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“TEDÉUM” EN LA CATEDRAL DE CONCORDIA
Palabras de monseñor Luis Armando Collazuol, obispo de Concordia,
pronunciadas en el Tedéum de la Catedral de Concordia con motivo de un
nuevo aniversario de la
Gesta de Mayo (25 de mayo de 2005)
El 25 de mayo de 1810, con el relevo del virrey por parte de un grupo
de vecinos de Buenos Aires y su reemplazo por una Junta de gobierno
reconocida por el pueblo, se da uno de los pasos históricos más
importantes en la transición del sistema colonial a un régimen nuevo,
implícitamente comprometido con la independencia de estas tierras.
El Virreinato
colonial de 1810 era, obviamente, muy distinto al país de hoy. No
existían las comunicaciones, los caminos, la producción
industrializada, la organización institucional democrática, los
contactos con el exterior ni la actividad cultural de nuestros días, y
era muy difícil imaginar la globalización...
Pero en su
situación los próceres de mayo percibían un gran desafío, ser libres e
independientes; y frente a él un sueño latía en sus almas, ser
protagonistas y artífices del propio destino en la Nación que
vislumbraban.
La expresa
necesidad de la Junta de convocar a los representantes de las
restantes ciudades del virreinato para homologar lo decidido en Buenos
Aires traía en germen, además, la idea de federalismo y la noción de
integridad nacional.
Se sucedieron
numerosas y sangrientas luchas contra adversarios externos y entre
fracciones internas para que los sueños se fueran concretando, pero
fueron aquellos ideales iniciales los que mantuvieron vivo el esfuerzo
por construir la Nación.
Hoy otros desafíos
y otras urgencias nos reclaman, pero hay algo en común con la gesta de
mayo: también hoy queremos y necesitamos ser Nación. ¿Qué es lo que
nos atrevemos a soñar hoy como ideal, en la huella de nuestros
próceres? ¿Hacia dónde ir, por dónde ir?
Por mi parte quiero
sencillamente imaginar la posibilidad de una vida digna para todos y
cada uno de los habitantes de nuestra Patria, para todas y cada una de
las familias, de los sectores sociales, de los pueblos y ciudades, aún
de los más postergados; sueño que pueda ser realidad la participación
justa y equitativa de todos los argentinos, sin exclusiones ni
marginaciones, en los bienes de la cultura y de la educación, de la
alimentación y la salud, de la vivienda y el trabajo, de la seguridad
y la administración de la justicia.
Acercarnos a la
meta animados de esperanza requiere un camino de mucho esfuerzo
compartido. Pidamos fuerzas a Dios para que las dificultades nunca nos
desalienten.
Dice San Agustín:
“Camina a través del hombre y llegarás a Dios”.
Los hombres son “el
camino primero y fundamental de la Iglesia”, decía el Papa Juan Pablo
II (RH 14). Los cristianos sabemos que el camino hacia Dios pasa por
la vida en el mundo, bregando para que sea más conforme a la eminente
dignidad del hombre en todos sus aspectos, para hacerla cada vez más
humana. Ésta es la solicitud del mismo Cristo, el buen Pastor de todos
los hombres.
Los hombres son
también el camino de los pueblos. La grandeza de la Nación de la cual
se es hijo, y de toda la familia humana de la que se es miembro, pasa
ante todo por el hombre, por el logro de un humanismo integral y
solidario en todas las realizaciones políticas, económicas, educativas
y asistenciales, o, lo que es decir lo mismo, pasa por el bien común.
¡Ésta es la meta a
la que aspiramos y por la que deseamos trabajar como ciudadanos! Y la
justicia, la solidaridad y el servicio son el camino para alcanzarla.
Andar por el buen
camino quiere decir que todos, desde el lugar de cada uno, notorio o
ignorado, realicemos el esfuerzo de tutelar el campo intangible de los
derechos de cada uno y de todos los demás argentinos, y pongamos el
empeño de hacerles llevadero el cumplimiento de sus deberes, para que
la persona humana sea sujeto, fundamento y fin de la actividad social,
económica y política.
Dice Santo Tomás:
“Es mejor andar por el camino, aunque sea rengueando, que caminar
rápidamente fuera del camino. Porque el que va rengueando por el
camino, aunque adelante poco, se va acercando al término, pero el que
anda fuera del camino, cuanto más corre, tanto más se va alejando del
término”.
Las ideologías de
la eficacia económica y del consumismo apenas ven al hombre como
instrumento de producción e instrumento de consumo, es decir, como un
medio para el crecimiento económico, y no ven al hombre como autor,
centro y fin de toda la vida económica y social. El primado atribuido
al hacer y al tener más que al ser, es causa de graves formas de
alienación humana, y, además, deja muchos pobres. Cuanto más exitosas
parecen, las realizaciones puramente economicistas más se alejan del
hombre, porque el fin de la economía no está en la economía misma,
sino en su destinación humana y social.
Anhelamos una
Argentina para todos los que la habitan y por la dignidad de todos, y
nuestra decisión por alcanzarla no debe ser menor que la de los
protagonistas del primer 25 de mayo para lograr sus objetivos.
No dejemos de soñar
para nuestra Argentina las cosas sencillas y profundas de la vida
cotidiana, no dejemos de aportar la imaginación y el esfuerzo para
alcanzarlas, no dejemos de ver que el camino lo hacemos todos, entre
todos y para todos, y, aún en medio de las graves dificultades de la
hora presente irá emergiendo la Nación que queremos:
Soñemos una
Argentina para las familias, donde los niños tengan un hogar en el
cual compartir con mamá, papá y los hermanos, y donde sea promovido el
derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente afectivo y moral
favorable al desarrollo de la propia personalidad;
donde el pan para
la mesa se pueda alcanzar con el esfuerzo propio, preparar con
dedicación en familia y compartir con amor, sin la angustia de la
desocupación o la exclusión.
Vislumbremos una
Argentina por la vida,
donde los niños y
jóvenes tengan posibilidades equitativas de educación, y puedan mirar
al futuro con un proyecto de vida, siendo acompañados por padres,
maestros, comunicadores y referentes juveniles que sean testigos de
los más altos valores de la vida y la convivencia;
donde los ancianos
aporten su sabiduría, no terminen marginados por la falta de recursos,
espacio, afecto o tiempo para estar junto a ellos, y los servicios de
salud se les brinden con prontitud, sean solidarios y humanos, y no
sean fuente de angustia e incertidumbre;
donde sea honrado
como sagrado el derecho del hijo a crecer bajo el corazón de la madre
después de haber sido concebido, y donde el derecho a la vida sea
respetado hasta su conclusión natural.
Pensemos una
Argentina solidaria y justa
donde vivamos la
“amistad social” en la vecindad del barrio, del municipio, del lugar
de estudio y de trabajo, empezando por el respeto, los afectos, la
“gauchada” y la confianza mutua;
donde la palabra
dada sea sagrada y la honestidad sea la norma de las relaciones;
donde las leyes
sean vivamente respetadas como camino necesario de convivencia y de
crecimiento social;
donde, por tanto,
las leyes sean elaboradas, dictadas y promulgadas por quienes tienen
la noble misión de hacerlo, con sabiduría, desinterés, sentido de
justicia sobre todo para con los más débiles, y pasión por el bien
común;
donde la naturaleza
sea cuidada y respetada, sabiéndonos solidarios también con las
generaciones futuras.
El camino para
alcanzar la Argentina soñada lo debemos recorrer con el aporte de
todos, la sociedad civil organizada, y la dirigencia del Estado en sus
tres niveles de servicio a la comunidad, nacional, provincial y
municipal. Y lo debemos recorrer juntos, aún en la diversidad de
perspectivas, funciones y servicios, y en el necesario pluralismo de
opciones políticas.
La actitud de
“víctimas”, donde se atribuye lo que nos pasa siempre a la exclusiva
culpa o responsabilidad de los demás, paraliza la participación social
y nos deja decepcionados allí donde estamos. La actitud de
“protagonistas” nos permite caminar con realismo hacia la concreción
de los sueños, por muy utópicos que parezcan. Como dice el viejo
tango: “Uno… sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se
desangra por la fe que lo empecina”.
En este 25 de Mayo,
a solo cinco años del Bicentenario, unamos voluntades, despertemos
creatividades, trabajemos en comunidad por lo que el país reclama con
urgencia: restituir los auténticos valores que permitan una mejor
convivencia en auténtica democracia y en verdadera justicia.
En el día de la
Patria nos hemos unido para dar gracias a Dios por los dones
recibidos, para ofrecerle nuestros sueños y esperanzas, para pedir su
luz que nos permita realizar un sabio proyecto de Nación, y para pedir
que con su ayuda podamos concretarlo.
Quizás desde
distintas confesiones religiosas, juntos le decimos hoy a Dios: “Padre
Nuestro”, y, porque nos sentimos débiles y por ello necesitados de su
ayuda para construir la Patria fraterna, unidos le rogamos que nos
mire como a hijos queridos, que nos proteja y que siga bendiciendo a
nuestra Nación.
Mons. Luis Armando Collazuol,
obispo de Concordia
25 de mayo de 2005 |