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LA PAZ ESTÉ CON USTEDES
Mensaje
de Mons. José Vicente Conejero Gallego,
obispo de Formosa, para la Pascua de 2003
“Poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡la paz esté con ustedes!”
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado.
Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: “¡la paz esté con ustedes!”
(Juan,
20,20-21)
Hermanos y amigos formoseños:
En estos días
en que celebramos, con mayor intensidad, la Muerte y Resurrección de Jesús,
Misterio Pascual que ilumina y da sentido la historia de la humanidad; en
estos días, en que hemos orado fervientemente por la PAZ de Iraq y hemos
sufrido, expectantes e impotentes, la invasión, la destrucción y las
muertes de tantos hermanos y hermanas en las tierras oriundas de Abraham,
nuestro padre en la fe, recibiremos y daremos recíprocamente el saludo de
Cristo Resucitado : “La Paz esté con ustedes”. Deseo mejor y mensaje
más oportuno no podríamos sentir ni pronunciar.
Jesucristo, el
Señor, es “nuestra Paz” . Él derriba los muros de enemistad que nos separan
y dividen, tanto en nuestro interior, como en nuestras relaciones con los
demás. Él restablece la paz entre los pueblos y nos reconcilia con Dios,
haciendo de nosotros un solo Cuerpo por su entrega en la cruz (cf Ef. 2,
14-16). Escribe el Apóstol:
“Él
vino a proclamar la Buena Noticia de la paz, paz para ustedes, que estaban
lejos, paz para aquellos que estaban cerca. Porque por medio de Cristo,
todos sin distinción tenemos acceso al Padre, en un mismo Espíritu” (Ef.
2,17-18). ¡Qué generosidad la suya!, al aceptar con alegría ser enviado por
el Padre, asumiendo y amando nuestra naturaleza humana, sin límites, hasta
entregarse voluntariamente por toda la humanidad “restableciendo la paz
por la sangre de su cruz” (Col. 1,20).
Estamos
convencidos de que sólo este gran misterio de amor, puede transformarnos y
transformar la realidad compleja que vivimos. Contemplando y viviendo el
misterio de Cristo, encontraremos el fundamento y la razón que justifiquen
nuestro deseo ardiente de “ser hombres y mujeres nuevos”. Teniendo
los mismos sentimientos de Jesús y siguiendo sus huellas, nuestras
voluntades, tantas veces rebeldes, se irán volviendo dóciles al querer de
Dios; y, por la fuerza de su gracia, nos empeñaremos con toda diligencia a
renovar nuestras relaciones sociales, haciendo nuevas todas las cosas.
En realidad es El, solamente El -y nosotros simplemente le acompañamos
permaneciendo unidos a El-, quien hace “nuevas todas las cosas” (Ap.
21,5).
Los pueblos de
la tierra a lo largo de su historia, aún a pesar de sus equivocaciones y
fracasos, han anhelado la paz perpetua, han deseado caminar por las sendas
de la verdad y la justicia y han querido tener a Dios como juez de las
naciones. El arbitrio de los hombres, especialmente de los que se sienten
poderosos, es tan frecuentemente, parcial, interesado y mezquino. Muchos
pueblos han soñado caminar a la luz del Señor, forjar en arados sus espadas,
en podaderas sus lanzas, prometiendo no levantarse más contra ninguna nación
ni adiestrarse más para la guerra (cf. Is 2, 4-5). En estos días hemos
podido presenciar, y también participar, de las numerosas y constantes
manifestaciones multitudinarias en favor de la paz, realizadas por todo el
mundo. También desde nuestra humilde Formosa, se ha elevado este clamor a
los cielos por la paz entre los hombres. Qué lejos estamos aún de que
nuestros gobiernos, muchos de ellos elegidos democráticamente, destinen para
la vida, la educación y el progreso que exigen la dignidad humana, las sumas
más importantes de los presupuestos estatales y, sin miedos ni temores,
reduzcan esas ingentes sumas que se malgastan en sofisticados armamentos de
muerte que incluso llegan a justificar por razones de “equilibrio y
seguridad”. El desafío de la pobreza y de la indigencia, que van en aumento
cada día, reclaman, por parte de todos, el esfuerzo y los recursos
necesarios.
Al celebrar
una vez más la Pascua, triunfo definitivo de Cristo Resucitado sobre la
muerte y el pecado de los hombres, a pesar de este contexto tan desolador y
trágico que vivimos, nos llenamos de esperanza y de alegría. Con CRISTO
VIVO Y RESUCITADO la salvación ha llegado a nosotros y, quienes creemos
en El, hemos de hacerla presente en todas las realidades de la vida.
Creemos y esperamos que llegará un día en que el cielo y la tierra serán
nuevos y que “Jesucristo, el Testigo fiel, el Primero que
resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra, el que nos
amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su sangre... dirá
desde el trono: “Esta es la morada de Dios entre los hombres: él habitará
con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos. El
secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni
dolor, porque todo lo de antes pasó” (Ap 1,5; 21,3-4).
Pero hasta que
lleguemos a ese “día pleno”, que desde ya anhelamos, somos peregrinos y nos
encontrarnos en el fragor del combate de la vida. Y ¡cuántos son, aún, los
desafíos que hemos de afrontar! En orden a la conversión personal, progresar
en el camino de la perfección y seguimiento de Cristo; a nivel de nuestras
comunidades cristianas, ser más fieles al Evangelio y al Magisterio de la
Iglesia; y, en cuanto a la conversión social, cambios profundos para
instaurar el Reino de Dios en nuestra sociedad y en el mundo. Precisamente,
el Segundo Domingo de Pascua, “Domingo de la Divina Misericordia”, 27 de
Abril, los argentinos realizaremos nuestras elecciones presidenciales. A
pesar del desencanto generalizado que se manifiesta en la mayoría del pueblo
hacia los políticos y gobernantes que progresivamente han ido perdiendo
credibilidad, hemos de cumplir con nuestra responsabilidad de ciudadanos. En
el pasado mes de marzo, la Conferencia Episcopal Argentina, a través de su
Comisión Permanente, nos exhortaba a todos :
“Por débil
que sea nuestra democracia, por inútiles que a algunos pudieran parecerles
estas elecciones, conviene sin embargo que éstas se realicen de la mejor
manera posible. Si bien no se puede depositar una confianza excesiva en
ellas, pueden ser un instrumento para seguir cultivando la esperanza de que
somos capaces de construir una Argentina más allá de la magia y del
desánimo.
Quienes
acudamos a las urnas el 27 de abril hemos de aspirar a ser ciudadanos
responsables de cumplir los propios deberes antes de reclamar los propios
derechos. Respetuosos del vecino, capaces de realizar bien el propio
trabajo, contribuyentes honestos de tributos y servicios, exigentes de la
buena administración de los mismos, incapaces de doblegarnos ante las
dádivas partidarias, incrédulos ante las vanas promesas de los políticos,
críticos de nosotros mismos y de las autoridades que elijamos.
Debemos ser
ciudadanos que nos rebelemos ante la mentalidad mágica que ha
paralizado por decenios
al pueblo argentino, y nos resistamos a caer bajo la tentación del
desánimo.(“Recrear
la voluntad de ser Nación”
nn. 6 y 8).
Estos criterios nos ayudarán a realizar mejor nuestro compromiso político
en favor de nuestro país.
Al dar y al recibir el saludo de la PAZ de Cristo, en este tiempo pascual,
imitemos la actitud del Resucitado que “mostraba a sus discípulos
sus manos y su
costado”.
Manos taladradas y corazón abierto por la lanza, pruebas de su amor y de su
entrega a los hombres. Nuestro corazón y nuestras manos estén llenos de
deseos, de gestos y de acciones concretas de solidaridad en favor de los
pobres. Así como Cristo fue enviado por el Padre trayendo la paz a los
hombres, también, Él ahora nos envía a nosotros a llevar la Paz, fruto del
Espíritu Santo, a nuestros hermanos. Por tanto,
“busquemos
la paz con todos y la santificación, porque sin ella nadie verá al Señor”
(Hb 12,14). La alegría nos inunde a nosotros como a los discípulos cuando
vieron al Señor.
En compañía de María, Madre de Jesús y Madre nuestra, en el Año del Santo
Rosario:
¡FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN!
Mons. José Vicente Conejero Gallego,
obispo de
Formosa
Formosa, 20 de abril de 2003 - PASCUA DE RESURRECCIÓN |