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JESÚS ES EL SEÑOR


Mensaje de monseñor Luis Armando Collazuol, obispo de Concordia,
a los jóvenes en la solemnidad de Pentecostés 2005


Queridos jóvenes de la diócesis de Concordia:

En el presente año 2005 se celebrará la XX Jornada Mundial de la Juventud en la ciudad de Colonia, Alemania, la que será un gran momento de encuentro de los jóvenes con Jesús y entre sí, en comunión eclesial junto al nuevo Pontífice, el Papa Benedicto XVI. Los invito a que, en la celebración orante y festiva de la vigilia de Pentecostés, se sientan en comunión con los chicos y chicas del mundo que siguen a Cristo en la universalidad de la Iglesia. Los invito, sobre todo, a buscar a Jesús con la gracia que da el Espíritu Santo, y a seguirlo con generosidad. No se trata simplemente de “saber” acerca de Jesús. Presentimos que buscándolo encontraremos respuesta a las preguntas fundamentales de nuestra vida.

¿Quién es Jesús? La Palabra bíblica que escuchamos hoy, en Pentecostés, nos dice simplemente: “Jesús es el Señor” (1 Co 13,3).

Es la profesión de fe de los primeros cristianos, el primer “Credo”. Frente al peligro del sincretismo religioso en el mundo idolátrico de su tiempo, proclaman que no hay muchos dioses y señores, como para los paganos. No son los dioses de los pueblos, creados por el hombre a partir de los anhelos profundos de su alma humana, los que auxilian. No hay muchos caminos de salvación, siendo indiferente uno u otro. Sólo Jesús es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6)

Pero el apóstol Pablo agrega que “nadie puede decir «Jesús es el Señor» si no está impulsado por el Espíritu Santo”.

En la vigilia que hoy están celebrando han invocado con ardor al Espíritu Santo. Su don, su impulso, es suscitar la fe en Jesucristo.

Esta vigilia de oración es expresión de una auténtica búsqueda de Dios. Muchos de ustedes alimentan su fe en grupos bíblicos, de oración, y en diversos movimientos eclesiales. Jesús es la respuesta a sus inquietudes.

Hay otros “señores” que intentarán conquistarlos con seductoras propuestas, para una búsqueda de bienestar en el consumo, y de felicidad en el goce, aquí y ahora, intensamente, permaneciendo ajenos a la experiencia de Dios. El secularismo actual concibe la vida humana, personal y social, al margen de Dios. Pero nosotros confesamos “un solo Señor”; sólo en Jesús se nos revela el verdadero rostro del hombre, sólo en él encontramos la Vida en plenitud y un horizonte hacia el cual dirigirnos.

También podrán sentir que el “virus” de la indiferencia religiosa intenta contagiarlos. El hambre de Dios de nuestro pueblo se ve tentado por un “supermercado” de ofertas religiosas que proponen una fe individualista, carente de compromisos solidarios estables, proclamando una milagrosa intervención de lo alto que hace prosperar y sanar. Dijo Jesús: “Cuando venga el Espíritu de la Verdad, Él los introducirá en toda la verdad” (Jn 16,13).

¿Qué significa proclamar, impulsados por el Espíritu, que “Jesús es el Señor”?

Significa también para nosotros, como para los primeros cristianos, una profesión de fe en Jesús como principio y fundamento de un sólido proyecto de vida, personal y comunitario.

Significa acoger el don primordial del Espíritu Santo, la fe que engendra esperanza y se expresa en la caridad. “Para nosotros, no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien todo procede y a quien nosotros estamos destinados, y un solo Señor, Jesucristo, por quien todo existe y por quien nosotros existimos” (1 Co 8,6).

Creemos en el Hijo de Dios que se ha encarnado, ha dado su vida en sacrificio por nuestra salvación, y ha sido constituido Señor por su resurrección. Creemos en su victoria sobre el mal. Sabemos que quien lo reconoce, renuncia al pecado y a los engaños del mal, para no ser su esclavo y para vivir en la libertad de los hijos de Dios. Nos comprometemos, con la gracia del Espíritu Santo, a hacer de nuestra libertad un servicio a la construcción de la civilización del amor.

“Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz”.

Aunque las luces del mundo nos seduzcan, aspiramos a la verdadera luz, la luz divina, la que no encandila ni se apaga, e inunda de un suave e indescriptible gozo. Con ella contemplamos a Cristo y lo reconocemos como nuestro único Señor. ¡Ésta es nuestra fe, ésta es la fe de la Iglesia, la que nos gloriamos de profesar!

“No quiero servir a señor que se me pueda morir” decía San Francisco de Borja. Sólo Jesús merece nuestra entrega total.

Hoy, reunidos para celebrar en un nuevo Pentecostés, ustedes, los jóvenes, han invocado la fuerza del Espíritu Santo para ser “testigos de Cristo en la sociedad”. Hoy pueden también ustedes decir, con los primeros discípulos de Jesús: “¡Hemos encontrado al Mesías!” (Jn 1,41). Renovados por la fuerza del Espíritu Santo lleven a sus hermanos, a sus amigos, a sus ambientes, a la sociedad toda hacia el encuentro de Jesús.

La Virgen de Nazaret, como madre atenta y paciente, modelará en ustedes un corazón contemplativo y les enseñará a fijar la mirada en Jesús para que, en este mundo que pasa, sean profetas del mundo que no muere.

Con afecto les imparto una especial bendición para que los acompañe en el camino de cada día.


Mons. Luis A. Collazuol, obispo de Concordia
Concordia, 15 de mayo de 2005, solemnidad de Pentecostés



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