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CORRUPCIÓN Y VALORES
Homilía del Arzobispo de San Juan, Mons. Alfonso Delgado
Peregrinación de Jóvenes al Villicum
7 de setiembre de 2003
• Culminamos esta
peregrinación juvenil hasta el pie del cerro Villicum con la
celebración de la Eucaristía, memorial de la Muerte y Resurrección de
Jesús. Ustedes han caminado en este Domingo –Día del Señor– con
hermanos y amigos en un clima de fe y de esperanza, como buenos
discípulos de Jesús. Nos hacen felices las alegrías de todos y nos
entristecen los sufrimientos y dolores de los demás. Somos felices de
vivir en este tiempo de gracia y de misericordia de Dios. Sentimos la
necesidad de crecer en el compromiso solidario en el bien frente a
tantas angustias personales y sociales que –con la ayuda de Dios–
pueden convertirse en “desafíos” a superar, en motivos para madurar y
crecer.
• En estos tiempos que corren, una de
las palabras más triste y más frecuente es –quizá– la palabra
“corrupción”. Los diccionarios dicen que corromper significa “echar a
perder”, “depravar”, podrir, “entrar en putrefacción”. También expresa
la idea de pervertir o trastocar el bien y la naturaleza de las cosas.
En realidad, nos estamos refiriendo a la triste corrupción del pecado,
que hace tanta violencia a la dignidad de la persona y lleva a perder
la felicidad en esta vida y en la vida para siempre. Por eso enseña
Jesucristo: ¿De qué sirve ganar el oro del mundo si se pierde el alma?
• Sin embargo, frente a esa posible
“putrefacción” o “corrupción” del obrar del hombre surge una fuerza
contagiosa que expresamos con el nombre de “valor” o “valores”. Y lo
adjetivamos diciendo “valores humanos”, “valores morales”. Hablamos de
algo “que vale”, aunque pueda costar mucho. Es una cualidad estable de
las personas y de los pueblos, que hace la vida digna de ser vivida.
Expresa la entereza del alma para asumir los deberes morales en su
propia conciencia y en sus actuaciones, en el ámbito de la familia y
en la vida social.
• Esta peregrinación juvenil nos
alienta a romper la indiferencia ante la corrupción y el pecado de
nuestras vidas y de la vida social. Rompamos la costra de egoísmo que
nos envuelve, la sordera ante la voz de Dios y de nuestros hermanos.
Busquemos la verdad. Vivamos en la verdad. Vivamos como hijos de Dios,
como amigos de Dios.
• Los cristianos sabemos dónde se
encuentra la luz de la verdad que ilumina la conciencia. La
encontramos en Jesucristo, Dios hecho hombre por nosotros. Aprendemos
de Aquel que es “el Camino, la Verdad y la Vida”, que quiere ayudarnos
a abrir los oídos, a soltarnos la lengua y –sobre todo– a deshacernos
de la esclavitud de toda corrupción y de todo pecado. Para eso vino a
la tierra de los hombres y se hizo “uno de los nuestros”.
• Es frecuente que asociemos la
“corrupción” principalmente a ámbitos políticos o económicos. Durante
las campañas electorales, los candidatos dicen que están en contra de
la corrupción y si ganan lucharán a brazo partido contra ella. La
experiencia enseña, con frecuencia, que esas palabras también pueden
ser vacías y corruptas, puro viento para lograr unos votos más,
palabras sin convicción ni verdadero compromiso. A pesar de las
proclamas, suelen continuar las coimas y negociados en los asuntos
públicos, el soborno y las trabas en la justicia, las listas sábanas y
la ausencia de transparencia en los partidos, y unos cuantos etcéteras
más.
• Sin embargo, los argentinos tenemos
derecho a soñar y a bregar por un futuro distinto. No se trata de una
afirmación política, sino del anhelo del ciudadano normal y corriente
y de la esperanza del sencillo vecino que con sus esfuerzos y sudores
aporta lo que pueden al bien de todos.
• Todos Ustedes tienen que encender y
fortalecer la luz de esos valores: la honestidad y el respeto; la
transparencia en las actuaciones políticas y profesionales; la amistad
social, que nos ayuda a vivir como hermanos y no como enemigos; la
participación generosa, el amor al trabajo y al estudio, la
solidaridad fraterna, el amor al bien común, el respeto a la ley. Hay
que irradiar esa luz a toda la sociedad, aunque cueste y sea difícil.
Así se expresa nuestra dignidad.
• Pero la corrupción no sólo afecta a
esos ámbitos de la sociedad. Si miramos nuestro corazón, nuestras
actitudes y sentimientos, quizá también encontremos otros posibles
focos de corrupción y podredumbre que pueden esclavizar la vida.
• Pensemos, por ejemplo, en la
corrupción de la verdad que pone de manifiesto cualquier mentira
–grande o pequeña–, y todo engaño o doblez. La putrefacción de la
verdad, aunque pudiera parecer algo “habitual”, es el primer escalón
hacia una mayor degradación del hombre: la corrupción de su
inteligencia y de su capacidad para “descubrir el bien”. Por eso
resulta tan grave y nefasta.
• Jesucristo nos alienta a buscar “la
verdad que nos hace libres”. El valor supremo de la verdad hay que
expresarlo en la propia conciencia y en las personales convicciones,
en la transparencia de las palabras y de los hechos. Una conciencia en
la que ha fraguado “la esquizofrenia de la mentira” no sólo pone en
peligro su propia dignidad sino también la misma capacidad de reacción
y de recuperación. Expresemos con coraje la dignidad de la verdad.
• Consideremos también la degradación
que significa apreciar a una persona, a un hermano, “por lo que
posee”, en vez de valorarlo “por lo que es”, es decir, por su propia e
intrínseca dignidad: creado a imagen y semejanza de Dios. El ejemplo
de la carta del Apóstol Santiago (2, 1-7) que acabamos de escuchar, es
elocuente. Por eso, agrega, ¿acaso Dios no ha elegido a los pobres de
este mundo para enriquecerlos en la fe? Y, como enseña San Pablo,
Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros a fin de
enriquecernos con su pobreza (Cfr. 2 Corintios 8, 9).
• Demos un fuerte impulso al amor
fraterno, queriendo a todos y descubriendo los profundos valores que
expresa cada uno de nuestros hermanos más pobres y necesitados: los
niños, los ancianos, los que sufren la falta de trabajo, de salud, de
educación, de alimentación. Y tendamos generosamente nuestras manos.
• Dejemos de lado lo que nos enfrenta y
enceguece, lo que destroza y lastima a otros; apartemos la calumnia y
la difamación, la palabra liviana y chismosa, la burla y la ironía, el
rencor y el desprecio. Edifiquemos un mundo de lealtad y de respeto en
el cual podamos valorarnos, respetarnos y ayudarnos.
• Por último, recordemos también otro
tremendo empeño de corrupción: la degradación y corrupción del amor,
del amor humano que Dios siembra en el corazón y en la vida de cada
persona. La vida del hombre no se entiende sin amor. Como fruto del
amor, Dios ha puesto en la naturaleza humana la capacidad de
transmitir la vida y de colaborar con Él en su obra creadora. Pero,
–se podría decir– ¡los animales también hacen mismo, siguiendo el
instinto de su especie! La gran diferencia está en que en el hombre no
hay sólo instinto, sino que le acompaña la luz de la inteligencia,
para conocer la verdad, y la libre capacidad de amar el bien. Además,
contamos con la gracia de Dios. El reino animal no posee esas
cualidades.
• Cuando se intenta reducir el amor
humano al ejercicio ciego del instinto sexual, corrompemos gravemente
la dignidad humana y se pudre la nobleza de ese amor. Lo que es normal
para la naturaleza animal, no lo es para la conducta del hombre, bajo
pena de vivir una moral de animales: una vida de perros, con todo el
respeto que merecen esos animalitos.
• Cuando el modo de proceder es la
fuerza del instinto, la belleza del amor humano se reduce al efímero
placer sexual, sin amor verdadero y para siempre. No nos asombremos
que, con esos códigos de conducta, los hijos sean vistos como un
estorbo a evitar o a destruir; que la maternidad sea expresada en
términos de enfermedad necesitada de “salud reproductiva”; que la vida
en el seno materno corra más peligro que los judíos en los campos de
concentración de Hitler; y que en vez de combatir la miseria y la
pobreza estemos combatiendo y matando a los pobres de esta tierra. Eso
sí, bajo el rótulo –bastante indigno, por cierto– de “progreso de la
sociedad”.
• Frente a la corrupción del amor, es
necesario reafirmar los grandes valores del auténtico amor humano: que
el noviazgo es limpio sendero hacia la maduración de un amor para
siempre; que cada hijo es una bendición de Dios al que se debe amar,
enseñar y educar; que una familia normal no puede ser reemplazada por
cualquier cosa, por más que lo digan unos papeles mentirosos con
muchos sellos. Y que no dignifica al hombre la pornografía y la
prostitución, el aborto y la droga, la violencia y la mentira.
• Queridos jóvenes: cuando la luz de
los valores morales pareciera opacarse en el testimonio de “los
mayores” y de los que tendrían que brindar sabiduría, cuando no se
percibe con claridad la enseñanza de quienes deben enseñar y educar,
cuando brilla por su ausencia el ejemplo de representantes del pueblo
y dirigentes de la sociedad, cuando los medios de comunicación
confunden lo que es recto y honesto, entonces es necesario “hacer de
tripas corazón” y comenzar a irradiar la luz de la verdad “desde abajo
hacia arriba”: desde los más jóvenes hacia los mayores, desde el
discípulo hacia sus maestros, desde el simple ciudadano hacia los
representantes de sus instituciones, desde el testimonio de la gente
sencilla del pueblo que –al igual que en la época de Jesús– se abre
con entusiasmo a su Palabra salvadora.
• Ustedes tienen capacidad para
detectar lo que tiene salud moral y lo que –en cambio– se pudre y
corrompe. Ustedes también pueden encarnar, transmitir y contagiar los
valores que llenan de dignidad a los hombres y mujeres de todos los
tiempos, expresados en la gran sabiduría del Evangelio. ¡Vivamos el
gozo profundo de ser discípulos de Jesucristo!
• Estoy convencido que cada uno de
Ustedes quiere ser parte de esta propuesta de dignidad. Ustedes
quieren “ahogar el mal en abundancia de bien”. Quieren ser
constructores de la identidad de la gran nación argentina: “una Nación
cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien
común”, “privilegiando a los más pobres y perdonando a los que nos
ofenden”, del mismo modo en que Dios nos perdona cuando reconocemos la
verdad de nuestra vida y nos abrimos a su misericordia.
• Con la ayuda de Dios, que esta
sencilla peregrinación juvenil al Villicum nos haga más humanos, más
cristianos, más fraternos, más hermanos. Rompamos con la indiferencia.
Vivamos en la verdad. Que así sea.
Mons. Alfonso Delgado,
obispo de
San Juan de Cuyo
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