Homilía de monseñor
Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús en la misa de toma de posesión
del padre Juan José Milano
(Parroquia Nuestra
Señora del Carmen
(Wilde) -
13 de febrero de 2005
Queridos hermanos, queridos fieles:
En este día importante para
esta comunidad, como Pastor sé muy bien, conozco algunos sentimientos de las
personas. Cuando despide a un sacerdote, y la comunidad recibe a otro, hay un
sentimiento de confusión, de dolor y también de expectativa.
Eso va pasando en todas las
comunidades, no sólo en esta. Es una realidad y es la realidad de la Iglesia. Lo
que tenemos que hacer es entender las cosas desde la fe, para poder entender a
la Iglesia. No se puede entender la Iglesia si no tenemos fe. La fe es lo que
nos hace mirar con mayor intensidad, con mayor profundidad y con mayor
comprensión.
Es importante que tengamos
recursos, que demos lugar para que nuestro corazón se ensanche, para que nuestra
mirada se agigante y para que nuestra comprensión sea cada vez más amplia.
Agradezco públicamente toda la tarea y el sacrificio de Mons. Toledo en estos
años y bendigo a Dios por su fidelidad, su entrega y por su trabajo.
En segundo lugar agradezco al
P. Pablo Osow quien continuará acompañando al nuevo párroco en la conducción de
esta querida parroquia Nuestra Señora del Carmen, de Wilde.
Y agradezco también a esta
comunidad, a ustedes, porque sé muy bien lo que cada uno de ustedes y sus
familias pueden sentir, experimentar, vivir. También agradezco a la comunidad de
Fátima que está acompañando a quien fue su pastor hasta el día de hoy. Y así
sucesivamente cada uno de nosotros tiene alegrías y tristezas simultáneamente.
Pero siempre tenemos que mirar más allá y en profundidad lo que nos pide el
Señor.
Nos pide que no sigamos a
hombres, sino que sigamos a Cristo en la Iglesia que está habitada por hombres.
¡Qué hermoso que Dios nos regale sacerdotes, hombres como nosotros, pero
pastores y que nos hayan conducido, acompañado, guiado, iluminado! ¡Bendito sea
Dios!
Siempre, la Iglesia es buscar
la referencia y el centro, el alimento y la culminación en Cristo. ¡Cristo es
quien da sentido a la Iglesia y el Espíritu Santo la santifica, nos da sentido!
Este es el principal motor, el principal movimiento, en el que cada uno de
nosotros consagrados, fieles laicos, sacerdotes, religiosas, tenemos que tener
siempre esta referencia y ¡jamás olvidárnosla!
¡Somos en Cristo!
¡Vivimos por Cristo!
¡Trabajamos para Cristo!
¡Y damos la vida por Cristo!
¡Y tenemos pasión por la
Iglesia, pero pasión por Cristo!
Esto es lo más importante que
tenemos que vivir, proclamar, predicar y concretar todos los días de nuestra
vida si no queremos llevar en vano el nombre de cristianos.
La Iglesia tiene sus
explicaciones y tiene sus misterios. Pero el misterio fundamental es que Dios va
guiando a su pueblo y Él es nuestro Pastor. El que guía y conduce a su Pueblo.
Fijémonos bien en las lecturas de hoy.
Qué cosa extraordinaria: el
pecado entra en el hombre y el hombre no sólo permite la tentación sino que cae
en ella. Y viene Cristo, el único ante quien nos postramos, nos arrodillamos,
porque es el Señor, que no hay otro nombre en la tierra y en el cielo sino
Jesucristo, éste viene a saldar y a pagar la deuda por nosotros, en nuestro
beneficio.
Cristo nos da la gracia.
Nos da la recuperación.
Nos da la liberación.
Nos sana de nuestras heridas
y nuestros pecados.
Cristo con su gracia nos hace
nuevas criaturas. Con su gracia nos hace nuevo Pueblo de Dios y por eso vamos a
estar eternamente agradecidos al Señor por la deuda que pagó por nosotros.
Seremos entonces deudores insolventes de su misericordia. Pero ante su
misericordia, Él reclama y exige nuestra fidelidad y nuestra respuesta.
Sin embargo el Señor mismo
permitió ser tentado para mostrar que Él es paz, que Él es el Señor. Y para
mostrar que el maligno se tiene que someter a Él. Entonces permite la tentación
y también permite que cada uno de nosotros experimentemos la tentación.
La tentación en las distintas
maneras o formas: orgullo, vanidad, poder, egoísmos, insolidaridad. ¡En tantas
cosas podemos ser contaminados, afectados, involucrados! Por eso, en este tiempo
de gracia que es la Cuaresma, nos está diciendo “Pueblo mío, busquen la
conversión”. ¡Cambiemos el corazón, reconozcamos nuestros pecados! y
pidámosle al Señor vivir en esa libertad que Jesucristo nos consiguió en la
cruz.
No hay que asustarse de las
tentaciones, pero no hay que caer en ellas. Hay que luchar. Hay que rezar. Hay
que amar. Hay que trabajar espiritualmente, porque la vida cristiana exige un
trabajo espiritual permanente. ¡Y cada uno de nosotros debe trabajar
espiritualmente para ser una buena persona! ¡Y cada uno de los que estamos acá
debemos trabajar para ser buenos cristianos!
“A Dios orando y con el
mazo dando”.
¡Tenemos que volver a rezar
para poder cumplir por medio de la ayuda y la gracia de Cristo, con la voluntad
que el Señor nos enseña constantemente!
Pidámosle, en este espíritu
cuaresmal, tener esta capacidad de visión. Una visión trascendente, profunda.
Una visión que nos lleve a ser sus verdaderos discípulos. Una visión que nos
lleve a vivir en la verdad. Una visión que nos lleve a amar la libertad. “Si
ustedes son fieles a mis palabras, serán mis discípulos, conocerán la verdad, y
la verdad los hará libres”, nos dice Jesús en el Evangelio de San Juan.
Tenemos un programa
espiritual extraordinario. Pidamos entonces en este tiempo especial, donde hemos
empezado la misión diocesana, para que el nombre de Cristo reine en el corazón
de nuestras familias, en el corazón de nuestras vidas. Que se exprese y se le
reconozca en la sociedad, en todos los proyectos que se están difundiendo. Que
trabajemos con ahínco, con esfuerzos ¡y ahí gastemos las energías!, ¡ahí demos
razones de nuestra fe! Afuera tenemos que dar testimonio de lo que nos
alimentamos aquí adentro, en el Templo, en la Casa de Dios.
Queridos hijos y queridas
familias: vivan en la fe en la Iglesia, reciban con cariño a este nuevo pastor,
al Padre Juan José Milano. No comparen. Las comparaciones son parciales y
desagradables. Cada uno tiene que saber descubrir su bondad. Cada uno tiene que
saber descubrir cómo es cada uno, y no lo que uno pretende o desea que sea. Es
importante amar bien. Amar con respeto. Amar con creatividad y amar con
entusiasmo.
No suprimimos los dolores.
Cristo jamás suprimió el dolor, pero sí dio sentido al dolor y a los
sufrimientos. No nos podemos excusar de no trabajar por el Señor, para el Señor
y que su Reino esté presente en esta comunidad, en el barrio y en nuestra
querida diócesis Avellaneda Lanús.
Se lo pedimos a la Virgen, a
Nuestra Señora del Carmen. A ella encomiendo vuestra comunidad y a ella
encomiendo a vuestro párroco para que caminando juntos podamos mostrar el rostro
de Cristo y hacer más creíble el Evangelio y la Iglesia, la Iglesia y el
Evangelio. De Dios ya depende, hoy nos toca a nosotros responder en este aquí y
en este ahora.
Que así sea.
Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús.