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EL “MAYOR BIEN COMÚN” DE LA SOCIEDAD

Homilía de monseñor Alfonso Delgado, arzobispo de San Juan de Cuyo en la misa celebrada en la casa de gobierno provincial el 21 de diciembre de 2005

En cada Navidad volvemos a sorprendernos de la audacia y del amor de Dios por los hombres, que “tanto amó al mundo que nos entregó a su Hijo Jesucristo”. También nos vuelve a asombrar poder contemplar en el humilde Pesebre de Belén el modo en que Dios quiso hacerse “uno de los nuestros”, igual a nosotros en todo menos en el pecado. Jesucristo nace en una familia de la tierra, con sencillez y humildad, sin pompas ni grandezas.

En el portal de Belén encontramos a María, la madre del niño recién nacido, que es el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”. María sabrá acompañar toda la vida de Jesús sin rebelarse siquiera ante el dolor humano de ver a su hijo en la Cruz. Aunque fue concebido por obra del Espíritu Santo, Dios le regala al niño un padre en la tierra. Es un hombre fuerte y trabajador llamado José. Su paternidad espiritual es tan honda que supera a la misma paternidad de la carne.

En esa familia de Nazaret crece Jesús, el Hijo de Dios vivo. En ese hogar se instruye, al igual que los niños de su tiempo. Allí aprende a utilizar las herramientas de trabajo con los que se ganará la vida. En ese lugar, Jesús será el buen hijo, el buen vecino, el buen amigo, el buen ciudadano de su pueblo y de su patria. Al venir Dios a la tierra, elige “el camino de la familia”y “el camino de su pueblo”, con sus alegrías y dolores, con la entrega tierna y generosa de todos, con los lazos fuertes del amor humano, de la vecindad y de compartir un destino común.

Todos los hombres necesitamos del bien precioso de la familia para que nuestra vida y nuestra sociedad tengan un rostro humano. La familia, fundada en el amor de un hombre y una mujer, lleva consigo una impronta de eternidad y de “amor para siempre”. La familia es el “mayor bien común” de toda una sociedad donde se valora plenamente la dignidad humana. Por eso requiere del mayor apoyo y del mejor compromiso por parte de todos, especialmente de todos los responsables de las instituciones de la sociedad.

Jesús también quiso dejarnos “su familia”, la gran familia de los hijos de Dios que es la Iglesia, compuesta por hombres y mujeres de todas las razas y naciones, por santos y pecadores, a los que Dios invita a llegar un día a formar parte de la gran familia celestial, ayudándonos a construir día a día, en el amor y en el servicio, nuestra familia en la tierra. Los cristianos somos conscientes del valor del “sacramento grande” del Matrimonio, cauce de la gracia y de la ayuda de Dios para llevar a la plenitud de la santidad la riqueza del amor humano.

Contemplando nuestra propia realidad, muchos sanjuaninos han propuesto que el Año 2006 pueda ser en San Juan el “Año de la Familia”, que nos ayude valorarla más, a cuidarla más, a apoyarla más y mejor.

Gran parte de la dignidad de una persona radica en poder nacer, crecer, alimentarse, reponer energías, compartir afectos e ilusiones e incluso morir en el seno de una familia. Por eso valoramos la grandeza del amor humano del cual, como fruto precioso, surge el don de una nueva vida, que hay que proteger y acompañar desde el inicio de su gestación en el clima sagrado del amor del hogar. Valoramos a los hijos como un regalo maravilloso de Dios, que siempre necesitarán del amor de unos padres y del clima de cariño y afecto y del ejemplo sencillo y coherente que ellos saben forjar. Allí nacen, crecen y maduran como hijos de Dios y como buenos artífices de la sociedad.

Sabemos bien que este panorama se ve oscurecido muchas veces por las amenazas y los dolores que sufren muchas de familias. A veces, es el tormento de la violencia familiar, que lastima especialmente a la esposa y a los hijos. Otras, es el desamor de un amor débil y a medias, (algunos le llaman amor “light”), superficial y sin compromiso, sin raíces para edificar y sustentar la felicidad del hogar y de un proyecto de vida común donde la entrega mutua y a los hijos estén en primer lugar. En este contexto, se sufre la incapacidad de perdonar o de pedir perdón, que impide cerrar heridas y volver al sendero de la fidelidad y del amor. También afectan a nuestras familias los tristes “caminos torcidos” a los que invita la frívola cultura mediática dominante, con sus falsos ídolos. Asimismo, le perjudican las legislaciones y disposiciones anti-familia, cada vez más en boga.

También lastima a la familia la falta de trabajo y de recursos para llevar dignamente el pan a la mesa familiar, la falta de salud, la inseguridad y la desatención de los ancianos. Igualmente  compartimos el dolor de las familias incompletas, desunidas o ausentes. Y sufrimos ante los niños huérfanos de padres vivos, porque han abandonado su hogar o porque no dedican su tiempo, paciencia y esfuerzo a la construcción de un hogar donde reine la paz y la afectuosa contención. Quienes hoy nos encontramos aquí compartimos estas inquietudes, y deseamos de todo corazón poder hacer mucho más por el bien de las familias, de nuestros niños y jóvenes, de nuestros ancianos.

Dios quiera que este Año de la Familia que vamos a comenzar puede ser un año para crecer y madurar en el amor en la propia familia, para quererse más, con más afecto y cariño, con más fidelidad y entrega mutua, para saber perdonar y valorarse, para crecer en la alegría y en el gozo de un hogar bendecido por Dios. La profesión política es una tarea no exenta de riesgos para nuestra conciencia y para el bien de la familia, que requiere de gran entereza y fortaleza personal.

Quizá sea el momento de alentar a toda la sociedad, especialmente con el ejemplo, a colaborar más y mejor con las instituciones de públicas y privadas que de tantas formas prestan su ayuda a las familias, a niños y jóvenes, a las madres solteras, a los enfermos y a los ancianos. En la preocupación y en el servicio a las familias sanjuaninas se encuentra la base de la grandeza, del desarrollo y del bienestar de la nuestra Provincia.

La Iglesia Católica también debe profundizar más su aporte al bien de toda familia humana, haciendo que el centro de su esfuerzo pastoral esté siempre al servicio de la familia.

El Dios de la vida bendice a cada familia de la tierra. Muchas veces lo hace a través nuestro, convirtiéndonos cada uno en “bendición de Dios” para los demás. Así sucede en nuestro propio hogar y en tantos otros hogares, en nuestro servicio al mayor bien común de nuestra sociedad. Así ocurre con la familia que es la Iglesia de Dios y la familia social en que vivimos, crecemos y servimos.

Que el Dios los bendiga a todos con el gran amor que se manifiesta en el sencillo Pesebre de Belén y nos entusiasme con un Año 2006 pleno de servicio hacia todas las familias de San Juan. Que así sea.


Mons. Alfonso Delgado,
arzobispo de San Juan de Cuyo
San Juan, 21 de diciembre de 2005.


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