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EN EL DÍA DE LA MADRE


Homilía de Monseñor Alfonso Delgado, Arzobispo de San Juan de Cuyo, con motivo del Festejo del Día de la Madre (16 de octubre de 2005)
 

Este día tiene su origen en el recuerdo de la maternidad de María, Madre de Dios y Madre nuestra, que antiguamente se conmemoraba el 11 de octubre. Para facilitar el encuentro de toda la familia, comenzó a celebrarse el tercer domingo de octubre.

La maternidad debe ser algo muy grande, ya que el mismo Dios quiso llegar hasta nosotros luego de estar nueve meses en el seno de una mujer y vivir en el seno de una familia de la tierra. Es el cauce para transmitir la vida, que siempre es un don de Dios. Los hijos son el fruto del amor de un hombre y una mujer que debería ser “para siempre”. Cuando no es así, esos hijos también son hijos de Dios, pero seguramente necesitarán más amor y afecto de parte de todos. Quienes tratan con niños, saben muy bien las carencias profundas de todo amor que no es como lo ha querido Dios.

Hablar de dignidad humana implica recordar que la humanidad tiene una deuda grande respecto de la mujer. La cuestión viene de lejos y hay mucho que reparar. Los tiempos que vivimos, tan llenos de declaraciones grandilocuentes, también encierran tremendas lesiones a la dignidad de la mujer y de la vida humana: violencia familiar y social, el “genocidio” del aborto, las discriminaciones y abusos, la prostitución de la mujer (y del hombre), la degradación que supone considerarla como un objeto de placer sexual, la explotación y desempleo y tantas cosas más que rebajan su dignidad.

Una de las mayores expresiones de la dignidad de la mujer es –precisamente– la capacidad de transmitir la vida, enriquecida con los valores de su feminidad. No sé hasta qué punto sabemos reconocerla, respetarla y fortalecerla. Dios quiera que sean las propias mujeres las primeras en promover el más pleno respeto de su condición. Nuestro mundo necesita el aporte de esos grandes valores. Lo mismo ocurre en la Iglesia. Necesitamos que las mujeres sean “muy mujeres”, con toda la riqueza humana de su propia condición.

El día de la madre se asocia espontáneamente a la valoración de vida, de toda vida humana, especialmente de la más indefensa, más frágil o más necesitada. Si nos preocupamos del cuidado de los guanacos y de las ballenas, ¡cómo no vamos a preocuparnos de proteger toda vida humana! En un tiempo de enorme progreso tecnológico y de fuerte conciencia de la dignidad humana y de sus derechos, sorprende que todavía haya que salir en defensa de algo tan obvio y fundamental como es la vida humana, cualquiera sea su situación, edad o condición.

Por ejemplo, la matanza de un niño no nacido es una de las más grandes regresiones morales de nuestro tiempo, peor que las guerras que asuelan a la humanidad. Si no reconocemos eficazmente el derecho a toda vida humana, comenzando por aquella que no ha visto todavía la luz del sol, qué sentido tendría parlotear de “derechos humanos”. Sonaría como una burla macabra o una sangrienta hipocresía, indigna de cualquier sociedad que se estime tolerante y madura. Por eso, cuando se propone, con eufemismos que no convencen a nadie, la llamada “despenalización” del aborto, dan ganas de preguntarles por qué no comienzan por algo igualmente absurdo: la “despenalizan” del robo, de los secuestros de personas, o del asesinato. Estas víctimas inocentes, al menos podrían defenderse. En cambio, el niño no nacido, mucho más inocente, no tiene posibilidad de ninguna defensa. Sé que este planteamiento es muy duro, además de absurdo. Pero da la impresión de que algunos dirigentes sociales y políticos sólo entienden un lenguaje así.

En este día en que celebramos la maternidad de la vida, también es necesario abrir los ojos a otras realidades concomitantes que reclaman protección: las madres con niños pequeño, que muchas veces deben desempeñarse como madre y padre, porque “el hombre de la casa se lavó las manos y se esfumó”, sin hombría suficiente para asumir sus acciones. Es importante que surjan muchas iniciativas de ayuda. Resulta alentadora la reciente propuesta oficial de encarrilar los planes de ayuda social hacia la mujer madre de niños pequeños y jóvenes, verdadera jefa de hogar y protagonista responsable para sacar adelante a sus familias. También es necesario avanzar hacia un mayor bienestar de otras familias igualmente necesitadas, de los jóvenes en riesgo y de los ancianos. De algún modo, todos somos protagonistas del cuidado y protección de la vida, y cada integrante de la sociedad debería ser eco de esta necesidad y convertirse en ayuda solidaria y eficaz.

La defensa y el cuidado de toda vida humana no se resuelve “maldiciendo la oscuridad”, incluso frente a algunas propuestas aberrantes que quisieran “legalizar” y “bendecir” la misma la oscuridad de aniquilamiento y desprecio de la vida humana, como lo hizo Hitler y tantos colegas suyos de todos los tiempos.

En cambio, sepamos sumarnos a tantas mujeres y hombres de buena voluntad que saben apostar a la dignidad que encierra toda vida humana. Seamos valientes para defender, valorar y cuidar este maravilloso don, en cada familia, en las madres solteras o abandonadas, en los niños por nacer o ya nacidos, en los que viven en situaciones de indigencia, violencia y abandono en sus hogares. Todos tenemos una cuota de responsabilidad.

Que Dios bendiga con su alegría a todas las mujeres que tienen corazón de madre. Ellas son un tesoro para cada familia y para la humanidad. También lo son para la Iglesia de Dios.


Mons. Alfonso Delgado,
arzobispo de San Juan de Cuyo


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