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EL DIACONADO Y EL PRESBITERADO EN LA IGLESIA


Homilía de monseñor Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo en la misa de ordenaciones diaconales (Parroquia Nuestra Señora de Luján, 27 de mayo de 2005)



1.
En este Año de la Eucaristía, que Juan Pablo II nos dejó como parte importante de su herencia de fe, de amor y de santidad, siete hermanos nuestros bautizados en la fe cristiana recibirán la ordenación diaconal. La fecha de hoy no es casual. Estamos en las vísperas del Corpus Christi, día en que queremos honrar y agradecer a Dios por el inmenso regalo de la Sagrada Eucaristía. Esta ordenación diaconal quiere ser un homenaje de toda la Iglesia de San Juan al Año de la Eucaristía.

A la luz de la Palabra de Dios, profundicemos en el hondo sentido que tiene el diaconado en la Iglesia. Desde los comienzos, los cristianos procuraron poner en práctica el gran mandamiento que nos dejó Jesús: “Así como Yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Juan 13, 34-35).  A propósito, empleo el verbo “procurar”, porque cada día es necesario renovar esta actitud del espíritu y porque siempre podemos “procurar amar más”. Por otra parte, intuimos cuánto egoísmo somos capaces de albergar en el corazón cuando nos apartamos de Dios.

La Iglesia naciente –como la Iglesia de todos los tiempos– supo volcar un amor muy especial hacia los más pobres, los más sufrientes, los más necesitados. En ese contexto se entiende lo que narra el libro de los Hechos de los Apóstoles, que integra el Nuevo Testamento (Hechos 3, 1-7). Como el número de discípulos aumentaba día a día, los cristianos procedentes del mundo griego se sintieron molestos porque pensaban “que se desatendía a sus viudas en la distribución diaria de los alimentos”. Las viudas representaban el sector más carenciado de la sociedad de entonces. Los comedores comunitarios tienen siglos de existencia, y han sido una de las tantas expresiones de la solidaridad cristiana, especialmente en épocas difíciles, aunque todos desearíamos que cada familia pudiera reunirse cada día, en la propia mesa, a compartir el pan ganado con la dignidad del trabajo.

Los Apóstoles convocaron a los discípulos y les dijeron: “No parece justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocuparnos de servir las mesas. Es preferible, hermanos, que busquen entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, y nosotros les encargaremos esa tarea. De esa manera podremos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra”. Los Apóstoles no pretendían “sacarse” un peso de encima, sino que veían la necesidad de llevar el Evangelio a otros nuevos horizontes, de catequizar mejor a los que abrazaban la fe, y de compartir las responsabilidades y tareas de la naciente comunidad cristiana.

La asamblea de los fieles aprobó esa propuesta y eligieron a siete hombres. Los presentaron a los Apóstoles, y éstos, después de orar, les impusieron las manos. Ellos fueron los primeros “diáconos” de la Iglesia Católica. Uno de ellos era Esteban, que poco después sería el primer mártir cristiano.

La palabra “diácono” deriva de la palabra griega “diaconía”, que significa “servicio”, y que en latín se dice “ministerium”. Con toda la fuerza del Colegio Apostólico, los Apóstoles instituyeron el ministerio diaconal en la Iglesia, ordenado al servicio de la caridad hacia sus hermanos.

El diaconado es uno de los tres grados del Orden Sagrado, compuesto por los Obispos, sucesores de los apóstoles, por los Presbíteros –cuya principalísima misión es la celebración eucarística– y por los Diáconos.

El ministerio diaconal tuvo gran importancia en los primeros siglos de la Iglesia. Entre ellos encontramos grandes ejemplos de santidad y de servicio, y enriquecieron enormemente a las primitivas comunidades cristianas. Podían ser célibes o casados. Como recuerda San Pablo, debían ser hombres respetables, de una sola palabra, moderados en el uso del vino y enemigos de ganancias deshonestas. Si eran casados, debían ser ejemplo en el gobierno de la casa y en la educación de los hijos (Cfr. I Tim. 3,8 y ss).

Con el correr de los siglos, las funciones propias de los diáconos fueron asumidas, de hecho, por el ministerio sacerdotal. Su fisonomía propia y su propio quehacer se fueron como desdibujando a lo largo de la historia. Sólo llegaban a ordenarse de diáconos aquellos que luego recibirían la ordenación sacerdotal. En la práctica, dejó de ser un ministerio “permanente”. Sin embargo, siempre constituyó el primer paso importante hacia el sacerdocio.

El Concilio Vaticano II, que ha significado una renovación en fidelidad y en santidad para toda la Iglesia, volvió a instaurar el ministerio diaconal en toda su plenitud. Por eso, en los últimos años hemos vuelto a tener “diáconos permanentes” en nuestras Iglesias. Permanecerán como diáconos para toda la vida. Para los futuros sacerdotes, en cambio, el diaconado será una etapa muy significativa hacia la ordenación presbiteral.

El diaconado es una vocación y un ministerio para el servicio de la caridad, en el más amplio sentido de la palabra. También participan en la predicación de la Palabra de Dios, en la catequesis, en la formación cristiana de los demás fieles, y en la liturgia. En este aspecto, es misión del diácono colaborar en la administración del Bautismo y de la Sagrada Comunión, en la celebración del Matrimonio, en la oración de las exequias y en el acompañamiento de las comunidades cristianas. Constituyen un servicio de primer orden para toda la Iglesia.

Nuestra Iglesia de San Juan cuenta con 10 diáconos permanentes. La maduración eclesial que ha significado el Seminario en San Juan permitirá en breve retomar el camino hacia el diaconado permanente, implementando nuevos esfuerzos formativos todavía más amplios.


2. Los siete jóvenes que hoy llegan al diaconado proceden del Seminario de San Juan, y todo hace pensar que dentro de unos meses recibirán la ordenación sacerdotal. ¿Por qué la Iglesia los ordena primero de diáconos y no directamente de presbíteros? ¿Será para que vayan practicando poco a poco? ¿O para probar sus disposiciones? La respuesta no va en esa dirección. Tiene un sentido muchísimo más rico y profundo. La encontramos en el Evangelio que hoy ha sido proclamado por otro diácono de la Iglesia (Juan 13, 1-15).

Jesucristo nos amó hasta el fin, hasta el extremo. Así aman los hombres y mujeres santos, espejos fieles de la vida de Jesús. Así estamos llamados a vivir todos los bautizados. Así vivió y murió Juan Pablo II.

En esa Última Cena, donde nos dejó el mandamiento del amor, la Eucaristía y el sacerdocio, ante la sorpresa de los discípulos Jesús comenzó a realizar la tarea que la costumbre judía asignaba al esclavo, al último de los servidores: lavar los pies de los que llegaban a la casa, unos pies que habitualmente habían caminado bastante recorriendo senderos agrestes de tierra y piedra, sólo con la protección de unas simples sandalias.

Ante la mirada atónita y boquiabierta de los apóstoles, Jesús empezó a lavar los pies de ellos y a secarlos con una toalla. Pedro quiere rebelarse cariñosamente, pero Jesús lo ataja y no admite su protesta. “Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: ¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me dicen Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si Yo, que soy el Señor y Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado ejemplo para que ustedes hagan lo mismo que Yo hice con ustedes”. Y añadió Jesús: “Ustedes serán felices –muy dichosos– si, sabiendo estas cosas, las practican”.

Hermanas y hermanos míos: esto no lo hizo un hombre cualquiera. Lo hizo y lo enseñó el Dios hecho hombre, Jesucristo, el Salvador del mundo, el que tantas veces nos enseñó que no venía “a ser servido sino a servir y a dar la vida por todos”. El servicio lleno de amor es lo que da sentido y felicidad a nuestras vidas, como nos enseña nuestro Maestro y Señor, a quien queremos seguir y de quien queremos ser sus verdaderos discípulos.

Es importante saber que la Iglesia no ordena a nadie como sacerdote si antes no ha recibido y ejercido el ministerio diaconal. ¿Por qué? Para que esa disposición de servicio y ese ministerio de la caridad sea para siempre el fundamento y el cimiento (el cimiento “sismo-resistente”, podríamos decir en San Juan) del ministerio sacerdotal. Un cimiento que continuará estando fuertemente presente en toda la vida del sacerdote.

Miremos un ejemplo cercano y reciente. El Papa se llama a sí mismo “el servidor de los siervos de Dios”. ¿A quién lo le ha emocionado la elección de Benedicto XVI, quien luego de muchos años de servicio a la Iglesia y a sus hermanos, de pronto Dios le pide una nueva tarea, casi sobrehumana, un nuevo servicio universal muchísimo más exigente: ser el Sucesor de Pedro Apóstol, el Obispo de Roma y Supremo Pontífice de la Iglesia universal?

Asimismo, la vida de un Obispo, de un Presbítero, de un Diácono, de un religioso o religiosa, de un cristiano, sólo se entiende como servicio de amor hasta el heroísmo, si es necesario, ya sea en la tarea eclesial, en la familia, o en las múltiples encrucijadas del mundo.

Mi vida de Obispo tendría muy poco valor y muchísima  tristeza si se desdibujara o se aguara la diaconía, es decir, la configuración sacramental con Cristo servidor; si yo me olvidara que siempre seré “diácono” y –también– “sacerdote”,  y –además– “Obispo” de la Iglesia.

La ordenación diaconal nos configura de un modo sacramental con Jesucristo e imprime para siempre el carácter de “servidor”. Y junto con el carácter sacramental, la gracia para acrecentar la disponibilidad, las actitudes, el entusiasmo, el heroísmo y la alegría de los Apóstoles: “Serán felices si hacen así”.


3. Cualquier vocación en la Iglesia es llamada gratuita de Dios, sin que ninguna la haya merecido. Recuerdo una vez, que en la fiesta principal de una ciudad pequeña fue invitado y asistió el presidente del país. Recorriendo la calle principal llena de gente, el presidente reconoció a alguien y lo llamó por su nombre, tratándolo de “amigo”. Todavía recuerdo el rostro de sorpresa y de alegría de ese hombre de pueblo cuando se dieron un abrazo, mientras en su espontaneidad de hombre sencillo, repetía: “Gracias, gracias, no me lo merezco, no me lo merezco”.

Es lógico agradecer un reconocimiento humano de este tipo. Pues bien, nosotros sabemos que quien nos ha llamado –por nuestro propio nombre– y nos ha tratado de “amigo”es el mismo Jesucristo, el que dio la vida por nuestra salvación y felicidad, el que quiere compartir su tarea y su misión con nosotros, especialmente con aquellos que Él elige para ser sus discípulos y ministros, sin merecerlo. Es Jesús quien llama al corazón y nos llama por nuestro nombre: ¡sígueme! Y sólo a Él respondemos, con alegría e inmensamente felices, sin miedo a entregarle la vida “del todo” y “para siempre”.

A todos aquellos y aquellas que sientan en su corazón y en su conciencia la llamada de Jesús a seguirle muy de cerca en una vocación al servicio de Dios, de la Iglesia y de nuestros hermanos, me permito recomendarles que no tengan miedo en responder con el SÍ más grande que pueden pronunciar en la vida. Si nuestros planes personales –rectos y honestos– se nos presentan atractivos, ¡cuánto más entusiasmantes y gozosos serán los planes de Dios en nuestra existencia, acompañándole en el anuncio del Evangelio, en la entrega generosa de la Cruz y en la alegría de su Resurrección!

Hace pocas semanas, al despedir los restos mortales de Juan Pablo II, se explicaba su vida como una constante respuesta afirmativa a la invitación de Jesús –¡sígueme!– que se repetía una y otra vez ante nuevos horizontes de amor y de servicio. Así también lo entendió –de inmediato– quien le sucedió, el Papa Benedicto XVI. No tengamos miedo nosotros a seguir a Jesús, especialmente cuando nos llama por nuestro nombre y nos dice, con voz cálida y exigente: tú también ¡sígueme!


4. Para finalizar, hermanas y hermanos míos, no dejemos asombrarnos de nuestro amigo Jesús, que también nos amó hasta el fin cuando quiso quedarse entre nosotros bajo la humilde apariencia del pan y del vino. Luego de la Consagración de la Misa Él está allí realmente presente con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Como dice el antiguo refrán, “las cosas santas deben ser tratadas santamente”. Pensemos nosotros cómo debe ser nuestro trato con Jesús en el sacrificio eucarístico, cómo deben ser nuestras disposiciones en la sagrada comunión, como podemos expresar nuestro agradecimiento al acompañarle en nuestros sagrarios.

En este año de la Eucaristía, los nuevos y los viejos diáconos, los presbíteros y el obispo y todos los cristianos, sepamos agradecer a Jesús el don de la Eucaristía y aprendamos a “vivir de la Eucaristía” como hace la Iglesia. El domingo próximo, día del Corpus Christi, podremos manifestar nuestra fe en la Iglesia Mayor de San Juan –la Catedral– o quizá en los pueblos y ciudades lejanos. Que la fe en Jesucristo presente en la Eucaristía se exprese cada vez más en nuestras obras de amor, de servicio, de trabajo, de estudio, de solidaridad, en la juventud y con el paso de los años, en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en el dolor que redime y purifica.

Unidos a toda la Iglesia, pedimos ahora la ordenación diaconal para estos siete hermanos nuestros. Que María, esclava y servidora del Señor, nos enseñe a amar y a servir como Jesús.


Alfonso Delgado,
arzobispo de San Juan de Cuyo


Agradecimientos:

  • A las familias y a quienes les han catequizado y ayudado a crecer como cristianos

  • Al Seminario de La Plata y al de San Juan, a sus profesores y formadores

  • A los sacerdotes y diáconos que también han colaborado en su formación

  • A la Universidad Católica de Cuyo, que ha brindado el soporte académico a sus estudios

  • A las comunidades parroquiales e instituciones de la Iglesia, por sus oraciones, su aliento y su ayuda y contribución al Seminario

  • A la Parroquia y al Colegio Nuestra Señora de Luján por facilitarnos su casa para esta celebración y por la generosidad en brindarse –no sin sacrificio– a la Iglesia diocesana (NMA), y a los demás colaboradores



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