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ORDENACIONES DIACONALES


Homilía de monseñor Luis Eichhorn, obispo de Gualeguaychú, durante la ordenación diaconal de Juan Emilio Scarpin y Marcelo De la Concepción.
Catedral San José, 28 de mayo de 2004



Queridos hermanos:

Acabamos de escuchar dos lecturas de la palabras de Dios, la primera tomada de los Hechos de los Apóstoles que nos enseña aquel momento tan lindo, tan cargado de densidad cristiana, en la primera comunidad cristiana, cuando eligen a los siete primeros diáconos.

Dice que se armó una disputa entre ellos porque no se atendía bien a algunas de las viudas. En aquella época las viudas eran como los marginados de nuestro tiempo, gente pobre, necesitada, que no tenía ningún recurso. Y la comunidad cristiana que precisamente hace de la caridad fraterna y del compartir, diríamos, como el núcleo, el meollo de su comunión fraterna, se preocupa de ellos.

Dice el mismo libro de los Hechos que los primeros cristianos ponían todos sus bienes en común y los repartían de acuerdo a las necesidades de cada uno y nadie pasaba necesidad.

Entonces podríamos decir que es como la primera obra de caridad que hace la comunidad cristiana. Y los Apóstoles podríamos decir que no dan abasto para esta tarea. Por eso eligen a estos siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría. Les imponen las manos y los dedican a esta tarea de la caridad.

La caridad que construye la comunión entre los hermanos. La caridad que es el distintivo de los cristianos. La caridad que es la manifestación y el testimonio de una comunidad cristiana.

Y sin estos hombres, estos diáconos, quienes están al servicio. Diácono significa eso, de que está al servicio de esta caridad. Creo que es hermoso entonces que nosotros pensemos que esta tradición que se ha mantenido fielmente a lo largo de todos estos veinte siglos de vida cristiana; hoy también, nuestra Iglesia diocesana necesita de estos hombres para la tarea de la caridad. Para extender el Reino de Dios, para construir la Iglesia, para dar testimonio de Jesús.

Juan Emilio y Marcelo se han venido preparando desde hace ya tiempo en el Seminario con su oración, con su vida comunitaria, con los estudios, estudios sobre todo de la Palabra de Dios. Preparándose para este momento, el momento de su consagración al Señor. El momento en que empiezan a vivir ya para un ministerio, para un servicio: el servicio de la Palabra, el servicio del Altar, el servicio de la caridad.

La Palabra que convoca, que suscita la Fe, la palabra, podríamos decir, que reúne a la comunidad.

La Eucaristía que es precisamente el sello de la comunión, la Alianza sellada con la sangre de Cristo para esa comunión y esa vida de la comunidad cristiana.

Y la caridad fraterna, especialmente en su manifestación de servicio a los pobres, a los más necesitados. La caridad que construye la comunión fraterna. Podríamos decir así, un poco sintéticamente, que es la gran misión que tienen los diáconos en la Iglesia.

Podríamos decirlo con pocas palabras: están al servicio de la comunidad para construirla, para edificarla, con la Palabra, con la Eucaristía y con la caridad. Esa es la misión del diácono, esa es su tarea, y es importante que nosotros no solamente apreciemos este ministerio sino que ayudemos a estos diáconos a que desempeñen bien, con generosidad, con disponibilidad. Por eso el texto del evangelio nos indica como las actitudes fundamentales que tienen que tener los diáconos y todos nosotros cristianos para ser constructores de la Iglesia. Tenemos que ser sal y tenemos que ser luz. Sal es lo que tiene sabor, sal es aquello que contiene un elemento que le da ese gusto fuerte, que da sentido a las comidas, la sal que preserva y que cura también. Esta sal podríamos decir que es el entusiasmo propio de una vida cristiana llevada a pleno. Esta sal que es la caridad vivida con fervor y con entrega. Este amor, esta caridad que si se torna insípida no sirva para nada sino para ser pisoteada.

Es importante entonces que un diácono esté siempre abierto a esa disponibilidad a la caridad, a la atención a todos los fieles, a todos los hermanos de la comunidad y en especial a los necesitados. El servicio de caridad en una comunidad cristiana, ese es el primer servicio diaconal.

Y después dice el Evangelio que tienen que ser luz. Luz porque tienen que iluminar. Y lo que nos ilumina es el Espíritu Santo desde la Palabra de Dios.

El diácono es un ministro de la Palabra y como tal tendrá que enseñar la Palabra de Dios, anunciar, predicar, edificar al pueblo cristiano con la Palabra de Dios.

Qué importante que es que esta Palabra no sea una palabra hueca, una palabra quizá muy adornada, una palabra muy linda para escuchar pero muy vacía de contenido. Y esto pasa cuando la Palabra no va correspondida con un testimonio de vida.

Qué importante es aquello que se le dice al diácono cuando se le entrega el libro de los Evangelios: cree lo que lees, vive lo que leas. Vivir la Palabra, ponerla en práctica, ser testigos de la Palabra, predicar desde esa convicción que nos da una vida que se ha jugado por la Palabra de Dios. Que brille vuestra luz delante de los hombres por las buenas obras para que glorifiquen al Señor.

La luz de un ministro no tiene que brillar porque tenga una muy buena oratoria o porque hable muy bien sino por sus buenas obras, por su testimonio de vida.

Por eso, queridos hermanos, llenos de alegría en esta jornada, vamos a imponer las manos y a orar juntos por estos hermanos nuestros para que el Espíritu Santo descienda sobre ellos y para que llenos del Espíritu puedan desempeñar este ministerio.

El Espíritu Santo que es el amor de Dios llenará los corazones y los impulsará para vivir este ministerio, el ministerio de la Palabra, el ministerio de la Caridad.


Mons. Luis Guillermo Eichhorn,
obispo de Gualeguaychú



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