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EL CRISTIANO NO CONSTRUYE ISLAS SINO OLEADAS DE FE


Homilía de monseñor Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo, en la  culminación del Año de la Eucaristía (30 de octubre de 2005)

Queridos hermanos y hermanas en la fe de Nuestro Señor Jesucristo:
 

1. Con agradecimiento a Dios culmina hoy uno de los regalos del queridísimo Juan Pablo II: el Año eucarístico. El pasado domingo 23 de octubre Benedicto XVI presidió en Roma esta celebración junto con los Obispos que participaron en el Sínodo sobre la Sagrada Eucaristía. Por motivo de las elecciones, aquí lo hacemos en el día de hoy.

Quisiera agradecer vivamente al Decanato Norte de la Arquidiócesis de San Juan y a las Parroquias y Párrocos de Santa Lucía, de San Juan María Vianney, de Concepción, del Espíritu Santo, de Andacollo y de Santo Domingo, por la propuesta de celebrar la finalización del Año de la Eucaristía en este lugar, compartiendo generosamente la oración y la fe en Jesús Sacramentado.

A lo largo de estos meses hemos renovado nuestro asombro y nuestra gratitud a Jesucristo, por su presencia viva y real tan cercana a los hombres, bajo la humilde apariencia del pan. La Sagrada Eucaristía es fuente y cima de la vida cristiana y de la misión apostólica de la Iglesia. De aquí surge la fuerza que impulsa la vida de los cristianos en el camino sencillo y fecundo de la santidad, cuya meta es el encuentro cara a cara con Jesucristo, en la vida para siempre.
 

2. El Evangelista San Mateo nos ha hecho revivir el momento en que unos hombres sabios de Oriente buscan al rey de los judíos para adorarlo. Vienen de lejos y no profesan la fe del pueblo judío, pero saben reconocer las señales de Dios. Siguiendo la estrella llegan hasta la humilde casa de Belén. Con una alegría inmensa se postran delante del pequeño Niño y le rinden homenaje y adoración. Resulta fácil imaginar cómo habrá quedado grabado en sus corazones, en sus mentes, en sus vidas y en sus obras este descubrimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios vivo. A su regreso, cuántas veces habrán dado a conocer este encuentro con Jesús en Belén, quizá transmitiéndolo de generación en generación.

Nosotros también queremos maravillarnos de poder acercarnos a ese mismo Jesús, ante el cual se postraron los Magos de Oriente para adorarle, rendirle homenaje y darlo a conocer. Lo encontramos en la Eucaristía, memorial y actualización de su Muerte Redentora y de su gloriosa Resurrección, y lo acompañamos en la cercanía silenciosa de nuestros Sagrarios. También nosotros deseamos volver a nuestros hogares, a nuestro lugar de trabajo y de convivencia con los hombres para compartir la alegría de nuestro encuentro con Jesucristo.
 

3. El libro de los Hechos de los Apóstoles, que relata las aventuras apostólicas de los primeros cristianos, nos habla de las primeras conversiones a la fe. Nos cuenta cómo en la primitiva Iglesia, ellos eran perseverantes en la oración y en la “fracción del pan”, aludiendo a lo que Jesús hizo en la Última Cena.

Como hace dos mil años, los cristianos nos reunimos para orar y celebrar la Eucaristía, especialmente en el Domingo, día de la Resurrección de Jesús. También nosotros entendemos que la fe y la vida cristiana es un tesoro que crece en la medida en que la compartimos gozosamente con nuestros hermanos, ayudándoles a encontrar a Aquel que nos ha creado y ha dado la vida por nosotros, que nos ha llamado a su amistad y a la alegría de los hijos de Dios. De la Eucaristía brota el entusiasmo de contagiar la fe cristiana a los hermanos y llevarla hasta los confines de la tierra.
 

4. Precisamente, las palabras del Apóstol Pablo expresan con claridad esta actitud. El que ha encontrado a Jesucristo, ya no lo puede guardar sólo para sí. ¡Ay de mí si no evangelizara!, exclamaba Pablo. ¡Qué fracaso resultaríamos, como cristianos, si no compartiéramos y lleváramos la fe a nuestros hermanos y al mundo entero! Es imposible no darlo a conocer o esconder esa luz divina debajo de una mesa: es menester iluminar a todos, con humildad, sencillez y autenticidad.

Y para llevar a los demás a la fe y al amor de Jesucristo,  es necesario aprender a amar, a comprender, a hacerse “todo para todos” para ganarlos para Dios, con comprensión, con paciencia, con fortaleza llena de caridad, sabiendo que el tesoro de la fe no es nuestro, sino de Dios. Nosotros somos llamados y enviados no por nuestros méritos, sino por la gran misericordia del mismo Dios.
 

5. Queridos hermanos y hermanas: han pasado dos milenios de los sucesos que marcaron un antes y un después en la historia de la humanidad: la venida del Salvador. La fe y la misericordia de Jesucristo se han extendido a todos los continentes, a través de apóstoles cristianos llenos de fe, testigos transparentes de la vida de Jesús. A veces, con grandes obstáculos y sacrificios, o con martirio y persecuciones. Y siempre con alegría. Nosotros damos gracias porque en nuestra región cuyana la fe en Jesucristo llegó a través de las cumbres nevadas de nuestra hermosa Cordillera.

La venida de Jesucristo a la tierra ha significado un salto de calidad en el mundo y en la vida de la humanidad. Ya no es lo mismo que antes. Ya no caben miradas pesimistas. Sabemos que Dios no sólo nos ha creado a su imagen y semejanza, sino que nos ha redimido con su sangre derramada en la Cruz. Además, Él se queda con nosotros en su Iglesia, la familia de los hijos de Dios, en el Pan de su Palabra viva y en el Pan de la Eucaristía, en el amor de los cristianos y en las encrucijadas de los caminos de la tierra.

Jesucristo sigue alentando a cada generación de cristianos a seguir llevando al mundo entero la luz esplendorosa del Evangelio. Nos alienta a contagiar y a compartir la fe cristiana que dignifica a toda persona y nos hace vislumbrar un destino eterno; que nos rescata de la oscuridad del pecado y nos ayuda a abrir su corazón a la misericordia de Dios; que nos hace descubrir la Verdad que nos hace libres y a vivir en consonancia con el Amor que nunca traiciona. Dios nos invita a llevar a Jesucristo a nuestros hermanos y al mundo entero, comenzando por nuestro mundo familiar, laboral, social, allí donde vivimos, trabajamos y donde compartimos la vida con los demás.
 

6. Como en la primitiva siembra del Evangelio y en la  evangelización de todos los tiempos, no faltan obstáculos. Quizá el principal obstáculo no esté fuera sino dentro de nosotros mismos, cuando no somos “perseverantes” en la oración y en la fracción del pan, especialmente en la Eucaristía dominical. O cuando nuestra vida no refleja cada día mejor la vida de Jesucristo. Quizá sería bueno preguntarnos: ¿se nota en nuestras vidas, en nuestras palabras y acciones, en nuestros pensamientos y actitudes, que somos verdaderos discípulos y testigos de la vida de Jesús? ¿Se nota en nosotros, ministros del Señor, que queremos ser “trasparencia” diáfana de Cristo, como tantas veces nos ha pedido Juan Pablo II?

Hermanos: comencemos por hacer crecer en nosotros la gracia de Dios, acercándonos a recibir a Jesús con el alma limpia. Tratemos de aprender cada día de Él, de parecernos a Él, no sólo en la intimidad de nuestra conciencia, sino también en la vida de familia, en el lugar de trabajo y de estudio, en el ámbito de cada comunidad de cristianos, en nuestra condición de ciudadanos. Entonces sí que podremos llevar a Jesús a los hermanos, que es el bien más grande y el regalo más valioso que podemos brindar a quienes comparten con nosotros este mundo nuestro.
 

7. Cuando nos dejamos impregnar de la gracia y la misericordia de Dios, los obstáculos exteriores para contagiar la luz del Evangelio son secundarios. En el antiguo imperio romano existía casi la misma degradación moral que ahora. La diferencia es que le hemos añadido electrónica. Pero la electrónica también sirve para anunciar el bien y proclamar el Evangelio. Es cierto que también se vislumbra un mayor espíritu egoísta y esa suciedad pegajosa de la corrupción que termina destruyendo las conciencias, las familias y el sentido del bien común. Pero la Cruz de Cristo, la Cruz redentora del cristianos, es también el signo +  [el signo más], que suma el bien y la verdad, que multiplica todo lo bueno. Que une y salva nuestras vidas y la vida de quienes desean compartir el amor y la misericordia de Jesucristo.

El cristiano no maldice el mundo porque es bueno, porque salió de las manos de Dios. Tampoco se dedica a restar o a dividir, a maldecir o a lamentarse. La actitud auténticamente cristiana es “ahogar el mal en abundancia de bien”; es acudir a la verdad que hace libres a las conciencias impregnadas de tinieblas y de mentira, empezando quizá por la de cada uno de nosotros. El cristiano de verdad siembra siempre respeto, honradez, justicia, solidaridad, también allí donde no reina el empeño por el bien común de todos, sino el bien del propio bolsillo o del propio grupo. Y recuerden algo muy importante: un cristiano de verdad es siempre un buen ciudadano, el mejor ciudadano. Y si no es así, de cristiano no tiene mas que el puro nombre, al mejor estilo farisaico.
 

8. El cristiano es abierto y generoso. No construye “islas”, encerrándose en su pequeño mundo egoísta, mirándose el ombligo o pensando que “nosotros sí que somos buenos”. Tampoco construye islotes de comodidad, de prejuicios, de ideologías, o de una fe “aguada” que olvida que el seguimiento de Jesucristo implica fortaleza, audacia y el rechazo de cualquier actitud de mediocridad.

Al contrario, el cristiano auténtico produce verdaderas “oleadas” de fe, de verdad y caridad, aunque le pueda costar el prestigio o la vida. Produce “oleadas” de dignidad, de honradez y honestidad; “oleadas” de trabajo bien hecho convertido en amor a Dios y servicio a sus hermanos; “oleadas” creativas de solidaridad hacia los más sufrientes y necesitados; “oleadas” de recta participación ciudadana que busca impregnar con la luz del Evangelio las leyes y la vida de la sociedad; “oleadas” de alegría contagiosa y de respeto hacia todos. En fin, “oleadas” de apostolado cristiano, que contagia la fe de hijos de Dios y la luz esplendorosa del Evangelio.

Finalmente, recordemos que Jesucristo vino a buscar “no a los justos, sino a los pecadores”. Es decir, a todos y a cada uno de nosotros, y a los demás también, para ayudarnos a la conversión a la verdad, al bien, al amor que no traiciona. Así seremos apóstoles en nuestro tiempo que llevan a Jesucristo a sus familias, a su comunidad cristiana, a su barrio, a toda la Provincia de San Juan y al país entero, para ayudar a edificar una Patria de hermanos.
 

9. Queridos hermanos: venimos a adorar a Dios, que se ha hecho cercano y visible en Jesucristo, que caminó y vivió en la tierra que pisamos, que nos enseñó a amar a Dios y a los hermanos, que se queda con nosotros en la Eucaristía, que nos impulsa a compartir su fe y su amor en el mundo.

Finaliza el Año Eucarístico. Nuestra fe queda robustecida, nuestro amor es más hondo y sincero, y más clara nuestra condición de Hijos de Dios y apóstoles de Jesucristo. A Él le pedimos que implore a su Madre Santísima que nos siga acompañando como acompañó con la oración y la Eucaristía a los cristianos de la primitiva Iglesia y a los cristianos de todos los tiempos. Que así sea.


Mons. Alfonso Delgado,
arzobispo de San Juan de Cuyo


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