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TOMA DE POSESIÓN DEL PADRE SEBASTIÁN SONTO


Homilía monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús,
en la misa de toma de posesión del padre Sebastián Sonto
Parroquia Nuestra Señora de Fátima (Valetín Alsima - 13 de febrero de 2005)



Queridos hermanos y querida comunidad de Nuestra Señora de Fátima, Virgen de los Pobres, Santa Ángela y todos los que han venido desde la Catedral y acompañan esta toma de posesión del Padre Sebastián Soto.

Quiero que nos centremos en esta realidad: cuando celebramos algo en la Iglesia lo hacemos en el nombre de Dios, lo hacemos por la fe y sabemos que Dios, misteriosamente, va conduciendo el camino de los hombres. Y misteriosamente va conduciendo el camino de nuestra historia parroquial, eclesial y diocesana. Por eso, el marco para que uno pueda entender y vivir con serenidad este acontecimiento, es la fe. Dios es el que hace las cosas y nosotros tenemos que tratar de descubrirlas y vivirlas.

Esto no quita, por cierto, nuestras situaciones personales y comunitarias. Esto no quita el dolor o lo que uno pueda sentir por la partida de un sacerdote: el Padre Juan José Milano que deja esta parroquia y asume en Nuestra Señora del Carmen; y el Padre Sebastián Soto que viene aquí desde de la Iglesia Catedral.

En todos estos movimientos siempre se provoca dolor, sufrimiento. Yo no voy a negar otros sufrimientos pero es importante tomarlos, asumirlos y ofrecerlos. Como Obispo me alegro de que mis sacerdotes sean queridos por las respectivas comunidades. Me alegro con todo mi corazón, pero necesariamente el Obispo tiene que seguir disponiendo para que haya sacerdotes en las distintas comunidades, Y donde uno no puede abastecer las necesidades particulares de cada uno de los fieles.

Ese dolor que ustedes sienten, también yo lo siento. No soy indiferente a ellos, pero sabemos que la Iglesia tiene que seguir adelante anunciando, proclamando, comunicando el nombre y la realidad viva de Dios, Jesucristo. Por eso es importante esta celebración.

También es importante llamar las cosas por su nombre. Agradezco  a la comunidad y también les pido disculpas por el sufrimiento que puedan haber sentido o experimentado. La realidad es que todos nosotros tenemos que tratar de hacer lo mejor, la voluntad de Dios. Seguimos a Dios, seguimos al Señor en la Iglesia. Los hombres, también los pastores, estamos de paso y lo importante es que el Señor quede. Que el Señor constituya la comunidad. Que el Señor reúna a su pueblo, a cada uno de nosotros.

Agradezco al Padre Juan José Milano la disponibilidad. Cuando le pregunté si aceptaba me respondió “en la fe, si Padre, lo que usted me pida está bien”. Y agradezco también al Padre Sebastián que me dijo lo mismo, sorprendido por esta decisión, “sí Padre yo confío en usted y está bien”. Es hermoso poder encontrar estas respuestas. Estas respuestas tienen que consolarnos, animarnos y fortalecernos.

Comunidad de Fátima, les confío a vuestro pastor, el P. Sebastián, cuídenlo, acompáñenlo, sean obedientes, nunca hagan comparaciones. Las comparaciones siempre son odiosas. Esta comunidad tiene que caminar con él como parte del Pueblo de Dios. Tenemos que darnos cuenta que la comunidad no se limita a nosotros. En la Iglesia la comunidad es el Pueblo de Dios, son todos los hombres.

Este año, que estamos en misión diocesana, tenemos que tomar el empuje y gastar la energía en esta realidad de anunciar, de llevar, de comunicar, de vivir el nombre de Jesucristo.

¡Que sea reconocido por tantos otros que lo han perdido!

¡Que sea reconocido por aquellos que se han olvidado o se han alejado!

¡Nuestra Iglesia, que tiene que ser de puertas abiertas, tiene que vivir este fervor de la fe!

¡Este fervor entusiasmante del amor a Jesucristo y del amor a la Iglesia!

¡Tener pasión por Jesucristo!

¡Tener pasión por la Iglesia!

¡¿O no nos damos cuenta que hay muchos hombres que quieren callar el nombre de Cristo?! ¡¿Qué hay muchas personas en la sociedad, con instrumentos en los medios, o donde sea, que quieren ensuciar, a toda costa, a la Iglesia?!

Tenemos esta tremenda responsabilidad y este desafío.

¡Pero ninguno de nosotros podrá ser enviado si no experimenta una fuerte conversión! ¡Es así! Primero hay que pasar por el crisol de la conversión, ¡hay que cambiar el corazón!

¡Hay que cambiar la mentalidad, las actitudes, los comportamientos, los gestos!

¡Pero no sólo los demás, sino yo primero debo cambiar!

¡Cada uno de nosotros debe cambiar!

En esta hora tremenda, difícil, desafiante pero extraordinaria, tenemos que saber que Dios quiere decirnos algo. Que Dios quiere estar en nosotros. ¡Que Dios quiere ser reconocido en el corazón de las familias! ¡Que Dios tiene algo que decir a cada hombre, cada mujer, cada niño y cada anciano! ¡Dios tiene algo que decirnos!

Por eso tenemos que saber escuchar. Y quien escucha bien será capaz de responder bien.

En este Evangelio que hemos escuchado, de San Mateo, pienso ¿por qué Jesús permite que el maligno lo tiente? Porque en Él está reflejándose primero el poder de Dios, y que todo debe ser sometido a Él. En segundo lugar, es ejemplar porque todos, y cada uno de nosotros, también pasamos por la tentación. Y quien diga que no tiene tentaciones está mintiendo, o no está diciendo la realidad. ¡Todos tenemos tentaciones!

Pero ¿cómo se combate la tentación?

Con oración.

Con amor.

Con fidelidad.

¡Y con perseverancia!

El Señor nos d    a su ejemplo, por lo tanto nadie puede decir “ay Padre, estoy tan tentado” ¿Y quién te dijo que no vas a ser tentado? ¿Quién te dijo que no vas a pasar por la prueba? No interesa la calidad de prueba, pero ciertamente a lo que Dios permite –la prueba- Dios quiere la respuesta. Dios quiere nuestra fidelidad.

Pidamos al Señor que, en esta Cuaresma, estemos muy atentos para luchar, para amar y para responder con fidelidad a Dios.

Si nos quedamos en esto vamos a tener un corazón eclesial.

Si nos quedamos en esto vamos a ser profundos.

Si nos quedamos en esto vamos a ser mejores discípulos de Él.

Si nos quedamos en esto vamos a seguir más de cerca a Jesucristo, el Señor.

Pidamos esta gracia. Este tiempo de Cuaresma es un tiempo de salvación, de gracia, de conversión y de decisión. Dios nos mueve el piso, Dios nos sacude y Dios, a veces, permite los sufrimientos, nunca los ha quitado. Siempre ha dado sentido a todo y también a los sufrimientos.

Pidámosle a la Virgen, Nuestra Señora de Fátima, ser fieles y caminar junto a vuestro pastor que hoy se los dejo, se los confío, para que con ustedes y junto a ustedes, reflejemos como porción del pueblo, el rostro vivo de Jesucristo, el Señor.

Que así sea.


Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús.



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