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LA VIDA CRISTIANA EN PLENITUD


Carta pastoral de
monseñor Carlos María Franzini, obispo de Rafaela,
para la Cuaresma de 200
5


Mis queridos hermanos:

1. Al comenzar una nueva Cuaresma quiero proponerles reflexionar sobre la invitación que Dios nos vuelve a hacer en este tiempo de gracia a vivir nuestra vida cristiana en plenitud. Ya desde los inicios del cristianismo, a los seguidores de Jesús nos ha acechado la tentación de la mediocridad y de la tibieza. De allí la dura advertencia del libro del Apocalipsis: “Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca...” (Apoc 3,15-16). Año tras año, en cada Cuaresma, los cristianos tenemos la oportunidad de detenernos y revisar nuestra vida para preguntarnos si no hemos dejado enfriar el amor que teníamos al comienzo (cfr. Apoc 2,4), si nos mantenemos firmes, como si estuviéramos viendo al Invisible (cfr. Heb 11,27), si estamos en condiciones de decir como San Pablo: “Yo ya estoy a punto de ser derramado como una libación y el momento de mi partida se aproxima: he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe...” (2ª Tim 4,6-7).


2.
Esta reflexión me parece siempre necesaria pero especialmente en los tiempos que nos toca vivir, marcados por un creciente secularismo y una actitud decididamente hostil por parte de algunos contra la dimensión religiosa de la persona y –de manera particular- contra la fe católica. Cuando creíamos que ciertas formas de laicismo militante y agresivo se habían terminado vemos con asombro y preocupación nuevos brotes de esa ideología en Europa y también entre nosotros. Basta ver ciertos programas televisivos, recoger las noticias eclesiales más destacadas (que suelen detenerse en todo lo que sea o suene a escándalo), advertir la agresividad de ciertos grupos que llegan a la violencia física contra templos, personas e instituciones católicas, por el sólo hecho de serlo. Signo elocuente de lo que vengo señalando han sido unas supuestas manifestaciones de arte realizadas hace poco tiempo en Buenos Aires y Córdoba, que expresaron de forma patética pero bien concreta el desprecio y la intolerancia de algunos por la fe y la dimensión religiosa de muchos.


3. Gracias a Dios ésta no es una realidad que se dé hoy de forma manifiesta en nuestra diócesis, pero conviene estar atentos. Lamentablemente el mal tiene un poder difusivo muy fuerte y suele disfrazarse con argumentos pretendidamente racionales e independientes. Por otra parte todo lo que sucede a un hermano, sobretodo un hermano en la fe, no puede dejarnos indiferentes y es bueno ser concientes de lo que ya están viviendo muchos hermanos en distintas latitudes del mundo y del país.


4.
En efecto, hoy en ciertos ambientes parece necesario ignorar, ridiculizar o despreciar la dimensión religiosa de la persona. Especialmente si ésta se manifiesta católica. Con intuición profética ya en el siglo XIX decía el célebre filósofo y teólogo luterano Sören Kirkegaard: “si Cristo volviera al mundo, quizás no lo habrían matado pero se habrían burlado de él”. El martirio, que es la expresión suprema de vida cristiana, no siempre consiste en derramar la sangre por el nombre del Señor. La ironía, la burla, la sospecha, la marginación son otras sutiles maneras de dar muerte a quien molesta o cuestiona.


5. Esta constatación no pretende atemorizarnos o generar falsos sentimientos de persecución, ni mucho menos incitar a respuestas agresivas. Quiere ser una mirada lúcida y objetiva del tiempo presente en el que queremos y debemos vivir también nuestra fe: hoy, como siempre, se trata de ser cristianos en plenitud y ello entraña, en alguna medida, el martirio. Frente a la incomprensión o la persecución nunca la respuesta evangélica debería ser la violencia; más bien en situaciones adversas el cristiano se ve motivado a una creciente identificación con su Señor, que ya le había advertido: “El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que el dueño. Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como  su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa!. No les teman...” (Mt 10, 24-26 a). Más aún: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores...” (Mt 5,43 b). Se cuenta de San Pedro Poveda, fundador de la Institución Teresiana (1),  que en el siglo pasado proponía a sus hijas convertirse en “crucifijos vivientes”, cuando los crucifijos eran retirados de las aulas en las escuelas oficiales de la España laicista y republicana de los años veinte y treinta, a las puertas de la guerra civil. Así el Señor estaría presente en las aulas no ya en imágenes muertas sino en cada una de las teresianas. Así también nosotros somos invitados a ser “otros Cristos”, que con nuestra sola presencia manifestemos su Presencia a un mundo que no quiere recibirlo y lo acalla o lo persigue. Como Carlos de Foucauld (2)
, también nosotros deberíamos poder decir: “que con sólo vivir predique el Evangelio”.


6.
A este fin la Cuaresma que estamos iniciando es tiempo propicio para abrirnos a la Gracia de la conversión y así vivir plenamente la vida cristiana que recibimos en el bautismo, que fue fortalecida por la confirmación y se plenifica en cada eucaristía que celebramos. En efecto, cuando hablamos de vida cristiana “en plenitud” no hablamos sólo de un compromiso moral, ni de un puro ejercicio voluntarista, fruto de nuestro sólo esfuerzo humano. Más bien hablamos de respuesta al don primero de Dios, que por los sacramentos toma la iniciativa, sale a nuestro encuentro y nos hace nuevas criaturas, capaces de vivir la vida cristiana en plenitud. Es necesario volver a tomar conciencia de esta Buena Nueva: somos hechura de Dios, estamos a merced de su gracia, debemos abrirnos constantemente a su visita. El creyente está siempre invitado, más aún en la Cuaresma, a admirar con asombro y estupor este regalo inmerecido que recibe de su Señor.


7.
Conviene recordar que el cristianismo es ante todo identificación con Jesucristo. No es primariamente un culto, un sistema de ideas o una moral determinada. La esencia del cristianismo es una Persona: Jesucristo, “...al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste...” (3). El culto, las ideas y la moral son la consecuencia de un encuentro. Se trata de una Presencia que marca definitivamente la vida de quien lo ha encontrado. Como a San Pablo en el camino de Damasco, a San Agustín en la búsqueda de la Verdad, a San Francisco de Asís en el deseo de reparar la iglesia, a Santa Catalina en el servicio al Papa y a la Iglesia, a San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, a Santa Teresita en el deseo ardiente de salvación universal, a la Beata Teresa de Calcuta en los más pobres entre los pobres, también hoy Jesucristo sigue saliendo al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, al encuentro de cada uno de nosotros y ello acontece de manera privilegiada en los sacramentos.


8. En esta Cuaresma, para prepararnos a celebrar la Pascua, quiero referirme particularmente a los llamados Sacramentos de la Iniciación Cristiana (4) (Bautismo, Confirmación y Eucaristía) ya que mediante ellos “se ponen los fundamentos de toda vida cristiana”.(5)
Todo lo que somos y hacemos como cristianos depende precisamente de estos tres sacramentos. De allí su importancia medular para nuestra vida y para la vida de toda la Iglesia. Tan es así que se podría decir que la Iglesia se realiza, se hace visible y manifiesta en la medida que se celebran estos sacramentos. En cada uno de ellos el Señor Jesús viene a nosotros por la fuerza de su Espíritu para hacernos hijos amados del Padre, nos hace compartir su Vida, produciendo en nosotros una creciente identificación con él. De esta forma se realiza en nosotros progresivamente la invitación que San Pablo hacía a los Filipenses: “tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús...” (Flp 2,5).  Por estos tres sacramentos somos hechos en verdad hijos en el Hijo, y en esto consiste ser cristianos en plenitud.  


9.
Por todo lo expuesto hasta aquí me animo a proponerles recorrer el camino cuaresmal revisando nuestra experiencia real de esta Presencia, a través de los sacramentos. ¿Es Jesucristo alguien vivo, presente en nuestra vida?, ¿vivimos con tal plenitud nuestro encuentro con el Señor que irradiamos su Presencia en medio de los ambientes en los que ordinariamente nos movemos?, ¿somos “crucifijos vivientes” que lo hacen entrar allí donde fue retirado o quieren retirarlo? 


10.
Sumergidos con Cristo por el bautismo hemos resucitado a una vida nueva que nos permite exclamar con San Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí...” (Gal 2,20). Misteriosa pero real comunión con el Misterio Trinitario que nos da acceso a su vida íntima, participando de la santidad de Dios: “si el bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, « ¿quieres recibir el bautismo? », significa al mismo tiempo preguntarle, « ¿quieres ser santo? » Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: « Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial » (Mt 5,48)...” (6)


11.
Para vivir plenamente nuestra condición bautismal, es decir nuestra vida cristiana, el Papa nos propone una “pastoral de la santidad”: “...Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este « alto grado » de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad  verdadera  y  propia,  que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona...” (7) La pastoral de la santidad, fundada en el bautismo, pasa por una renovada conciencia de lo que implica este sacramento en nuestras vidas. No se trata de algo acontecido hace más o menos años sino de una realidad que hoy debería “teñir” nuestra existencia: la oración personal y comunitaria; la vida hecha ofrenda y servicio; la familia; los hermanos, sobre todo los más pobres; el trabajo; el estudio; la diversión; la vida social; el compromiso ciudadano; el compromiso eclesial; todo tiene que ver con nuestra condición de bautizados. Ésta ha de manifestarse en cada uno de los ámbitos referidos para hacer de nuestras vidas una ofrenda agradable a Dios, según la exhortación de San Pablo a los romanos.(8) En la Vigilia Pascual renovaremos nuestras promesas bautismales, expresando en ello nuestro deseo de vivir plenamente la vida cristiana, recibida el día de nuestro bautismo. Sería muy importante que lo hiciéramos con una lúcida conciencia de lo que ello entraña para nuestra vida de todos los días. 


12.
Si el bautismo es algo tan central en la vida de cada cristiano y de la Iglesia cabe preguntarse en este contexto de conversión cuaresmal  qué  lugar ocupa en la vida de nuestras comunidades la pastoral bautismal. Existe una rica y abundante doctrina al respecto; asimismo los rituales del bautismo de niños como el de adultos dan orientaciones muy iluminadoras. Podríamos preguntarnos cómo encaramos la preparación, la catequesis previa, cómo se presentan y se asumen los compromisos asumidos de padres y padrinos en el caso del bautismo de niños; cómo se está realizando el catecumenado de los adultos. 


13. Íntimamente ligado al sacramento del bautismo está el sacramento de la reconciliación o penitencia, por el que recuperamos la gracia que el Señor nos había regalado por el bautismo y que perdemos con nuestros pecados personales. Por ello la Tradición de la Iglesia habla de este sacramento como la “segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia (9). En nuestra condición de peregrinos y pecadores para vivir una vida bautismal plena necesitamos una y otra vez volver al encuentro salvador que nos reconcilia y nos hace cada día más hijos y hermanos entre nosotros. El tiempo de Cuaresma es momento propicio para una buena confesión de los pecados, pero Dios quiera que no sólo lo hagamos en estos días sino que tengamos el propósito firme de acudir con mayor frecuencia a este sacramento. Para ello invito a todos los sacerdotes a una creciente disponibilidad para ofrecer a los fieles más oportunidades de encontrase con el Señor que abraza y perdona. Por otra parte, los cristianos celebrando este sacramento con seriedad y hondura nos constituimos en signo y estímulo para una sociedad fragmentada que necesita avanzar en el camino y la práctica de la reconciliación.
 


14.
 “...encadenado por el Espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que me sucederá allí...” (Hch 20,22). A la crítica, la burla o la persecución no podemos responder con las mismas “armas mundanas”. Sólo una vida coherente, totalmente dócil al Espíritu Santo, hecha en la sencillez, la alegría y el servicio será auténtica respuesta. Aún en este contexto adverso del que venimos hablando la figura frágil, austera y llena de amor de la Beata Teresa de Calcuta es respetada y, aún, valorada por casi todos. Pero esta vida sólo la alcanzan quienes “llenos del Espíritu Santo” se dejan llevar por él hasta donde él quiera llevarlos. El Espíritu es quien nos hace auténticamente maduros en la fe, independientemente de la edad biológica. Hay niños que han sido mártires y adultos que mueren en el más lamentable infantilismo religioso. El Espíritu Santo, nuestro “Maestro interior”, es el garante de un proceso de formación permanente que hace posible una espiritualidad honda y un servicio perseverante. No habrá auténtica solidaridad con los pobres, verdadero compromiso misionero o comunión eclesial genuina sin la acción discreta  y eficaz del Espíritu Santo que llega al cristiano sobretodo por el sacramento de la confirmación. De aquí la importancia de una pastoral incisiva que no sólo prepare adecuadamente a recibir este sacramento, sino que realmente integre a los confirmados en la vida eclesial y asegure, mediante un itinerario catequístico correcto, su progresiva maduración en la fe con todas las consecuencias que ello entraña. 


15.
Por ello cabe preguntarse cómo estamos viviendo nuestra condición de confirmados, cómo se realiza en nuestras parroquias la catequesis para este sacramento. Los padres pueden preguntarse cómo acompañan a sus hijos, qué criterios tienen en cuenta al elegir a los padrinos, o –mejor si tienen en cuenta los criterios propuestos por la Iglesia. Es llamativo el número de adultos que aún no han sido confirmados. ¿Somos conscientes de lo que revela esta omisión? Es lamentable la “deserción eclesial” que sigue a la celebración de un alto porcentaje de quienes se confirman cada año. ¿Nos hemos cuestionado las causas de este fenómeno? ¿Tenemos conciencia de que un cristiano aún no confirmado es –de algún modo un cristiano incompleto? Les propongo a todos, pastores y fieles, que en esta Cuaresma hagamos un serio análisis de la realidad de este sacramento y su vivencia concreta en nuestras parroquias. Seguramente el Espíritu Santo nos ayudará a ver con más claridad y a obrar en consecuencia. 


16.  “¿No ardía acaso nuestro corazón...?” (Lc 24,32). Toda la Iniciación Cristiana apunta a la eucaristía. Ella es fuente y cumbre de la vida eclesial. Puede decirse que hasta que no llegamos al “ardor eucarístico” de los discípulos de Emaús no hemos llegado a una vida cristiana en plenitud. La celebración del Congreso Eucarístico Nacional el año pasado y la propuesta de un Año Eucarístico este año nos han hecho volver nuestra mirada creyente y agradecida al “sacramento de nuestra fe”. El mismo Papa nos ha regalado en los últimos años abundante magisterio eucarístico (10). Será de gran provecho para nuestro camino cuaresmal retomar estos documentos para la reflexión y el estudio personal y comunitario. No podría desarrollar en esta oportunidad toda la riqueza de la doctrina eucarística de la Iglesia. Sólo quiero detenerme en tres aspectos para que orienten la reflexión y, ojalá, la conversión personal y comunitaria en esta Cuaresma.
 


17.
El Papa nos habla de la necesidad de recuperar el sentido del domingo como “día del Señor”, en el que es honrado y celebrado de manera singular. Para ello nos recuerda que la celebración de la eucaristía dominical es, mucho más allá del precepto, una necesidad vital del cristiano que mediante ella nutre su fe, afianza la comunión y confirma su identidad. En el mundo secularista que vivimos la misa dominical que convoca a la comunidad cristiana es un testimonio elocuente del señorío de Dios y de que su lugar no puede ser arrebatado por nadie. ¿lo vivimos realmente así? ¿No será que estamos desplazando a Dios por la comodidad, el deporte, las compras...? No es casual que al mundo secularista ya no le interese celebrar junto al día del Señor, el día del encuentro familiar, del descanso de las tareas habituales. No es casual que “el dios mercado” vaya imponiendo sus normas y así a menudo en los domingos haya más gente en las tiendas abiertas que en los templos... Históricamente Argentina ha tenido un bajísimo índice de participación de los fieles en la misa dominical (alrededor del 6%). ¿El arrollador empuje del secularismo hará disminuir aún más ese índice? 


18.
En su magisterio más reciente el Papa ha insistido en la necesidad de recuperar el sentido de la adoración eucarística. Espacio privilegiado para manifestar nuestro amor concreto por el Señor que está en medio nuestro. También yo en anteriores cartas pastorales me he referido a este tema. No quiero reiterar lo dicho. Sólo quisiera insistir en esta idea: ante la necesidad  de afianzar nuestra identidad cristiana y católica necesitamos de largos ratos “perdidos” junto al Amigo que nunca falla, cuya Presencia nos unifica y fortalece para ser testigos alegres y convencidos de que sólo él tiene palabras de Vida Eterna. Cuando se ama de veras nada suple el deseo de “estar” con el Amado; por ello nuestro deseo de adorar será expresión de nuestro real amor al Señor. El encuentro con su Presencia eucarística será el mejor estímulo para anunciarlo, sobre todo en tiempos de rechazo o indiferencia. Al mismo tiempo la adoración es el camino más directo para la intimidad eucarística de muchos hermanos que por distintos motivos no pueden participar plenamente de la comunión sacramental. El verdadero deseo de estar con él, expresado en los momentos de adoración, crea una singular y misteriosa comunión que sólo el Señor conoce pero que ciertamente nutre la vida de quien lo busca. 


19.
La Beata Teresa de Calcuta invitaba a sus hijas a prolongar la hora de adoración eucarística diaria en el servicio a los pobres como dos caras de una única realidad: el encuentro con el Señor. Y el Papa al convocar al Año de la Eucaristía ha destacado la proyección misionera y solidaria de la Eucaristía. La autenticidad de toda vida eucarística se “prueba” en el compromiso con los hermanos más pobres. Como venimos haciendo hace varios años, también en esta Cuaresma los invito al gesto solidario que a través de Caritas canaliza la limosna, fruto de las privaciones cuaresmales, que todos estamos invitados a realizar durante este tiempo. A un mundo que nos rechaza o nos desprecia sólo podemos responderle con el lenguaje silencioso y contundente del amor hecho servicio a los más pobres. La vida cristiana en plenitud ha sido magistralmente sintetizada en la enseñanza de Jesús sobre el juicio final: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos , lo hicieron conmigo...” (Mt 25, 40).


20.
Íntimamente ligada al tema eucarístico está la necesidad de contar con pastores para el servicio del pueblo, sobretodo para el servicio sacramental. Lo sabemos muy bien: sin sacerdotes no hay eucaristía. Muchas comunidades de la diócesis padecen directamente esta carencia. Muchas comunidades fuera de la diócesis la padecen aún más, y nosotros queremos seguir siendo solidarios “más allá” de nuestras fronteras diocesanas. Por ello me permito insistir en que todos hagamos propia esta preocupación y la traduzcamos en un renovado compromiso de oración para que el Señor suscite muchas y santas vocaciones para la vida sacerdotal. Además éste es otro motivo para un renovado compromiso de todos, pastores y fieles, en favor de la pastoral juvenil. 


21.
Lo decía al comienzo de esta carta: nuestra respuesta a un mundo que quiere construirse sin Dios, dándole la espalda o persiguiéndolo en sus hijos; a un mundo que quiere “quitar los crucifijos”; la única respuesta genuinamente cristiana es buscar ser “crucifijos vivientes”. Para ello necesitamos una vida intensamente sacramental que nos haga capaces de decir en verdad, como San Pablo: “para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia...” (Flp 1.21). Los invito, por tanto, a prepararse a la renovación de las promesas bautismales en la próxima Vigilia Pascual procurando una vida sacramental asidua y perseverante. Es indispensable tener muy claro que sólo así podremos ser testigos de su Presencia y humildes, pero convencidos, anunciadores de la Verdad, la única capaz de salvar al mundo.

* * *

22. Finalmente quiero referirme a un acontecimiento muy importante para nuestra vida diocesana durante este año. Con la Cuaresma iniciamos también el proceso de preparación a una nueva Asamblea Diocesana que, Dios mediante, celebraremos el próximo lunes 10 de octubre. En esa oportunidad buscaremos los caminos que el Espíritu Santo quiera sugerirnos para marchar juntos como Iglesia particular de Rafaela. Por eso, el mensaje de esta Carta Pastoral no queda limitado al tiempo litúrgico de la Cuaresma. También pretende iluminar la reflexión de los agentes de pastoral que, preparando la Asamblea, buscan descubrir las realidades de nuestra diócesis que necesitan una urgente evangelización.  Además, nos ayudará a formular los objetivos del trabajo pastoral diocesano de los próximos años, que deben ser respuestas a las prioridades evangelizadoras detectadas. La pastoral orgánica es un signo elocuente de comunión, que evangeliza por si mismo. Conviene recordar, una vez más, que en la Iglesia nadie (ni personas ni instituciones) se autoabastece. Todos necesitamos de los demás para “ser Iglesia”: un cristiano solo no alcanza, una parroquia sola no alcanza, un decanato solo no alcanza, un movimiento solo no alcanza, ni la misma diócesis por sí sola alcanza para ser la Iglesia de Jesucristo. Necesitamos siempre caminar junto a otros hermanos para poder así ser testigos creíbles del Evangelio. 


23.
Con la próxima Asamblea queremos afianzar el camino que ya venimos recorriendo, para ayudarnos a vivir la vida cristiana en plenitud como personas y como comunidades. El Consejo Diocesano de Pastoral ha elaborado un material adecuado para realizar una evaluación comunitaria del camino recorrido y para preparar la próxima Asamblea. Los invito a disponerse con verdadero espíritu de fe y docilidad al Espíritu para  iniciar este camino de discernimiento, del que esperamos se sigan frutos para un renovado compromiso misionero de todos los fieles de la diócesis.


* * *

Que el Espíritu de Dios, que llevó al Señor al desierto, durante esta Cuaresma llene sus corazones para que, como Jesús, busquen apasionadamente la voluntad del Padre y así,  identificados con el Hijo, anuncien a los hermanos lo que han visto y oído. Los saludo y bendigo con afecto cordial.

Notas:

(1) Se trata de una Asociación pública de fieles de la Iglesia, formada en su núcleo central por mujeres totalmente dedicadas a la evangelización de la cultura y la tarea educativa. Pedro Poveda, sacerdote español que fue fusilado por los comunistas en 1936 y canonizado por el Papa Juan Pablo II durante su último viaje a España, en el año 2003.

(2) Sacerdote ermitaño francés, que vivió en la actual Argelia a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, cuya vida inspiró una familia religiosa conocida como los Hermanitos y Hermanitas de Jesús.

(3) Juan Pablo II: Novo millenio ineunte nº 29

(4) La importancia y amplitud del tema merece que dediquemos a él no sólo este tiempo litúrgico “fuerte” sino también los meses posteriores.

(5) Catecismo de la Iglesia Católica nº 1212

(6) Juan Pablo II: Novo millenio ineunte 31

(7) Ibid.

(8) “Por lo tanto, hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer...” (Rom 12,1)

(9) Catecismo de la Iglesia Católica nº 1446

(10) Particularmente quiero destacar los siguientes documentos: Dies Domini, Ecclesia de Eucharistía, Mane nobiscum Domine y los nº 35 y 36 de Novo millenio ineunte.


Mons. Carlos María Franzini,
obispo de Rafaela



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