|
A LOS MIEMBROS DE LA ACCIÓN CATÓLICA
Carta pastoral del arzobispo de San
Juan - 21 de setiembre de 2002
Queridos miembros de la Acción Católica Argentina
de la Arquidiócesis de San Juan:
1.
Hace un mes, la Acción Católica Argentina ha celebrado gozosamente su
Asamblea Federal. En estos días, en la Iglesia Arquidiocesana de San Juan
nos encontramos ante un acontecimiento similar. Poco después tendrán lugar
las Asambleas en el ámbito de cada Parroquia. “Iglesia” significa
“asamblea”, “convocación”. Celebrar una asamblea es vivir una
experiencia de Iglesia rica y profunda. Se trata de un momento de
participación y comunión, de conversión y de renovación personal e
institucional: un “tiempo de gracia” que debemos saber aprovechar.
Por eso, con gran afecto dirijo esta carta a todos los miembros,
dirigentes y asesores de la Acción Católica Argentina en San Juan,
subrayando algunos puntos de especial importancia para ser meditados y
considerados, invitándoles a contemplar al único “Señor de la historia”,
aquel que debe guiar nuestros pasos y nuestras vidas.
2.
La vocación cristiana, que tiene su origen en el amor de Dios y brota en
el Bautismo, es vocación a la santidad y al apostolado. La Acción
Católica es una expresión fuerte del apostolado de los fieles cristianos
laicos, con el anhelo de impregnar del espíritu de Cristo los
diversos ámbitos y sectores de la sociedad, acercando a Dios y a nuestras
comunidades cristianas a tantos hombres y mujeres que buscan –aunque sea
“a tientas” y quizá sin saberlo– al único Salvador. Todo empeño apostólico
auténtico es expresión de la santidad de vida, que es seguimiento cercano
y gozoso de Jesucristo. En cada cristiano y, especialmente, en cada
miembro de la Acción Católica, se tendría que “leer” la vida de
Jesús. Pablo VI, el Papa del Concilio Vaticano II, alentaba a la Acción
Católica a ser “escuela de santidad”.
3.
Si abrimos los ojos a nuestro alrededor, en nuestra provincia de San Juan
encontramos un panorama de más de 600.000 hombres y mujeres, de jóvenes,
niños y adultos a los que –unidos a los demás cristianos y a las demás
instituciones eclesiales– podemos ayudar a encontrar o a fortalecer su fe
y su dignidad de hijos de Dios. Él quiere para todos un destino eterno de
felicidad. Esa es nuestra misión como miembros de la Iglesia. El doloroso
tiempo que vivimos no admite más distracciones o un triste mirar “hacia
otro lado”. Hay –además– todo un tejido social que debemos ayudar a
reconstruir con las valiosas herramientas de ciudadanos cristianos,
solidarios y honestos, llenos de fe y plenamente comprometidos con la
Buena Noticia de salvación.
4.
Como Obispo de la Iglesia en San Juan deseo alentarlos –en nombre del
Señor– a fortalecer el sentido eclesial de la vocación cristiana de los
miembros de nuestra querida Acción Católica. Aunque conocida por todos,
quisiera recordar la señal distintiva de los discípulos de Jesús: “En
esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se
tengan los unos a los otros” (Juan 13,35). En el comienzo del Tercer
Milenio, nuestro querido y valiente Juan Pablo II ha vuelto a proclamar
que la comunión eclesial manifiesta la esencia misma del misterio
de la Iglesia: es la manifestación de amor del Padre eterno que se derrama
en nosotros por el Espíritu que nos da Jesús (cf. Romanos 5,5), haciendo
de los cristianos “un solo corazón y una sola alma” (Hechos 4,32).
El Papa señala con precisión que el gran desafío del nuevo milenio que
comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder a las
profundas esperanzas del mundo, es hacer de la Iglesia “la casa y la
escuela de comunión” (cf. Novo Millenio Ineunte, 42-43).
También nuestro desafío es hacer de la Iglesia y de la Acción Católica
en San Juan “la casa y escuela de comunión”.
5.
Jesús ha enseñado con claridad que no hay caridad si no va acompañada del
servicio generoso y desinteresado. Les propongo que mediten con frecuencia
el relato del lavatorio de los pies de Jesús a sus discípulos al comenzar
la última cena (Juan 13,1-17), o la parábola del Buen Samaritano (Lucas
10,29-37). Quien nos enseña con el ejemplo es el mismo Jesucristo, Dios
hecho hombre, que también lo hace de viva voz: “Estoy entre ustedes
como el que sirve” (Lucas 22,27). En el corazón de un cristiano no
pueden quedar dudas acerca de la estrecha relación entre la fe, el
servicio y la santidad. El lema escogido para la Asamblea expresa muy bien
el sentir de todos: ésta es la verdadera “mística” de la Acción
Católica, institución tan querida por la Iglesia y por sus Obispos. En la
permanente actitud de servicio hacia nuestros hermanos se expresa nuestra
dignidad de hijos de Dios.
Juan Pablo II también nos abre los ojos
frente al inmenso panorama de las necesidades de los hombres y de las
“antiguas” y “nuevas” pobrezas del mundo, a través de las cuales el
cristiano debe actualizar su fe en Cristo e interpretar el llamamiento que
Él nos hace desde esa misma pobreza. El Papa nos pide “una nueva
imaginación de la caridad”, porque la caridad de las “obras”
corrobora la caridad de las “palabras” (cf. Novo Millenio Ineunte,
50). Esta realidad abre a la Acción Católica un horizonte de dimensiones
insospechadas que no podemos eludir.
6.
Evidentemente, estas actitudes del cristiano sólo son posibles cuando
existe una cercanía vital y profunda con la persona de Jesús. Con un
ejemplo que en tierras cuyanas entendemos bien, Jesús nos enseña que Él
es la verdadera vid y nosotros los sarmientos, y que para dar frutos a
los ojos de Dios es necesario estar unidos a Él como el sarmiento está
unido a la planta de la vid (cf. Juan 15,1-11), de modo que la savia
de su gracia impregne todo nuestro ser, nuestro servicio apostólico y
nuestra obediencia. ¿No será que algunas inoperancias apostólicas o
algunos posibles conflictos reflejan la triste consecuencia de una vida
espiritual débil o actitudes desgajadas de la fuente de la gracia? Se
puede afirmar que un verdadero discípulo de Jesucristo es un hombre o una
mujer con una fuerte vida de oración y un amor grande y frecuente a la
Eucaristía, con singular aprecio por el sacramento del perdón de Dios y
una sentida devoción a María Santísima. Este es otro rasgo distintivo de
la Acción Católica, que debemos acrecentar como garantía de la acción
apostólica.
7.
Nuestra Asamblea Arquidiocesana y las Asambleas Parroquiales serán ocasión
de poner plenamente en práctica el Estatuto de la Acción Católica aprobado
oportunamente por los Obispos de la Iglesia en Argentina. Será ocasión de
renovar los cargos de conducción, donde no hay lugar para “espacios de
poder” sino sólo “espacios de servicio”, que requieren
sacrificio y generosidad cimentados en una gran fortaleza espiritual y en
un hondo sentido de comunión eclesial. Viene a mi mente otra enseñanza de
Jesús: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último y el
servidor de todos” (Marcos 9,35). Otro proceder no sería propio de la
Iglesia de Jesucristo ni de la Acción Católica. Por lo tanto, es la hora
de participar con responsabilidad y alegría, desterrando cualquier
acepción de personas y eligiendo en conciencia a aquellos que estimamos
como más aptos para ese servicio.
8.
También será necesario aprender a “trabajar en equipo” y fortalecer
el diálogo institucional y personal. Asimismo, tendremos que saber emplear
mejor el tiempo disponible con estructuras más ágiles y reuniones de
trabajo más breves y fecundas, sabiendo compaginar las responsabilidades
directivas, el trabajo profesional o el estudio, y la familia. Si estamos
al servicio de los demás miembros de la Acción Católica y de la amplísima
misión apostólica, las mejores energías serán empleadas en estos
objetivos. Estoy seguro, también, que las responsabilidades diocesanas no
separarán a sus dirigentes de los ámbitos parroquiales de la Acción
Católica donde han crecido y madurado en la fe.
9.
Así como Jesús formó a sus discípulos, la Acción Católica debe fortalecer
la formación integral de sus miembros. Ante esta necesidad, me ha parecido
necesario encomendar a uno de los Vicepresidentes del Consejo
Arquidiocesano un seguimiento muy directo de los diversos ámbitos
formativos. Será el Obispo quien apruebe los planes de formación y los
encargados para esas tareas. A los asesores diocesanos y parroquiales les
pido un especial esfuerzo en acompañar la vida espiritual y la formación
de sus miembros.
10.
Queridos hijos, hermanos y amigos de la Acción Católica Argentina en San
Juan: todos ustedes y este obispo necesitamos de la ayuda del Señor.
Parafraseando la Oración por la Patria, queremos hacer muy nuestra
“la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común”.
Queremos vivir en la libertad de los hijos de Dios, para amar a todos sin
excluir a nadie, privilegiando a los pobres del cuerpo y del espíritu,
perdonando de corazón a los que nos puedan ofender, aborreciendo el odio y
ayudando a construir la paz y la unidad de la Iglesia y de la sociedad.
Pedimos a Dios “la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza
que no defrauda”.
Al comenzar el Tercer Milenio del
Cristianismo, Juan Pablo II nos animaba a navegar “mar adentro” –duc
in altum– en las claras aguas de la santidad, del apostolado, de la
comunión y del servicio, tanto en los propios ámbitos eclesiales como en
medio de los afanes nobles del mundo. Junto a Santa María, queremos
renovar el compromiso de llevar a nuestros hermanos el rostro amable de
Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. ¡Alabado sea Jesucristo,
Rey del universo y de nuestros corazones!
San Juan, 21 de setiembre de 2002, Festividad de San Mateo, Apóstol y
Evangelista.
Mons.
Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan
|