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SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ


Homilía pronunciada por el obispo de Gualeguaychú, Mons. Luis Guillermo Eichhorn, durante la celebración de la Solemnidad de San José, patrono de la diócesis de Gualeguaychú, y en conmemoración del séptimo aniversario de su ordenación episcopal, el 19 de marzo de 2004


Queridos hermanos:

Estamos celebrando esta fiesta de San José, el patrono de nuestra diócesis.  San José junto a la Virgen del Rosario son patronos de nuestra diócesis. Y de una manera especial estamos celebrando la fiesta patronal de esta comunidad de la catedral San José. Por eso quiero felicitar a todos los miembros de la comunidad para que siempre sigan trabajando.

Este día también celebramos por gracia de Dios los siete años de mi consagración episcopal y hoy por lo cual doy especial gracias a Dios. Y agradezco también todas las salutaciones, atenciones, felicitaciones que me han hecho llegar.

Pensaba hoy algo que es muy importante y que por lo menos me parece serio. Hace siete años, en 1997, ¡qué distinto que era nuestro país!. ¡Cómo ha cambiado en siete años la situación!. Nos decían que estábamos en el primer mundo y de repente nos encontramos con la realidad de que estamos en un país empobrecido. En un país en el cual tenemos hermanos que mueren de hambre. En un país con el 50% de sus habitantes bajo la línea de pobreza. En un país que todavía no da señales serias de recuperación. Un país que se ha vuelto, como decía un sociólogo, sojadependiente porque gracias a la soja pagamos nuestras deudas.

Yo pensaba ante esta situación que nos conmueve, que nos angustia,  que nosotros tenemos que mirar los signos que nos presenta la liturgia de la Iglesia.  Cuál es el mensaje que nos da. Y yo creo descubrir en la figura de San José dos elementos que son fundamentales y claves para la recuperación de nuestra patria. Tenemos que asumirlos todos porque son los que hacen desde sus mismos cimientos a la sociedad. Hay dos cosas que descollan mirando la vida de San José.

La primera es que José era un trabajador, un hombre justo, humilde,  que se ganaba la vida trabajando como carpintero. Por eso incluso en la fiesta del 1° de mayo se celebra la fiesta de San José Obrero. Un hombre que trabajaba. Y es bueno que nos preguntemos también para qué trabajaba San José. Y aquí está también otro de los mensajes. San José es el custodio de la familia de Belén. Es aquel padre adoptivo a quien el Señor le confió nada menos que su Hijo, el Redentor, Jesucristo. Y José, entonces, con su trabajo mantiene a esta familia de Jesús, María y José: la Sagrada Familia. Dos elementos que me parece a mi que son importantes: el trabajo y la familia.

Estos elementos son los que van a reconstituir nuestra sociedad desde su base misma. Precisamente es el trabajo y la familia. El trabajo que nos hace aprender a no vivir de la dádiva, del regalo, del asistencialismo. Y el trabajo que hace que nos ganemos el pan con el sudor de nuestra frente, cumpliéndose aquel precepto bíblico en Pablo: “que no llegue la comida a tu mesa sin haber trabajado, sin habértela ganado con el sudor de tu frente”.

¿Para qué trabajaba San José? Para mantener su familia. Pero también es bueno pensar que el trabajo de José tiene como todo trabajo humano, otras dimensiones. El trabajo de José es un servicio a la sociedad. El trabajaba para otros. Servía con su profesión a los demás. Era su manera de integrarse a la sociedad, de colaborar con la sociedad, con su misma sociedad. Más todavía, debo decir que la misma personalidad de San José queda marcada por su trabajo. Por el trabajo que dignifica al hombre y el hombre plasma su espíritu en esa materia que trabaja. ¡Qué importante es ver esto!.

El trabajo del hombre no se compara al trabajo de una máquina. El trabajo del hombre significa el esfuerzo y el ingenio, la voluntad, el amor, la delicadeza con que la persona está trabajando y con eso hace cosas maravillosas. Si nosotros vemos esta bella catedral que tenemos, hace unos cuantos años no era más que piedra y arena y el hombre con su trabajo hizo esta maravilla arquitectónica. Si miramos nosotros las imágenes que adornan esta catedral, eran un trozo de madera, eran un poco de yeso y hoy tenemos una obra de arte. El hombre que con su trabajo mejora y perfecciona la obra creadora de Dios.

Dios ha encargado al hombre toda la creación. Para que la cuide, para que la cultive, para que la ordene. Para que con su trabajo la perfeccione y la mejore. Para que la ponga al servicio del hombre. Al servicio del hombre significa que ayude a que el hombre sea cada vez más hombre y crezca en su vida interior, en su vida espiritual gracias al trabajo del hombre. Y el trabajo no está para esclavizar al hombre. El trabajo no está para producir bienes que esclavizan al hombre. El trabajo está para dignificar al hombre, para hacerlo partícipe de la obra creadora de Dios en ese invento que Dios le ha regalado que son sus propias manos, con las cuales trabaja el hombre. Y así trabajó José. José trabajó dándole dimensión a su trabajo que para nosotros es difícil. Trabajó para Jesús. Todo lo que era ganancia justa por ese trabajo de José lo compartía con María y con Jesús. Resuena en mi aquellas palabras de Pablo en la Carta a los Efesios cuando dice “Ustedes trabajan para tener que compartir con los demás”. El sentido del trabajo que nos hace solidarios, del trabajo que nos hace pensar en los hermanos, del trabajo que nos hace servir a los hermanos. El trabajo no puede transformarse en algo que no sea simplemente una visión de egoísmo. Por eso José trabajó para Jesús. Y dice San Pablo en la carta a los Colosenses: “Todo lo que hagan, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús, para Jesús”. Nosotros tenemos que trabajar con empeño y trabajar para el Señor. Trabajar para Jesús. Trabajar para ese Jesús que está presente en cada uno de mis hermanos. Así servimos a la sociedad. Así nosotros somos solidarios y así construimos esta comunidad humana con Dios.

Pero además José convivía con Jesús. Un momento central por la importancia en el camino de José es su vida familiar. Es lindo tratar de imaginarnos cómo sería la convivencia en aquella Sagrada Familia. La convivencia entre estos tres con mayúscula, entre María –la Madre de Dios y la llena de gracia– y entre Jesús –el hijo de Dios hecho hombre–. Podríamos decir que es esa familia en el pleno sentido de la palabra una comunidad de amor de dos hombres, de dos personas humanas con la Santísima Trinidad que está presente en Jesús. Están viviendo esa dimensión trinitaria fundamental. La familia es primero y principalmente siempre una comunión de amor. Comunión de amor establecida ante Jesús. Comunión de amor porque al estar presente Jesús que es Dios y Dios es amor, ese amor se funda en los corazones por el don del Espíritu. Todo ser humano está llamado a vivir en familia. Y no hay ser humano que no viva con una familia. Aún aquel que es soltero –que no se casó– tiene sus papás, sus hermanos, sus primos, sus parientes. Vivimos en familia. Qué importante es para nosotros es rescatar el valor de la familia. Dios crea al hombre para vivir en familia. Y lo creó en familia. Hombre y mujer los creó. Con toda la crudeza y realeza que esto significa. Esas palabras que están en la Biblia, que chocan un poco y tratamos de suavizar en las distintas traducciones. Pero cuando dice literalmente macho y hembra los creó para vivir en familia. Nosotros tenemos la obligación no sólo de vivir en familia y vivir bien en familia sino de anunciar y predicar el Evangelio de las familias ante los hombres. Porque si hay algo que está en crisis en nuestra sociedad es precisamente la familia. Si ustedes son un poco curiosos y siguen las noticias en los periódicos se habrán enterado ya que en nuestra provincia se ha presentado un proyecto de ley para legalizar las uniones homosexuales. No lo dice expresamente pero lo da a entender. Dice que la familia es la unión de dos personas, sin ninguna discriminación por su orientación sexual. A buen entendedor pocas palabras. Y sin embargo Dios creó al hombre macho y hembra. Yo creo que esto es importante. Son dos elementos que nosotros tenemos, yo diría, que defender con uñas y dientes. Y no solamente defender como aquel que está en la trinchera respondiendo a los balazos que vienen de la trinchera contraria. Sino reafirmando nuestra vocación, viviendo en plenitud la verdad cristiana, nuestra vida cristiana. Así lo pudo José. Con su humilde trabajo sirvió a su familia. Con su humilde trabajo amó a Jesús y a María, convivió con ellos, tuvo siempre presente a Jesús en su vida. Ojalá nosotros podamos tener familias en las cuales se pueda decir “acá está presente Jesús”. Pidamos entonces nosotros a San José, a nuestro patrono, que con su intercesión y su patrocinio nos ayude a construir esta sociedad argentina de nuestra época, de este año 2004. Que nosotros seamos capaces en nuestro trabajo, en nuestra familia, de construir la sociedad.


Mons. Luis Guillermo Eichhorn,
obispo de Gualeguaychú



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