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NAVIDAD: FIESTA Y FESTEJO


 Saludo navideño, enviado "a la comunidad diocesana", 
por el obispo de Avellaneda, monseñor Rubén Héctor Di Monte.



Es habitual que en torno a la Navidad todo el ambiente de la sociedad –particularmente motivada por los medios de comunicación social-, se caracterice por un "clima de festejos" (grupos que celebran, familias que se reúnen, escaparates que se engalanan, invitación al consumo, etc.). Todo ello tiene un sentido no estrictamente religioso; porque, entre otras cosas, privilegia, las más de las veces, el "festejo" sin dar el real contenido de la Fiesta.

Navidad es la conmemoración de la primera venida del Señor Jesucristo, revestido de condición humana ("...se hizo carne y habitó entre nosotros..."); es su actualización, vale decir: revivir en el hoy y aquí histórico, este gran acontecimiento para la humanidad. Y es, también, el recuerdo de que habrá una próxima (última) venida del mismo Señor Jesucristo "en gloria y majestad, para juzgar a los vivos y a los muertos".

Puede decirse que, tal vez "inconcientemente", la humanidad, los hombres, las culturas, la creación, expresan a su modo el gozo por lo inefable del Misterio Navideño. Sin restar, pues, valor al "clima de festejos", para un creyente sólo tiene sentido si celebra la gran Fiesta de la Redención: Dios se hace hombre, el Creador se vuelve creatura, lo infinito adquiere límites. Y el hombre encuentra/reencuentra, así, el Camino en su condición de creatura de Dios, haciéndose de nuevo hijo en el Hijo.

El intercambio de augurios, de obsequios, de saludos, expresa (debe expresar, a través de la frase comúnmente usada de "felices fiestas") el íntimo deseo de que la venida de Cristo sea el comienzo, para cada hombre, de una vida nueva: amar al Padre, reconocer a todo hombre como hermano, cooperar con el Plan de Dios, a fin de que tenga dimensión de realidad "el cielo nuevo y la nueva tierra", hasta la última venida del Señor, que completará Su obra para entregarla al Padre Dios. Si nuestro augurio lleva implícito todo esto, vale la pena desearnos Felices Fiestas, valen la pena los "festejos".

Al decirles a todos: ¡Feliz Navidad!, estoy encerrando en esas dos palabras lo que además convierto en oración y ardiente deseo: que cada corazón, que cada familia, que cada institución, que nuestra Iglesia Diocesana y los hombres de buena voluntad de la comunidad avellanedense toda, repitamos a manera de súplica: "¡Ven Señor Jesús!..."

Mientras contemplamos a María Santísima y a San José, rodeando el humilde retablo donde se hospedó por primera vez Jesús al nacer, pido para todos que, con ellos y como ellos, le hagamos un lugar en el pesebre de nuestro corazón.

Afectuosamente.


Mons. Rubén Di Monte,
obispo de Avellaneda


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2196, del 20 de  enero de 1999

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