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MISA EN MEMORIA DE
MONS. ÍTALO SEVERINO DI STÉFANO
Homilía de Mons. Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo en la Misa
en memoria de Mons. Ítalo Severino Di Stéfano, arzobispo emérito
de San Juan de Cuyo
- Iglesia
Catedral, 16 de Octubre de 2002
Queridos hermanas y hermanos, estimadas autoridades y
representantes de diversas instituciones que nos acompañan
1.
¡Qué serenidad y fortaleza dejan en el corazón de un hombre o de una mujer
de fe las palabras de Jesucristo que acabamos de proclamar: “Yo soy la
resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el
que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Juan 11, 25-26)!
Al elevar la oración a
nuestro Padre Dios encomendando la vida eterna de nuestro hermano Ítalo
Severino Di Stéfano, Obispo de la Iglesia Católica, que durante casi
veinte años fue el querido Buen Pastor de nuestra Arquidiócesis de San
Juan de Cuyo, estas palabras del Evangelio nos transmiten la paz verdadera
que acompaña a la verdad de Dios, “la verdad que nos hace libres”.
A su vez, si todo gran
esfuerzo reclama el necesario descanso, también se le pueden aplicar a don
Ítalo –así le llamaban con afecto algunos de ustedes– las palabras de la
Sagrada Escritura que acabamos de recordar: puede descansar de sus
fatigas, porque sus obras le acompañan (Cfr. Ap. 14, 13). No se trata sólo
de tantas obras materiales que ha dejado entre nosotros, sino también de
las obras del espíritu -obras del Evangelio- que ha suscitado en la
Iglesia de Dios como bautizado, como sacerdote y como primer Obispo de
Presidencia Roque Sáenz Peña (Provincia de Chaco) y, sobre todo, como
Arzobispo en la querida tierra sanjuanina.
2.
Ustedes han conocido a Mons. Di Stéfano mejor que yo. Durante más de
diecinueve años, desde 1981 hasta el año 2000 estuvo al frente de esta
porción de la Iglesia que es la Arquidiócesis de San Juan. Yo recién lo
conocí a comienzos de 1986. Puedo decir que me ha tocado suceder en San
Juan a un hombre fuerte en la fe y generoso en el trabajo. Al llegar del
Chaco, ante su aspecto físico y su fuerte temple espiritual, algunos le
llamaban “quebracho”, haciendo referencia a ese árbol de la región
chaqueña, de madera dura y capaz de resistir los embates del sol, del agua
y del tiempo. Dios quiera que algún día el sucesor del querido Mons. Di
Stéfano pueda estar a su altura.
Como ustedes lo conocen
mejor, soy el menos autorizado para recordar su historia. Pero sí quisiera
compartir con ustedes, como se comparten las “cosas de familia” dos
anécdotas que nos hablan de su amor sencillo y de su temple espiritual.
Hacia fines del año 2000, el
año del Gran Jubileo del Nacimiento de Jesucristo, se realizó en Roma el
Jubileo para los Obispos, presidido por el Papa Juan Pablo II. Su
finalidad, como los demás encuentros jubilares, era dar gracias a Dios por
su venida a la tierra de los hombres y así valorar mejor nuestra vocación
cristiana, abriendo el corazón a la gracia de la conversión a Dios. Mons.
Di Stéfano, ya Arzobispo Emérito, acudió a este encuentro. Le acompañó
otro sacerdote, pues en ese momento yo no pude asistir.
Cuando partió en el que
sería su último viaje a Roma, llevaba en el corazón una alegría grande y
profunda A su regreso, ese gozo se había multiplicado por cien. Y
explicaba, con gran sencillez, que estaba muy contento porque había rezado
mucho, había pedido al Señor la gracia de una profunda conversión y se
había confesado muy bien. A sus 77 años, brillaba en su vida el impulso
joven y ardiente del seguimiento de Jesucristo y la apertura del corazón a
la conversión de Dios, que para un cristiano es siempre conversión a la
santidad.
Hace dos meses exactos, el
16 de agosto pasado, pude verlo por última vez en su casa en la ciudad de
Santa Fe. No podía levantarse, tenía algunas dificultades para hablar,
pero estaba con una paz muy grande. Apenas lo saludé, me preguntó por
todos ustedes, por la gente de San Juan, por los seminaristas, por los
sacerdotes, por sus queridas religiosas, por todos los fieles cristianos,
por la Provincia. Se notaba –muy claramente– cuánto rezaba por todos
ustedes. Se palpaba su cercanía con el Dios de la paz y de la
misericordia, a quien entregó su alma el pasado viernes 11 de octubre,
poco después del mediodía.
He querido compartir con
ustedes estos dos sencillos momentos de la vida de nuestro querido Obispo
emérito porque reflejan las palabras de Jesús que hemos proclamado: “todo
el que vive y cree en mí no morirá para siempre”.
3.
Todos nosotros hubiéramos querido que sus restos mortales reposaran en
tierra sanjuanina, pero no pudo ser así. Por ser el Primer Obispo de la
Diócesis chaqueña de San Roque de Presidencia Sáenz Peña, su familia
decidió –con todo derecho– que debía ser inhumado allí.
Al respecto, pienso que
puede ser oportuna en este momento la lectura de una carta que los
sacerdotes de San Juan dirigieron a la familia de Mons. Di Stéfano a fines
de septiembre, cuando se agravó su estado de salud. Creo que reflejan el
sentir de todos y cada uno de ustedes. Dice así:
Los sacerdotes de la
Arquidiócesis de San Juan, acompañados de nuestro Obispo, nos dirigimos
con todo afecto (a la familia de Mons. Ítalo Severino Di Stéfano) para
manifestarles nuestro afecto en estos momentos de dolor por el estado de
salud de nuestro querido Arzobispo Emérito. Todos los días él ha estado
presente en nuestras oraciones, especialmente en la celebración de la
Santa Misa. Desde que supimos que su estado de salud era más delicado,
nuestra oración es todavía más fuerte, pidiendo al Señor y a su Santísima
Madre por su curación. Le pedimos que le conceda una paz y una alegría muy
grandes, la que Dios regala a quienes le han servido tantos años con amor
y fidelidad.
Sabemos que algunos de los
sacerdotes de San Juan y nuestro Obispo han podido visitarle recientemente
en Santa Fe. Aunque la distancia no nos permite hacerlo a todos nosotros,
nos sentimos cercanos a él y a su querida familia.
No sabemos cuáles serán los
caminos del Señor. Aunque quisiéramos que pueda acompañarnos durante
muchos años y con buena salud, las noticias que nos llegan nos causan
preocupación. Sólo Dios sabe el tiempo y el momento de cada uno de sus
hijos.
Por eso, con todo respeto y
confianza, sabiendo que no sólo expresamos nuestro deseo sino el
sentimiento del pueblo cristiano de San Juan, quisiéramos manifestar a la
familia de Mons. Ítalo Di Stéfano que cuando el Señor quiera llevarlo
junto a sí, desearíamos que sus restos mortales puedan descansar en tierra
sanjuanina, en nuestra Iglesia Catedral, junto al lugar donde descansan
Fray Justo Santa María de Oro, primer Obispo de San Juan y prócer de
nuestra Independencia, y el Siervo de Dios Mons. José Orzali, primer
Arzobispo de Cuyo.
No sabemos si Ustedes
tendrán otros planes acerca del lugar de su descanso definitivo, que
siempre serán legítimos. En caso de que sea así, igualmente quisiéramos
manifestarle nuestra petición de poder velar sus restos en nuestra
Iglesia Catedral de San Juan. Estamos seguros que el pueblo de San Juan
querrá rezar y honrar a quien durante casi veinte años fue su Obispo y
Pastor. Nosotros nos comprometemos a traerlo a San Juan y, aunque lo
sentiríamos mucho, también nos responsabilizamos de llevarlo al lugar
definitivo que pudiera establecer la familia. Por supuesto, nos haríamos
cargo de todo lo que signifique este traslado.
En estos momentos también
rezamos por Ustedes, sabiendo el esfuerzo que hacen por el cuidado
material y espiritual de Mons. Ítalo. De todo corazón les acompañamos y
les hacemos llegar nuestro saludo lleno de afecto y agradecimiento.
La carta fue firmada por
sacerdotes y diáconos de San Juan y por quien les habla. A modo de
consuelo, que nos da mucha paz, puedo decirles que –gracias a Dios– un
grupo de sacerdotes y de otros fieles, apenas conocida la noticia de su
fallecimiento, viajaron a Santa Fe durante toda la noche para acompañar
sus restos mortales. Se trataba de los padres Ricardo Báez Laspiur, José
Juan García, Orlando Ruggieri y Daniel Navarros, y del Dr. Eduardo
Posleman y su hija Paula y de Fabián Lozano. Con gran sacrificio de su
parte, representaron a los demás sanjuaninos. La premura del tiempo y la
distancia hizo imposible que otros pudieran viajar. Debo agradecer muy
especialmente al Señor Gobernador de San Juan que ofreció la utilización
de un avión para un posible traslado de los restos de Mons. Di Stéfano y
la declaración de duelo provincial hasta el día de su inhumación.
Yo pude arribar a la ciudad
de Santa Fe apenas llegado de Roma, donde participé de la canonización de
José María Escrivá. Desde allí, los que pudimos acompañamos con todo
afecto los restos mortales de Mons. Di Stéfano en el viaje hacia
Presidencia Roque Sáenz Peña. Fuimos rezando por él, por su familia y por
la Iglesia. Al llegar, en la noche del día sábado, celebramos la Santa
Misa en la Iglesia Catedral. A continuación lo velaron sus antiguos
feligreses.
En la mañana del domingo
pasado, 13 de octubre, se celebraron las exequias y sus restos recibieron
sepultura en esa Iglesia Catedral, considerado a Mons. Di Stéfano como un
cimiento de esa Iglesia Diocesana por haber sido su Primer Obispo.
En nombre de los cristianos
de San Juan reiteré que hubiera sido nuestro deseo que se quedara entre
nosotros, aunque respetando la decisión que se había tomado. También
expresé que estábamos seguros que tratarían sus restos mortales con la
misma veneración que lo hubiéramos hecho en San Juan. También les leí el
mensaje del Papa Juan Pablo II y transmití el saludo del pueblo, de la
Iglesia, de las autoridades y de las instituciones de San Juan. Además del
Obispo de ese lugar y de este Arzobispo, pudieron estar –también con gran
esfuerzo– Mons. Jorge Lona, Obispo de San Luis y gran amigo nuestro que
también nos acompaña hoy, y el Obispo para los católicos ucranianos, Mons.
Miguel Mykycej, que había trabajado muchos años a su lado. También
estuvieron presentes el Gobernador del Chaco y el Intendente.
Me he permitido compartir
estos detalles con ustedes, hermanas y hermanos míos de San Juan, porque
pienso que tenían derecho a saberlo.
4.
Un día 16 de octubre como hoy, pero del año 1978 –24 años atrás– era
elegido en Roma el nuevo Sucesor de Pedro luego de la muerte inesperada de
Juan Pablo I. Su nombre sonaba desconocido, pero de inmediato se ganó el
corazón de los cristianos y el afecto de la humanidad. Se trataba de Karol
Woytyla, hasta ese momento Arzobispo de Cracovia, en Polonia.
Nuestro querido Juan Pablo
II, quien a fines de 1980 designó a Mons. Stéfano como sucesor de Mons.
Ildefonso María Sansierra, también ha querido acompañarnos en estos
momentos. El Papa estaba al tanto de su delicado estado de salud. Apenas
informado de su fallecimiento, a través de la Secretaría de Estado y de la
Nunciatura Apostólica en Buenos Aires, nos hizo llegar su sentido pésame
en un mensaje lleno de afecto hacia todos nosotros, que también me permito
compartir con ustedes. El mensaje, dirigido al actual Arzobispo de San
Juan y firmado por el Cardenal Secretario de Estado de Su Santidad, dice
así:
Recibida la triste noticia
del fallecimiento de Monseñor Ítalo Severino Di Stéfano, Arzobispo Emérito
de San Juan de Cuyo, el Santo Padre desea expresar su sentido pésame a sus
familiares, así como a quienes fueron diocesanos suyos en dicha
Arquidiócesis y, precedentemente en Presidencia Roque Sáenz Peña, de donde
fue primer Obispo, a la vez que ofrece sufragios por el eterno descanso
del difunto Prelado, y les otorga con afecto la confortadora bendición
apostólica, como signo de fe y esperanza en el Señor Resucitado.
También recibimos el saludo
del Sr. Nuncio Apostólico en Argentina, Mons. Santos Abril y Castelló,
quien nos recuerda muy bien luego de su visita a San Juan.
A su vez, los cinco Obispos
de la región cuyana nos reunimos el pasado lunes 14 (anteayer) en esta
ciudad de San Juan: el Arzobispo de Mendoza y los Obispos de La Rioja, San
Luis y San Rafael, además de quien les habla. Participamos de un encuentro
junto con los alumnos y formadores de los seminarios de nuestras cinco
Diócesis. Es como el comienzo de una tarea de mayor unidad e integración
eclesial en el ámbito de la Región Pastoral de Cuyo. Ese día, en San Juan,
rezamos por nuestro hermano Obispo Ítalo Di Stéfano y por todos ustedes.
Por ese motivo, no han podido acompañarnos nuevamente en San Juan en el
día de hoy, pero están presentes con su afecto y su oración. Mons. Jorge
Lona, el Obispo de San Luis, sí ha podido viajar nuevamente a San Juan y
le estamos especialmente agradecidos.
También agradezco, de
corazón, la oración y el afecto de los fieles cristianos de San Juan, de
sus diversas parroquias y comunidades, instituciones y movimientos
apostólicos, de sus presbíteros y diáconos, de sus religiosas y
religiosos. También agradecemos el pésame y el saludo de los Señores
Cardenales, del Presidente y del Secretario de la Conferencia Episcopal
Argentina y de los demás obispos del país. Asimismo, han hecho llegar su
oración y su afecto innumerables personas e instituciones nacionales y
provinciales civiles, educativas, militares y religiosas, a los diversos
medios de comunicación. A todos ellos agradecemos de corazón su cercanía
en estos momentos.
5. Por último, y aunque parezca reiterativo, vuelvo a acercarme a las
palabras de Jesús que sirven de marco a esta Eucaristía, para que sean un
claro Norte en nuestras vidas: “Yo soy la resurrección y la vida. El que
cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no
morirá para siempre”. Esa es nuestra meta, la única por la cual vale vivir
y servir con alegría. Esa es la alegría profunda que se une al dolor de la
despedida de nuestro querido Arzobispo Emérito.
Querido Mons. Di Stéfano,
Sucesor de los Apóstoles, de la mano de María Santísima y de todos los
santos, junto a Jesucristo misericordioso, puedes descansar en paz. Que
así sea.
Mons. Alfonso Delgado,
arzobispo de San Juan de
Cuyo |
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