Reflexiones sobre el tiempo de Cuaresma, del obispo de Avellaneda,
Mons. Rubén Héctor Di Monte, dirigidas a los sacerdotes, religiosos,
religiosas, laicos de consagración especial y fieles.
Queridos hermanos todos:
Deseo
compartir con ustedes algunas reflexiones sobre la Cuaresma de este año
1999, mientras caminamos hacia un nuevo milenio, con la mirada puesta en
la Persona de Cristo, cuya figura toda es un gran acto de alabanza al
Padre: «Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos
ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en
Cristo» (Ef. 1,3), nos dice San Pablo escribiendo a los cristianos de
Éfeso.
«Cuaresma»
significa «cuarenta», días de penitencia en preparación a la Pascua de
Jesús. Cuarenta días de reconciliación mutua, de enmienda, de
reflexión íntima, de pensar en el prójimo necesitado espiritual y
materialmente, de penitencia, de lecturas serias, de cambiar la vida, de
apagar lo más posible la televisión, la radio, etc.
Cuaresma
es tiempo de oración más profunda y más prolongada, de limosna
generosa, de penitencia silenciosa, para encaminarnos decididamente a la
conversión personal y comunitaria, dejándonos conducir por el Espíritu
de Jesús.
Se
abre la Cuaresma el miércoles de Cenizas que, este año, cae el 17 de
febrero y se cierra con la Misa del Jueves Santo, que se celebra el
primero de abril.
Pablo
VI comentó -en una catequesis sobre el rito de la imposición de la
ceniza- que tiene su origen en el Antiguo Testamento (Job 42, 6); y su
resonancia en el Nuevo (Mt. 11, 21): «es un rito que produce un
sentido interior y global de la existencia humana, que suscita una
conciencia personal dramática sobre el destino de nuestra vida; un
conciencia que, de este modo, se siente inclinada a determinarse hacia una
propia y nueva orientación moral fundamental que, en lenguaje espiritual
llamamos conversión». Sí, «conversión», mirada de cara a Dios
después del perdón, arrepentidos de haberle vuelto la espalda, pecando.
¿Qué sentido tiene hablar de penitencia hoy?
La
Penitencia es una virtud de profundas raíces bíblicas, que ocupa un
lugar importante en la vida de la Iglesia. La penitencia lleva a la
«conversión»; y la «conversión» provoca la penitencia.
El
hombre de antes, era muy dado a la limosna, al recogimiento y a la
oración. La gravedad del pecado -hoy tan olvidada- lo impulsaba al
arrepentimiento y a la expiación; en una palabra, a expiar la ofensa a
Dios y a su prójimo con la penitencia. Su espiritualidad se centraba en
la imitación de Cristo Crucificado y en la devoción a su Pasión.
No
es fácil que el hombre actual se interese por la penitencia. ¿Por qué
este cambio? A mi entender, por dos razones. En primer lugar, se asocia la
penitencia con prácticas sombrías de otra época; en segundo lugar,
porque ese hombre contemporáneo ha sido educado para huir del
sufrimiento, sin preocuparse por la licitud de los medios que emplea (p.
ej.: abortos, clonación de seres humanos, eutanasia). Y desconoce el
valor del sacrificio y el dolor de la realización de la persona
A
pesar del rechazo que la palabra penitencia suscita, el cristiano no puede
prescindir de esta virtud, que ocupa un lugar importante dentro del
anuncio de la salvación: «...os lo aseguro, si no hacéis penitencia,
todos pereceréis... « (Lc. 13, 3).
Jesús
enseñó con la palabra y obró, por eso vemos que se preparó a su
ministerio mediante la oración y el ayuno. Así se retiró al desierto,
durante cuarenta días (Mc. 1, 12-13).
La
penitencia sirve como preparación para recibir la «buena noticia» de
Jesús: «el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca.
Convertíos y creed en la Buena Noticia» (Lc. 1, 15), predicaba San Juan
Bautista.
Al
reino inaugurado por Cristo, sólo se puede llegar por la renovación
íntima y total del hombre. No es posible participar del Reino de Jesús,
sin una modificación profunda de los criterios, de la mentalidad, de los
valores con que hemos vivido, quizá, hasta ahora.
Cristo
no sólo proclama la necesidad de la penitencia, sino que la vive hasta
las últimas consecuencias. Padece por los pecados de toda la humanidad.
Nosotros, nueva presencia de Jesús en el mundo, si queremos ser
coherentes con nuestra fe no podemos eximirnos de la penitencia. «Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y
sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero, quien
pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (Lc. 8, 34-35). El
cristiano que toma en serio su fe, no puede vivir para sí mismo, sino
para Aquel que lo amó y se entregó por él (Gal. 2, 20); no puede vivir
para sí mismo, sino para sus hermanos.
Este
año, preparándonos para la celebración del Jubileo 2000 (TMA, 51)
«..dedicado a ampliar los horizontes del creyente, según la visión de
Cristo: la visión del Padre Celestial (Mt. 5, 45), por Quien fue enviado
y a Quien retornará (Mt. 16, 28), debe estimularnos a vivir profundamente
la virtud de la caridad, en su doble faceta de amor a Dios y a los
hermanos.. ».
Hay
un texto en los Hechos de los Apóstoles (2, 37-38), que nos indica el
camino a recorrer. Pedro, lleno del Espíritu Santo, en Pentecostés, se
dirige a los israelitas para anunciarles la buena noticia de la muerte y
resurrección de Jesús. Terminado su discurso, los asistentes preguntan:
«¿qué debemos hacer, hermanos?». Pedro les respondió: «conviértanse
y háganse bautizar, en el nombre de Jesucristo, para que les sean
perdonados los pecados y así recibirán el don del Espíritu Santo».
La
invitación a la penitencia hecha por Jesús, repetida por los Apóstoles,
resuena en los labios de los evangelizadores de todos los tiempos.
¿Cómo
vivir la penitencia hoy?
La
primera forma de vivir la penitencia hoy, se realiza mediante la
aceptación de las cruces impuestas por la vida. Esta aceptación, expresa
el cumplimiento alegre y responsable de los deberes del propio estado; la
tolerancia, ante los disgustos que surgen en la convivencia humana; la
paciencia ante las realidades que no podemos cambiar; la austeridad de
vida y el compartir los bienes que Dios nos da: son -en este mundo de
tantas injusticias sociales- una forma muy actual de vivir el espíritu de
la penitencia cristiana; una expresión de solidaridad con los más pobres
(TMA 51) y una afirmación de libertad frente a las esclavitudes de la
sociedad de consumo.
Juan
Pablo II, terminando su Carta Apostólica de Preparación al Año Jubilar
2000 (N° 54), nos recuerda que la Santísima Virgen, «Hija predilecta
del Padre, se presenta ante la mirada de los creyentes como ejemplo
perfecto de amor, tanto a Dios como al prójimo». El Padre la eligió
para una misión única en la historia de la salvación: ser la Madre del
Salvador. Ella respondió con una disponibilidad total: «He aquí la
esclava del Señor» (Lc 1, 49). Pidámosle a Ella en esta Cuaresma de
final de milenio, una gran generosidad para responder con amor a todo lo
que Dios, nuestro Padre, nos pida.
En
el espíritu de la Cuaresma, los bendigo a todos, en el nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo.
Mons. Rubén Di Monte, obispo de Avellaneda