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TEDÉUM DEL 25 DE MAYO
Homilía de monseñor Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo, en
el Tedéum del 25 de mayo de 2005 (Iglesia Catedral de San Juan)
El Tedéum es una celebración de acción de Gracias a Dios. El
motivo de hoy es un nuevo aniversario de la Patria argentina.
La lectura del
Evangelio nos pone delante de la parábola del Buen Samaritano con
todos sus personajes (Lucas 10,29-37). La sabiduría de Jesucristo
atraviesa las culturas y los tiempos y permanece siempre actual. El
relato evangélico habla de ladrones y salteadores de caminos que roban
sin importarles la hacienda y la vida de la víctima inocente. También
aparecen quienes podrían ayudar al hermano caído, golpeado y
despojado, pero prefieren pasar de largo, sin complicarse la vida. Y
nos conmueve la generosidad de un hombre, aparentemente extranjero y
lejano, que se siente “prójimo”, es decir “próximo” y cercano del
hermano herido. Este no pasó de largo ni lo llevó a la rastra, sino
que lo cargó sobre sus hombros y en su cabalgadura hasta dejarlo a
salvo y curado.
Hace 195 años, en
Mayo de 1810, un grupo de patriotas se animó a “cargar sobre sus
hombros” la incipiente Patria argentina, quizá sin avizorar plenamente
la magnitud de la empresa. Saavedra, Moreno, Belgrano, San Martín,
Sarmiento, y tantos otros próceres conocidos o anónimos, “se hicieron
cargo” del país a lo largo de su historia.
Hoy estamos a 5
años del Bicentenario del comienzo de la libertad y de la
independencia de nuestro país. La historia nos ha enseñado muchas
cosas. Hombres y mujeres nativos, junto con otros venidos de lejos
para habitar el suelo argentino, supieron levantar el país sobre sus
hombros, cuando lo vieron necesitado, caído o esquilmado. Otros fueron
indiferentes. Quizá de ellos surgió la frase que nos avergüenza y que
se pronuncia con un encogimiento de hombros: ¿Yo? argentino... Y –por
supuesto– también forman parte de nuestra historia triste los
salteadores y ladrones que más de una vez dejaron tirado en el suelo
al país, herido y desahuciado.
En los pocos o
muchos años de vida que llevamos los aquí presentes, ¿quién no ha sido
testigo de sucesos gozosamente solidarios, de actitudes indiferentes
y egoístas, o de acontecimientos tristes y desesperanzadores?
Repasando la
historia que hemos vivido desde lo negativo hacia lo más positivo,
¿quién no se ha sentido víctima de verdaderas bandas o mafias que han
saqueado y destrozado al país, a sus provincias y a sus municipios, a
veces desde cargos públicos, engañando y estafando al pueblo que los
eligió, o en complicidad con esa indigna dirigencia?
Los procedimientos
han sido variados, pero con un denominador común de bandidaje y
de salteadores del bien común:
-
ha sido la
ruptura del orden constitucional
-
el incumplimiento
de la Constitución y de la ley; y sus decretos-leyes o de necesidad
y urgencia
-
las leyes
públicas o secretas a medida del bolsillo y de los intereses de la
casta partidaria o corporativa
-
la degradación y
manipulación del poder soberano de la justicia, la impunidad
-
los retornos y
negociados, los sobresueldos y coimas
-
las licitaciones
públicas “dibujadas” para el beneficiario elegido de antemano
-
los abundantes
monumentos y estructuras de corrupción visibles u ocultos
-
la compra de
voluntades, los clientelismos partidarios y los feudos autoritarios
-
la incapacidad y
falta de compromiso en muchos responsables del bien común
-
persecuciones
difamatorias, la exclusión y discriminación, la violencia
-
la degradación
moral, especialmente de la juventud
-
la
irresponsabilidad en la seguridad y en el bienestar de la población
-
los indignos
condicionamientos a la prensa y a los medios de comunicación
-
y muchas y muy
variadas formas más de bandidaje
Eso sí, todo esto
se ha hecho con el dinero del pueblo. El resultado lógico ha sido la
pobreza y la indigencia de muchísimos habitantes y ciudadanos de la
Nación argentina, la falta de la necesaria calidad en educación,
salud, seguridad, trabajo, justicia, etc., que han degradado de tal
modo al país en el concierto de las naciones hasta poder decirse
“que es posible morirse de hambre en la tierra bendita del pan”.
Junto al pueblo
herido por ladrones y salteadores del bien común, no han faltado
quienes se han encogido de hombros y mirado para otro lado, quizá
lamentando esos sucesos y despotricando contra los asaltantes, pero
siguiendo su propio camino, indiferentes y con prisa, pues su
bienestar egoísta no se compaginaba con la generosidad y la
responsabilidad social.
Gracias a Dios –y
aquí viene lo positivo– nuestro país cuenta con muchos samaritanos,
buenos ciudadanos que saben cargar al país sobre sus hombros, que se
sienten “prójimos” de sus hermanos, habitantes y ciudadanos de un país
caído, asaltado y despojado. Son samaritanos del país en las altas
esferas o en el esfuerzo humilde y silencioso para ganar el pan de
cada día. No es difícil describir a estos “prójimos”, buenos
samaritanos y verdaderos próceres argentinos:
-
son los se ganan
la vida con el trabajo propio y no se aprovechan del esfuerzo ajeno
-
los que sostienen
al país con sus impuestos, aunque perciban que su sacrificio puede
ir a parar a otros bolsillos
-
son los
dirigentes políticos y sociales que cumplen su misión con capacidad,
honestidad y, muchas veces, con gran heroísmo personal
-
los que
administran el dinero público –es decir, el dinero del pueblo– como
algo sagrado, pues proviene del sudor y del sacrificio de muchos,
para ser invertido solamente y nada más que en obras de bien común
-
son los que no
pagan, no piden, no toleran ni aceptan coimas, sobornos, retornos,
reintegros, sobresueldos, u otras formas execrables de robo al
pueblo, tan arraigadas en la cultura de muchos dirigentes del país,
aunque a veces sus bocas clamen contra la deshonestidad y la
corrupción
-
son los que
estudian para saber, preparándose para servir a sus hermanos, y no
para “zafar” un examen
-
son los maestros
y profesores que enseñan y educan con el espíritu del gran educador
sanjuanino
-
son los que
cuidan y velan por los enfermos y sufrientes como verdaderos
“prójimos”, por encima de la maraña burocrática que ha creado
nuestra corrupta máquina de impedir hacer el bien
-
son los
empresarios, grandes, medianos y pequeños, que se arriesgan a crear
puestos de trabajo, aunque no saben cuándo les cambiarán las reglas
del juego, si habrá energía para producir, o multas por enchufar una
máquina que dará trabajo a otros
-
son los
periodistas y medios de comunicación que no se postran ante las
presiones y dádivas del poder político para silenciar o acomodar la
voz de la verdad
-
son los jueces
que juzgan con justicia y equidad, tienen sus juzgados al día, no se
dejan presionar por otros intereses, creen en la igualdad ante la
ley y, evitando que algunos sean “más iguales” que otros
-
son los policías
y fuerzas de seguridad que arriesgan la vida por la tranquilidad de
la población, aunque las leyes y el sistema jurídico a veces hagan
más fácil la acción del que ha delinquido
-
son los
legisladores y concejales que trabajan y actúan según su conciencia
de representantes de todo el pueblo, y no por otros intereses a
veces inconfesables
-
son los que creen
en la fuerza creadora de la libertad, promueven el diálogo, respetan
el disenso, y buscan el consenso en torno al bien de todos
-
en fin, son
buenos samaritanos los que pasan por la vida haciendo el bien a sus
hermanos, a sus familias, a sus vecinos y a aquellos que encuentran
en el camino de la vida
Si en el país hay
salteadores de caminos y egoístas desinteresados del prójimo, también
hay buenos samaritanos que arriesgan y se juegan por sus hermanos y
por la Patria argentina. Sin embargo, se necesitan más ciudadanos
valientes, más dirigentes ejemplares de brazos generosos y manos
limpias.
En este momento de
acción de gracias a Dios, miremos nuestra propia conciencia y
alentemos a los demás ciudadanos a mirar cada uno la suya. ¿A qué
grupo o sector de personajes de la parábola pertenecemos? Dios quiera
que sepamos militar sólo entre los buenos samaritanos, entre los
ciudadanos de verdad, que cargan sin remilgos el país al hombro,
dignos depositarios de la herencia recibida de los próceres de Mayo.
Dios conoce el
corazón del hombre y a cada uno concede el maravilloso don de la
libertad y de la responsabilidad. Dios nos quiere felices en la
tierra, haciendo el bien a todos, todo el bien que podamos. Y si
nuestros pasos alguna vez fueran torcidos, nos enseña a arrepentirnos
y a cambiar la calidad de nuestra vida. Por eso nos interpela y nos
cuestiona: ¿de qué sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su
alma? Es decir, de qué sirve nuestra existencia en la tierra si se
pierde la recta conciencia, la dignidad y la honradez, el aprecio de
los ciudadanos y la felicidad para siempre, para toda la eternidad.
San Juan es una
provincia pequeña, a pesar de su extensión. Sus habitantes no llegan
al 2% del país y su aporte a la riqueza nacional apenas llega al medio
por ciento del total. El ingreso anual del sanjuanino alcanza
escasamente al tercio al del promedio nacional. Ya se ve qué hemos
sufrido muchos salteadores de caminos y de instituciones, aunque no
veamos a ninguno de ellos en el penal de Chimbas. Tampoco han faltado
oportunidades para crecer y compartir un futuro mejor.
Sin embargo, desde
nuestra propia pobreza también podemos ser una ayuda para el país,
cargando sobre nuestros hombros al menos una parte de la necesaria
reconstrucción moral de la Argentina. “Ve, y haz tú de la misma
manera”, dijo Jesús a sus interlocutores. También nos lo dice a
nosotros. ¿Seremos capaces de hacerlo?
Que esta actitud
auténtica y sincera de “buen samaritano” sea nuestra acción de gracias
a 195 años de la revolución de Mayo.
Quizá sea oportuno
retomar, con el empeño de no hace mucho tiempo, la Oración por la
Patria, que les invito a compartir antes de recibir la bendición.
Mons. Alfonso Delgado,
arzobispo de San Juan de Cuyo |