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CORPUS CHRISTI


Homilía de monseñor Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan  de Cuyo, en la Solemnidad de Corpus Christi
13 de junio de 2004



Queridos hermanos en la fe de Nuestro Señor Jesucristo:

En el día que llamamos del Corpus Christi, palabras latinas que significan literalmente “el Cuerpo de Cristo”, nos referimos a uno de los más grandes misterios del amor de Dios por los hombres: la Sagrada Eucaristía. En Argentina, este año tiene una connotación especial, pues nos preparamos a celebrar en el mes de septiembre el X° Congreso Eucarístico Nacional, en la querida ciudad y provincia de Corrientes, al otro lado del país, a orillas del majestuoso Río Paraná, allí donde los cristianos honran a María Santísima con el nombre de “Tierna Madre de Itatí”.

En nuestra Provincia de San Juan, también queremos reafirmar nuestra fe en Jesucristo, el Hijo de Dios vivo. El que por nosotros se hizo hombre y vivió en una familia de la tierra. Que creció, trabajó y ganó el pan con el sudor del esfuerzo, y fue buen vecino y buen ciudadano en Nazaret. Que en nombre de Dios Padre, con su ejemplo y su palabra anunció la Buena Noticia de salvación: el santo Evangelio. Que llamándonos “amigos” y prodigando su amor nos amó hasta el fin, cargó la cruz sobre sus hombros y pagó con su muerte redentora el precio de nuestras maldades. Y que resucitó glorioso para nunca más morir y así abrirnos a los hombres las puertas del Cielo. A ese Jesús, que quería estar siempre con nosotros “hasta el fin del mundo”, lo descubrimos con los ojos de la fe en la Sagrada Eucaristía, bajo la humilde apariencia del pan.

El Evangelio de San Lucas nos relata la respuesta de Jesús cuando los Apóstoles le sugieren despedir a la multitud que le seguía por una zona casi desértica, bastante parecida a San Juan. En Él han descubierto la Palabra de Verdad y el Amor sin límites del Buen Pastor. Jesús les responde con confianza y determinación: “Denles ustedes mismos de comer” (Lucas 9,13). La bendición de Jesucristo hace que los cinco panes y los dos peces puedan saciar a una multitud. Los discípulos, con estupor, parten y reparten el alimento a la muchedumbre y terminan llenando doce canastas con lo que sobra.

Poco después de este milagro portentoso, en el pueblo de Cafarnaún, Jesús les anuncia: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente…”. Ante la sorpresa de los oyentes, añadió: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida” (Juan 6, 51-55). En aquel momento, a sus discípulos les costó entender lo que decía Jesús.

Pero en la Última Cena, poco antes de dar la vida por nosotros, Jesús celebró con sus discípulos la pascua judía, instituida por Moisés. En esa noche llena de calidez y de amor, Jesús tomó el pan y la copa de vino y pronunció las misteriosas palabras que se repiten en cada celebración de la Santa Misa: “Tomad y comed… esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Tomad y bebed… éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres…Haced esto en conmemoración mía” (Cfr. Misal Romano). Es decir: “éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna, que mañana ‘viernes santo’ será derramada ‘en la Cruz’ por vosotros y por todos los hombres. Es la forma más sencilla y sublime elegida por Jesucristo para hacer actualmente presente –y para siempre– su sacrificio redentor, celebrar su resurrección, y para “estar” con los cristianos de todos los tiempos vivificando y santificando constantemente a la Iglesia y al mundo. Así lo mandó hacer Jesús a sus Apóstoles. En esto consiste la celebración de la Santa Misa, a la que acudimos especialmente cada domingo, día del Señor, día de la Resurrección de Jesús, día de la fe, día de la familia, de la solidaridad y del amor.

La Sagrada Eucaristía es el centro de la vida del cristiano, la fuente y culminación de toda la vida de la Iglesia. Es el lugar privilegiado para el encuentro con Jesucristo. En torno a la Eucaristía se congrega y se fortalece la comunidad cristiana y se edifica la Iglesia de Dios. De la comunión con el Cuerpo del Señor, los cristianos sacan la fuerza y la alegría para ser discípulos y testigos creíbles de Jesucristo en este mundo, que es bueno porque salió de las manos del Creador, aunque lo hayamos afeado con nuestros pecados.

La participación en la Eucaristía nos ayuda a crecer en santidad, pues nos motiva a una constante conversión a Dios y al bien de los hermanos. Y si sentimos el peso fuerte de nuestros pecados, el sacramento del perdón de Dios nos devuelve su amistad y nos abre el camino para recibir dignamente a Jesús.

Es imposible separar la Eucaristía de un amor heroico por los demás y de una solidaridad sin límites. Fue también en la Última Cena cuando Jesucristo nos dejó el mandamiento del amor como testamento suyo: “Ámense los unos a los otros, así como yo los he amado... En esto conocerán que son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Juan 13,34-35). Precisamente, en este año 2004 la Colecta anual de Caritas coincide providencialmente con el Corpus Christi, el día de la Eucaristía.

El amor sin fronteras, al que nos impulsa Jesucristo, nos sitúa ante el gozoso y amplísimo panorama de la vida cristiana. Nos ayuda a comprender que el amor de familia, el trabajo o el estudio, las relaciones humanas, las responsabilidades que debemos asumir y nuestra condición de ciudadanos de una patria que amamos se resumen –en definitiva– en una sincera y transparente actitud de servicio, a semejanza de Jesús. Él “no vino a ser servido, sino a servir y dar la vida como rescate por todos” (Marcos, 10,45). Así, el cristiano se convierte en artífice de reconciliación en su ambiente familiar, en su barrio y en la sociedad, reconciliación que siempre va de la mano con el respeto por la justicia, porque “el perdón no es un manto con el que se oculta el pasado sino una respuesta de grandeza ante el arrepentimiento” (Declaración de la CEA, 19.5.2004).

La fe ardiente y sincera alienta al cristiano a contagiar y a compartir con sus hermanos –de un modo casi connatural– su fe en Jesucristo. Así se convierte en instrumento de Dios que ayuda a descubrir a quien es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14,6).

A los sacerdotes y diáconos, en colaboración con tantos fieles –hombres y mujeres– especialmente comprometidos con sus comunidades cristianas de toda la geografía sanjuanina, esta responsabilidad nos impulsa a un nuevo empeño para que –en la medida de lo posible– en todas las iglesias y capillas de San Juan, hasta las más pequeñas y alejadas, los fieles puedan acceder fácilmente a la Eucaristía. Esta necesidad pastoral también nos ayudará a orar y a fomentar y fortalecer las vocaciones al sacerdocio y la ayuda a nuestro Seminario.

Ya en la primitiva Iglesia cristiana era necesario llevar el pan de vida –la sagrada comunión– a los enfermos y ancianos o a los fieles encarcelados por su fe. Para esto era necesario conservar al Santísimo Sacramento en un lugar verdaderamente digno. Tenían clara conciencia de que bajo la sencilla apariencia del pan consagrado estaba realmente presente Jesucristo con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Esta situación dio origen a lo que llamamos “sagrario” en nuestros templos católicos, y a la costumbre de acompañar esa presencia de Cristo en oración, adoración y alabanza. También dio lugar a hermosísimas expresiones litúrgicas y artísticas para honrar a Jesús. Es que para con Dios, todo parece poco. Como el amor es ingenioso, siglos más tarde surgió la costumbre de dedicar un día del año a agradecer este regalo de Dios: ese es el sentido de la fiesta del “Corpus Christi”, el día en que salimos de nuestros templos con Jesús Sacramentado y lo llevamos en procesión por las calles ciudades y pueblos para rendirle culto públicamente.

Como Obispo de la Iglesia Católica, tengo la más profunda convicción de que la nueva siembra de valores del Evangelio que necesita el mundo está muy ligada a una profunda fe en la Eucaristía. “El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto” –decía Jesús–, “porque separados de mí nada pueden hacer” (Juan 15,5). Dios quiera que los cristianos sepamos comprender plenamente esta verdad.

 

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“Denles ustedes mismos de comer". El pedido de Jesús resuena con fuerza en quienes desean ser discípulos del Señor. Con estas palabras, la Iglesia en Argentina nos invita a preparar el próximo Congreso Eucarístico, a rejuvenecer la fe en Jesús Sacramentado, a agrandar el corazón y a tomar plena conciencia de todas y cada una de nuestras responsabilidades como cristianos y como ciudadanos.

La inmensa mayoría no podrá participar personalmente del Congreso Eucarístico de Corrientes, aunque todos nosotros podemos enriquecernos mucho. Por eso, el tiempo que media entre el día del Corpus Christi hasta el día de la culminación del Congreso Eucarístico, el domingo 5 de septiembre, queremos que sea un verdadero tiempo eucarístico para la Iglesia en San Juan. En torno a la celebración de la Eucaristía y en la compañía de Jesús Sacramentado, queremos aprender del Evangelio la agilidad para llevar y brindar el pan de la fe y del amor a Jesucristo a muchos hermanos, tan necesitados del alimento material y del pan del espíritu.

Me ha hado mucha alegría que el Consejo Presbiteral de la Arquidiócesis de San Juan, interpretando los sentimientos de los fieles sanjuaninos, haya recomendado –por unanimidad– retomar la hermosa costumbre de la adoración diaria y permanente al Santísimo Sacramento en nuestra Iglesias y Parroquias, de tal modo que –todos los días– una o más comunidades cristianas se congreguen en oración ante Jesús en la Santa Eucaristía.

También ha pedido que en el corazón de los fieles resuene una petición unánime al Señor Dios: “que nuestra Iglesia de San Juan sea verdadera “casa y escuela de comunión”, como pide el Papa Juan Pablo II, y como lo proclama “Navega Mar Adentro”, la propuesta de conversión en santidad y en espíritu apostólico de la Iglesia en Argentina, que nos hemos comprometido asumir con entusiasmo y convicción. Esto es muy importante, y traerá consecuencias pastorales muy enriquecedoras para todos.

Con palabras de la oración del Congreso Eucarístico de Corrientes pidamos a Dios que este acontecimiento “nos devuelva a Jesús como autor de nuestra fe y de nuestro compromiso ciudadano”. No cabe disociación alguna. Nuestra Argentina necesita “hombres y mujeres honestos y capaces”, apasionados por la verdad y comprometidos muy en serio con el bien común. Los hombres y mujeres de fe son quienes más generosamente pueden aportar estos dones de Dios y así ser luz de verdad para la Iglesia y para los proyectos y esperanzas de nuestra sociedad.

Que Jesús Sacramentado aliente nuestro fraterno gesto de partir el pan y nos otorgue su paz”.


Mons. Alfonso Delgado,
arzobispo de San Juan de Cuyo



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