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TEDÉUM


Homilía del Arzobispo de San Juan, Mons. Alfonso Delgado
 Iglesia Catedral de San Juan - 25 de mayo de 2003


Estimadas autoridades, queridos hermanos y amigos que participan en la celebración de la Eucaristía, cuyo significado es “acción de gracias a Dios”.

En este domingo, Día del Señor, Día de la Resurrección de Jesucristo, celebramos el tradicional pero siempre actual Tedéum, dando gracias a Dios por nuestra Patria argentina y por aquel 25 de Mayo de 1810 que inició el camino de libertad e independencia del país.

Somos conscientes que, a 193 años de aquel primer grito de libertad, deseamos poder superar una de las crisis más graves y profundas de nuestra historia, que la vive y la sufre el pueblo argentino.

Este 25 de mayo del año 2003 puede ser una encrucijada histórica de esperanza, como un punto de inflexión para que esta situación social, institucional y política, que tiene profundas raíces morales, pueda convertirse en una crisis de maduración y de crecimiento para el país y para los argentinos. También podría llegar a ser una nueva etapa de frustración, de amarguras y desencuentros. En gran parte, depende de nosotros mismos. ¿Seremos capaces de sembrar una esperanza que no defraude?

Desde hace tiempo, los cristianos de nuestra Patria vienen orando con fe y convicción al Dios y Señor de la historia afirmando que “queremos ser Nación” –un pueblo con un destino común de dignidad–, “cuya identidad” –es decir, cuyo documento de acreditación– “sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común”. Pedimos la ayuda de Dios sabiendo que Él nunca nos dejará de lado. Pero el don de Dios reclama la tarea de los hombres. Bien lo dice el refrán de nuestros mayores: “Ayúdate, que Dios te ayudará”.

Acabamos de escuchar las palabras del Evangelio, llenas de amor y de amistad para los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los pueblos. La luz de Dios siempre nos llega acompañada de su bendición y de su ayuda. Nosotros –libremente– podemos acoger el bien y la verdad. Y también –libremente– podemos cerrarnos a la verdad y al amor de Dios.

Hemos recordado el Testamento que Jesucristo deja a los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad:

Este es mi mandamiento:
Ámense los unos a los otros,
como Yo los he amado.
No hay amor más grande
que dar la vida por los amigos.
Ustedes son mis amigos...

Y para que no nos queden dudas acerca del origen de todo amor verdadero, el mismo evangelista San Juan, discípulo predilecto del Señor, nos lo dice con claridad:

Este amor no consiste
en que nosotros hayamos amado a Dios,
sino en que Él nos amó primero
”.

Dios nos amó primero, con un amor tan grande que llega hasta la donación de la vida por los amigos. Esa es la fuente del amor hacia los demás. El amor, que también es sinónimo de amistad, da sentido a la propia vida e impulsa a trabajar, a sufrir y a alegrarse por los demás. En cambio, cuando el amor y la amistad no guían nuestros pasos, ¡qué difícil se le hace al hombre entenderse a sí mismo y entender la vida y la historia de los pueblos! De la capacidad de amar nace la solidaridad y la amistad social, el respeto y la justicia, “la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común”.

Aunque a alguno le pueda extrañar, la política surge del este amor-amistad, que incluye un hondo sentido de justicia. Del amor y la amistad por las cosas de la ciudad (la polis de los griegos) nace la política. Sin amor y amistad hacia los hermanos, no puede haber verdadera acción en bien de la polis, es decir, en bien de la sociedad y del país. La Política verdadera, la que podemos escribir con mayúscula –sin sonrojarnos– es la forma eminente de amor a la sociedad y hacia cada uno de sus integrantes.

Todos los que participamos –de algún modo– en cualquier tarea de responsabilidad en la sociedad necesitamos imbuirnos de este amor y de esta amistad social. Lo necesita el padre de familia y la maestra, la enfermera y el médico, el comisario y el concejal, el empresario y el legislador, el párroco y el directivo de la unión vecinal, el gremialista y el universitario, el obispo y el periodista, el juez y el gobernante. El bien de la polis –el empeño por el bien común– es tarea de todos y no de algunos ocasionales salvadores de la Patria, que tantas frustraciones han traído al país y a nuestras provincias. Todos podemos ser esos hombres y mujeres responsables, honestos y de corazón grande, entusiasmados en la gozosa tarea de servir y amar a la sociedad a la que nos debemos.

Cuando el amor a los demás no preside la conducta de los responsables de las instituciones de la sociedad, la acción política y social  –tan sublime en sí misma– se corrompe y se descompone hasta límites inimaginables. Entonces, la nobleza del amor social es reemplazada por los juegos sucios de intereses egoístas, por la corrupción galopante que ahoga los mejores esfuerzos, por el desprecio a la Constitución y a la Ley o  –lo que es peor–  por la ley despareja hecha a medida de algunos, por la manipulación del derecho y la justicia. Entonces, la sabiduría del diálogo y la búsqueda de consenso social se convierten en negociación de intereses personales y partidarios. A cada hombre se le asigna un precio de corrupción, y se llega a comprar y vender hasta lo más sublime. La experiencia de la Argentina reciente es sumamente elocuente y conocida hasta por los niños.

En cambio, el amor a los hermanos y a al bien común crea fuertes exigencias de servicio y de ejemplaridad en quienes conducen las instituciones de la sociedad, que va desde la simple familia de barrio hasta la primera magistratura del país. Los ejemplos y mensajes negativos de quienes tendrían que haber sido ejemplos y conductores hacia el bien han erosionado la cultura del país y de nuestras provincias. Así, hemos degradado la educación y el trabajo, hemos acorralado la honradez y el espíritu de servicio, hemos apañado la mentira, la inseguridad y la violencia, hemos negociado impunemente hasta con las cosas más sagradas. Hemos dado un pésimo ejemplo a nuestros jóvenes, los líderes y dirigentes del mañana.

Este 25 de Mayo puede llegar a ser –¡y debe serlo!– un punto de inflexión hacia el bien de la Patria entera, de nuestras Provincias y de nuestras comunidades locales. Es como una encrucijada de la historia, donde se puede tomar un rumbo nuevo de amor y amistad social a través de próceres sencillos, de corazón grande y generoso, que podemos ser cada uno de nosotros. Pero también podríamos continuar el camino de la desesperanza y de una mayor degradación social. De nosotros depende.

Quizá pueda parecernos que esa tarea debería hacerla una próxima generación de argentinos y otra raza de dirigentes sociales y políticos, porque puede resultar más cómodo seguir como hasta ahora. Si así fuera, no tendríamos derecho a hablar de amor a la Patria, ni a cantar el Himno nacional, ni a izar la bandera argentina. Y tampoco seríamos dignos de la ayuda del Dios del amor y la amistad.

Muchos hombres y mujeres argentinos y sanjuaninos, jóvenes y maduros, aman al país y a sus provincias, y se empeñan en construir una Patria de hermanos, una Patria limpia y fraterna, una Patria solidaria de trabajo, de justicia y de verdad. Vale la pena sumarnos a todos ellos.

Que el Dios de la amistad, el que nos amó primero y nos impulsa a brindar su amor a los hermanos, nos ayude a comprender su mensaje de salvación. Él nos quiere felices en la tierra, sirviendo a los demás en la familia y en las responsabilidades cívicas y sociales. Él hará que podamos mirar a los ojos limpios de nuestros hijos y de los demás ciudadanos, sin tener que bajar cobardemente la mirada. Si nuestra vida es así, el Dios del amor también nos ayudará a alcanzar la vida para siempre, la felicidad que no tiene fin.

Al término de esta celebración, luego del Tedéum de acción de gracias a Dios, el coro de nuestra querida Universidad Nacional de San Juan entonará el Aleluya. Que este cántico de alegría pueda ser como un anticipo del Aleluya que todos deseamos llegar a cantar –en un día no lejano– por la reconstrucción cumplida de nuestra querida Argentina. Dios nos ayudará siempre. Pero la tarea debe ser nuestra. Que así sea.


Mons. Alfonso Delgado,
obispo de San Juan de Cuyo



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