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El “cambio” de la Navidad
Mensaje de Mons. Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo,
para la Navidad de 2003
Para el cristiano, la Navidad significa revivir el acontecimiento más
grande de la historia. “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha
dado”, anunciaba el profeta Isaías siglos antes de la venida del
Salvador. “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz”, cantaban los
ángeles en el primera Nochebuena de la historia.
En el rostro del
niño-pobre de Belén brilla una feliz noticia para la humanidad entera,
para cada pueblo, para cada familia, para cada hombre o mujer, para
cada niño o anciano, para cada ámbito del quehacer humano. En
Jesucristo, Dios se ha hecho “uno de los nuestros”, “uno de nuestra
raza”. Crecerá en el amor de familia en Nazaret y no le tendrá miedo
al trabajo y al sacrificio, por más duro que sea. Transitará caminos
polvorientos; sentirá sed y cansancio; compartirá alegrías y dolores;
nos enseñará a buscar el bien y la verdad y a querernos como hermanos,
a perdonarnos, a respetarnos, a ayudarnos.
Su anuncio de
salvación se llamará “evangelio”, que significa “buena noticia”: la
buena nueva de Dios para los hombres y mujeres de buena voluntad. Este
evangelio se convertirá en poderoso reflector de luz que llena de
dignidad las encrucijadas del mundo y la vida de los hombres. Su
mensaje no es de economía, pero nos enseñará a compartir los bienes
para que todos vivan con la dignidad de los hijos de Dios. Su
propuesta no es política, pero ayudará a vivir en sociedad buscando el
bien común de todos, con honestidad y desinterés. Su mensaje no es
promesa vacía sino esperanza verdadera, hasta a alcanzar la vida
eterna para los que han vivido como hijos de Dios.
Por si esto fuera
poco, nos enseña que en la intimidad de Dios hay amor de familia; que
Dios es Padre lleno de ternura con entrañas de misericordia y de
perdón, que nos habla y escucha en la intimidad del corazón, en la
oración en familia y en la oración de la comunidad cristiana. Nos
recuerda que “tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo
Jesucristo”, para que por Él podamos alcanzar la salvación.
Jesús nos dice que
no viene a buscar a los justos sino a los pecadores, para devolvernos
la dignidad perdida por el pecado, que rebaja y empobrece al hombre
aunque llegue a poseer todos los bienes de la tierra. Y nos enseña a
ser buen samaritano, a buscar la justicia y el respeto, a
comprometernos con la verdad.
La fiesta de la
Navidad no es celebración protocolar o costumbrista al acercarse el
fin de año. Nos ayuda a levantar el corazón a Dios, no importa el
credo que profesemos. Dios quiere bendecirnos y ayudarnos a todos.
Dejémonos bendecir y ayudar por el Dios del amor.
Recemos con fe
pidiendo la gracia de poder cambiar el corazón, la mente y las obras
en algo mejor. Que apostemos todas las fichas de la vida a la verdad
que nos hace libres y a la honestidad que nos permite mirar de frente
a los ojos de los hijos y de los hermanos. Que tengamos la profunda
alegría de servir al bien común. Que el ejercicio de la autoridad sea
autoridad moral y sincero ejemplo para los ciudadanos. Que desaparezca
de nuestras vidas y de nuestras costumbres todo aquello que pueda
sonar a corrupción, a infidelidad en la familia o en los compromisos
asumidos ante el pueblo. Que hagamos fructificar los talentos para
trabajar por un futuro generoso, sin desatender los detalles pequeños
que hacen creíble la esperanza.
Este es el sentido
de la Navidad que queremos compartir. En San Juan, hay 620.000
hermanos nuestros que esperan mucho de los que tienen la
responsabilidad de conducir las instituciones de la sociedad. Esperan
ejemplos de dignidad; esperan fuentes de trabajo, esperan honradez y
verdad, esperan una mejor salud y educación para los hijos, esperan
poder tener seguridad y confianza en la policía y en la justicia:
esperan mucho. Hay que sumar capacidades y talentos, manos y cabezas,
solidaridad responsable y espíritu generoso.
Hermanos míos: no
tengamos miedo a corregir conductas, si fuera necesario; a buscar el
bien de todos por encima de los posibles intereses del “kiosco”
personal, partidario o corporativo. Que la función pública y la acción
política recuperen la dignidad que le hicimos perder, a pesar de que
en la actividad pública o privada nunca ha faltado gente honesta y
sacrificada que se juega la vida y la honra para servir generosamente.
Que en el rostro
del niño-pobre de Belén veamos tantos niños con hambre y desnutrición,
tantas familias sin pan para compartir en la mesa familiar. Que en el
pesebre de Jesús contemplemos a tantos hermanos a los que sólo llegan
las migajas de bien común, las que caen de la mesa de quienes se
apropiaron indignamente de algo que pertenece al esfuerzo de todos.
Que esta Navidad
nos ayude a todos, a ustedes y a mí, a cambiar el corazón, a ser más
buenos, pero de verdad; a hacer el bien, en serio; a decir siempre la
verdad, aunque cueste; a ser honestos a prueba de balas, aunque no
esté de moda; a tener la gran alegría de trabajar por el bien común.
Para eso vino a
Dios a la tierra. Es el camino para encontrar la felicidad del
corazón, la que vale más que todo el oro del mundo. Dios nos quiere
plenamente felices haciendo el bien y gozando para siempre de la
felicidad que no tiene fin. Feliz Navidad para todos.
Mons. Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan
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