más tiempo en el ministerio encargado por Cristo a Simón, hijo de Jonás: “Apacienta mis corderos, mis ovejas”.

Recogiendo la antorcha que nos deja Juan Pablo II, oramos para que el Colegio de Cardenales reciba la luz del Espíritu Santo en la difícil tarea de elegir a quien debe sucederlo como Vicario de Cristo y Pastor universal de la Iglesia.


Mons. Luis Armando Collazuol, obispo de Concordia



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