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CAMINANTES
CON JESÚS Y MARÍA
Homilía de Monseñor Alfonso Delgado, Arzobispo de San Juan de
Cuyo, en la fiesta en honor de la Virgen del Rosario, patrona de la
Arquidiócesis de Mendoza
(2 de octubre de 2005)
Queridos hermanos y queridas
hermanas, miembros vivos de la Iglesia de Dios en esta tierra
mendocina
Estimadas autoridades
encabezadas por el Sr. Gobernador y el Sr. Vicegobernador de Mendoza y
por el Sr. Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la provincia
1.
Como Obispo de la Iglesia en la vecina provincia de
San Juan, me da mucha alegría poder compartir, otra vez con Ustedes,
la Fiesta diocesana de la Iglesia en Mendoza, alabando a Jesucristo a
través de María, Madre de Dios y madre nuestra, en su advocación o
sobrenombre de Nuestra Señora del Rosario, tan apreciada en toda
la región cuyana. Precisamente ayer, hemos comenzado el Mes del
Rosario.
En este mes de Octubre
culmina el Año de la Eucaristía. A lo largo de estos meses hemos
renovado nuestro asombro y nuestra gratitud a Jesucristo, por su
presencia viva y real tan cercana a los hombres, bajo la humilde
apariencia del pan.
Precisamente, esta misma
mañana ha comenzado en Roma el Sínodo de los Obispos, junto al Sucesor
Pedro Apóstol, el querido Benedicto XVI, continuador de la obra y del
servicio del entrañable Juan Pablo II. El tema del Sínodo universal de
la Iglesia es considerar el tesoro de la Sagrada Eucaristía como
fuente y culmen de la vida cristiana y de la misión de la Iglesia. Por
este motivo, hoy no se encuentra entre nosotros el Obispo y Pastor de
la Iglesia de Mendoza, mi apreciado hermano José María Arancibia, pues
participa de ese encuentro de diálogo, de trabajo y de oración en
representación de los Obispos de Argentina. Él me pidió que los
acompañara en este día, lo cual me resulta sumamente grato. Desde aquí
acompañamos con nuestra oración y nuestro afecto al Santo Padre y a
vuestro Obispo.
2.
La Palabra de Dios recién proclamada nos permite
asomarnos a un suceso de la vida de María, llevando en su seno
purísimo al niño recién engendrado por obra y gracia del Espíritu
Santo. El Evangelio de Lucas nos muestra a María, seguramente
acompañada por José, el hombre fuerte y justo que Dios puso en la
tierra como padre del Salvador y como Esposo castísimo de la criatura
más excelsa que salió del de las manos del Creador.
No se trataba de un viaje de
paseo. Caminan kilómetros por senderos de montaña. María lleva a
Jesús; María camina con Jesús. El destino es un pueblo pequeño de
Judá, llamado Ain-Karim, donde vive Isabel, prima de María, que
también espera el nacimiento de un niño, que luego será Juan el
Bautista, el que “preparará los caminos del Señor”. En María se
percibe la actitud de ayuda y de servicio y, sobre todo, el deseo de
compartir la feliz noticia del Salvador, que vendrá a la tierra
nuestra como todos nosotros, a través de una madre. En ese encuentro
en la casa de Zacarías, la alegría embarga a todos,
incluido al niño que nacerá de Isabel.
3.
La Palabra de Dios también nos ha mostrado a María, años
después de aquel suceso en las montañas de Judá, cuando ya Jesucristo
ha subido al Padre, luego de su Muerte redentora y de su gloriosa
Resurrección. También vemos a María en constante actitud de servicio,
fortaleciendo la fe, el amor y la unidad de la primera comunidad
cristiana de Jerusalén, recordándoles que hagan lo que Jesús les
enseñó con su palabra y con su vida. María acompaña como Madre
a la Iglesia primitiva, y hace lo mismo con la Iglesia de todos los
tiempos. Allí la vemos junto a los Once apóstoles (pues todavía no ha
sido designado el reemplazante de aquel que traicionó a Jesús), y en
compañía de un pequeño grupo de hombres y mujeres. El Libro de los
Hecho de los Apóstoles nos dice que eran “perseverantes” –es decir,
dedicados– en la oración, en el trato sincero con Dios y en su
constante alabanza.
En esta oración
perseverante, que los hace tan unidos, no está ausente la oración
por excelencia: la celebración Eucaristía. Acompañados de la Madre de
Jesús, los apóstoles actualizan aquello que Jesús mandó hacer en la
Última Cena, cuando anticipó sacramentalmente el sacrificio de su vida
y su anunciada resurrección, aquel mismo día en que lavó los pies de
sus discípulos y nos dejó el mandamiento nuevo del amor. ¡Con qué
pureza de corazón y con qué amor tan grande recibiría María, ahora en
la sagrada comunión, a aquel que treinta y tres años antes había
recibido en su alma y en su seno purísimo! María “mujer
eucarística”, enseña a la primera Iglesia a caminar con Jesús.
María también nos ayuda a recorrer los caminos de la vida y de la fe
caminando con Jesús, caminando junto con nosotros.
4.
Queridos hermanos y hermanas: han pasado dos milenios de aquellos
sucesos que marcaron un antes y un después en la historia de la
humanidad: la venida del Salvador. La fe y la misericordia de
Jesucristo se han extendido a todos los continentes, a través de
apóstoles llenos de fe, de testigos transparentes de la vida de Jesús.
A veces, con grandes obstáculos y sacrificios, o con martirio y
persecuciones. Y siempre con alegría. Nosotros damos gracias
porque en nuestra región cuyana la fe en Jesucristo nos llegó a través
de las cumbres nevadas y de los valles de nuestra hermosa Cordillera.
Jesucristo sigue enviando
a cada generación de cristianos a seguir llevando a todo el mundo
la luz esplendorosa del Evangelio. Nos alienta a contagiar y compartir
la fe cristiana, que dignifica a toda persona, que nos permite no sólo
llamarnos sino ser y vivir como hijo de Dios; que nos hace vislumbrar
un destino eterno; que nos rescata de la oscuridad del pecado y nos
ayuda a abrir su corazón a la misericordia de Dios, para descubrir la
Verdad que nos hace libres y vivir en consonancia con el Amor que
nunca traiciona. Dios nos invita a “caminar como María”, a “caminar
con María”, llevando a Jesucristo a nuestros hermanos y al mundo
entero, comenzando por nuestro mundo familiar, laboral, social, allí
donde vivimos, trabajamos y donde compartimos la vida y servimos a
Dios y a nuestros hermanos.
5.
Como en la primitiva siembra del Evangelio, y en la evangelización de
todos los tiempos, no faltan obstáculos. Quizá el principal obstáculo
no ande rondando por ahí afuera. Es probable que, muchas veces, la
principal dificultad se encuentre dentro de nosotros mismos, cuando no
somos “perseverantes” en la oración y en la fracción del pan –la
Eucaristía, especialmente la Eucaristía dominical. O cuando nuestra
vida no refleja cada día mejor la vida de Jesucristo. Por poner un
simple ejemplo, ¿cuántos piensan que el Rosario, esa oración tan
hermosa que a través de María nos hace contemplar y aprender de la
vida de Jesucristo, es sólo un pequeño “adorno” para colgar del
espejito del auto o colgarlo del cuello, en vez de ayudarnos a rezar
esa sencilla oración de cada día? También podemos preguntarnos, ¿se
nota en nuestra vida, en nuestras palabras y acciones, en nuestros
pensamientos y actitudes, que somos verdaderos discípulos y testigos
de la vida de Jesús? ¿Se nota en nosotros, ministros del Señor, que
queremos ser “trasparencia” diáfana de Cristo, como tantas veces nos
ha pedido Juan Pablo II?
6.
Hermanos: comencemos por hacer crecer en nosotros la gracia de Dios,
por acercarnos a Jesús y aprender de Él, por parecernos a Él, no sólo
en la intimidad de nuestra conciencia, sino también en la vida de
familia, en el lugar de trabajo y de estudio, en el ámbito de cada
comunidad de cristianos, en nuestra condición de ciudadanos.
Entonces sí, podremos decir
que también nosotros somos –en serio– “caminantes con Jesús y con
María”, caminantes que –con la fortaleza de María Santísima–
llevan a Jesús a sus hermanos, que es el bien más grande y el regalo
más valioso que podemos brindar a quienes comparten con nosotros este
mundo nuestro.
7.
Cuando la fe en Jesucristo se expresa así, porque nos
dejamos impregnar de la gracia y la misericordia de Dios, los
obstáculos exteriores para contagiar la luz del Evangelio sólo son
secundarios. En el antiguo imperio romano existía casi la misma
degradación moral que a veces encontramos a nuestro alrededor. La
diferencia es que le hemos añadido mucha electrónica. Pero la
electrónica también sirve para anunciar el bien. Es cierto que también
se vislumbra un mayor espíritu egoísta y esa suciedad pegajosa de
la corrupción que termina destruyendo las conciencias, las
familias y el sentido del bien común. Pero la Cruz de Cristo, la Cruz
redentora del cristianos es también “el signo +” [el signo
más], que suma el bien y la verdad, que multiplica todo lo bueno. Que
une y salva nuestras vidas y la vida de quienes desean compartir el
amor y la misericordia de Jesucristo. El cristiano no maldice el mundo
porque es bueno, porque salió de las manos de Dios. Tampoco se dedica
a restar o a dividir, o a maldecir o lamentarse. La actitud
auténticamente cristiana es “ahogar el mal en abundancia de bien”; es
acudir a la verdad que hace libres a las conciencias impregnadas de
tinieblas y de mentira, empezando quizá por la de cada uno de
nosotros. El cristiano de verdad siembra siempre respeto, honradez,
justicia, solidaridad, también allí donde no reina el empeño por el
bien común de todos, sino el bien del propio bolsillo, del propio
grupo o del propio partido. Y recuerden bien algo que es muy
importante: un cristiano de verdad es siempre un buen ciudadano,
el mejor ciudadano. Y si no es así, de cristiano no tiene mas que el
puro nombre, al mejor estilo farisaico. Y no olvidemos que Jesucristo
vino a buscar no a los justos, sino a los pecadores. Es decir, a todos
y a cada uno de nosotros, a Ustedes y a mí, y a los demás también,
para ayudarnos en la conversión a la verdad, al bien, al amor que no
traiciona. Así seremos caminantes en nuestro tiempo que, como María,
llevan a Jesucristo a sus familias, a su comunidad cristiana, a su
barrio, a toda la Provincia de Mendoza, y al país entero, para hacer
una Patria de hermanos.
8.
En este Domingo, Día del Señor, Día de los cristianos, también
nosotros –discípulos de Jesús– realizamos junto a María lo que Jesús
mandó hacer: celebrar la Eucaristía.
Queremos dar gracias a Dios,
a través de Jesucristo que se queda con nosotros. Queremos hacer
memoria agradecida de las maravillas de Dios entre nosotros: en su
familia, que es nuestra Iglesia diocesana, en la Iglesia en nuestra
Región de Cuyo, en nuestras propias familias, en nuestra sociedad.
Entre tantos motivos, recordamos con mucha alegría ellas la
celebración del Congreso Mariano en Mendoza, hace ya 25 años, y tantos
motivos más de acción de gracias, que ofrecemos junto al pan y el vino
que se convertirán en el Cuerpo y Sangre del Señor Jesús.
Por eso hacemos una fiesta
de familia, de la familia de Jesús que es su Iglesia, de familia
diocesana, con el corazón embargado de alegría y de un compromiso
personal y comunitario de ser “transparencia de Cristo” desde los más
profundo de nuestro corazón hasta en nuestras obras y en nuestras
actitudes. Así seremos caminantes llevando a Jesús, como María,
junto a María, con la alegría de los hijos de Dios, compartiendo
el gozo de su misericordia y la salvación que sólo viene de nuestro
Padre Dios. Que así sea.
Mons. Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo |