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hay millones de argentinos
que sufren en silencio la pobreza
Homilía del arzobispo de
San Juan, Mons. Alfonso Delgado, en el Tedéum celebrado en el templo
parroquial de Nuestra Señora del Rosario, del Departamento de Nueve de
Julio, el 9 de julio de 2001.
Queridos hermanos, queridas
hermanas, estimadas autoridades:
1.
Al comenzar esta reflexión, permítanme ustedes relatar un sencillo
recuerdo de la Provincia de Misiones, que en el siglo pasado recibió
fuertes corrientes migratorias de países de Europa Central. En la ciudad
de Apóstoles se celebraba la fiesta de la Independencia de Ucrania. Con
curiosidad, me permití preguntar cuándo había ocurrido. "Fue hace
poco, en el año 1991, cuando Ucrania pudo independizarse de la Unión
Soviética". Parece sorprendente que un país de cultura milenaria
como Ucrania recién estrenara su independencia. Me sirvió para dar
gracias a Dios por nuestra independencia argentina, en 1816.
Hoy acudimos a este
sencillo templo parroquial del Departamento de Nueve de Julio para
agradecer al Señor por 185 años de independencia, hasta ahora no
truncada por fuerzas externas, pero sí puesta en peligro por nuestros
desencuentros y errores, por nuestras omisiones y por algunas cosas más.
2.
En 1816, la Declaración de la Independencia no fue fácil: había
temores, zozobras y dudas acerca de lo que podría llegar a ocurrir. Al
mismo tiempo, San Martín la necesitaba para poder cruzar los Andes.
Tampoco fue fácil después, porque hubo que conquistar con los hechos lo
que se había declarado solemnemente.
Tampoco ahora es fácil
continuar la conquista de la independencia de todo aquello que amenaza
socavar la integridad de nuestra Patria como nación libre, soberana y
empeñosa en el bien de sus hijos, en la que da gusto y alegría vivir y
crecer.
3.
Por eso acudimos a Dios con la oración que en este tiempo brota con
fuerza del corazón de los cristianos y argentinos: "Jesucristo,
Señor de la historia, te necesitamos".
Necesitamos de la luz y la
fuerza que viene de Dios. Por eso abrimos el entendimiento a la Palabra de
Jesús: "El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y
el que quiera ser el primero que se haga su servidor: como el Hijo del
hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar la vida en
rescate por una multitud". Jesucristo no tiene reparos en hacer de su
vida un servicio de amor, en lavar los pies, en dar la vida entera.
Su ejemplo nos hace
comprender que la autoridad es "servicio" hacia todos. Una vez
más necesitamos "aprender a servir", en vez sucumbir a la
tentación de "servirnos" de los demás. El "poder" de
la autoridad es "poder servir"; es servicio al bien de toda la
sociedad. Es una sociedad que tiene rostros concretos de hombres y
mujeres, de ancianos y niños, rostros de hermanos nuestros con nombres y
apellidos.
4.
Somos conscientes de que atravesamos una época muy difícil. Algunos
llegan a pensar que será necesario caer totalmente en el fondo del abismo
social para poder reaccionar y comenzar un largo camino de recomposición
nacional, difícil y doloroso. Sabemos que existen otras posibilidades:
aprender a servir; convertir la vida, el trabajo y la autoridad en
servicio, pero de verdad.
Hemos dilapidado
alegremente hasta el fruto del trabajo de nuestros bisnietos, en una
especie de carnaval de desorden, de insensatez y de corrupción. A estas
alturas, nadie se anima a prestar un peso al estado nacional o a los
estados provinciales o municipales. Ya nadie nos da "ni la
hora".
Hemos mentido mucho y,
encima, nos hemos creído las propias mentiras, a sabiendas de que sólo
eran mentiras.
Hemos desacreditado la
Política (la "Política" con mayúsculas), forma eminente de
caridad social, es decir, de amor solidario y eficaz hacia todos y cada
uno de los miembros y de los ámbitos de la sociedad. La expresión
"dirigencia política" ya suena casi a insulto o a burla en el
imaginario popular.
Hemos llegado a crear una
cultura de evasión de las responsabilidades y obligaciones; de quitarle
el hombro a los problemas; de "patearlos" hacia delante para que
los resuelva el que venga detrás; de no llegar al fondo de las cosas; de
poner simples "parches" a los problemas o, quizá, a
"atarlos con alambre". Eso sí, la culpa siempre es de
"otros".
Hemos aceptado la
corrupción como una hermana más en la familia, una corrupción que viene
de arriba, de abajo, y del medio. Junto al título de campeones juveniles
de fútbol, ostentamos el triste título de casi campeones mundiales de
corrupción, de la cual todos participamos de algún modo, aunque sea
desde "la tribuna".
Hemos olvidado que la
palabra empeñada es para cumplirla, como lo fue la palabra
"independencia" pronunciada un 9 de julio en Tucumán.
Hemos olvidado fomentar el
trabajo honesto de los argentinos, para que cada padre o madre de familia
pueda llevar honradamente el pan a la mesa; hemos descuidado la educación
porque desde allí no salen muchos votos; hemos desatendido la salud de
los más débiles; hemos manoseado las fuerzas policiales y de seguridad y
hemos entorpecido la independencia de la justicia; hemos alentado y
protegido a los poderosos, y nos hemos despreocupado de la pequeña
empresa levantada con tanto esfuerzo. Así podríamos continuar un buen
rato.
5.
Esta situación, en la que nos encontramos como sumergidos, requiere de
una profunda conversión personal, institucional, social, y política.
Necesitamos, en primer lugar, volver a "aprender a servir", con
alegría, con desinterés y entusiasmo, con sinceridad y lealtad, con
verdad. También tenemos que aprender a servir "con manos
limpias".
(Hace un tiempo encontré a
un hombre desocupado acompañado de su hijo, que no podía ir a la escuela
por falta de recursos. Entre los dos llevaban una bolsa de tierra con
abono para vender de casa en casa, como una "changa" para
subsistir sin bajar los brazos. Al despedirnos le estreché la mano. Antes
de hacerlo, titubeó: "Están sucias de tierra", exclamó. Con
un poco de emoción, atiné a decirle: "El trabajo no ensucia las
manos: las purifica. Lo que ensucia las manos es la corrupción, la
mentira, la deshonestidad".)
6.
Si los motivos de desánimo son grandes, también son fuertes los signos
reales de esperanza que encontramos en nuestro caminar de todos los días.
Son gritos silenciosos, pero fecundos, capaces de enderezar el ánimo de
los espíritus sensibles al bien y a la solidaridad.
Hay millones de argentinos,
hombres y mujeres que trabajan en medio de muchas dificultades.
Hay millones de jóvenes y
no tan jóvenes que estudian en serio, preparándose para ser útiles el
día de mañana.
Hay millones de argentinos
que sufren en silencio la pobreza y las consecuencias de tanto desorden y
desconcierto, y lo hacen sin cortar rutas ni destrozar el patrimonio de
todos.
Hay dirigentes de
instituciones públicas y privadas que esperan ser partícipes de una
revolución de honestidad, de servicio y de esperanza.
Hay talentos humanos y
espirituales capaces de revertir un derrotero de mediocridad y de
"cuesta abajo".
Hay muchos argentinos que
abren cada día impensados caminos de solidaridad y de servicio hacia los
hermanos más débiles y más sufrientes.
Hay millones de ciudadanos
que se sentirían alentados por la esperada ejemplaridad de sus
representantes, que han sido elegidos con su voto y a los que se paga el
sueldo con el trabajo y el sudor de todo el pueblo. Vale la pena apostar a
estas esperanzas.
7.
Mientras nos disponemos a rezar juntos la "Oración por la
Patria", a la que nos invita la Iglesia Católica en la Argentina,
abrimos el espíritu a la bendición del Altísimo.
Pedimos a Dios que bendiga
nuestra mente, para poder conocer el bien y pensar en el modo de
compartirlo con nuestros hermanos.
Le pedimos que bendiga
nuestras manos, para trabajar y servir con alegría y solidaridad.
Le pedimos que bendiga
nuestros corazones, para hacernos capaces de querer a nuestra Patria, a
sus inmensas posibilidades y, sobre todo, a nuestros hermanos que
trabajan, sufren y se alegran como nosotros. Que así sea.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº
2328, del 1 de agosto de 2001
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