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DIÓCESIS DE AVELLANEDA-LANÚS


El domingo 10 de junio, en un altar levantado, frente a la parroquia San Pedro Armengol, de los Padres Mercedarios, en avenida Hipólito Yrigoyen 2448, Gerli, en el límite entre los partidos de Avellaneda y Lanús, tuvo lugar el acto de inicio canónico de la diócesis de Avellaneda-Lanús. 


HOMILÍA DE MONS. RUBÉN OSCAR FRASSIA,
OBISPO DE AVELLANEDA-LANÚS


En esta fiesta fundamental que es la Santísima Trinidad, nosotros estamos rodeados por este Misterio y estamos con su presencia extraordinaria; y todos nosotros estamos invitados a contemplar este Misterio.

La Iglesia es el Misterio de Dios que es un pueblo reunido en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Entonces: esta unidad de Dios, esta distinción también de Dios en sus Personas, en sus atribuciones.

La Iglesia nos enseña, porque Cristo lo ha revelado, porque Cristo conoce al Padre y el Padre conoce a Cristo y Cristo lo revela a aquéllos que lo pueden recibir, nos dice que lo propio del Padre es la fuente y la creación de nuestra existencia. Cristo, el Enviado del Padre, el Verbo que se hace carne en el seno virginal de María. Cristo, obedeciendo al Padre, siendo verdadero Dios y verdadero Hombre, nos ofrece en la cruz la salvación de Dios. Y Cristo con el Padre, y el Padre por medio de Cristo, nos envía a nosotros el Espíritu Santo, el amor de Dios, para santificarnos, para darnos a beber y a gustar las maravillas increadas de Dios. Es decir, para darnos y para recibir la Gracia de Dios.

Por eso nosotros somos templos vivos del Espíritu Santo; y es el Espíritu que habita en nosotros y que intercede ante Dios por nosotros y reza en nosotros y nosotros asentimos: asentimos al Espíritu. Por eso, cuando hablamos de Iglesia hablamos del Misterio de Dios: una comunicación, una participación. Dios nos comunica y nos da la tremenda tarea de la respuesta y, quien escucha bien, sabe responder bien.

Y hoy, en el tiempo histórico que nos toca vivir de estas dos realidades: Lanús-Avellaneda, Avellaneda-Lanús, la Iglesia nos ha concedido por medio de la Santa Sede este nuevo desafío, esta unión, esta nueva realidad que ha tomado por sorpresa en parte a los de Lanús, en parte a los de Avellaneda, a este Obispo que está hablando y que, ciertamente, el Señor es el que está siempre y el que nos va llevando a cada uno de nosotros a una nueva aventura en la fe. Y si el Señor lo pide también lo da; y si el Señor da la gracia de esta nueva realidad, todos nosotros tenemos que poner el hombro y tenemos que dar la vida por esta nueva realidad.

Las cosas no se improvisan. La Iglesia no surge hoy: cada pueblo, cada parte tiene su historia; y siempre nos apoyamos en los mayores: en los otros Obispos, en los otros pastores, en los otros sacerdotes, en las otras religiosas, en los laicos, en el anonimato de la vida que todos fueron dando -cada uno de lo suyo- ha ido contribuyendo a que el Pue-blo de Dios siguiera caminando en este tiempo, y estamos agradecidos de corazón. Agradezco a monseñor Collino, todo su esfuerzo y su sacrificio, a todo su clero de Lomas y toda su realidad de Lo-mas, y esta realidad de Lanús, que hoy a mí, como Obispo, me toca recibir; y que yo tengo que ser, de alguna manera, el pastor de la unidad de esta Iglesia diocesana: Avellaneda-Lanús. Agradezco también todos los esfuerzos de monseñor Di Monte con el clero y con todo el Pueblo de Dios de Avellaneda.

Y, esto, ¿qué quiere decir? Quiere decir que es un desafío y que todos nosotros tenemos que, de alguna manera, despertarnos. Se nos ha sacudido la estantería; se nos ha sacudido nuestra modorra; se nos ha cambiado muchos planes, pero que, ciertamente, nosotros tenemos que responder a esta nueva realidad en este tercer milenio. Y hoy tenemos que preguntarle al Señor en la Santísima Trinidad: Señor, ¿qué quieres que nosotros hagamos? Como Iglesia, ¿qué quieres que nosotros hagamos?.

Y la respuesta es que, nosotros, como Iglesia, tenemos que mostrar el rostro de Jesús, mostrar a Cristo: Cristo es lo importante, Cristo es lo esencial. El Señor es el que tiene la vida y nosotros tenemos que vivir de su vida para poder vivir y para poder testimoniar. Por eso, entonces, también nosotros que somos peregrinos que estamos en camino tenemos que buscar al Señor para darlo a conocer. Nadie da lo que no tiene. Nadie puede hablar o nadie puede decir si no lo vive y, entonces, éste es el desafío: que si queremos nosotros tener una misión, tenemos que pasar, en verdad, por el camino de la conversión.

Todos tenemos que convertirnos: convertirnos de nuestros intereses personales. Convertirnos de nuestros proyectos; convertirnos de nuestras costumbres; convertirnos de nuestras cosas. ¡Y en verdad que tenemos que convertirnos!. Pero cuando hablamos de conversión, no estamos hablando de cosas externas o de carteles, estamos hablando de realidades. Y hoy, más que nunca, el Señor tiene que pasar por nosotros para que no quedemos iguales, para que ninguno quede igual. Y si el Señor pasa, si uno experimenta el camino de Damasco: el de la conversión; nadie podrá quedar igual. Entonces, ante esta misión, todos nosotros tenemos que pasar por la experiencia de la conversión.

Esta comunión que el Señor nos pide hoy a nosotros, es una comunión que tendrá que ser alimentada; tendrá que ser cultivada en criterios, en actividades, en pastorales, en intercambios, en integración de una realidad a la otra; en un enriquecimiento mutuo: tenemos que ayudarnos mutuamente. No para absorbernos, como decía el Señor Nuncio muy bien, no para asimilarnos; sino para integrarnos en un espíritu de comunión. Y, el espíritu de comunión, hay que hacerlo siempre, hay que crear espacios de comunión. ¿Saben por qué lo digo? Porque todos nosotros tenemos una tentación; y la tentación es de apropiarnos, de hacernos dueños, de creernos que nosotros somos los mejores, o los que más sabemos, o los que estamos realmente bien. Y yo diría: si pensamos así, a lo mejor no lo decimos en voz alta, porque si lo dijéramos en voz alta nos daría vergüenza, haríamos un papelón; pero sí lo pensamos en nuestro interior; y si lo pensamos en nuestro interior también hay que cambiarlo, porque Dios ve el interior de cada uno de nosotros.

Entonces, como Iglesia, en este tercer milenio, Él nos lleva a ir creando, a ir buscando, a ir haciendo, a ir cultivando espacios de comunión para que todos nos enriquezcamos mutuamente en el servicio a los demás, pero en la búsqueda constante e incesante de nuestro Señor en su presencia como Absoluto.

Pidámosle hoy esta misión que tenemos que cumplir. Y, además, ya no tenemos más posibilidades de perder el tiempo: ya no se puede perder el tiempo. Cuando uno busca a Dios la vida la vive en serio; y entonces en serio tendrá que dar testimonio, tenemos que dar testimonio. Y esta misión que tenemos que vivir no será privilegio, o focalizada o reducida a algunos en la Iglesia: sino a todos como Pueblo de Dios.

Entonces, como Pueblo de Dios, como este pueblo diocesano de Avellaneda-Lanús, tenemos la responsabilidad todos: del más pintado al menos pintado, del más importante al menos importante, todos tenemos una misión que vivir, que cumplir y que testimoniar.

Le pedimos hoy a la Virgen en la advocación como Patrona Nuestra Señora de la Asunción y santa Teresa de Ávila (todavía no sé si está la respuesta de la Santa Sede de nuestro pedido como co-Patrona, porque tiene mucho que ver con Lanús), entonces, Nuestra Señora de la Asunción y santa Teresa de Ávila y todos los santos de la Iglesia de todos los siglos, de todos los tiempos, los santos actuales que dieron la vida, los que siguen dando la vida, les pedimos que esta Iglesia, esta nueva realidad Avellaneda-Lanús en todas sus dimensiones: el obispo, los sacerdotes, los religiosos, las religiosas, los movimientos, los consagrados, los equipos diocesanos; todos, pero todos, nos pongamos en camino en este nuevo tiempo para vivir del Señor, para mostrar al Señor, para caminar con el Señor y para decirles que el Señor está presente y que todavía tiene mucho que decir y mucho que decirnos a cada uno de nosotros.

Iglesia diocesana de Avellaneda-Lanús: en este tiempo nuevo te pedimos, Señor, que nos bendigas para que seamos un solo corazón, una sola alma. Amén. Que así sea».


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2326, del 18 de julio de 2001


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