Queridos hermanos en la fe de Nuestro Señor Jesucristo:
Hace
pocos días ha concluido en Roma la visita del segundo grupo de Obispos
argentinos al Papa Juan Pablo II, de la cual he participado como Pastor de
la Iglesia en San Juan. Han sido días de oración y de trabajo junto al
Papa Juan Pablo II, Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, Cabeza del Colegio
de los Apóstoles, y a los organismos de la Santa Sede que ayudan al Papa
en el gobierno universal de la Iglesia.
He
podido transmitir al Santo Padre la fe y el deseo de fidelidad a
Jesucristo de los buenos cristianos de San Juan, de tantos hombres y
mujeres de toda edad y condición que intentan reflejar en sus vidas el
Evangelio de Jesús. Le he hablado de nuestras familias y de nuestros
jóvenes, de nuestros sacerdotes y diáconos, de los religiosos y
religiosas y de nuestros queridos seminaristas. También le he transmitido
la oración y el sacrificio de tantos hermanos nuestros que ofrecen a Dios
sus dolores físicos o morales, la falta de trabajo y la pobreza, muy
unidos a la Cruz redentora del Señor. A todos les hace llegar su más
afectuosa bendición.
Juan
Pablo II tiene 81 años. En su cuerpo se notan años de trabajo generoso y
la huella del atentado del 13 de mayo de 1981. A quienes hemos compartido
con el Papa momentos entrañables de oración y de diálogo en las
entrevistas personales y colectivas, en la celebración de la Eucaristía
o en la mesa del almuerzo, nos ha conmovido su entrega sencilla y generosa
hacia todo lo que signifique el bien de la Iglesia y el bien de los
cristianos, o aquello que pueda ayudar al bien de todos los hombres y
mujeres de buena voluntad de cualquier credo o lugar de la tierra.
A
los Obispos nos ha emocionado el ejemplo de su oración constante y la
alegría de su servicio. Nos ha preguntado por personas e instituciones y
por la situación del país, y nos ha señalado claras y ricas
orientaciones pastorales. Hemos palpado el afecto y el dolor que siente
por el pueblo argentino en estos momentos dramáticos de su historia, que
también pueden ser muy fecundos. En sus ojos y en sus palabras estaba el
interrogante de cómo es posible que en Argentina no haya más hombres y
mujeres, ciudadanos capaces y honestos, generosos y solidarios, que puedan
participar más en las responsabilidades cívicas y sociales del país.
Recuerdo
cómo el Papa se llevó las manos a la cabeza –casi con horror– cuando
alguien le explicó la triste frase del "¿Yo?, argentino"
que con un encogimiento de hombros expresa el individualismo egoísta y
estéril de muchos. Juan Pablo II señaló con claridad que sólo una
nueva propuesta de los valores morales fundamentales, como la honestidad,
la austeridad, la responsabilidad por el bien común, la solidaridad, el
espíritu de sacrificio y la cultura del trabajo, puede asegurar un
desarrollo integral para todos los argentinos, en una tierra que la
Providencia ha creado fértil y fecunda.
Juan
Pablo II nos insistió en el valor de la familia, donde el amor humano
fiel y verdadero expresa gozosamente el amor de Dios a sus hijos. Nos
habló del sacerdocio en la Iglesia y de las vocaciones, del maravilloso
encuentro con Jesús que es la celebración de la Eucaristía cada
domingo, Día del Señor. A los obispos nos alentó a dar claro testimonio
de fe y del amor del Buen Pastor hacia todos sus hermanos.
Las
intensas reuniones de trabajo con los diversos organismos de la Santa Sede
nos dieron una visión más universal de la misión evangelizadora de la
Iglesia en los cinco continentes. Me da mucha alegría comentarles que, en
estos días, dos sacerdotes sanjuaninos partirán para ayudar a la Iglesia
en La Pampa, y que otro sacerdote más se encuentra trabajando desde hace
unos años en tierras africanas, en Benin.
En
esas semanas hemos recibido innumerables expresiones de afecto y de dolor
por lo que pasa en Argentina. Para muchos, se trataba de algo difícil de
creer. Nos acompañan con su aliento sincero para sacar adelante nuestro
país, con sus oraciones, y con aportes generosos para Caritas Argentina,
comenzando por el mismo Juan Pablo II.
Estamos
muy cerca de la Semana Santa. Es tiempo de oración, de penitencia y de
sacrificio por nuestros errores personales y colectivos, para abrirnos
así a la misericordia de Dios. Como el abono que se entierra y mejora los
nuevos frutos, así sea nuestro deseo de conversión del corazón y de
cambio de actitudes. Vale la pena querer vivir como hijos de Dios, en
nuestros hogares, en nuestras comunidades cristianas, y en la gran familia
argentina, que tanto necesita de sus buenos hijos. Que Dios los bendiga.
San Juan, 14 de marzo de 2002.
Mons.
Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan