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MISA DE ORDENACIONES DIACONALES


Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
en la misa de ordenaciones diaconales (12 de marzo 2005)


Queridos hermanos:

Agradezco la presencia de todos ustedes, fundamentalmente de los familiares de los diáconos que van a ser permanentes y los diáconos en orden al ministerio sacerdotal, del Seminario Mercedes Luján, de los hermanos, los amigos, los sacerdotes, las religiosas, del querido pueblo fiel. Y de todos los que están aquí hoy acompañando y rezando para dar gracias a Dios por este regalo que nos hace y hace a la Iglesia.

En primer lugar, ¿qué tenemos que pensar o reflexionar? Es algo muy simple pero que no deja de ser profundo: todos en la Iglesia somos llamados y nuestra pertenencia a la Iglesia es un regalo de Dios. No lo merecemos, Cristo lo ha merecido en la cruz por nosotros.

La respuesta nuestra, que también es una gracia con que Dios nos mueve, es para que tratemos de seguir más de cerca de Jesucristo el Señor. ¿Y a qué vino Cristo? Vino a servir y no a ser servido. Por lo tanto, si alguien se arroga una dignidad que no le pertenece sino que se le confiere, se le concede, se le da, si uno se apropia de ella no está entendiendo el mensaje mismo de Jesucristo.¡Cristo se hizo obediente al Padre, y se ofreció por nosotros en la cruz!

Nosotros, en la Iglesia, y en el Sacramento del Orden, nos identificamos con este mensaje y no con otro. Tenemos que hacernos obedientes al Padre, siguiendo el ejemplo de Jesucristo. Quien no lo sigue, no lo imita, no lo acompaña no ha entendido la ciencia de lo que es la vida de la Iglesia.

Es un llamado para que nosotros podamos amar más. Amar más a Dios, amar más a Cristo, amar más a la Iglesia, amar más a los fieles, amar más a toda criatura que está bajo el cielo y sobre la tierra.

El diaconado, que es un servicio, es revestirnos de los mismos sentimientos de Cristo Jesús. En el rito de la ordenación de los Diáconos, sólo el Obispo confiere la ordenación y sólo él impone las manos. Quiere decir que los diáconos son, para la Iglesia, el Obispo. Desde muy antiguo la Iglesia dice que los diáconos son el oído, la boca, el corazón y el alma del Obispo.

El diácono se ordena en la Iglesia para ser fiel y para seguir al Obispo. No es a otro párroco, no es a tal parroquia, no es a tal lugar, sino al Obispo. Y es el Obispo quien tiene la tarea de indicar el apostolado, el lugar de servicio, que el diácono debe prestar en la Iglesia. Y el diácono tiene que estar disponible para lo que el Obispo, en nombre de la Iglesia, le solicite.

La vocación es un misterio. Cuando Dios nos llama a cada uno de nosotros, nos llama en la familia. También es un llamado de conversión, pero no individual sino personal que involucra a la familia. A la familia de los diáconos permanentes, que son casados, que tienen familia, los toca especialmente. A la familia de los diáconos que son célibes, y que van a prepararse para el ministerio sacerdotal, también los toca. Y nos toca a todos nosotros, no para trabajar menos sino para trabajar más responsablemente en la Iglesia. Los dones que el Señor concede en la Iglesia son para obrar con mayor responsabilidad.

En la segunda lectura escuchamos perfectamente: “vamos a ordenar a estos diáconos para que nosotros nos dediquemos con mayor intensidad a la oración y a la Palabra de Dios”. Para rezar más y para estar más unidos a Jesucristo.

Como Iglesia diocesana, este regalo que Dios nos hace, nos compromete a todos, los compromete a ellos especialmente. Estamos en espíritu de misión, donde tenemos que seguir la voluntad de Jesucristo, del Santo Padre, de toda la Iglesia universal y católica. Tenemos que dar razones y muestra de esperanza en un mundo que está tan disociado, tan dividido, tan fragmentado, tan superficializado, tan mentiroso, la Iglesia seguirá siendo siempre, aunque sea vapuleada, perseguida y hasta en algún momento despreciada, seguirá siendo instrumento de salvación y signo de esperanza.

Tenemos que dar signos.

Y los signos se dan cuando se dan testimonios.

Y el testimonio es posible cuando uno cree.

Por lo tanto, si uno cree, no puede dejar de dar testimonio.

Creer, dar testimonio y ser signo de salvación y de esperanza para este mundo que, ¡más que nunca!, nos necesita. Este mundo está reclamando de la Iglesia, y de todos nosotros los consagrados, ¡la santidad! Nos está reclamando eso: ¡la coherencia de vida! Nos está reclamando ¡la verdad! Nos está reclamando ¡la fidelidad!

¡Vean cuántas cosas nos están pidiendo! ¡Bendito sea Dios, que a la Iglesia le reclamen esto! Porque es esto lo que nosotros tenemos que ofrecer y es esto lo que nosotros tenemos que testimoniar.

Se lo pedimos de corazón al Señor. Le damos gracias por todo lo que Dios nos está dando. Por los regalos que nos da en las vocaciones sacerdotales, los seminaristas, las vocaciones religiosas, de vida consagrada, que los fieles laicos se están interesando, involucrando, comprometiendo más.

Con estos desafíos que tenemos que vivir, el mundo nos está pidiendo mayor presencia. Si nosotros, en los distintos ámbitos, en las distintas responsabilidades, dejamos espacios...otros los van a ocupar. Y ahí estamos omitiendo. Y si omitimos estamos faltando a la caridad, estamos faltando a la entrega.

¡No dejar espacios!

¡No dejar ámbitos!

¡No dejar lugares!

Vivir comprometidos en serio, fundamentalmente empezando por lo personal, siguiendo por la familia, que es anterior al Estado, siguiendo por la Iglesia que es ella la que tiene que transmitir este mensaje. El mundo no, porque no tiene ideas propias. Pero la Iglesia ha recibido el don, de parte de Cristo, y tiene que comunicarlo, transmitirlo.

Le damos gracias a Dios, a la Virgen, Nuestra Señora de la Asunción; le damos gracias a San José, que supo custodiar a Cristo, a su familia; le pedimos también a Santa Teresa, que nos de fuerzas para que tengamos siempre amor y pasión por la verdad, amor y pasión por la Iglesia, amor y pasión por cada un de los hermanos.

Estamos convencidos que toda persona tiene derecho a conocer a Jesucristo y nosotros se lo tenemos que comunicar. Derecho divino y derecho humano, muy fuerte ambos derechos pero ninguno de ellos puede ser claudicado o postergado.

A ustedes, futuros diáconos, quiero decirles que no tengan miedo. Dios los llamó no porque ustedes son muy buenos. Dios los llamó para confiarles la gracia de ser buenos. Cuenten siempre con la ayuda y la gracia de Dios. Él siempre va a estar al lado de ustedes. Siempre va a caminar con ustedes, y siempre va a estar en ustedes. Pero tienen que pedirlo, tienen que buscarlo, tienen que suplicarlo, tienen que amarlo.

Cuando uno lo ama, Él está. Pero no sólo está El, está el Padre y no sólo está el Padre, sino está el Espíritu. Y no sólo está el Padre, el Hijo y el Espíritu, sino está toda la Iglesia. Porque aunque uno esté solo, si hace las cosas de Dios, está toda la Iglesia en él.

¡Nunca, nunca, van a estar solos! ¡Nunca, nunca, van a trabajar para ustedes! ¡Para Cristo, para la Iglesia, para su gloria y para el bien del pueblo fiel!

Que Dios los bendiga.


Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús.



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