Homilía de monseñor
Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús,
en la misa por las victimas la disco "República Cromagnón", al cumplirse
un mes de la tragedia - 31 de enero de 2005
Queridos hermanos:
Como ustedes bien se
imaginan es muy difícil expresar y asumir toda la realidad trágica de este
acontecimiento que ponemos hoy en oración.
El dolor siempre es
dolor; el sufrimiento siempre es sufrimiento; y la muerte, la ausencia, la
partida imprevista, dejan en nuestro corazón un profundo sufrimiento y dolor.
Ante este dolor, uno
experimenta una actitud de profundo respeto: realmente se tienen ganas de estar
al lado, de callarse la boca, de acompañar y de hacer silencio, porque el dolor
realmente está.
Nosotros los
cristianos, gracias a nuestra fe, sabemos que el que le da sentido y explicación
al dolor es Cristo. Porque de él y en él podemos tomar fuerzas, ejemplo y
sentido: el Hijo de Dios, siendo inocente, murió por nuestros pecados. Y murió
matando la muerte, trayéndonos la vida.
Y Cristo, que muere
por nosotros, nos dice que la muerte ya no tiene la última palabra: la última
palabra la tiene Dios. Y Dios es vida. Y Dios es Resurrección. Nos dice y nos
enseña que quien cree en él, aunque muera, vivirá.
La Cruz y la
Resurrección, que no es derrota sino victoria, no nos quita los dolores. No les
quita a ustedes la ausencia de sus hijos, de sus hermanos, de sus amigos y de
sus parientes. Dios no quita el dolor, pero sí le da sentido. Y nos da sentido
cuando dice que la muerte no tiene la última palabra. Por eso nosotros tenemos
que tomar fuerzas de Dios, recibir el consuelo que él nos da.
Y si creemos, sabemos
que nos vamos a encontrar algún día con aquellos que ya han partido, en la
presencia de Dios que es nuestro Padre.
Todos somos
peregrinos.
Todos estamos de
paso.
Todos estamos en
tránsito.
A veces creemos que
la vida es para siempre.
A veces creemos que
somos omnipotentes.
A veces creemos que
nunca nos va a pasar nada.
Y sin embargo, de
Dios venimos, con Él caminamos y a Él regresamos. Somos peregrinos. Crean en
Dios, ofrézcanle a Dios este dolor, que el Señor les hable, a cada uno de
ustedes, en lo más íntimo de su ser, en el alma y en el corazón. Dios no
defrauda jamás.
¿Por qué permite este
tipo de cosas? No lo sé. No lo entiendo. Uno puede tener fe, puede no entender,
pero sigue creyendo aunque no entienda. Hay acontecimientos que pasan que son
inexplicables. Tantas muertes como ha habido el año pasado en el sur de Asia,
con centenares de miles de muertes. Tampoco lo sabemos.
Pero hay cosas que sí
tenemos que aprender.
Hay responsabilidades
de las que uno no se puede eximir.
El Estado, la Nación,
los que tiene el poder de las decisiones, tienen que tutelar, tienen que cuidar
responsablemente los ámbitos públicos, que son para el servicio de la comunidad.
Esta no es una
cuestión indirecta, es bien concreta: tenemos que aprender a cuidarnos. Y
tenemos que aprender a obrar responsablemente en la tarea que cada uno tiene
asignado y que la Nación ha asignado a aquellos que tienen el poder de decisión,
de conducción y también de cuidado.
Hay que aprender, con
mucho dolor, para que esto no pase nunca más.
Hay cosas que son de
la naturaleza y no se pueden evitar, pero hay otras que son propias de los
hombres, esas si se pueden cuidar, que esto no pase nunca más. Que se ponga en
práctica el cuidado de los bienes públicos, que son para el servicio público de
las personas.
Pedimos al Señor que
se haga justicia, porque lo importante no es tirar en contra, sino que es
aprender del dolor. Es aprender de las cosas que nos han pasado para que no
vuelvan a suceder. Esto es lo que estamos pidiendo al Señor hoy. Nada más, pero
tampoco nada menos.
Los argentinos
tenemos que aprender a llamar las cosas por su nombre. Y cuidar las cosas que se
nos ha confiado responsablemente: esto hay que exigirlo, hay que hacerlo cumplir
y también hay que procurarlo, porque los bienes públicos son para toda la
sociedad
Le pedimos hoy al
Señor que a ellos les dé la misericordia de la Vida Eterna. Que estos jóvenes
que anticipadamente partieron de entre nosotros, puedan gozar, en su Pascua, de
la presencia de Dios.
Que ellos los
acompañen a ustedes a lo largo de esta vida con los buenos recuerdos, con las
buenas cosas que les enseñaron y les dejaron. Y que ustedes vivan con mucha
fuerza, reconociendo a Dios en su presencia y haciendo el bien a los demás.
Porque el mal no se
quita haciendo mal. El mal se vence haciendo el bien. Se lo pedimos al Señor y a
la Virgen. ¡La Madre que tuvo en sus brazos a su Hijo muerto! ¡Que estuvo
traspasada por el dolor! Ella, que sabe lo que es el sufrimiento, los fortalezca
en este tiempo de dolor que están viviendo. Que María, la Virgen, los acompañe.
Recuerden que no
están solos.
Hoy nosotros, el
señor Intendente de Lanús y su Municipio, la Diócesis, los que estamos aquí
presentes, queremos compartir con ustedes este dolor desde la oración y en un
respetuoso momento de solidaridad.
Que el Señor escuche
esta petición, que tengamos en su Palabra el consuelo, su presencia y su amor.
Que a ellos les de la
Vida Eterna. Que así sea.
Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús.