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SIGNO DE CONTRADICCIÓN
Artículo de Mons. Carlos María Franzini, obispo de Rafaela,
con motivo de los 25 años del pontificado de Juan Pablo II (octubre de 2003)
En los próximos días se cumplirán los 25 años de la elección y del inicio del
servicio pastoral de Juan Pablo II como Obispo de Roma y, por tanto, Pastor de
la Iglesia Universal. Este acontecimiento me da ocasión para una breve reflexión
que quisiera compartir con mis hermanos de fe y con todos los hombres de buena
voluntad que reconocen la figura excepcional del Papa, más allá de sus
convicciones religiosas.
Esta nota lleva el
título de un libro escrito por Karol Wojtyla, futuro Juan Pablo II, siendo
Arzobispo de Cracovia. Aunque dicho escrito no tenga referencias autobiográficas
su título bien podría ser el de una semblanza personal de este hombre
providencial que ha marcado la historia de la Iglesia y del mundo en las últimas
décadas del siglo XX y en los inicios del nuevo milenio.
Desde su primera
infancia experimentó la contradicción al perder aún siendo niño a su madre y a
su hermano. Fue educado sólidamente por su padre y en contacto con el mundo
religioso y cultural de su Polonia natal. La historia trágica de su patria forjó
en el joven Karol un amor entrañable por su tierra y su gente, por la cultura
polaca, que lo capacitó para esa paradójica universalidad de los hombres
grandes: el amor a su tierra le abrió a horizontes universales y le hizo desde
joven capaz de valorar culturas diversas. Es conocida su amistad juvenil con
varios hebreos víctimas del holocausto nazi. Quizás en este itinerario haya sido
muy importante su sensibilidad artística y su amor a la poesía. El auténtico
patriota y el poeta siempre tienen horizontes amplios. Desde muy joven integró
en su rica personalidad el amor al arte, al trabajo y a la patria. Y todo ello a
partir de una fe honda y arraigada. La fe, cuando es vivida con madurez,
humaniza y plenifica al hombre. Karol Wojtyla es un claro testimonio de esta
afirmación.
Durante los años de
la ocupación nazi y de la segunda guerra mundial conoció la persecución y el
flagelo del autoritarismo. Tanto más dramáticos cuanto que, terminada la guerra
y obtenida la supuesta liberación de la mano de los rusos, su Polonia natal fue
sometida al yugo comunista del que sólo se liberaría después de muchos años,
siendo ya Juan Pablo II un protagonista singular del proceso que culminó en el
derrumbamiento del “paraíso” prometido en esta tierra por los seguidores de Marx,
Lenin y Stalin.
Su formación
sacerdotal se realizó en la clandestinidad. Fue ordenado de forma discreta en la
Capilla del Arzobispado de Cracovia y desarrolló sus primeros años de ministerio
en contacto con los universitarios y los obreros de su tierra. Contacto que no
perdería cuando fue llamado al episcopado, primero como Obispo auxiliar y luego
como Arzobispo de Cracovia. Esta experiencia marcaría decisivamente su camino
espiritual y pastoral y daría sustento a su futuro magisterio: la fe como
elemento fundante de una vida personal y social plena y solidaria; la fe,
generadora de cultura y de sentido de nación; la fe como fundamento de la
dignidad humana y -por tanto- como antídoto contra ideologías de diversos signos
que pretenden ultrajarla. Así también el aprecio por la vida y su encendida
defensa contra todas las formas de atentado contra ella. Su formación
filosófica y teológica vendrían a enriquecer y ampliar su vasto horizonte
cultural. A ello se añade el cultivo intenso de genuinas amistades, el aprecio
por la naturaleza, la vida al aire libre y el deporte. Todo lo cual fue haciendo
del futuro Papa un auténtico humanista, forjado en la dura escuela de la
adversidad, la persecución y el desencanto pero también en el gozo de la Verdad,
la Belleza y el Bien compartidos.
También la
contradicción ha marcado su pontificado. No sólo por su estilo pastoral
andariego y multifacético sino también por el tinte personal que ha dado a todo
su servicio. El hombre que ha sufrido en su propia carne el peso de la violencia
es el mismo que llama incansablemente a la paz y a la reconciliación. Todos
recordamos su gesto magistral de perdón, al visitar en la cárcel a quien había
atentado contra su vida. Argentinos y chilenos tenemos muy presente su
compromiso para evitar lo que hubiera sido una guerra absurda y de consecuencias
imprevisibles (como toda guerra lo es en realidad). Más recientemente lo hemos
visto desplegando todo el peso de su autoridad moral y su liderazgo indiscutido
en favor del pueblo iraquí, desenmascarando la hipocresía de los poderosos y
convocando a una renovada opción por la paz.
Su condición de
víctima de los totalitarismos del siglo XX le habilita para una crítica libre y
descarnada de lo que él mismo ha llamado el capitalismo “salvaje”, que ha
engendrado “abismos” de desigualdad entre los hombres y los niveles de exclusión
social que hoy golpean a la humanidad. Signo de contradicción para los
defensores de uno y otro sistema, no ha callado su voz firme y profética para
denunciar todo aquello que en las distintas realidades del planeta impiden a los
hombres vivir con dignidad.
Su compromiso con
la justicia, la solidaridad y la paz le ha llevado a su inclaudicable defensa de
la vida, en todo su arco, desde la vida por nacer hasta su fin natural. Ello le
ha convertido en signo de contradicción para quienes sólo miran aspectos
fragmentarios. La vida por nacer, denunciando la crueldad del aborto y los
abusos de la manipulación genética. La vida nacida, que para ser digna tiene
derecho a alimentación, salud, educación, vivienda, trabajo. Y es en el marco de
la defensa de la vida que se entiende su insistencia en afianzar la familia como
ámbito natural para el pleno desarrollo de la persona humana. En este mismo
contexto se ubica su defensa del medio ambiente y su prédica incesante a favor
de una globalización de la solidaridad y de los valores y no sólo económica. No
todos lo entienden; muchos, desde su mirada ideológica parcial, lo descalifican.
Él sigue firme en su misión de servidor de una Verdad, cuyo esplendor quiere
manifestar al mundo.
Cuando las
propuestas frívolas y facilistas pretenden seducir a los jóvenes, su discurso
claro y exigente los cautiva y moviliza. Cuando triunfa el pensamiento “débil”
nos propone recuperar el valor de la razón y señala su necesidad para el acto de
fe. Cuando se quiere enfrentar a las religiones y hacerlas responsables de odios
entre hermanos convoca a los líderes de todas ellas para orar juntos y trabajar
por la paz. Cuando los pecados e incoherencias de los que formamos la Iglesia se
usan para desacreditarla, los reconoce y pide perdón. Cuando se exalta el
físico, la salud y el vigor, su figura débil y quebrantada se agiganta por la
incuestionable grandeza de su espíritu.
Signo de
contradicción. Siguiendo el camino de su Maestro, que era motivo de escándalo
para sus compatriotas, a quien los suyos no reconocieron y tuvieron por amigo de
publicanos y pecadores, y que finalmente murió crucificado.
Mons. Carlos
María Franzini,
obispo de Rafaela |