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“LA VIDA CRISTIANA EN
PLENITUD”
Carta pastoral de
monseñor
Carlos María Franzini,
obispo de Rafaela,
para la Cuaresma de 2005
Mis queridos
hermanos:
1.
Al comenzar una
nueva Cuaresma quiero proponerles reflexionar sobre la invitación que Dios
nos vuelve a hacer en este tiempo de gracia a vivir nuestra vida cristiana
en plenitud. Ya desde los inicios del cristianismo, a los seguidores de
Jesús nos ha acechado la tentación de la mediocridad y de la tibieza. De
allí la dura advertencia del libro del Apocalipsis: “Conozco tus obras:
no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque
eres tibio, te vomitaré de mi boca...” (Apoc 3,15-16). Año tras año,
en cada Cuaresma, los cristianos tenemos la oportunidad de detenernos y
revisar nuestra vida para preguntarnos si no hemos dejado enfriar el amor
que teníamos al comienzo (cfr. Apoc 2,4), si nos mantenemos firmes, como
si estuviéramos viendo al Invisible (cfr. Heb 11,27), si estamos en
condiciones de decir como San Pablo: “Yo ya estoy a punto de ser
derramado como una libación y el momento de mi partida se aproxima: he
peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la
fe...” (2ª Tim 4,6-7).
2.
Esta reflexión
me parece siempre necesaria pero especialmente en los tiempos que nos toca
vivir, marcados por un creciente secularismo y una actitud decididamente
hostil por parte de algunos contra la dimensión religiosa de la persona y
–de manera particular- contra la fe católica. Cuando creíamos que ciertas
formas de laicismo militante y agresivo se habían terminado vemos con
asombro y preocupación nuevos brotes de esa ideología en Europa y también
entre nosotros. Basta ver ciertos programas televisivos, recoger las
noticias eclesiales más destacadas (que suelen detenerse en todo lo que
sea o suene a escándalo), advertir la agresividad de ciertos grupos que
llegan a la violencia física contra templos, personas e instituciones
católicas, por el sólo hecho de serlo. Signo elocuente de lo que vengo
señalando han sido unas supuestas manifestaciones de arte realizadas hace
poco tiempo en Buenos Aires y Córdoba, que expresaron de forma patética
pero bien concreta el desprecio y la intolerancia de algunos por la fe y
la dimensión religiosa de muchos.
3.
Gracias
a Dios ésta no es una realidad que se dé hoy de forma manifiesta en
nuestra diócesis, pero conviene estar atentos. Lamentablemente el mal
tiene un poder difusivo muy fuerte y suele disfrazarse con argumentos
pretendidamente racionales e independientes. Por otra parte todo lo que
sucede a un hermano, sobretodo un hermano en la fe, no puede dejarnos
indiferentes y es bueno ser concientes de lo que ya están viviendo muchos
hermanos en distintas latitudes del mundo y del país.
4.
En efecto, hoy
en ciertos ambientes parece necesario ignorar, ridiculizar o despreciar la
dimensión religiosa de la persona. Especialmente si ésta se manifiesta
católica. Con intuición profética ya en el siglo XIX decía el célebre
filósofo y teólogo luterano Sören Kirkegaard: “si Cristo volviera al
mundo, quizás no lo habrían matado pero se habrían burlado de él”. El
martirio, que es la expresión suprema de vida cristiana, no siempre
consiste en derramar la sangre por el nombre del Señor. La ironía, la
burla, la sospecha, la marginación son otras sutiles maneras de dar muerte
a quien molesta o cuestiona.
5.
Esta constatación no pretende atemorizarnos o generar
falsos sentimientos de persecución, ni mucho menos incitar a respuestas
agresivas. Quiere ser una mirada lúcida y objetiva del tiempo presente en
el que queremos y debemos vivir también nuestra fe: hoy, como siempre, se
trata de ser cristianos en plenitud y ello entraña, en alguna medida, el
martirio. Frente a la incomprensión o la persecución nunca la respuesta
evangélica debería ser la violencia; más bien en situaciones adversas el
cristiano se ve motivado a una creciente identificación con su Señor, que
ya le había advertido: “El discípulo no es más que el maestro ni el
servidor más que el dueño. Al discípulo le basta ser como su maestro y al
servidor como su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto
más a los de su casa!. No les teman...” (Mt 10, 24-26 a). Más aún: “Amen
a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores...” (Mt 5,43 b). Se
cuenta de San Pedro Poveda, fundador de la Institución Teresiana
(1),
que en el siglo pasado proponía a sus hijas convertirse en “crucifijos
vivientes”, cuando los crucifijos eran retirados de las aulas en las
escuelas oficiales de la España laicista y republicana de los años veinte
y treinta, a las puertas de la guerra civil. Así el Señor estaría presente
en las aulas no ya en imágenes muertas sino en cada una de las teresianas.
Así también nosotros somos invitados a ser “otros Cristos”, que con
nuestra sola presencia manifestemos su Presencia a un mundo que no quiere
recibirlo y lo acalla o lo persigue. Como Carlos de Foucauld
(2),
también nosotros deberíamos poder decir: “que con sólo vivir predique el
Evangelio”.
6.
A este fin la
Cuaresma que estamos iniciando es tiempo propicio para abrirnos a la
Gracia de la conversión y así vivir plenamente la vida cristiana que
recibimos en el bautismo, que fue fortalecida por la confirmación y se
plenifica en cada eucaristía que celebramos. En efecto, cuando hablamos de
vida cristiana “en plenitud” no hablamos sólo de un compromiso moral, ni
de un puro ejercicio voluntarista, fruto de nuestro sólo esfuerzo humano.
Más bien hablamos de respuesta al don primero de Dios, que por los
sacramentos toma la iniciativa, sale a nuestro encuentro y nos hace nuevas
criaturas, capaces de vivir la vida cristiana en plenitud. Es necesario
volver a tomar conciencia de esta Buena Nueva: somos hechura de Dios,
estamos a merced de su gracia, debemos abrirnos constantemente a su
visita. El creyente está siempre invitado, más aún en la Cuaresma, a
admirar con asombro y estupor este regalo inmerecido que recibe de su
Señor.
7.
Conviene
recordar que el cristianismo es ante todo identificación con Jesucristo.
No es primariamente un culto, un sistema de ideas o una moral determinada.
La esencia del cristianismo es una Persona: Jesucristo, “...al
que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y
transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén
celeste...”
(3).
El culto, las ideas y la moral son la consecuencia de un encuentro. Se
trata de una Presencia que marca definitivamente la vida de quien lo ha
encontrado. Como a San Pablo en el camino de Damasco, a San Agustín en la
búsqueda de la Verdad, a San Francisco de Asís en el deseo de reparar la
iglesia, a Santa Catalina en el servicio al Papa y a la Iglesia, a San
Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, a Santa Teresita en el
deseo ardiente de salvación universal, a la Beata Teresa
de Calcuta en los más pobres entre los pobres, también hoy Jesucristo
sigue saliendo al encuentro de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, al
encuentro de cada uno de nosotros y ello acontece de manera privilegiada
en los sacramentos.
8.
En esta Cuaresma, para prepararnos a celebrar la Pascua,
quiero referirme particularmente a los llamados Sacramentos de la
Iniciación Cristiana (4)
(Bautismo, Confirmación y Eucaristía) ya que mediante ellos “se ponen
los fundamentos de toda vida cristiana”.(5)
Todo lo que somos y hacemos como cristianos depende precisamente de estos
tres sacramentos. De allí su importancia medular para nuestra vida y para
la vida de toda la Iglesia. Tan es así que se podría decir que la Iglesia
se realiza, se hace visible y manifiesta en la medida que se celebran
estos sacramentos. En cada uno de ellos el Señor Jesús viene a nosotros
por la fuerza de su Espíritu para hacernos hijos amados del Padre, nos
hace compartir su Vida, produciendo en nosotros una creciente
identificación con él. De esta forma se realiza en nosotros
progresivamente la invitación que San Pablo hacía a los Filipenses: “tengan
los mismos sentimientos de Cristo Jesús...” (Flp 2,5). Por estos tres
sacramentos somos hechos en verdad hijos en el Hijo, y en esto consiste
ser cristianos en plenitud.
9.
Por todo lo
expuesto hasta aquí me animo a proponerles recorrer el camino cuaresmal
revisando nuestra experiencia real de esta Presencia, a través de los
sacramentos. ¿Es Jesucristo alguien vivo, presente en nuestra vida?,
¿vivimos con tal plenitud nuestro encuentro con el Señor que irradiamos su
Presencia en medio de los ambientes en los que ordinariamente nos
movemos?, ¿somos “crucifijos vivientes” que lo hacen entrar allí donde fue
retirado o quieren retirarlo?
10.
Sumergidos con
Cristo por el bautismo hemos resucitado a una vida nueva que nos permite
exclamar con San Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí...”
(Gal 2,20). Misteriosa pero real comunión con el Misterio Trinitario que
nos da acceso a su vida íntima, participando de la santidad de Dios: “si
el bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de
la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un
contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética
minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, «
¿quieres recibir el bautismo? », significa al mismo tiempo preguntarle, «
¿quieres ser santo? » Significa ponerle en el camino del Sermón de la
Montaña: « Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre
celestial » (Mt 5,48)...”
(6)
11.
Para vivir
plenamente nuestra condición bautismal, es decir nuestra vida cristiana,
el Papa nos propone una “pastoral de la santidad”: “...Es
el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este « alto grado »
de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y
de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es
evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una
pedagogía de la santidad verdadera
y
propia,
que sea capaz de adaptarse a
los ritmos de cada persona...”
(7)
La pastoral de la santidad, fundada en el bautismo, pasa por una renovada
conciencia de lo que implica este sacramento en nuestras vidas. No se
trata de algo acontecido hace más o menos años sino de una realidad que
hoy debería “teñir” nuestra existencia: la oración personal y comunitaria;
la vida hecha ofrenda y servicio; la familia; los hermanos, sobre todo los
más pobres; el trabajo; el estudio; la diversión; la vida social; el
compromiso ciudadano; el compromiso eclesial; todo tiene que ver con
nuestra condición de bautizados. Ésta ha de manifestarse en cada uno de
los ámbitos referidos para hacer de nuestras vidas una ofrenda agradable a
Dios, según la exhortación de San Pablo a los romanos.(8)
En la Vigilia Pascual renovaremos nuestras promesas bautismales,
expresando en ello nuestro deseo de vivir plenamente la vida cristiana,
recibida el día de nuestro bautismo. Sería muy importante que lo
hiciéramos con una lúcida conciencia de lo que ello entraña para nuestra
vida de todos los días.
12.
Si el bautismo
es algo tan central en la vida de cada cristiano y de la Iglesia cabe
preguntarse en este contexto de conversión cuaresmal qué lugar ocupa en
la vida de nuestras comunidades la pastoral bautismal. Existe una rica y
abundante doctrina al respecto; asimismo los rituales del bautismo de
niños como el de adultos dan orientaciones muy iluminadoras. Podríamos
preguntarnos cómo encaramos la preparación, la catequesis previa, cómo se
presentan y se asumen los compromisos asumidos de padres y padrinos en el
caso del bautismo de niños; cómo se está realizando el catecumenado de los
adultos.
13.
Íntimamente ligado al sacramento del bautismo está el
sacramento de la reconciliación o penitencia, por el que recuperamos la
gracia que el Señor nos había regalado por el bautismo y que perdemos con
nuestros pecados personales. Por ello la Tradición de la Iglesia habla de
este sacramento como la “segunda tabla (de salvación) después del
naufragio que es la pérdida de la gracia” (9).
En nuestra condición de peregrinos y pecadores para vivir una vida
bautismal plena necesitamos una y otra vez volver al encuentro salvador
que nos reconcilia y nos hace cada día más hijos y hermanos entre
nosotros. El tiempo de Cuaresma es momento propicio para una buena
confesión de los pecados, pero Dios quiera que no sólo lo hagamos en estos
días sino que tengamos el propósito firme de acudir con mayor frecuencia a
este sacramento. Para ello invito a todos los sacerdotes a una creciente
disponibilidad para ofrecer a los fieles más oportunidades de encontrase
con el Señor que abraza y perdona. Por otra parte, los cristianos
celebrando este sacramento con seriedad y hondura nos constituimos en
signo y estímulo para una sociedad fragmentada que necesita avanzar en el
camino y la práctica de la reconciliación.
14.
“...encadenado
por el Espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que me sucederá allí...”
(Hch 20,22). A la crítica, la burla o la persecución no podemos responder
con las mismas “armas mundanas”. Sólo una vida coherente, totalmente dócil
al Espíritu Santo, hecha en la sencillez, la alegría y el servicio será
auténtica respuesta. Aún en este contexto adverso del que venimos hablando
la figura frágil, austera y llena de amor de la Beata Teresa de Calcuta es
respetada y, aún, valorada por casi todos. Pero esta vida sólo la alcanzan
quienes “llenos del Espíritu Santo” se dejan llevar por él hasta
donde él quiera llevarlos. El Espíritu es quien nos hace auténticamente
maduros en la fe, independientemente de la edad biológica. Hay niños que
han sido mártires y adultos que mueren en el más lamentable infantilismo
religioso. El Espíritu Santo, nuestro “Maestro interior”, es el garante de
un proceso de formación permanente que hace posible una espiritualidad
honda y un servicio perseverante. No habrá auténtica solidaridad con los
pobres, verdadero compromiso misionero o comunión eclesial genuina sin la
acción discreta y eficaz del Espíritu Santo que llega al cristiano
sobretodo por el sacramento de la confirmación. De aquí la importancia de
una pastoral incisiva que no sólo prepare adecuadamente a recibir este
sacramento, sino que realmente integre a los confirmados en la vida
eclesial y asegure, mediante un itinerario catequístico correcto, su
progresiva maduración en la fe con todas las consecuencias que ello
entraña.
15.
Por ello cabe
preguntarse cómo estamos viviendo nuestra condición de confirmados, cómo
se realiza en nuestras parroquias la catequesis para este sacramento. Los
padres pueden preguntarse cómo acompañan a sus hijos, qué criterios tienen
en cuenta al elegir a los padrinos, o –mejor– si tienen en cuenta los
criterios propuestos por la Iglesia. Es llamativo el número de adultos que
aún no han sido confirmados. ¿Somos conscientes de lo que revela esta
omisión? Es lamentable la “deserción eclesial” que sigue a la celebración
de un alto porcentaje de quienes se confirman cada año. ¿Nos hemos
cuestionado las causas de este fenómeno? ¿Tenemos conciencia de que un
cristiano aún no confirmado es –de algún modo– un cristiano incompleto?
Les propongo a todos, pastores y fieles, que en esta Cuaresma hagamos un
serio análisis de la realidad de este sacramento y su vivencia concreta en
nuestras parroquias. Seguramente el Espíritu Santo nos ayudará a ver con
más claridad y a obrar en consecuencia.
16.
“¿No ardía acaso nuestro corazón...?” (Lc 24,32).
Toda la Iniciación Cristiana apunta a la eucaristía. Ella es fuente y
cumbre de la vida eclesial. Puede decirse que hasta que no llegamos al
“ardor eucarístico” de los discípulos de Emaús no hemos llegado a una vida
cristiana en plenitud. La celebración del Congreso Eucarístico Nacional el
año pasado y la propuesta de un Año Eucarístico este año nos han hecho
volver nuestra mirada creyente y agradecida al “sacramento de nuestra fe”.
El mismo Papa nos ha regalado en los últimos años abundante magisterio
eucarístico (10).
Será de gran provecho para nuestro camino cuaresmal retomar estos
documentos para la reflexión y el estudio personal y comunitario. No
podría desarrollar en esta oportunidad toda la riqueza de la doctrina
eucarística de la Iglesia. Sólo quiero detenerme en tres aspectos para que
orienten la reflexión y, ojalá, la conversión personal y comunitaria en
esta Cuaresma.
17.
El Papa nos
habla de la necesidad de recuperar el sentido del domingo como “día del
Señor”, en el que es honrado y celebrado de manera singular. Para ello
nos recuerda que la celebración de la eucaristía dominical es, mucho más
allá del precepto, una necesidad vital del cristiano que mediante ella
nutre su fe, afianza la comunión y confirma su identidad. En el mundo secularista que vivimos la misa dominical que convoca a la comunidad
cristiana es un testimonio elocuente del señorío de Dios y de que su lugar
no puede ser arrebatado por nadie. ¿lo vivimos realmente así? ¿No será que
estamos desplazando a Dios por la comodidad, el deporte, las compras...?
No es casual que al mundo secularista ya no le interese celebrar junto al
día del Señor, el día del encuentro familiar, del descanso de las tareas
habituales. No es casual que “el dios mercado” vaya imponiendo sus normas
y así a menudo en los domingos haya más gente en las tiendas abiertas que
en los templos... Históricamente Argentina ha tenido un bajísimo índice de
participación de los fieles en la misa dominical (alrededor del 6%). ¿El
arrollador empuje del secularismo hará disminuir aún más ese índice?
18.
En su
magisterio más reciente el Papa ha insistido en la necesidad de recuperar
el sentido de la adoración eucarística. Espacio privilegiado para
manifestar nuestro amor concreto por el Señor que está en medio nuestro.
También yo en anteriores cartas pastorales me he referido a este tema. No
quiero reiterar lo dicho. Sólo quisiera insistir en esta idea: ante la
necesidad de afianzar nuestra identidad cristiana y católica necesitamos
de largos ratos “perdidos” junto al Amigo que nunca falla, cuya
Presencia nos unifica y fortalece para ser testigos alegres y convencidos
de que sólo él tiene palabras de Vida Eterna. Cuando se ama de veras nada
suple el deseo de “estar” con el Amado; por ello nuestro deseo de adorar
será expresión de nuestro real amor al Señor. El encuentro con su
Presencia eucarística será el mejor estímulo para anunciarlo, sobre todo
en tiempos de rechazo o indiferencia. Al mismo tiempo la adoración es el
camino más directo para la intimidad eucarística de muchos hermanos que
por distintos motivos no pueden participar plenamente de la comunión
sacramental. El verdadero deseo de estar con él, expresado en los momentos
de adoración, crea una singular y misteriosa comunión que sólo el Señor
conoce pero que ciertamente nutre la vida de quien lo busca.
19. La
Beata Teresa de Calcuta invitaba a sus hijas a prolongar la hora de
adoración eucarística diaria en el servicio a los pobres como dos
caras de una única realidad: el encuentro con el Señor. Y el Papa al
convocar al Año de la Eucaristía ha destacado la proyección misionera y
solidaria de la Eucaristía. La autenticidad de toda vida eucarística se
“prueba” en el compromiso con los hermanos más pobres. Como venimos
haciendo hace varios años, también en esta Cuaresma los invito al gesto
solidario que a través de Caritas canaliza la limosna, fruto de las
privaciones cuaresmales, que todos estamos invitados a realizar durante
este tiempo. A un mundo que nos rechaza o nos desprecia sólo podemos
responderle con el lenguaje silencioso y contundente del amor hecho
servicio a los más pobres. La vida cristiana en plenitud ha sido
magistralmente sintetizada en la enseñanza de Jesús sobre el juicio final:
“cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos , lo
hicieron conmigo...” (Mt 25, 40).
20.
Íntimamente
ligada al tema eucarístico está la necesidad de contar con pastores para
el servicio del pueblo, sobretodo para el servicio sacramental. Lo sabemos
muy bien: sin sacerdotes no hay eucaristía. Muchas comunidades de la
diócesis padecen directamente esta carencia. Muchas comunidades fuera de
la diócesis la padecen aún más, y nosotros queremos seguir siendo
solidarios “más allá” de nuestras fronteras diocesanas. Por ello me
permito insistir en que todos hagamos propia esta preocupación y la
traduzcamos en un renovado compromiso de oración para que el Señor suscite
muchas y santas vocaciones para la vida sacerdotal. Además éste es otro
motivo para un renovado compromiso de todos, pastores y fieles, en favor
de la pastoral juvenil.
21.
Lo decía al
comienzo de esta carta: nuestra respuesta a un mundo que quiere
construirse sin Dios, dándole la espalda o persiguiéndolo en sus hijos; a
un mundo que quiere “quitar los crucifijos”; la única respuesta
genuinamente cristiana es buscar ser “crucifijos vivientes”. Para ello
necesitamos una vida intensamente sacramental que nos haga capaces de
decir en verdad, como San Pablo: “para mí la vida es Cristo y la muerte
una ganancia...” (Flp 1.21). Los invito, por tanto, a prepararse a la
renovación de las promesas bautismales en la próxima Vigilia Pascual
procurando una vida sacramental asidua y perseverante. Es indispensable
tener muy claro que sólo así podremos ser testigos de su Presencia y
humildes, pero convencidos, anunciadores de la Verdad, la única capaz de
salvar al mundo.
* * *
22. Finalmente
quiero referirme a un acontecimiento muy importante para nuestra vida
diocesana durante este año. Con la Cuaresma iniciamos también el proceso
de preparación a una nueva Asamblea Diocesana que, Dios mediante,
celebraremos el próximo lunes 10 de octubre. En esa oportunidad buscaremos
los caminos que el Espíritu Santo quiera sugerirnos para marchar juntos
como Iglesia particular de Rafaela. Por eso, el mensaje de esta Carta
Pastoral no queda limitado al tiempo litúrgico de la Cuaresma. También
pretende iluminar la reflexión de los agentes de pastoral que, preparando
la
Asamblea, buscan descubrir las
realidades
de nuestra diócesis que necesitan una
urgente evangelización. Además, nos ayudará
a
formular los objetivos
del trabajo pastoral diocesano de
los próximos años, que deben ser respuestas a las prioridades
evangelizadoras detectadas. La pastoral orgánica es un signo elocuente de
comunión, que evangeliza por si mismo. Conviene recordar, una vez más, que
en la Iglesia nadie (ni personas ni instituciones) se autoabastece. Todos
necesitamos de los demás para “ser Iglesia”: un cristiano solo no alcanza,
una parroquia sola no alcanza, un decanato solo no alcanza, un movimiento
solo no alcanza, ni la misma diócesis por sí sola alcanza para ser la
Iglesia de Jesucristo. Necesitamos siempre caminar junto a otros hermanos
para poder así ser testigos creíbles del Evangelio.
23.
Con la próxima
Asamblea queremos afianzar el camino que ya venimos recorriendo, para
ayudarnos a vivir la vida cristiana en plenitud como personas y como
comunidades. El Consejo Diocesano de Pastoral ha elaborado un material
adecuado para realizar una evaluación comunitaria del camino recorrido y
para preparar la próxima Asamblea. Los invito a disponerse con verdadero
espíritu de fe y docilidad al Espíritu para iniciar este camino de
discernimiento, del que esperamos se sigan frutos para un renovado
compromiso misionero de todos los fieles de la diócesis.
* * *
Que el Espíritu
de Dios, que llevó al Señor al desierto, durante esta Cuaresma llene sus
corazones para que, como Jesús, busquen apasionadamente la voluntad del
Padre y así, identificados con el Hijo, anuncien a los hermanos lo
que han visto y oído. Los saludo y bendigo con afecto cordial.
Notas:
(1)
Se trata de una Asociación pública de fieles de la Iglesia, formada en
su núcleo central por mujeres totalmente dedicadas a la evangelización
de la cultura y la tarea educativa. Pedro Poveda, sacerdote español
que fue fusilado por los comunistas en 1936 y canonizado por el Papa
Juan Pablo II durante su último viaje a España, en el año 2003.
(2)
Sacerdote ermitaño francés, que vivió en la actual Argelia a fines del
siglo XIX y principios del siglo XX, cuya vida inspiró una familia
religiosa conocida como los Hermanitos y Hermanitas de Jesús.
(3)
Juan Pablo II: Novo millenio ineunte nº 29
(4)
La importancia y amplitud del tema merece que dediquemos a él no sólo
este tiempo litúrgico “fuerte” sino también los meses posteriores.
(5)
Catecismo de la Iglesia Católica nº 1212
(6)
Juan Pablo II: Novo millenio ineunte nº 31
(7)
Ibid.
(8)
“Por lo tanto, hermanos, yo
los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como
una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual
que deben ofrecer...” (Rom 12,1)
(9)
Catecismo de la Iglesia
Católica nº 1446
(10)
Particularmente quiero
destacar los siguientes documentos: Dies
Domini, Ecclesia de Eucharistía, Mane nobiscum Domine
y los nº 35 y 36 de Novo millenio ineunte.
Mons. Carlos María Franzini, obispo de Rafaela |