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JUAN PABLO II EN EL DÍA DE SUS EXEQUIAS
Homilía de monseñor Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo
(Iglesia Catedral de San Juan, 8 de abril de 2005)
1. Al
atardecer del domingo pasado, a la misma hora en todos los templos, la
Iglesia Católica en San Juan reunió a sus hijos con el lazo fuerte de
la oración por Juan Pablo II, para acompañarle en “su pascua”, en su
paso de la casa de la tierra a la casa de Dios.
Con mucho afecto,
hemos rezamos por él y hemos pedido la gracia de Dios para ser
merecedores de la inmensa herencia que nos deja: a la Iglesia
Católica, a los cristianos, a los demás creyentes, a la humanidad
entera.
Esta nueva
convocatoria de hoy, en la Iglesia Madre de San Juan, tiene un
carácter familiar y muy espontáneo. Quiere sumarse a la despedida a
uno de los hombres más queridos de la tierra. Juan Pablo II se ganó el
corazón de millones de hombres y mujeres de todos los credos, de todas
las edades, culturas y naciones, especialmente de los jóvenes –a los
que tanto quería y con los que se sentía tan a gusto–, de los
sencillos de corazón y de los pobres y sufrientes del mundo.
Hoy también
despiden al Papa los “poderosos” de la tierra. A ellos también les
enseñó y les dio ejemplo de servicio desde su responsabilidad al
frente de las naciones, del mismo modo que Jesús enseñó a servir a sus
discípulos.
A más de uno de
ellos, en nombre de Dios, tuvo que amonestar severamente: porque sólo
la paz dignifica al hombre y toda guerra es siempre un fracaso de la
humanidad; porque la vida es sagrada y el primero de los derechos
humanos; porque la economía y la política están al servicio del hombre
y no al revés; porque la autoridad está al servicio del bien de todos
y no sólo de algunos; porque la familia es expresión de la naturaleza
humana y no un mero invento humano; porque los pueblos progresan con
educación y trabajo, con paz social y entendimiento, con honestidad y
honradez.
2. ¿Qué ha encontrado este mundo nuestro, tan conflictuado y
necesitado de esperanza, en un hombre de carne y hueso como el Papa
Juan Pablo II, Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, aquel Apóstol que fue
“cabeza” del grupo de los Doce? La Palabra de Dios hoy proclamada
recuerda a Pedro como un hombre “dichoso” y “feliz”, no tanto por
haber sido azotado, sino por ser digno de recibir los azotes a causa
de Jesucristo.
¿Qué ha visto en él
la humanidad para acompañar y despedir así a este viajero infatigable,
anciano y enfermo en la última etapa de su vida, aunque lleno de una
contagiosa y envidiable felicidad?
Quizá el mundo ha
encontrado en él a una persona extraordinariamente buena y generosa,
de gran corazón y cercana a todos.
acaso ha encontrado
en él al líder mundial, defensor de la paz y de la dignidad humana,
que con su amor a la libertad ayudó a derrumbar muros de indignidad y
de opresión que afligían a pueblos enteros.
será que los
cristianos han visto en él a un gran Pastor y “predicador”de la fe en
Jesucristo. O a un buen conductor de la Iglesia...
3. Seguramente, en nuestro querido Juan Pablo II encontramos
todo eso y mucho, mucho más. Con la mirada puesta en nuestro Padre
Dios, hemos visto –sobre todo– a un hombre libre y valiente que se
dejó “conquistar” por Jesucristo, que supo escuchar su voz y su
llamada, que le respondió con el sí de los santos, que supo seguirle
de cerca, comprometiendo hasta el final su palabra y su vida.
Al dejarse “ganar”
por Dios, también nos ha conquistado a nosotros para Dios, nos ha
alentado a conocerle y a amarle más, a abrir de par en par las puertas
de nuestra vida a Jesucristo, y a contemplar con sus mismos ojos el
mundo en que vivimos.
A lo largo de los
años, Dios fue dando forma a la vida de Juan Pablo con el cincel de la
alegría y del dolor, del desfuerzo y del sacrificio, del estudio y del
trabajo, de las letras y de la teología. Desde su ordenación
sacerdotal en la clandestinidad, ha sido testigo fiel del gran amor de
Dios por los hombres; el hombre del amor concreto y eficaz, sin
“guitarreo” y sin guardarse nada para sí; el hombre de la verdad clara
“sin pelos en la lengua”, pero siempre con caridad.
“El amor de Cristo
fue la fuerza dominante de la vida de Juan Pablo II. Quienes lo han
visto rezar, lo saben muy bien”, así lo recordaban esta mañana en la
Plaza de San Pedro, en Roma. Por eso su vida nos recuerda a la de
Jesús, el que nos amó hasta el extremo, hasta el fin, hasta no dar
más, hasta quedar sin voz.
Con su fe profunda,
nos enseñó a “descubrir” el rostro de Cristo y a contemplarlo en cada
uno de nuestros hermanos; no sólo en algunos, sino en todos.
Nos animó a orar y
a tratar a Dios con la confianza del tú a tú, y a redescubrir el
tesoro de amor que se esconde en la Eucaristía.
Con su testimonio
nos alentó a buscar la santidad, plenitud de amor a Dios y a los
hermanos. Y con su coherencia de Buen Pastor nos recordó que la única
clave posible para cualquier acción evangelizadora en la Iglesia es
“la clave de la santidad”.
Con su corazón
amable y lleno de ternura nos enseñó a hacer de la Iglesia “casa y
escuela de comunión”, abierta a todos, amando a todos.
Nos enseñó a
respetarnos y valorarnos como personas y como naciones, por encima de
cualquier diferencia. Nos ayudó a pedir perdón y a saber perdonar.
Nos dio clases de
“buen samaritano”, al cargar sobre sus hombros desde el hermano caído
hasta naciones enteras. Así lo hizo con Argentina, cuando arriesgó
hasta el prestigio de su pontificado recién estrenado, para que
pudiéramos encontrar la paz con los hermanos chilenos; o cuando vino
hasta nosotros, con la rapidez del amor, en medio de la tragedia de
Malvinas; o en su cercanía y afecto en momentos muy difíciles de
nuestra historia reciente.
A sus hijos de
América Latina nos inculcó a ser generosos y a saber dar desde nuestra
pobreza. Y a los países opulentos les pidió que aprendan a compartir.
Porque Dios no se deja ganar en generosidad.
Y luego de
enseñarnos a vivir con la dignidad de hijos de Dios, también nos
enseñó a morir.
4. Juan Pablo II nos enseñó tantas cosas... Pero lo que más
cuenta, lo que más nos conmueve y alienta, es que lo hizo con la
fortaleza de la fe, con la transparencia de la humildad y con el valor
del ejemplo verdadero. Así obran los verdaderos amigos y testigos de
Jesucristo. Su testamento termina con estas palabras llenas de fe: “En
tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.
En el día de sus
exequias, pedimos a Dios que nos ayude a valorar y a hacer fructificar
la herencia de Juan Pablo II que recibimos en nuestras manos y en
nuestras vidas. Todos nosotros también estamos llamados a pasar por la
tierra “haciendo el bien”, como Jesús, con la fuerza del amor de Dios
y la mirada puesta en él y en nuestros hermanos, con el gozo de los
Apóstoles que se sentían dignos de gastar la vida por Jesucristo, como
lo hizo Juan Pablo II: Juan Pablo, el Grande, como algunos ya han
comenzado a llamarlo.
Que la Madre del
Salvador acompañe al querido Papa Juan Pablo II, así como él supo
quererla en la tierra y ver en ella el reflejo más grande de la
misericordia de Dios. Amén.
Mons. Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo- Argentina
Iglesia catedral
de San Juan, 8 de abril de 2005 |