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9 DE JULIO 2004
Homilía de monseñor Carlos María Franzini, obispo de Rafaela, en la celebración
de acción de gracias del 9 de julio de 2004
“Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en la libertad, pero procuren
que esta libertad no sea un pretexto para satisfacer los deseos carnales:
háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor. Porque
toda la Ley
está resumida plenamente en este precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Pero si ustedes se están mordiendo y devorando mutuamente, tengan cuidado porque
terminarán destruyéndose los unos a los otros...” (Gal 5, 13-15)
1. Hoy hemos sido convocados para celebrar la fiesta patria y, en esta
ocasión, también el centenario del Club 9 de julio, tan ligado a la historia de
nuestra ciudad.
2. Han transcurrido 188 años de aquel primer grito de independencia en el
Congreso de Tucumán. Queremos dar gracias a Dios por el don de la libertad. Don
precioso, frágil, que debe ser constantemente “reconquistado” para ser
auténtico.
3. Esta invocación religiosa no es un puro formalismo protocolar; o, al
menos, no quisiéramos que lo fuera. Con nuestra gratitud a Dios nos ponemos en
continuidad con los padres fundadores de nuestra Nación. Allá en Tucumán los
congresistas fueron conscientes de que Dios es también protagonista de la
historia de los hombres y de los pueblos y lo expresaron de diversas formas.
Esta conciencia también la tuvieron los constituyentes del 53, que invocaron a
Dios como “fuente de toda razón y justicia”. Es el mismo sentido
religioso que marcó la gesta colonizadora de nuestros abuelos que sólo trajeron
de su tierra la fe en Dios y el espíritu emprendedor que nos ha moldeado.
4. Quiera Dios concedernos a quienes hoy transitamos este período
fascinante y dramático de nuestra historia nacional esa misma certeza. El
horizonte humano sin Dios se estrecha y empobrece. La vida fraterna sin Padre no
tiene rumbo. La dignidad humana se vacía de fundamento.
5. Celebrar la independencia nos invita a reflexionar sobre aquello que
nos esclaviza. San Pablo, en la carta a los Gálatas que se ha proclamado, nos
recuerda que la libertad genuina está al servicio del amor y la comunión
fraterna, que se construye sobre el bien y la verdad. Por esta razón la libertad
se desnaturaliza desgajada de estos cimientos indispensables de la vida social.
6. En efecto, no alcanza para ser libres quitarnos el yugo de la
dependencia política de un imperio. Nuestra historia patria nos enseña que hay
mucha formas de dependencia que sutilmente nos han impedido y nos impiden
afianzarnos como Nación soberana en el sentido amplio y abarcativo de la
expresión.
7. Por otra parte en un mundo globalizado y cada día más interdependiente
es indispensable un sereno y maduro ejercicio de discernimiento para
enriquecernos con la diversidad de los pueblos sin desdibujar lo propio de
nuestra identidad nacional.
8. Por ello no basta proclamar la independencia sino que hay que llenarla
de contenidos para evitar que se convierta en un slogan vacío. Cuando nuestros
índices de pobreza y exclusión alcanzan niveles alarmantes nos preguntamos:
independencia de quién y para quiénes. Cuando tras la fachada de un
autoproclamado “progresismo” se nos pretenden imponer modelos culturales
extraños a nuestra idiosincrasia en el campo de la vida, la bioética y la
familia nos preguntamos ¿independientes o esclavos de imposiciones de quienes
son pretendidamente “avanzados”?. Cuando los sondeos de opinión, el “rating”, la
prepotencia o la intolerancia reemplazan a las legítimas instituciones
democráticas nos preguntamos si somos realmente independientes. Cuando la
justicia se subordina a intereses sectoriales o ideológicos y la impunidad no se
acaba, cuando la inseguridad se arraiga y nos golpea a todos nos sentimos con la
impotencia de quien no es libre.
9. Hace 188 años se declaró una independencia que se debe seguir
construyendo día a día. Nuestra historia tiene páginas heroicas que narran esta
construcción. Pero la tarea no ha acabado; ella demanda la madurez de todos los
ciudadanos para construir cotidianamente con esfuerzo y responsabilidad el bien
común. Con respeto a lo diverso y aprecio por la complementariedad. En el arduo
trabajo de buscar juntos consensos para alcanzar metas comunes. Abiertos a la
crítica constructiva, sin defenderse con el agravio, la descalificación o la
tozudez. No hay mayor necedad que la de cerrarse ante la evidencia objetiva de
los hechos.
10. En particular quienes somos dirigentes de cualquier nivel e
institución estamos especialmente urgidos a incorporar este estilo de
conducción: respetuoso de todos, privilegiando a los más débiles; evitando la
confrontación y por ello incansables en el diálogo; transparentes en la gestión
y movidos exclusivamente por el afán de servir.
11. Pero no sólo los dirigentes; todos los ciudadanos tienen su parte en
esta gesta de construir día a día la independencia nacional. Con honradez,
espíritu laborioso y solidario, afán de progreso y deseos de paz. Es tarea de
todos “conquistar” cotidianamente la independencia; con espíritu autocrítico y
respeto a los demás saber distinguir lo que está bien de lo que está mal, lo que
corresponde y lo que no corresponde; exigiendo lo exigible y dando lo mejor de
sí para el bien común.
12. Quizás la otra celebración que hoy nos convoca, el centenario del
Club 9 de julio, nos indique una pista del camino a recorrer. Una Nación que ha
ido deteriorando progresivamente sus vínculos fundamentales necesita rehacerse a
partir del entramado básico de las organizaciones sociales. Un club centenario,
como 9 de julio, nos muestra que es posible trabajar juntos por objetivos
comunes y permanecer en el tiempo fieles a los principios fundacionales. Si este
espíritu se traslada a toda la sociedad podemos abrigar la esperanza de un
futuro mejor para la Patria.
¡Con la ayuda de Dios y el empeño de todos es posible!
Mons. Carlos María Franzini, obispo de Rafaela |