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CON LA FUERZA DEL ESPÍRITU


Mensaje de monseñor Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo,
para la Solemnidad de Pentecostés (15 de mayo 2005)


Los cristianos recordamos en este día la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y demás discípulos de Jesús. Conocemos este acontecimiento a través de un testimonio de primera mano: el libro de los Hechos de los Apóstoles, que forma parte del Nuevo Testamento.

Ya antes de la Ascensión a los cielos, Jesucristo había prometido a sus apóstoles que no les abandonaría ni les dejaría huérfanos: "Yo estaré siempre con ustedes...”; “el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho”.

Ese día, llamado de Pentecostés, los apóstoles estaban reunidos en oración, acompañados de la Madre de Jesús. De pronto sintieron como un ruido de viento impetuoso, y vieron como lenguas de fuego que se posaban sobre sus cabezas. Y sintieron en sus corazones la acción y la fuerza del Espíritu Santo. Era el don, el “regalo” de la Tercera persona de la Santísima Trinidad, prometido por Jesús a la Iglesia.

Entre los apóstoles se produce un cambio notable de actitud y de mentalidad. Se llenan de audacia, se vuelven animosos y más valientes, dispuestos a afrontar con alegría las dificultades más grandes para poner en práctica el mandato de Jesús de llevar la luz de la fe hasta los confines de la tierra. Así comenzó la expansión de la Iglesia de Jesucristo.

Aquella venida del Espíritu Santo nos afecta a todos, ya que el Espíritu de Dios guía y santifica a su Iglesia, y guía con suavidad y libertad la vida de cada cristiano y de cada hombre o mujer de buena voluntad.

Los cristianos suelen rezar una oración llena de fe al Espíritu Santo, que dice así: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”. A las personas queridas las llamamos por su nombre y les pedimos que se acerquen a nosotros. Al Espíritu Santo, también. Por eso le decimos: “¡ven!”; “¡ven con nosotros!”, “¡enciéndenos con tu amor!”

Este día un buen momento para darnos más cuenta, si cabe hablar así, cómo el Espíritu Santo nos ayuda a ser fieles a los designios de Dios, que son siempre de paz, de esperanza y de amor. Aunque, a veces, seamos bastante torpes como para captar esas buenas inspiraciones o para comprender que proceden de Él.

Cuando nos distraemos o descuidamos en nuestra fe, el Espíritu Santo se las arregla de mil maneras para acercarnos de nuevo y con suavidad a la alegría de la amistad con Dios, al encuentro del hijo pródigo con su Padre Dios.

Si sabemos descubrir sus inspiraciones, veremos que su gracia nos agranda el corazón para saber querer de un modo nuevo a los demás, para llenar de cariño y de paz a nuestras familias y a nuestros semejantes, para crecer en fidelidad y en alegría, para saber perdonar y para saber pedir perdón.

El Espíritu Santo nos inspira para hacer siempre el bien, para vivir de cara a la verdad, para ser más honrados y honestos, para ser mejores trabajadores, mejores estudiantes, mejores ciudadanos. Si el demonio es padre de toda mentira, toda verdad procede siempre de Dios.

Quien se deja ayudar por el Espíritu Santo es sembrador de paz y de alegría entre los hombres, transita caminos de solidaridad y de fraternidad, agranda su corazón para aliviar la pobreza y la miseria de tantos hermanos, pasa por la vida haciendo el bien, sabe convivir y respetar a todos.

El Espíritu Santo ayuda a los cristianos a encontrar la unidad dentro de la más amplia variedad. Lo que une a los cristianos es mucho más grande y más fuerte que las posibles diferencias, y así nos lo hace notar el Espíritu de Dios. Por eso hoy comenzamos una semana de oración por la unidad de todos los cristianos.

Finalmente, el Espíritu Santo nos da la fortaleza de los apóstoles para transmitir al mundo los valores del Evangelio, para acercar a otros hombres y mujeres a la luz radiante de la fe, para encender otros corazones con la esperanza de Jesucristo.


Mons. Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo



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